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    Lo que Freire le diría a un niño con un agente de IA

    Por primera vez en la historia, cualquier niño con acceso a un agente de IA puede dialogar con una parte vastísima del conocimiento que la humanidad ha acumulado, en el idioma que habla y con las palabras de su mundo, sin necesidad de esperar a la autoridad designada para aprender

    Si Paulo Freire viviera hoy, probablemente sería el pensador más incómodo en cualquier congreso de innovación educativa. No porque fuera antitecnología, sino porque haría la pregunta que nadie quiere hacer: ¿esta herramienta libera o domina?

    Me parece que, frente a un agente de inteligencia artificial, Freire habría sentido las dos cosas al mismo tiempo, y que la distancia entre ellas es exactamente el lugar donde vive el debate más importante de la educación en este momento.

    Lo que hubiera reconocido con alegría es genuinamente extraordinario. Por primera vez en la historia, cualquier niño con acceso a un agente de IA puede dialogar con una parte vastísima del conocimiento que la humanidad ha acumulado, en el idioma que habla y con las palabras de su mundo, sin necesidad de esperar a la autoridad designada para aprender. Freire pasó su vida queriendo eso para los oprimidos: no migajas del conocimiento oficial, sino la posibilidad real de dialogar con el mundo en condiciones más igualitarias. El agente rompe el monopolio del saber que el mal educador usaba como instrumento de dominación dentro del aula. Ese educador puede seguir oprimiendo desde lo administrativo, desde la calificación y desde el poder institucional, pero ya no puede hacerlo desde el conocimiento, porque dejó de pertenecerle en exclusiva.

    Y sin embargo, Freire hubiera hecho enseguida la pregunta que incomoda: ¿quién construyó ese agente? ¿Quién eligió con qué datos entrenarlo? ¿Qué voces están en el centro de ese conocimiento y cuáles están ausentes? Porque el agente no da acceso al conocimiento humano sin filtros. Da acceso a una versión construida por personas concretas, con decisiones concretas sobre qué incluir y qué suprimir, con los sesgos de quienes lo diseñaron y la visión del mundo de las empresas que lo financiaron. Lo más inquietante para Freire hubiera sido que eso se presenta con una autoridad que el mal educador nunca tuvo, porque el mal educador al menos era visible en su parcialidad. El algoritmo se presenta como objetivo. Puede ser la versión más sofisticada de la educación bancaria que él criticó toda su vida: un depositario de respuestas que no declara sus intereses y habla desde ningún lugar, por eso parece hablar desde todos.

    Pero la figura que Freire hubiera celebrado con más entusiasmo no es ninguna de las anteriores. Es el buen educador que existe en este nuevo escenario. No el que desaparece porque ya existe el agente, sino el que se vuelve más necesario y más interesante, precisamente porque existe. El que tiene sus propias opiniones y no las esconde detrás de una pretendida neutralidad, investiga lo que otros pedagogos piensan e intenta ofrecérselo al aprendiente con honestidad sobre sus propios límites, busca activamente sus puntos ciegos y usa al agente para encontrarlos: le pide que tensione sus argumentos, que le muestre lo que no está viendo. Después lleva esa tensión al aula y construye con el aprendiente conclusiones que ninguno de los dos hubiera alcanzado solo. Nadie educa a nadie, todos nos educamos juntos, decía Freire. El agente no reemplaza a ese educador. Le devuelve algo que el sistema le había quitado: el tiempo y las herramientas para ser genuinamente curioso junto a sus aprendientes.

    Lo que el agente no puede dar, bajo ninguna circunstancia, es lo que ese educador tiene de manera irreductible: deseo. Eso puede procesar cualquier pregunta con una velocidad y una profundidad que ningún ser humano puede igualar, pero no puede hacerse una pregunta propia, no puede apasionarse con un problema, no tiene imaginación en el sentido en que Freire la entendía: como la capacidad de ver el mundo no solo como es, sino como podría ser, y de querer transformarlo. Responde sin conciencia, sin deseo, sin la experiencia de estar en el mundo y necesitar que sea diferente. El buen educador sí tiene todo eso. Y es precisamente eso lo que contagia, lo que ningún algoritmo puede replicar porque ningún algoritmo lo necesita para funcionar.

    Entonces, el mensaje de Freire a ese niño con un agente en las manos sería este: tenés acceso a una parte enorme de lo que la humanidad ha pensado, pero también a los sesgos de quienes construyeron esa herramienta. Podés usarla para aprender cualquier cosa y también para cuestionar lo que eso mismo te dice. Buscá a alguien que piense con vos, que tenga sus propias dudas y las comparta, que use esa misma herramienta para encontrar sus propios puntos ciegos. El agente no tiene conciencia, no tiene deseo, no tiene imaginación. Vos sí. No es una limitación que deba resolverse. Es la condición que hace que el diálogo entre vos y eso valga algo. Porque el diálogo verdadero, el único que libera, siempre ocurre entre quienes tienen algo en juego. Y lo que está en juego en ese diálogo es tuyo, y de nadie más.