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La revolución de los pacientes

Está claro que los médicos no lo saben todo. Tal vez ha llegado la hora de que los pacientes tomen la palabra, y su voz sea escuchada en el consultorio

Editora Jefa de Galería

Los médicos ya no son aquellos oráculos de sabiduría cuyas indicaciones eran palabra santa, y a los que se obedecía sin dudar. A lo largo de los años, la ciencia y la medicina han avanzado a pasos agigantados, sí, pero las personas también han aumentado su formación, sus niveles de estudio en general, y tienen la capacidad de sopesar si lo que está diciendo el doctor en Medicina que tienen delante tiene sentido para ellos o no. Porque cada uno conoce su cuerpo, y probablemente no sepa bien qué le pasa cuando le pasa algo —y por eso va al médico—, puede tener ciertas sospechas, aventurar algún diagnóstico, pero lo que sí puede es intuir cuando algo no le pasa o un tratamiento no es el adecuado. Y no hay nada más frustrante que salir del consultorio con la sensación de que el médico no nos escuchó y nos mandó lo que quiso.

Esta escena se repite a menudo en las consultas con los pediatras. Cuando mis hijas y mis sobrinas eran niñas, nos indignábamos con mi hermana al comentarnos lo que nos decía tal o cual especialista. Como que a esa niña que no come nada le sirva una sopita media hora antes del almuerzo para que gane calorías. Pues, doctora, ¡esa sopita será el almuerzo para la niña que no quiere comer! O cuando teníamos la mala suerte de que la otra niña esbozara una tosecita en medio de la consulta, y bastaba para que la pediatra abriera los ojos como un plato e indicara una semana sin ir al colegio. ¡¿Cómo?! La conclusión de la charla entre hermanas era: a esas doctoras no hay que hacerles caso.

Hasta que llegó un médico y lo dijo: “Escuchando a las madres aprendí cosas que no me habían explicado para nada en la facultad sobre el cuidado de los bebés. Porque la madre no aparece en los relatos de la educación médica, es una figura ausente, y luego descubres que no es el niño el que va al médico, sino que es la madre la que lo lleva. Y aprendes de la madre por lo que te va contando ella del niño. Yo, muchas veces, les preguntaba: ‘¿y usted qué cree que es?’. Y aprendía de lo que me decían”.

Estas sabias y humildes palabras son del reconocido pediatra español José María Paricio Talayero, nada menos que el creador de la web e-lactancia.org, en la que se puede consultar la compatibilidad de la lactancia con todo tipo de medicamentos, enfermedades, tratamientos y situaciones de la vida cotidiana, y que recibe unas 100.000 visitas por día de madres y de profesionales de la salud de todo el mundo. Más allá del proceso de creación de este sitio, que es de una humildad y un amor por el trabajo que sorprende, y que está contado en la entrevista que Federica Chiarino le hizo a este médico, publicada esta semana, la importancia de esta herramienta deja en evidencia la carencia de conocimiento que había desde el propio cuerpo médico sobre este tema, y que recién se viene a abordar en los últimos años en España.

La madre (y si es primeriza, más aún) llega con una lista de dudas que el médico a menudo responde con el libro sobre el escritorio, sin tener un intercambio real con ella, sin preguntar más allá de lo establecido, sin escuchar lo que la madre tiene para decir, y sin aplicar el sentido común La madre (y si es primeriza, más aún) llega con una lista de dudas que el médico a menudo responde con el libro sobre el escritorio, sin tener un intercambio real con ella, sin preguntar más allá de lo establecido, sin escuchar lo que la madre tiene para decir, y sin aplicar el sentido común

Pero volviendo al tema del binomio madre-hijo/a en consulta, la madre (y si es primeriza, más aún) llega con una lista de dudas que el médico a menudo responde con el libro sobre el escritorio, sin tener un intercambio real con ella, sin preguntar más allá de lo establecido, sin escuchar lo que la madre tiene para decir, y sin aplicar el sentido común.

“He visto libros de psicólogas que recomiendan que no hay que dejar llorar a los niños. Después sale otra psicóloga que descubre que es bueno que los niños lloren un poquito. Entonces, te van mareando la cabeza. Es guiarse un poco por el sentido común también”, dice Paricio Talayero, y yo lo aplicaría también a los pediatras. Con mi hermana y amigas nos intercambiábamos los consejos de los pediatras y era llamativo ver cómo muchos se contradecían; y ni que hablar cómo va cambiando con el paso de los años. Pues, cada maestrito con su librito. La consecuencia de esto era que la credibilidad de los pediatras iba en franco descenso, al tiempo que aumentaba nuestra confianza en nuestra propia intuición y el sentido común.

Y así de mareadas íbamos por la vida criando a nuestros hijos, luego de haber pasado la segunda prueba más exigente de nuestro cuerpo después del parto o cesárea: la lactancia. Etapa difícil si las hay, que, una vez más, se topa con el desconocimiento de los médicos. Ante la pregunta de Federica de qué lo llevó a investigar y especializarse en lactancia, el pediatra español responde que fue ver a su esposa amamantar; él ya era médico pero no tenía idea de lactancia, en la facultad no se lo habían explicado. Y reconoce que muchas veces los problemas que surgen en la lactancia parten de malas prácticas de los médicos.

“Cuando una mujer acaba no pudiendo dar pecho, la culpable no es ella. Es todo un sistema desastroso de mala información, de profesionales mal formados (aunque a veces bien intencionados), que avocan a la mujer a la lactancia artificial. Tenemos una serie de profesionales que no se forman, no quieren saber nada, tienen conceptos erróneos, como que si no aumenta de peso, sí o sí hay que darle biberón. Ahí es donde empieza el caos”.

Está claro que los médicos no lo saben todo. Tal vez ha llegado la hora de que los pacientes tomen la palabra, y su voz sea escuchada en el consultorio.

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