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    Sin las botas puestas

    Si no se cambia el centro del problema, que está en la forma misma de gobernar, de ejercer el poder y de mostrar lo que se hace, nada de lo demás va a cambiar; llegó la hora del golpe de timón, del cambio de rumbo

    Director Periodístico de Búsqueda

    El gobierno está en crisis. Así lo evidencian los hechos y también los números. Atraviesa por una zona de turbulencias, por un período en el cual el viento se le puso en contra. Lo primero que debería hacer es asumirlo plenamente. No solo decirlo, que ya lo ha hecho, sino tomar real magnitud de lo que está ocurriendo y ponerse a discutir cuáles pueden llegar a ser las salidas.

    Porque las crisis también pueden llegar a ser muy fructíferas. Es más, existe una creencia muy extendida de que la palabra crisis en chino significa “oportunidad” y se suele recurrir a ella para buscarle el lado positivo. En realidad, no es estrictamente así. El verdadero significado de los dos caracteres mediante los cuales se compone esa palabra en chino mandarín son “peligro”, el primero, y “momento crucial” o “tiempo de cambio”, el segundo.

    Por más que no signifiquen estrictamente “oportunidades”, como se atribuye popularmente a los chinos, sí son, tanto para ellos como para todas las demás culturas, espacios para promover cambios. Son momentos en los cuales es necesario replantearse todo lo hecho y mantener lo que está bien, pero corregir lo que está mal. Aquello del “susto que despierta al mamado” que en determinado momento planteó la exvicepresidenta y referente del Movimiento de Participación Popular (MPP), Lucía Topolansky.

    En la oportunidad en la que Topolansky lo dijo por primera vez, el susto despertó al mamado. Fue durante la campaña electoral al final del gobierno de su esposo, José Mujica, cuando las encuestas mostraban un favoritismo para el blanco Luis Lacalle Pou, que competía por la presidencia con Tabaré Vázquez. Entonces se juntaron varios referentes del Frente Amplio, Mujica incluido y liderando la movida, para ver cómo cambiar la pisada. Empezaron a realizar giras por el interior, a ir a los barrios, a movilizar a la militancia. ¿El resultado? Vázquez terminó ganando las elecciones con mayoría parlamentaria.

    Hoy la circunstancia es hasta más complicada para el oficialismo y el mamado sigue sin despertar. Ha mostrado algún signo de que al menos lo está intentando pero todavía no es suficiente. Hay un mar de fondo muy revuelto, demasiado ruido, jerarcas enojados con otros jerarcas, unos echando la culpa a otros y otros a otros, y muy pocos se han puesto a mirar con seriedad y planificación el futuro.

    Hay solo una lectura posible con respecto al mañana. Si no se cambia el centro del problema, que está en la forma misma de gobernar, de ejercer el poder y de mostrar lo que se hace, nada de lo demás va a cambiar. Llegó la hora del golpe de timón, del cambio de rumbo, del sacudón que realmente sirva como para sacarse de encima toda esa modorra que está dejando la sensación de que se decide muy poco y mal. Para eso también sirven las crisis, son como para generar un antes y un después.

    En este caso, hay al menos dos después posibles. El primero es algo parecido a una crónica de una muerte anunciada. Eso sería seguir en la misma dirección, sin ningún cambio significativo y atravesando el temporal de una forma pausada, con un dirección clara pero sin velocidad ni sorpresa. En otras palabras, continuar haciendo más o menos lo mismo, con todas las mismas personas a cargo y al mismo ritmo. Lo que no va a mejorar la actual situación, la va a mantener, hasta desembocar en una derrota electoral prácticamente segura del oficialismo en 2029.

    El segundo es dejar un poco de lado el concepto de “la revolución de las cosas simples” y empezar a instrumentar “la revolución de las cosas importantes”. Esto es, revolucionar al menos algo de lo que es necesario revolucionar en Uruguay. Por supuesto que con criterio y manteniendo esa tibieza que tanto caracteriza a la política local, pero promover cambios significativos.

    Para eso parece bastante evidente que lo primero es realizar algún relevo, como ocurre con cualquier equipo que no está funcionando de la mejor manera. No tienen por qué ser muchos jerarcas, pero sí lo suficientemente importantes como para que quede clara la señal. Se podría hacer sumando nuevas figuras a la primera línea del gobierno o sustituyendo unas por otras. Es un primer paso para torcer el rumbo.

    Pero no se trata solo de nombres. Es más, es probable que eso no sea lo más importante. Igual o de mayor impacto para poder sanar, al menos en parte, a un gobierno mal herido es que se vuelva a apoderar de la agenda y que lo haga a través de temas trascendentes, esos que involucran a todos y que sacuden por su impacto. En otras palabras, ubicarse a la vanguardia y apoderarse de los asuntos centrales, cuanto más polémicos y profundos, mejor.

    La reforma del Estado es, por ejemplo, uno de los temas más urgentes y ninguno de los recientes gobiernos ha logrado abordarlo a fondo. Se han hecho algunos retoques pero no los cambios que son necesarios. Todos temen pagar un alto costo político si se meten con esa enorme estructura tan asociada a la idiosincrasia uruguaya y puede que tengan razón. Pero los costos políticos pasan a ser relativos cuando la aprobación a la gestión está en caída.

    Podría ser también plantarse más firme en el combate contra la delincuencia, a través del aumento considerable de las medidas represivas y de patrullaje o con medidas disruptivas. Algún indicio con respecto a lo primero hubo con la idea de instalar patrullas militares en los barrios más peligrosos. Bienvenida sea, esa debería ser la actitud. Pero capaz que también se puede atravesar otra línea y discutir sobre la posibilidad de una legalización de todas las drogas para combatir el narcotráfico. Una locura, dirán muchos. O no, porque peor es terminar como esos países gobernados por los narcos.

    Otra posibilidad es realizar un ajuste político en serio y terminar con algunos privilegios que tienen los que ejercen la función pública en algunos ámbitos y que tanto molestan a una parte cada vez más importante de los uruguayos. Recortar los viajes de los legisladores, suprimir los viáticos, acortar las licencias y los subsidios, proponer la disminución de algunos cargos electivos son ejemplos, pero también se podría ir más allá y plantear una reforma electoral mucho más profunda, que disminuya de forma importante los costos de la política.

    Son apenas algunas ideas que podrían servir para salir de esta agonía, que no se disipa. En definitiva, las crisis también están para eso, para pasarlas de la mejor manera posible haciendo lo que hay que hacer. Después vendrán los tiempos en los que verdaderamente se midan los costos políticos y las popularidades. Solo el verbo hacer cambia el rumbo. Lo otro es morir con los botas puestas, o peor todavía, porque ni siquiera está claro cuáles son las botas que eligió ponerse el gobierno.