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El recorrido por esas tres bibliotecas nórdicas, con fotos impresionantes, es un respiro de aire fresco que despierta la esperanza de algún día tener un lugar así en nuestra ciudad
El recuerdo que tengo de mis épocas de estudiante de la principal biblioteca pública de mi ciudad, que viene a ser la Biblioteca Nacional, es la de un lugar silencioso, frío, de techos muy altos, poco iluminado, atendido por personas con pocas ganas de comunicarse con el resto de los humanos.
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El sistema de préstamo era totalmente analógico: buscabas el volumen en los ficheros ubicados en los pequeños cajones alargados cargados de tarjetas de cartón con los datos de los libros perfectamente clasificados, anotabas la ubicación en una tira de papel que te proporcionaban en el mostrador y la entregabas. Pasabas a otro sector para esperar la entrega del ejemplar donde podías ver el trabajo de los funcionarios en los diferentes pisos, arrastrando carros llenos de libros, buscando y reubicando tomos, y enviando los solicitados a planta baja por un pequeño ascensor de hierro y chapa. Una vez con el o los libros elegidos en la mano, ingresabas en la sala de lectura tan hermosa como antigua: pisos de parquet, paredes revestidas en madera y largas mesas con iluminación directa para la lectura. Ir a esa biblioteca era una experiencia un tanto inquietante, entre tenebrosa y asombrosa por ese viaje al pasado que proponía.
Hace mucho que no voy a pedir prestado un libro a la Biblioteca Nacional y no sé si el sistema de búsqueda y entrega de libros será similar al que recuerdo; aunque sí estuve este invierno en la sala de lectura y está exactamente igual, así como las salas de la entrada.
En otros países, la relación de la comunidad con las bibliotecas es otra. Cuando nuestro editor Santiago Perroni volvió de su viaje familiar a los países nórdicos, contó maravillado sobre sus visitas a las bibliotecas de esas ciudades, y prometió hacer una nota que finalmente publicamos esta semana.
Sabemos que los países escandinavos hacen casi siempre las cosas bien. Los miramos para ver cuáles son los últimos cambios, qué innovaciones están aplicando, cómo viven esas sociedades avanzadas. Y siempre son una gran fuente de inspiración para, primero, entender que las cosas pueden ser diferentes (como una biblioteca) y, segundo, para sacar buenas ideas.
Las bibliotecas ya no solo guardan libros, que, de hecho, en algunos casos eso lo hacen máquinas y robots. Tienen mesas de ajedrez, estudios de música, salas de edición, videojuegos, impresoras 3D, cortadoras láser y hasta máquinas de coser.
Mientras en Uruguay todavía tenemos una relación bastante formal con las bibliotecas públicas, como sostiene Santiago —y exagera con un poco de razón diciendo que “salvo que uno se haya quedado sin luz en casa, no suele pensar en pasar la tarde ahí”—, en Copenhague, Oslo y Helsinki las bibliotecas son como Disneylandia para los lectores, y no solo para ellos. Porque a estas bibliotecas no solo se va a leer.
Ya desde los edificios, que son de arquitectura moderna, con iluminación natural, espacios amplios, vistas a la ciudad, las diferencias impactan. Están pensados para albergar todo tipo de actividades, porque las bibliotecas ya no solo guardan libros, que, de hecho, en algunos casos eso lo hacen máquinas y robots. Tienen zonas con mesas de ajedrez siempre ocupadas con jugadores, estudios de música, grabación, fotografía y video, salas de edición, videojuegos y zonas para gamers, impresoras 3D, cortadoras láser, máquinas de coser, entre otros equipos. Salas de cine, de exposiciones, espacios de trabajo y reuniones, salones para eventos, cocina comunitaria y, por supuesto, cafetería. Y la mayoría de estos espacios y equipamientos son de uso gratuito.
Claro que el diseño de interiores es moderno, agradable, colorido con el único objetivo de hacer sentir cómodos a los usuarios y que permanezcan la mayor cantidad de tiempo que deseen.
El recorrido en la nota de Santiago por esas tres bibliotecas nórdicas, con fotos impresionantes, es un respiro de aire fresco que despierta la esperanza de algún día tener un lugar así en nuestra ciudad.
Hay un plan de transformación para nuestra Biblioteca Nacional, afortunadamente. Ojalá que se concrete lo antes posible y brinde a la ciudadanía un espacio para estar y convivir con los intereses de hoy. Además está en un enclave perfecto, en medio de una zona que los domingos (el día que tenemos tiempo para disfrutar) adquiere una vida muy especial, y atrae incluso a muchos extranjeros. Contar allí, inserta en un circuito cultural, con una biblioteca moderna, abierta a la comunidad, sería un sueño hecho realidad.