Se nos viene el papa.
¿Viste que la Iglesia organiza una rifa para financiar la visita del papa?, preguntó Yamandú
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáUna visita muy importante que nos pone en el mapa del mundo por un par de días, durante los cuales estaremos no ya en los titulares, pero sí al menos en las páginas de información con letra negrita resaltada.
Nuestro cardenal, monseñor Sturla, fue a visitarlo al presidente para informarle de los detalles de tan ilustre visita.
Le contó por dónde iba a estar, dónde iba a dormir, lo que iba a comer y las misas que se espera que oficie para los fieles acólitos, en toda la amplitud de tal vocablo.
El presidente le agradeció la visita, lo convidó con un cafecito, elogió la eficiente organización de la venida del Santo Padre y, cuando monseñor estaba por levantarse de su sillón para irse, le contó a don Yamandú que la Iglesia había organizado una rifa para financiar los gastos del papa durante su visita a nuestro país. Le contó también que a la rifa la han bautizado “Una gran alegría”, omitiendo la continuación, “que nos sale un cirio y la mitad del otro”, que varios de los organizadores de la rifa habían propuesto al principio, pero que el cardenal prefirió no mencionar de modo tan explícito.
El presidente encontró que la idea era muy buena, lo cual motivó, como era de esperar de un salesiano de ley, que monseñor Sturla le preguntara al presidente si no quería comprar un número. El presidente, como buen canario de ley, le preguntó primero al cardenal cuáles eran los premios de la rifa.
A Orsi le encantó que los premios fueran tan buenos, pero, por las dudas, le preguntó al sacerdote cuánto costaba el número, no sin antes preguntarle también si entre los 10 autos que se rifan había alguna camioneta Hyundai como la que a él se le había ocurrido donarle al Codicen para llevar niños a la escuela, porque la extrañaba mucho. Bueno, no había camionetas de esas, pero igual sacó la billetera, extrajo de ella un billete de $ 2.000, que eso es lo que cuesta el número, y le pidió que le diera cualquiera de los números de la libreta, menos el 609 y el 1.001, que esos son los que le dan pesadillas cuando está durmiendo.
Se fue el cardenal, que de salida le dijo al presidente que si los ministros también querían comprar rifas que le avisaran a él y se las traería personalmente.
Yamandú quedó solo y pensativo, cuando de improviso el Pacha entró al despacho sin avisar, tal cual era su costumbre.
—¿Viste que la Iglesia organiza una rifa para financiar la visita del papa? —preguntó Yamandú.
El Pacha asintió, y aprovechó para decirle que se trataba de una muy buena idea.
—¿Sabés lo que estuve pensando? —inquirió Orsi.
—La verdad es que no sabía que estuvieras pensando en estos últimos tiempos —replicó el secretario—, pero dale, contame qué se te ha ocurrido.
—Pensé que podríamos organizar una rifa para atenuar el férreo bloqueo económico como el que sufre el pueblo cubano, tal cual lo expresé en mi destacado discurso en la Asamblea de las Naciones Unidas días atrás —dijo Orsi, repitiendo textualmente sus palabras pronunciadas ante el mundo la semana pasada.
—Mirá, mejor tomate unos mates y vemos la agenda de la próxima reunión del Consejo de Ministros —dijo el Pacha suspirando hondo, pero Orsi ya no lo escuchaba.
—Ponemos el boleto a $ 1.000, así les competimos a los curas, y ya con eso nos aseguramos de vender más números que ellos —dijo el presidente, entrecerrando sus ojos—. Rifamos —prosiguió— los originales de los borradores de mis discursos desde que asumí la presidencia, que los tengo todos guardados acá —agregó, señalando con el dedo índice el cajón del medio de su escritorio—; ya no me caben más acá, y la gente se va a entusiasmar con tenerlos en sus casas —enfatizó.
—Bueno, ta —dijo el Pacha—, ¿pero qué vamos a hacer con la guita que recolectemos rifando tus elocuentes obras de arte? —replicó con sorna, cosa que ni lo inmutó a Orsi.
—Y, bueno, si tenemos que atenuar el férreo bloqueo que sufre el pueblo cubano, podríamos mandarles unas ristras de chorizos, unas tiras de asado, algún cordero, qué se yo, me imagino que eso les vendría bien, sobre todo la leche en polvo que les mandamos, que, dicho sea entre paréntesis, era de Conaprole, pero nadie sabe en este país de dónde salió, porque la llevaron los mexicanos y los militares cubanos la vendieron en bolsitas de medio kilo en los supermercados del Ejército —agregó con indisimulable disgusto—. La clave es que la mandemos nosotros mismos, que la flaca Sheinbaum ya demostró que no es confiable para estos trotes — prosiguió Orsi—. También podemos mandarles dulce de leche, andá a saber cuánto tiempo hace que esos niños cubanos pobrecitos no prueban el dulce de leche, algunos helados de frutilla y, mirá lo que te digo —agregó el presidente con énfasis—, hasta milanesas con papas fritas podríamos mandar, porque no es solamente ayudar a los niños, sino también darles una alegría a los padres, que no deben comer milanesas andá a saber desde cuándo…
Finalmente, Orsi siguió adelante con su plan, hizo imprimir 1.000 boletos para arrancar con la rifa a beneficio del pueblo cubano, sometido a un férreo bloqueo, y él mismo salió al exterior, cruzó a la plaza Independencia y se arrimó con una libreta de rifas a un grupo de personas que conversaban animadamente al lado de la estatua del prócer.
—¿Quieren comprar unas rifas a beneficio del pueblo cubano, que está sufriendo un férreo bloqueo económico y que por eso la está pasando muy mal? —les dijo Orsi a los integrantes del grupo.
—¿Y por qué crees tú que estamo aquí nosotro, chico, es que aiá no se puede vivir por la dictadura sangrienta que nos ha esclavizao durante tanto tiempo, compay? Más te vale ir a venderle eso boleto a la p…
—¡Vete de aquí, arrastrao, carajo! —lo interrumpió el que había cortado el insulto anterior.
Y Orsi se volvió para la Torre Ejecutiva, cabizbajo, y le dijo al Pacha que mejor se reunían para ver la agenda de la reunión del Consejo de Ministros y dejaban la rifa para otro momento.