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El problema es cuando el dejar que las cosas ocurran solas se transforma en una filosofía de vida; entonces, nada se anticipa, todo se deja para último momento o directamente para cuando ya es demasiado tarde
Una buena forma para descifrar el ADN de una cultura determinada es hacer un repaso por sus refranes más populares. Porque atrás de cada uno de esos dichos que se repiten generación tras generación hay también una forma de encarar la vida, una señal de la idiosincrasia que define a quienes los utilizan.
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En Uruguay hay varios. Es un país un tanto adicto a explicar todo a través de refranes. Difícil que cada día no aparezca alguno en ámbitos muy diversos y para circunstancias muy disímiles. Algo se complica o es necesario explicarlo rápido y surge alguno de aquellos dichos relacionados con la sabiduría popular. No falla. De novedad tienen poco, todos los conocemos, pero siempre dicen mucho.
Hay uno de ellos que debería aparecer de forma inmediata cuando algún extranjero navega por internet para intentar conocer un poco más sobre los uruguayos antes de viajar o de invertir o de instalarse aquí: “Los zapallos se acomodan en el carro”. Pocos dichos más representativos de lo que ocurre en la penillanura levemente ondulada.
Su origen refiere a la época en la que las frutas y verduras eran trasladadas mediante carretas, por caminos de tierra o empedrados en muy mal estado. En ese entonces, los zapallos se depositaban de forma desordenada sobre el carro y se iban acomodando a lo largo de trayecto, con el movimiento.
¿Por qué un refrán a partir de ese hecho? En otros palabras, la pregunta que resumiría su significado sería: ¿para qué tomarse el trabajo de hacer algo antes, si al final, por la fuerza de los hechos, va a terminar haciéndose solo? La idea es que, en algunos aspectos, es inútil intentar anticiparse, ya que la propia realidad se termina imponiendo. Y tiene sentido. Es verdad que el transcurso del tiempo a veces es la mejor solución. El problema es cuando el dejar que las cosas ocurran solas se transforma en una filosofía de vida. Entonces, nada se anticipa, todo se deja para último momento o directamente para cuando ya es demasiado tarde. Y eso, justamente, es bien uruguayo.
Tenemos vocación de zapallos en un carro. Dejamos que los problemas sucedan sin preocuparnos antes de prevenirlos. Solemos buscar las soluciones cuando ya son demasiado grandes, se expandieron y causaron algún tipo de daño mayor. Recién nos acordamos de que se podía evitar el incendio cuando está todo prendido fuego.
Total, tarde o temprano se va a terminar arreglando. “Ya te vas a mejorar”, como cantaba el Cuarteto de Nos en una de sus viejas canciones. Es cuestión de tiempo, pensamos. Y cuando queremos acordar, ese mismo tiempo nos pasó por encima y adelante tenemos una nube de niebla que no nos permite ni siquiera pensar con claridad.
Entonces, las decisiones que se adoptan para solucionar los problemas son desesperadas y no tan eficientes, porque llegan tarde. En esos momentos, todos se quejan y dicen saber cómo solucionar el entuerto, aparecen especialistas por todos lados, pero la realidad muestra que ninguno actuó cuando era necesario.
Quizás uno de los ejemplos más impactantes de las últimas semanas fue el ataque protagonizado por un estudiante de Medicina con un cuchillo a una compañera de clase. Ese incidente conmovió a gran parte de la sociedad y con razón. Fue muy grave lo que pasó. Y todos salimos a buscar culpables. Que la dirección del liceo anterior, que el decano, que las autoridades universitarias. Sí, está bien, ¿pero qué tal mirar un poco más hacia el costado?
Porque el de Medicina fue un caso extremo pero está lejos de ser un hecho aislado. No lo es doblemente. Primero porque se trató de un episodio evidente de violencia de género, lo que nunca es un caso aislado. Al revés, es un síntoma de la enfermedad social por la que atravesamos. Es una consecuencia de una machismo extremo que sigue presente. Y tampoco es aislado por la forma en la que fue abordado. Recién ahora se iniciaron todos los procesos internos en las instituciones educativas, y en especial en la Universidad de la República, para aumentar los controles como forma de prevenir estos casos. Lo mismo de siempre: llorar sobre la leche derramada.
Pero no es necesario ejemplificar esa vocación de zapallos que tenemos los uruguayos con un episodio tan extremo de violencia, como fue lo que ocurrió en la Facultad de Medicina. También se puede recurrir a cuestiones cotidianas de otras áreas, en especial a asuntos vinculados a la gestión pública, que trascienden a los gobiernos de turno, aunque también ocurren en la actividad privada.
La seguridad social es un claro ejemplo. En especial lo que ocurrió con la caja profesional. Hace muchos años que todos sus integrantes sabían los problemas financieros por los que atravesaba ese organismo, pero iban haciendo remiendos momentáneos hasta que el fuego llego casi hasta las nubes. Ahí recién aparecieron las medidas extremas como para tratar de apagarlo.
¿Y la reforma de la seguridad social? ¿Cuántos gobiernos la postergaron mientras hacían cambios insignificantes para irla llevando? Que se arregle el que viene o el otro, parecía ser la filosofía. Al final, se votó una reforma en el período pasado pero a la uruguaya, sin atacar todos los problemas de fondo, que se mantienen ahí, al acecho.
Para poner otro ejemplo muy distinto, también ocurre con los accidentes de tránsito. Las prohibiciones y los controles en serio avanzan luego de que se registran récords de muertos y heridos como consecuencias de siniestros automovilísticos y de motos, muchos de ellos evitables. También llegan tarde los semáforos, lomos de burro, radares, son casi todos posteriores a las tragedias.
¿Y con los teléfonos celulares en las aulas? ¿Acaso no está demostrado ya a través de varios estudios que perjudican mucho más de lo que ayudan a los estudiantes? Reducen el aprendizaje, generan baja concentración, distracciones y algunos otros efectos negativos. Ni que hablar del uso excesivo de redes sociales en adolescentes. Ansiedad, depresión, aislamiento, siguen avanzando las llamas. Pero, una vez más, llegamos tarde. Recién ahora estamos iniciando un debate para cambiar esa realidad que nos pasó por arriba.
La lista es larga. Esos son apenas ejemplos puntuales. Las soluciones en Uruguay aparecen tarde y a medias. Además de más de tres millones de especialistas en el clima, directores técnicos, políticos, médicos o lo que sea referido al tema que esté en agenda, somos también todos bomberos. El problema es que un incendio se puede apagar, pero lo que destruye a su paso muchas veces es irreversible.