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    La sabiduría del mar

    Prepararse es necesario, pero hay dimensiones de la vida que no pueden ser completamente controladas; a veces no queda otra opción que ajustar las velas y dejar fluir

    Columnista de Búsqueda

    A fines de la década de 1950, cuatro jóvenes oficiales de la Armada uruguaya estaban por cerrar una etapa decisiva de sus vidas. Tras años de formación, disciplina y estudio, decidieron celebrar ese final de una manera poco convencional: dar la vuelta al mundo en un velero. No como turistas ni como pasajeros, sino como marinos responsables de cada decisión, cada maniobra y cada riesgo. El proyecto era ambicioso y exigía preparación absoluta. El barco se acondicionaba con cuidado, la ruta se estudiaba en detalle y todo lo que pudiera anticiparse era evaluado una y otra vez. En el mar, sabían, la improvisación sin preparación se paga caro.

    En ese espíritu de previsión total apareció una preocupación particular: la salud. En medio del océano, lejos de cualquier puerto, una emergencia médica podía transformarse en una tragedia. Para reducir ese riesgo, tomaron una decisión extrema pero lógica dentro de su marco mental. Los cuatro resolvieron someterse a una operación de apendicitis preventiva. Eliminar una posible complicación futura era, para ellos, una forma más de mantener el control. Quitar variables antes de zarpar parecía una manera responsable de enfrentar lo desconocido.

    Uno de esos oficiales era el joven Adolfo Cámpora. Lo que estaba pensado como un acto de prevención terminó en tragedia. Cámpora murió como consecuencia de complicaciones durante la operación. No murió navegando ni enfrentando una tormenta, sino en tierra firme, intentando evitar un riesgo hipotético. Todo había sido cuidadosamente planeado y, aun así, ocurrió lo impensado. La ilusión de control se quebró de la forma más dura.

    Después del impacto y el duelo, sus compañeros tomaron una decisión cargada de sentido. El viaje no se cancelaría. El velero llevaría su nombre. Así nació el Alférez Cámpora, que dio la vuelta al mundo entre 1960 y 1962 y se convirtió en una de las grandes gestas navales del Uruguay. El barco navegó miles de millas llevando el nombre de quien nunca llegó a subir a bordo y aún puede verse parte de su casco en la puerta del Museo Naval en la rambla de Pocitos. La historia quedó marcada como una paradoja profunda. Prepararse es necesario, pero hay dimensiones de la vida que no pueden ser completamente controladas. A veces no queda otra opción que ajustar las velas y dejar fluir.

    Esa tensión entre control y entrega aparece también en la experiencia humana del flow. El término flow describe esos momentos en los que la acción avanza con naturalidad, cuando la atención está completamente absorbida por lo que se está haciendo y la persona se siente profundamente conectada con la tarea. No es ausencia de esfuerzo ni falta de rigor. Es un estado en el que desafío y capacidad se equilibran, la motivación deja de depender de estímulos externos y el hacer se vuelve valioso en sí mismo. En ese estado, el tiempo se transforma y la experiencia adquiere una cualidad distinta.

    El psicólogo Mihaly Csikszentmihalyi fue uno de los grandes referentes en el estudio de este fenómeno. Sus investigaciones mostraron que las personas experimentan mayor bienestar no cuando evitan el esfuerzo, sino cuando se comprometen profundamente con actividades desafiantes y significativas. El flow no es descanso pasivo, sino involucramiento total. Es una forma de estar en el mundo en la que el control excesivo cede lugar a una atención plena y flexible.

    En el trabajo y el aprendizaje, sin embargo, muchas veces ocurre lo contrario. Se fragmenta la atención, se interrumpe constantemente el proceso y se separa artificialmente el hacer del aprender. Cuando el aprendizaje se concibe como algo externo, formal y agregado, pierde continuidad y sentido. En cambio, cuando aprender sucede dentro del flujo de la acción cotidiana, a partir de errores, ajustes, conversaciones breves y experimentación, el desarrollo se vuelve natural y sostenido. Aprender deja de ser una carga y pasa a ser parte del movimiento mismo del trabajo.

    Aquí se conecta con fuerza la idea de estar en tu elemento, desarrollada por Ken Robinson. Robinson fue un educador y pensador británico que cuestionó duramente los sistemas educativos y organizacionales que tratan a las personas como si todas aprendieran y rindieran de la misma manera. Para él, estar en tu elemento es el punto en el que se encuentran aquello que amás hacer y aquello para lo que tenés una aptitud natural. Cuando esa convergencia existe, el esfuerzo se sostiene, el aprendizaje se acelera y el flow aparece con mayor frecuencia.

    Trabajar o aprender fuera de ese lugar puede producir resultados, pero a costa de un desgaste enorme. En cambio, cuando las personas operan desde su elemento, el desafío se vive como algo propio y no impuesto. La motivación se renueva porque la tarea tiene sentido identitario. No se trata de eliminar la disciplina ni la exigencia, sino de alinearlas con lo que cada persona es capaz de ofrecer en su mejor versión.

    En este sentido, el flow no puede forzarse ni imponerse desde afuera. Aparece cuando el contexto ofrece condiciones favorables y cuando la persona se permite habitar la experiencia sin estar permanentemente evaluándose. La obsesión por medir, comparar y anticipar resultados suele interrumpir ese estado, porque desplaza la atención del proceso hacia el juicio. Cuando la mente está ocupada en comprobar si va bien o mal, deja de estar presente en la acción. Por eso, muchas prácticas contemporáneas de alto rendimiento empiezan a valorar el foco sostenido, la claridad de objetivos y la reducción consciente de interrupciones como factores centrales del bienestar y la productividad. No se trata de hacer más cosas, sino de crear las condiciones para hacer menos cosas con mayor profundidad.

    También es clave entender que dejar fluir no es sinónimo de pasividad. El flow requiere preparación, pero una preparación que habilite la acción y no que la paralice. Hay una diferencia sutil pero fundamental entre entrenar para responder mejor y entrenar para controlar cada variable. En contextos complejos, aprender a confiar en la propia capacidad de adaptación resulta más efectivo que intentar prever cada escenario posible. Esa confianza se construye a través de ciclos cortos de acción y aprendizaje, en los que el error no se vive como falla definitiva, sino como información valiosa. Cuando las personas y los equipos internalizan esta lógica, el aprendizaje se vuelve continuo y el trabajo deja de ser una sucesión de tareas para convertirse en una práctica viva, en movimiento constante.

    La historia del Alférez Cámpora, leída desde esta perspectiva, deja una enseñanza que va más allá de la hazaña naval. Muestra el límite del control absoluto y la necesidad de aprender a convivir con la incertidumbre. Prepararse es fundamental, pero la vida no se deja dominar por completo. El flow aparece precisamente cuando, sin abandonar la responsabilidad, se acepta que no todo puede preverse y se confía en la capacidad de responder en el momento. Como en el mar, hay un punto en el que soltar el control no es una debilidad, sino una forma más profunda de sabiduría.

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