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Por definición, un gobierno siempre intenta dejar marcado su perfil en el Estado; pero eso es una cosa y otra es considerar al Estado algo patrimonial, algo propio, que puede ser modificado o reconvertido en lo que uno crea, más allá de su función
Todas las idas y venidas en las que viene envuelto el presidente de la República, Yamandú Orsi, tienen algo de la más tradicional comedia de enredos. La sucesión de declaraciones, contradeclaraciones, comentarios que se pretenden casuales, conferencias de prensa solo para periodistas VIP y demás actos más o menos colaterales (el timing de las declaraciones de sus compañeros de partido, por ejemplo) parecen haber sido escritos por un guionista amante de la comedia de golpe y porrazo. Como un Harold Lloyd colgado de un reloj que se va soltando del edifico, el presidente parece ir a los tumbos en cada acto y declaración. Tanto es así que uno no puede sino preguntarse dónde está su entorno. Un entorno que, por diseño, debería preservarlo a él, si no personalmente, al menos en tanto su investidura.
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Orsi tampoco ayuda. Fiel al estilo de José Mujica, aquel del “como te digo una cosa, te digo la otra”, pero sin el menor atisbo de su carisma, el presidente tropieza al hablar, suelta lugares comunes que explican poco y nada, luce desconcertado, se contradice, sonríe nervioso. En resumen, en sus apariciones públicas, el presidente viene haciendo todo lo que cualquier manual de control de daños y manejo de crisis institucional dice que no hay que hacer. Para empezar, salir a hablar sin tener una idea más o menos clara de cuál es efectivamente el daño que implica la situación, qué efectos políticos puede tener, qué impactos legales e institucionales, etcétera. Querer controlar eso haciendo ruedas de prensa solo para aquellos periodistas que considera ¿qué?, ¿los suyos?, es simplemente pegarse un tiro en el pie. Otro más.
Además del cúmulo de chascarrillos y sus aspectos institucionales, la comedia de enredos político-ideológicos disparada por la carísima camioneta Hyundai que el presidente se compró con descuento y entregando, entre otras cosas, un auto que no queda claro que fuera suyo parece revelar dos o tres cosas más profundas. Primero, que existe en el entorno del presidente, en el gobierno, digamos, una confusión entre lo que es público y lo que es privado. Segundo, que una cosa es predicar la austeridad (en X, como hace el senador Daniel Caggiani) y otra es practicarla en la vida real, a través de los actos concretos. Un tercer aspecto, que se relaciona con los otros dos: no es posible construir un Mujica que funcione políticamente tan bien como funcionaba el Pepe.
Sobre el primer punto, la confusión entre lo público y lo privado, el caso del presidente y su camioneta es apenas una cuenta más en un rosario que debería resultar evidente para cualquiera que pueda mirar los hechos políticos de una forma mínimamente desapasionada. Se dirá que, por definición, un gobierno siempre intenta dejar marcado su perfil en el Estado. Pero eso es una cosa y otra es considerar al Estado algo patrimonial, algo propio, que puede ser modificado o reconvertido en lo que uno crea, más allá de su función. Esa confusión ya era evidente en el caso del manejo de los medios públicos, esos que, también por definición, deberían ser tan neutros como fuera posible. Una neutralidad que ha estado bastante ausente en los últimos tiempos.
Al contrario, esos medios han sido usados muy claramente como plataforma de construcción de una hegemonía, de un “sentido común” muy acotado y claramente alineado con el núcleo duro de ideas del gobierno. Como si los medios públicos existieran solo para representar al electorado del Frente Amplio. O, peor, de algunos sectores dentro de esa fuerza. Los medios públicos son del Estado, no de un partido en particular. Cuando pasan a serlo, pierden por completo su sentido, se privatizan. Son gestionados no con el ánimo inclusivo que se pregona, sino excluyendo de ese “sentido común” que se empuja a la mitad de la población del país. Y es que, si gobierno bajo la idea de que yo soy el único representante legítimo del “pueblo”, es casi natural que considere al Estado como una herramienta al servicio de mi partido. Las fronteras entre lo público y lo privado se borronean hasta el punto de creer que es normal que Presidencia elija qué periodistas pueden asistir o no a una rueda de prensa. Cuando lo hizo Trump hace un tiempo, recuerdo a varios representantes del partido de gobierno escandalizados. Parece que Trump no es el único que tiene esa visión patrimonial del Estado que se encuentra ocupando de manera temporal.
Respecto a cómo hacer compatible la prédica sobre la austeridad republicana, que es el principal activo político del Movimiento de Participación Popular (MPP), sector al que pertenece el presidente Orsi, con la compra de una camioneta de alta gama la cosa es incluso un poco más complicada. Primero, porque el hecho de que los miembros del MPP que ocupan jerarquías públicas deban dar la mayor parte de su salario a su organización también puede ser visto como una forma de que los dineros que el ciudadano gasta en, por ejemplo, sus representantes terminen financiando a un partido en particular. Los sueldos de los representantes del MPP (o de cualquier partido) y los de cualquier ministro los pagan todos los ciudadanos, no solo los que votan al MPP (o cualquier otro partido). Más allá de esto, es claro que el presidente no aplica demasiado esa austeridad que es bandera de su sector. Por lo menos en lo que refiere a los vehículos que compra.
Finalmente, la idea de que se puede replicar a Mujica con un par de gestos, tres tics y un poco de ruido de mate viene fallando. Si hay algo que es completamente ajeno a la ingeniería social que fascina al MPP, es el carisma. Esa capacidad de conquistar los corazones de las personas de forma espontánea, casi sin mediación racional, es algo que se tiene o no se tiene. Se pueden invertir enormes esfuerzos en hacer parecer carismático a alguien que no lo es. Pero eso no lo va a convertir en carismático, apenas en un simulacro.
Tener carisma era lo que hacía de Mujica una suerte de inimputable, alguien que podía decir cosas que habrían resultado disparatadas (o cursis o violentas) en boca de otros y eran asumidas, y a veces matizadas, con una sonrisa y el gesto de “el Pepe es así”. Eso no ocurre con el presidente Orsi. No solo porque a diferencia de Mujica hace rato que abandonó el fusca, sino porque además carece de esa capacidad específica de generar conexión con el ciudadano de a pie que Mujica tenía. No alcanza con pintar el exterior, el carisma es un intangible que no se compra ni se vende. Se tiene o no.
El problema de la ingeniería social que fascina a tantos proyectos políticos es que lo social es gente, diversa en sus talentos, oficios y deseos. Esto es, no existe una meta única, una trayectoria única, un fin último, que deba ser impuesta al resto. Por eso el límite de esa ingeniería social es la realidad, en donde no hay dos personas iguales y en donde esas personas no siempre y en todo momento están alineadas con esa ingeniería. Cuando el proyecto político se considera tan por encima de las trayectorias personales que cree que dar explicaciones es una molestia y no una obligación, es cuando las costuras comienzan a notarse. En el caso del presidente Orsi y su sainete actual con su cara camioneta Hyundai, la tensión es evidente. Y eso de ninguna manera es bueno para la república.