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    Todos cracs

    ¿Qué buscan cuando todo su odio sale de los círculos íntimos y se hace público con tremendo nivel de violencia? Claro que estamos enojados y queremos que la selección uruguaya gane, pero el ensañamiento es completamente desmedido; después no hablemos de salud mental

    Columnista de Búsqueda

    Estoy triste. Frustrada, enojada, desilusionada. Como casi todos, bah. Pero también estoy preocupada. No me voy a hacer la angelita, todos criticamos a los jugadores de nuestros cuadros y de la selección cuando erran. A los dos minutos hacen un gol y son héroes. Esto es siempre así, pero yo solo pido que paremos un poco. Que pensemos qué estamos haciendo.

    Pongámonos en situación. Uruguay va al Mundial con toda una previa complicada. Un vínculo difícil con un técnico que nunca logró calar en el equipo, con una forma de dirigir y entrenar que —él mismo reconoció— no hacía sentir cómodos a los jugadores. Con un grupo que estaba acostumbrado a otro vínculo con sus DT y así lo hizo saber. También con actitudes individuales y grupales que, según el propio técnico, no iban con sus métodos. Ahí cada uno sabrá cómo actuó. La relación de Marcelo Bielsa con la prensa también fue complicada, pero eso es lo de menos en este momento. Es cierto que algunos periodistas se fueron de mambo con las críticas y el bombazo permanente al entrenador, pero eso es tema aparte y no es el foco de esta columna. No es menor, pero cada uno sabe por qué y para qué hace y dice las cosas que hace y dice.

    Pero nosotros igual estamos llenos de ilusión, creemos que podemos ser campeones del mundo y que la garra charrúa al final siempre aparece. ¿En base a qué? A nada, a la ilusión misma. A lo lindo que es ver a Uruguay en la cancha. Uruguay nomá. Vamo’ nosotro’. Ay, Celeste, regalame un sol. Y así nos emocionamos. Escuchamos los primeros acordes de Cuando juega Uruguay, de Jaime, y se nos eriza la piel, aunque algunos digan que esa canción no le dio suerte al equipo —las cábalas, tema aparte—.

    Y allá vamos con el corazón explotado, aunque ya habíamos visto que el equipo no rendía todo lo que nosotros pretendíamos y exigíamos. Y pasó lo que nadie quería. Uruguay se volvió a casa demasiado temprano. Ni un partido ganó. Jugó mal. Y entonces todo el amor celeste y la gloria y la garra se convierte en ira, bronca, odio y no nos alcanza con criticar en casa, con nuestra familia o nuestros amigos, o en nuestros grupos de WhatsApp. No, necesitamos más, necesitamos que el mundo entero sepa que creemos que tal jugador es un muerto, un perro, que no puede volver jamás a la selección, que es un pecho frío y que juega sin piernas o sin manos. Creemos que tenemos la potestad de exigirle a ese jugador que nos dé lo que queremos porque, si no, vamos a desearle la peor desgracia y, además, se lo vamos a hacer saber. Las redes sociales tienen eso, ¿no? Lo que antes se gritaba en una tribuna y pasaba como una descarga de bronca, ahora tiene un arroba y el nombre de una persona. A esa persona le vamos a decir hijo de puta, no merecés ser uruguayo, no vuelvas al país, que lo acribillen cuando baje del avión, vergüenza nacional, cadáver.

    ¿Pero estamos todos locos? ¿Qué buscan cuando todo ese odio sale de los círculos íntimos y se hace público con tremendo nivel de violencia? Claro que estamos enojados y queremos que Uruguay gane. ¿Alguien piensa que los jugadores no? ¿Creen acaso que no pueden cometer errores? ¿Qué les pasa? Está bien, puteemos en casa. Critiquemos al técnico, a los jugadores, al presidente de la Asociación Uruguaya de Fútbol (AUF), a quien se nos cante. Hablemos fuerte en el bar con los amigos, armemos el dream team, enseñémosle a los que se dedican a esto cómo tienen que hacerlo. Total, nosotros nunca nos equivocamos en nuestros trabajos, ¿no?

    Sí, hubo un proceso muy malo desde el día uno de esta última gestión con Bielsa a la cabeza. Él tendrá su responsabilidad, la tendrá Ignacio Alonso como cabeza de la AUF, y también la tendrán los jugadores, claro. Y esas responsabilidades seguramente después pasen factura a sus propias carreras. Pero el ensañamiento es completamente desmedido. No me bajo de esta postura y se la discuto a cualquiera. No digo que no podamos criticar, al revés. Libertad de expresión siempre. Libertad para incitar al odio, no.

    Después nos horrorizamos cuando hay tragedias. Hablamos horas sobre salud mental, sobre la cantidad de suicidios que hay en nuestro país, sobre cómo vivimos sobrepasados de psicofármacos y no entendemos cómo alguien que creemos que lo tiene todo cae en una depresión, o peor, se pega un tiro. Cuánta hipocresía, ¿no? Qué raro, che, el tipo es millonario y dice que está deprimido. Que se deje de joder, mirá la mina que tiene, vive en una mansión, viaja a donde quiere. Así piensan. Y creen que todo su odio no afecta en nada a las personas y que tienen que bancar porque ganan un montón de plata. No se me ocurre un razonamiento más corto, perdón. Esas personas que, igual que vos o que yo, tienen hijos, padres y familias que reciben el mismo odio porque no pueden evitar recibirlo. Aunque quieran, no pueden. Se los hacen llegar. Les mandan memes, se burlan, les hacen un bullying brutal, aunque sean adultos. Piensen, por favor, piensen.

    Tengo claro que esta postura no es compartida por mucha gente. Que pensarán que quienes tenemos esta sensación somos woke, mantequitas, frutillitas, generación de cristal. Quisiera, sí, que intentaran por un segundo sentir en el cuerpo todo ese odio. No lo bancan ni un minuto. Y no, no es aceptable el argumento de que son millonarios, que para eso les pagan, que no tienen ninguna necesidad y todas esas pavadas. Nadie merece tanto odio. ¿Son delincuentes? ¿Genocidas? Vamos. Podemos ser mucho mejores que este nudo de mugre en el que parece que nos convertimos.