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Margherita Sarfatti, una de las intelectuales más brillantes de su época, fue “el amor judío” de Mussolini durante 20 años y cómplice de la escalada de autoritarismo y violencia del fascismo en Italia; cuando el duce aceptó las leyes raciales de Hitler, ella se radicó en Montevideo
Hace unos años me compré el libro de Antonio Scurati M: el hijo del siglo. Un ladrillo de 819 páginas sobre la vida de Benito Mussolini, primer tomo de una saga de cinco. Y si algo recuerdo de ese océano de páginas es el rol que jugó Margherita Sarfatti, amante de Mussolini hasta 1938 y constructora de muchas de las ideas y rituales que lo erigieron en líder del fascismo.
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Hasta no hace mucho era una figura olvidada, en parte porque el título oficial de amante y la épica final se la llevó Clara Petacci, pero las cosas han cambiado. Un regreso a escena que importa, porque el nudo de la vida de Sarfatti son las inmensas contradicciones de una mujer que —para bien y para mal— sigue siendo un enigma.
En la película Abajo el telón, la interpretó Susan Sarandon, y en la reciente serie que se ve en MUBI, Mussolini: Hijo del siglo y que está basada en el libro de Scurati, encarna en la enérgica Bárbara Chichiarelli. También hay otros libros: Marcos Aguinis escribió La amante del populismo, y antes de él, Daniel Gutman, El amor judío de Mussolini.
Antonio Scurati El hijo del siglo
El punto es que Margherita Sarfatti fue la amante del duce durante 20 años, y fue una mujer carismática, inteligente y cultísima que hablaba y escribía en cinco idiomas. Fue crítica de arte, periodista, escritora y una de las intelectuales más brillantes de su época. Organizó exposiciones, apadrinó artistas y su influencia marcó la historia del arte italiano. El salón de su casa —en Milán, en Roma y en su villa del Lago de Como— fue durante décadas el centro de la escena artística europea. Se codeó con Filippo Marinetti, fue amiga íntima del escultor Umberto Boccioni y la gran promotora de la corriente del Novecento Italiano, que contó con figuras como Mario Sironi y Carlo Carrá. Su influencia se extendió a nuestros pagos americanos, marcó la colección de Ciccillo Matarazzo y, en consecuencia, el acervo fundacional del Museo de Arte de San Pablo. También hizo lo suyo en el Río de la Plata, vivió en Montevideo, en una suite del Hotel Nogaró frente a la plaza Matriz, escribió notas culturales para El Diario y veraneó en Punta del Este. Como era de esperar, se aburrió y se fue a Buenos Aires, donde se vinculó con Victoria Ocampo y su círculo, conferenció en Amigos del Arte y escribió para Ver y Estimar, revista de Jorge Romero Brest.
Pero lo más perturbador de todo es que Sarfatti fue cómplice de la escalada de autoritarismo y violencia que el fascismo desató en Italia, y lo fue no solo por ser la amante de Mussolini, sino por ofrendarle su talento intelectual a la construcción de la ideología fascista. Escribió en 1925 la primera biografía de Mussolini, en la que glorificó el carácter autocrático, populista y violento de su liderazgo. En los años 30 fue una suerte de reina sin corona, y así iba por el mundo organizando exposiciones e imponiendo un gigantesco busto de Mussolini que había encargado al milanés Adolfo Wildt para el primer aniversario de la Marcha sobre Roma. Mezcló arte y política, y el fascismo le devolvió la bofetada.
Había nacido en 1880 en Venecia, en una rica y prestigiosa familia judía, como Margherita Grassini. Creció en un palazzo sobre el Gran Canal y tuvo una esmerada educación, al grado de que uno de sus preceptores fue Antonio Fradeletto, alma mater de la 1ª Bienal de Venecia. Se casó jovencita con Cesare Sarfatti, un abogado judío con el que tuvo tres hijos. Se hizo socialista, feminista y escribió críticas de arte en el combativo diario Avanti! Conoció a Mussolini en 1912, cuando este —que aún era de izquierdas— asumió como director de Avanti!, y a partir de allí nada fue igual. Ella tenía 32 años y él 29. Cuando lo expulsaron del partido y del diario, por su oposición a la neutralidad en la I Guerra Mundial, fundaron juntos Il Popolo d’Italia, y luego, en 1922, dirigió la revista Gerarchia, desde donde alimentó la imagen del duce como el “hombre providencial” predestinado a conducir Italia a una nueva grandeza.
Una historia de amor y sexo, poder y arte, que llegará a su fin en 1938 cuando Mussolini aceptó las leyes raciales de Hitler. Ella, judía y ya eclipsada por la joven Petacci, se dio cuenta de que le iban a soltar la mano. Y así cruzó el océano para instalarse en Montevideo, en donde ya vivía su hijo Amedeo, y reinventarse como antifascista sin renegar del fascismo. A buen recaudo quedó lo que ella llamaba “mi póliza de seguro”: 1.272 cartas de Mussolini, hoy perdidas. Regresó a Italia en 1947 y murió olvidada en 1961 en su villa del Lago de Como.
La primera mitad del siglo XX fue un tiempo de vértigo, de crisis y guerras, de esperanzas y desilusiones, caldo de cultivo para monstruos y para enigmas como Magherita Sarafatti, hija de su tiempo.