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    Otro día en la oficina

    "Hollywood, los grandes estudios, todas las marcas globales exigen hoy que todo producto cultural pase por un filtro de purificación moral antes de ser consumido. Es una especie de greenwashing cultural: una lavada de cara que utiliza causas justas como etiquetas de marketing para maquillar una industria que responde a lógicas estrictamente comerciales"

    Columnista de Búsqueda

    Hace ya unos cuantos años, Jean Baudrillard explicaba cómo las sociedades modernas sustituyen la realidad por un conjunto de signos autónomos que ya no refieren a nada real. El filósofo francés hablaba de la “hiperrealidad”, ese estadio donde el decorado importa más que el escenario real. “La simulación ya no es la de un territorio, un ser referencial o una sustancia. Es la generación, mediante modelos, de un real sin origen ni realidad: un hiperreal”, explica en su libro Simulacros y simulación. Si uno mira las campañas de prensa internacionales, las alfombras rojas de Hollywood o el debate en las redes, se puede ver que esa vieja teoría dejó de ser un texto universitario y se convirtió en una suerte de manual de operaciones para la autopromoción moral.

    Un buen ejemplo puede ser la última polémica en torno a la película La Odisea, dirigida por Christopher Nolan. Una de sus protagonistas, la actriz Lupita Nyong’o, declaró en una de las entrevistas promocionales una frase que parece un resumen del signo de este tiempo. En tono de reproche más o menos humorístico, la actriz dijo: “A ver, Homero, ¿cómo te sientes respecto al tiempo en pantalla que das a las mujeres en La Odisea considerando lo poco que pasaste con ellas?”. La declaración, quizá pensada para el titular rápido y el aplauso de las redes, seguramente tenía también la intención de cuestionar el papel de la mujer en la historia. El problema, como ocurre casi siempre en estas épocas de indignación diseñada por departamentos de relaciones públicas, es que la premisa no tiene mucho sustento real.

    Cualquiera que haya leído el texto atribuido a Homero (o que simplemente haya buscado la sinopsis en Wikipedia) sabe que el viaje de Odiseo está sostenido y condicionado por figuras femeninas con un peso dramático muy grande. Es Atenea quien mueve los hilos políticos y divinos; son Circe y Calipso quienes empujan el destino del héroe; y es Penélope la que ejecuta la resistencia política en Ítaca, demostrando una astucia que emparda a la del propio protagonista. Nyong'o, además, interpreta en el filme a Helena de Troya y a Clitemnestra, dos personajes que, lejos de ser accesorios, son el motor y el trauma que fundan toda la épica griega. Señalar a Homero por no darles suficiente “tiempo en pantalla” no es solo un anacronismo que juzga la poesía oral de la Edad del Bronce con los criterios del comité de diversidad de Netflix, también es errarle al bizcochazo.

    Sin embargo, Nyong’o no es una desinformada que llegó ayer a un set sin haber leído jamás un clásico, por más que declarara no haber leído la Odisea antes de recibir el guion y la propuesta. Es una egresada de la Escuela de Drama de la Universidad de Yale, una de las instituciones más exigentes en lo que refiere al arte dramático. No hay casi ninguna posibilidad de que ignore el peso de la representación femenina en la tragedia griega o en buena parte de los textos clásicos. Entonces, ¿por qué dice lo que dice?

    La respuesta más obvia —navaja de Occam mediante— es que la actriz no está respondiendo desde su formación intelectual, sino desde su rol como parte de una maquinaria corporativa. Dice lo que “debe” decir porque está perfectamente alineada con los planteos del poder actual. Hollywood, los grandes estudios, todas las marcas globales exigen hoy que todo producto cultural pase por un filtro de purificación moral antes de ser consumido. Es una especie de greenwashing cultural: una lavada de cara que utiliza causas justas como etiquetas de marketing para maquillar una industria que responde a lógicas estrictamente comerciales. En ese esquema, el artista necesita proteger su reputación frente a los tribunales de las redes. Hay que ponerse del “lado correcto de la historia”, aunque eso implique regañar a Homero en una entrevista de televisión.

    Este fenómeno de domesticación del discurso artístico es el que analiza la escritora argentina Ariana Harwicz en su ensayo El ruido de una época. Harwicz viene advirtiendo sobre el peligro de la “literatura del marketing” y la tendencia a imponer dogmas ideológicos a la creación artística. La argentina apunta a la existencia de una autocensura horizontal: el miedo a la muerte civil, al reproche digital y a quedar desalineado del catecismo de turno. En el esquema de Harwicz, las declaraciones de Nyong'o serían un buen ejemplo de cómo los artistas abdican de su función crítica para convertirse en una suerte de comisarios políticos de las obras que crean o interpretan.

    Cabe la posibilidad, claro, de que Nyong’o, por su edad y trayectoria, hable creyendo que hace algo sincero y revolucionario. Que realmente crea que con su declaración “visibiliza” una injusticia histórica real que el mundo se niega a ver. La paradoja es que esa pretendida disidencia está, en realidad, bastante alineada no solo con la agenda corporativa de Hollywood, también con las directrices de la gobernanza global. La declaración de Nyong'o no solo no desafía las estructuras de poder existentes; se mimetiza con ellas para no complicar su lugar en el mercado cinematográfico y en el de ideas “cool”, que son aquellas que se pueden y deben decir.

    Y ahí volvemos a Baudrillard. La queja sobre la falta de visibilidad de las mujeres en el mito griego es un signo que ya no tiene relación con el texto real de la obra. Es un debate simulado, un hombre de paja construido artificialmente para poder ser corregido públicamente y demostrar, así como al pasar, la supuesta superioridad moral de nuestra era. Ya no se conversa sobre algo que existe (el texto de Homero), sino que se discute sobre una versión artificial, basada en conceptos del marketing y en cuotas corporativas, un simulacro, mientras la realidad borrada ya no le importa a nadie.

    El riesgo de este proceso no es solo estético o académico. Es también político. Si el arte del pasado, ese que resistió 2.700 años y nos sigue interpelando, se convierte en un espejo narcisista en donde solo aceptamos ver reflejadas nuestras propias obsesiones contemporáneas, vamos perdiendo la posibilidad de comprender cómo fue que llegamos hasta acá. Si todo clásico debe ser reescrito bajo el manual moral del año 2026, el pasado deja de existir y se convierte en un simulacro que podemos señalar como algo que está mal, sin siquiera entenderlo o conocerlo. Aceptar eso implica quedarnos sin historia, atrapados en la maraña de ruido de una época que cree estar inventando el hilo negro mientras se instala, cómoda y satisfecha de su elevada estatura moral, en medio de la corriente principal de ideas que se empuja desde el poder realmente existente.

    Obviamente, no se trata de defender un purismo académico, rancio e inútil. Apenas recordar que un arte sumiso a las pautas impulsadas desde arriba (por empresas u organismos, es igual) se convierte, al decir de Harwicz, en un arte que apenas está “constatando la época”. Un arte vacío, sin propósito propio, la nada misma. Cuando la rebeldía pasa a ser parte de un listado de cosas que aparecen en un contrato de promoción, deja de ser disidencia y pasa a ser parte de lo aceptado, tan solo otro día en la oficina.