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El problema en Uruguay es que el “maltrato animal” no constituye delito, es decir que hechos de este tipo, como tantos otros que impliquen violencia contra otras especies, no tienen consecuencias para quien la ejerce, más allá de una eventual prohibición de seguir teniendo animales a su cargo
“Esto es lo que les pasa a los gatos lambetas, que les gusta lambetearse la comida que queda arriba de la mesa”, se escucha decir a un hombre entre risas, mientras en la imagen se abre la tapa de un lavarropas centrifugando y se puede ver adentro a un gatito bebé empapado, dando vueltas entre la ropa y con un gesto de desesperación en el rostro. El video se hizo viral a principios de mayo y generó bastante conmoción en redes, especialmente en las organizaciones animalistas. El hecho ocurrió en la localidad de Nuevo Berlín, en el departamento de Río Negro, y los reclamos impulsaron al Instituto Nacional de Bienestar Animal a actuar de oficio en el caso.
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El problema en Uruguay es que el “maltrato animal” no constituye delito, es decir que hechos de este tipo, como tantos otros que impliquen violencia contra otras especies, no tienen consecuencias para quien la ejerce, más allá de una eventual prohibición de seguir teniendo animales a su cargo.
Lo sucedido con la gatita bebé es tan extremadamente cruel que parecería que se trata de un caso excepcional. Sin embargo, las personas que trabajan activamente por la defensa de otros animales aseguran que el maltrato y la violencia hacia animales no humanos son, lamentablemente, moneda corriente. Tal como lo describen, resulta que es común encontrar especies compañeras (como perros, gatos o equinos) encerradas o atadas en el fondo de una casa, sin acceso a agua ni comida, enfermas, que mueren en soledad y sin que nadie pueda hacer nada. Pero también han encontrado animales asesinados de varias puñaladas y otras muchas formas de violencia extrema.
El pasado viernes 23 de mayo se realizó en Montevideo una marcha por los derechos de los animales, en especial para pedir al Poder Ejecutivo que tome las decisiones necesarias para una protección efectiva y definitiva a las especies no humanas. En junio de 2024, la diputada Sylvia Ibarguren presentó un proyecto de ley que tipifica como delito la “violencia contra los animales no humanos”, pero fue archivado. Es precisamente ese proyecto (que se acaba de desarchivar) que las organizaciones exigen que sea considerado.
El proyecto de ley establece una pena “de tres meses de prisión a tres años de penitenciaria” a toda aquella persona que “ejerciere actos de violencia contra animales no humanos”, entendiendo como “animal no humano” a todo animal “con sistema nervioso central”. La propuesta señala como actos de violencia aquellos que impliquen “maltrato grave o crueldad”, y se define también en el artículo 4º el delito de “zoofilia y violencia sexual”, castigado con la misma pena.
Ahora bien, al conceptualizar lo que entiende como actos de violencia y actos de crueldad, la ley aclara todo el tiempo que quedan expresamente por fuera los actos que “persigan directamente fines de carácter productivo” siempre que no haya medios alternativos para su consecución y evitando “todo procedimiento que provoque un grado de sufrimiento que exceda a los inevitables del proceso productivo”. Me detengo, entonces, en esta salvedad, y no puedo evitar hilvanar algunas reflexiones.
Es verdad que vivimos en un país productivo cuya economía se basa en gran parte en el asesinato de especies sintientes.1 Sé que la frase puede resultar chocante de leer, pero es bastante ajustada a la realidad. Quienes redactaron el proyecto de ley saben bien que es imprescindible dejar por fuera del delito a las tareas con fines productivos. Pero yo no puedo dejar de pensar que, por más que no sea delito, el hecho de mutilar y matar a un ser sintiente sigue siendo un acto violento, más allá de las justificaciones. Y no lo escribo para juzgar a nadie, sino para entender que la cultura naturaliza como por arte de magia la violencia sistemática ejercida hacia otras especies.
Y de repente pienso en la estafa millonaria de Conexión Ganadera y en los miles de inversionistas que perdieron su dinero: desde personas particulares hasta la propia Iglesia católica. Y me pregunto cómo puede ser que haya tanta gente en este país a la que le importen tan poco esas vidas sintientes como para pretender, además, lucrar a costa de ellas. Y al final no entiendo quiénes son las verdaderas víctimas de toda esta historia, y no puedo evitar que me importe poco el que no logró “engordar sus ahorros” a costa de las vacas.
1. Subrayo lo de sintientes porque es un aspecto sobre el que ya no hay discusión. Como se consagra en la Declaración de Cambridge de 2012: “La ausencia de un neocórtex no parece impedir que un organismo pueda experimentar estados afectivos (...) la evidencia indica que los humanos no somos los únicos en poseer la base neurológica que da lugar a la consciencia. Los animales no humanos, incluyendo a todos los mamíferos y aves, y otras muchas criaturas, entre las que se encuentran los pulpos, también poseen estos sustratos neurológicos”.