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Mi tía era armadora de camisas. El ruido de la máquina de coser se oía como una locomotora desde el corredor. El motor trepidaba según ella apretaba el pedal. Su espalda se curvaba; la costura salía recta. A medida que avanzaba la tarde, los conos de hilo enflaquecían y a mí me daba un poco de miedo aquella lógica de las agujas empeñadas en engullirlo todo, hasta los dedos de mi tía. Cuando por la noche se apagaba la máquina, mi tía pasaba la escoba y una bola de hilachas con pelusa iba a parar a la basura.
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Las camisas venían desguazadas en partes —mangas, espaldas, delanteros— y se iban armadas. Aquellas telas las reconocíamos después en los vestidos combinados que mi tía inventaba con los retazos sobrantes. Mi léxico de entonces incluía palabras que ahora casi no pronuncio. Por ejemplo, conocía charretera porque las camisas tenían charreteras: unos rectángulos de tela listos para cortar y pegar en los hombros, que en nuestros juegos se convertían en billetes. Con seis años, sabía perfectamente el significado de carretel, canesú, ballena —varillas para el cuello de las camisas—, sisa, bobina… También usaba textil, aunque con otro sentido. La Textil era la fábrica cercana donde los obreros almorzaban al sol o pintaban carteles para denunciar despidos.
A medida que crecimos, empezamos a desear vestirnos con “ropa hecha”, “ropa comprada”, “ropa de marca”. Así llamábamos a la que venía pronta de las tiendas. Nos fue permeando el deseo de tenerla. Además, no había que esperar su confección. Por el contrario, ella nos esperaba en las vidrieras, si había dinero. Cuando quisimos ver, los vestidos caseros y los buzos de lana tejidos en familia habían sido sustituidos por ropas venidas de lejos.
Entonces, también descubrimos palabras nuevas. Los buzos se convirtieron en sweaters y hasta los colores expandieron sus nombres. El beige sonó más refinado si le decíamos crudo, camel, arena, vainilla… Más adelante, aprendimos tendencia, trend o fashion. Un enterito pasó a ser un mono; una camiseta corta, un top; la ropa, indumentaria. Y mientras se armaba esa orgía de palabras, el ropero quedó chico.
Rollos de tela en desuso en Uruguay.
Cortesía de Yuniet Morrel de Looper Life
Según datos de las Naciones Unidas, una persona compra en promedio un 60% más de ropa que hace 20 años, pero la utiliza durante la mitad del tiempo. El fenómeno no es ajeno a Uruguay, aunque no fue posible conseguir datos certeros sobre el descarte. En el país hay intentos variados para alargar el ciclo útil de la ropa. Solytex, por ejemplo, es una iniciativa impulsada por la Coordinadora Nacional de Economía Solidaria: un proyecto colectivo para reutilizar prendas de los ecocentros montevideanos. De lo que reciben, menos de la cuarta parte es reutilizable; el resto vuelve a convertirse en basura. En este momento, sin embargo, están investigando posibilidades tan increíbles como alimentar hongos de huertas comunitarias con parte de esos desechos o convertirlos en energía, cuenta Helena Almirati, integrante de la coordinadora. El proyecto mira lo ambiental y, a la vez, pone el foco en lo social, al dar oportunidades de trabajo a mujeres que no han tenido una vida fácil.
También está Recicla, una cadena local de ropa de segunda mano, ahora second hand, con varias sucursales en Montevideo. O Looper Life, un banco de excedentes textiles surgido a partir de la idea de Yuniet Morrel. Looper Life conecta empresas que guardan rollos de tela o descartes con empresas que los necesitan. Son toneladas de rollos que terminan en galpones porque se les pasó su instante de glamour o por el cierre de las firmas.
Estas búsquedas para minimizar los daños de la industria de la moda vienen también con sus palabras, como upcycling, que, en definitiva, es algo parecido a lo de mi tía cuando hacía vestidos de retazos. Pero estas y otras iniciativas recuperan una parte mínima del descarte; la cuestión de fondo sería producir y comprar menos.
La fabricación exagerada de ropa de escaso valor, además de aportar numerosos neologismos, como fast fashion, incide en la naturaleza. Las montañas multicolores de trapos en el desierto de Atacama, en Chile, o en Ghana son visibles en fotos satelitales. Ghana se considera el principal importador de ropa de segunda mano del mundo. La mercadería llega al país desde Europa, Asia y Estados Unidos, muchas veces camuflada como donaciones. Toneladas, en buena medida basura. El mercado de Kantamanto, en Acra, recibe a diario miles de fardos que a la vez dan trabajo, en general precario, a unas 30.000 personas. El fenómeno comenzó en la década de 1960, en el mismo tiempo en que mi tía cosía las camisas. Al principio, la ropa era de tan buena calidad que los locales no entendían cómo alguien podía desprenderse de una prenda en tan perfecto estado. Imaginaron que los dueños habrían muerto y la llamaron obroni wawu, o “ropa de hombre blanco muerto”. El término se ha convertido en un símbolo capaz de opacar las promesas de la moda. Por más perfume que le pongan, las montañas de ropa sucia huelen mal.