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Al fundar Peñarol de Pemba, en África, Bruno Rodríguez no les dio una pelota para que jugaran, les dio un proyecto de autonomía a largo plazo que, si es exitoso, trascenderá en el tiempo
Hace unos días, a la mesa de trabajo del editor Santiago Perroni llegó la noticia de que había un uruguayo viviendo en Mozambique que fundó un club de fútbol al que llamó Peñarol de Pemba. En realidad el equipo ya existía, pero no tenía nada, los jugadores se tenían que comprar los zapatos, no tenían dirigentes ni presidente. Solo un técnico que le ofreció a este uruguayo ser el presidente del club. El uruguayo aceptó con la condición de que los colores del club fueran el amarillo y el negro y se llamara Peñarol, como el cuadro de Valverde. A él sí lo conocían.
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Bruno Rodríguez es ahora el presidente de Peñarol de Pemba, con el correspondiente permiso del club aurinegro de Montevideo. Consiguió camisetas titulares y suplentes, puso arcos en el baldío donde entrenaban, pintó banderas, transformó gazebos inutilizados y documentó todo en redes sociales.
Así, esta historia curiosa y llena de color no demoró en llegar a la sección deportiva de varios medios, que se contactaron por algunos minutos con él para hablar del equipo y su gestión.
¿Pero quién es la persona detrás de ese proyecto tan apasionado? ¿Quién llega hasta ahí y se toma el trabajo de integrarse y comprometerse de esa manera? Alguien que mira a su alrededor, que ve a las personas, que observa lo que pasa, que intenta ayudar. Alguien que sabe seguir sus sueños.
Bruno era militar, pero quería trabajar para las Naciones Unidas. Estudió una carrera y después un posgrado, buscando la manera de acercarse a la organización internacional. Hasta que consiguió involucrarse con la Agencia de Naciones Unidas para los Refugiados de Palestina en Oriente Próximo, y estuvo viviendo seis meses en Amán, la capital de Jordania. Aunque era un trabajo no remunerado y muy aburrido, le sirvió para familiarizarse con los métodos y protocolos en contexto internacional. Luego, un voluntariado en Dinamarca y, después, una ONG francesa, que le ofreció un puesto en Mozambique.
Su camino continuó por diferentes organizaciones en las que trabajó en tareas de ayuda humanitaria, como la rehabilitación de puntos de agua, la construcción de viviendas para personas desplazadas y programas de agricultura; o como enlace comunitario, un rol que supone entender a la gente y las particularidades políticas, religiosas y étnico-tribales de cada lugar, así como las dinámicas que se generan dentro de las comunidades.
Bruno dirige la oficina provincial de la ONG genovesa Helcope en Cabo Delgado, una provincia al norte de Mozambique, cuya capital es Pemba, y que desde 2017 es el foco de una insurrección islamista.
Hoy Bruno dirige la oficina provincial de la ONG genovesa Helcope en Cabo Delgado, una provincia al norte de Mozambique, cuya capital es Pemba, y que desde 2017 es el foco de una insurrección islamista. Todo esto, mientras documenta lo que ve a través de su cámara de fotos.
Han pasado varios años desde que Bruno llegó a África, un continente con muchos problemas sí, pero también muy estigmatizado. Aunque él vive rodeado de personas con carencias materiales —a tal punto que tomarse una cerveza un viernes de noche puede hacer sentir culpa—, logra reconocer en la sociedad africana valores mucho más avanzados que los occidentales. “Tienen un concepto de la familia como comunidad que nosotros hemos perdido. Acá se vive y se convive en comunidad, y tiene sentido por donde lo mires”. Bruno entiende que el enfoque capitalista del mundo ha llevado a que África viva sumergida. Pero a través de la tecnología e internet están accediendo a la información. “Creo que, de alguna forma, estamos ante un despertar de los países africanos”.
Desde hace un tiempo, África está empezando a levantar la cabeza e intentar sacudirse la imagen que el mundo tiene de ella. Un paso en este sentido lo dio Burkina Faso cuando impulsó el decreto que prohíbe la “pornografía de la pobreza”. Con esta medida legal “queda estrictamente prohibido que creadores de contenido, influencers, turistas y organizaciones no gubernamentales (ONG) fotografíen o graben a niños y personas en condiciones de vulnerabilidad extrema mientras reciben donaciones, alimentos o dinero para ganar visitas o recaudar fondos en redes sociales”. El gobierno argumenta que esta ley frena la narrativa de que el ciudadano africano es un sujeto pasivo, desvalido y dependiente de la caridad extranjera, devolviéndole la dignidad.
Esto fue lo que hizo Bruno. No les dio una pelota para que jugaran. Les dio un proyecto de autonomía a largo plazo que, si es exitoso, trascenderá en el tiempo y le dará a la comunidad un sentido más de pertenencia, un lugar de disfrute y, por qué no, una oportunidad para muchos de cumplir un sueño.