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    Un nuevo sapo tragado

    La visita incómoda al portaaviones estadounidense y la sensación de que el presidente Orsi busca quedar bien acá y allá y termina enojando a un pueblo

    Columnista de Búsqueda

    La verdad, al principio pareció otra discusión estéril. Una más. Si el presidente se había subido a un portaaviones, si pidió permiso, si puede o no puede, si somos amigos o enemigos de los Estados Unidos. Aburridísimo. Sin embargo, con el paso de las horas la cosa fue tomando otro color, u otros. Porque hay varios puntos interesantes en la última peripecia presidencial.

    Apenas llegaron las primeras fotos del presidente Yamandú Orsi en el portaaviones USS Nimitz el desconcierto fue total. ¿Qué hace Orsi con sus pulgares hacia arriba en una aeronave militar estadounidense? ¿Qué señal está dando? ¿Está buscando quedar bien con los amigos del norte? ¿Ya no le importa la guerra? ¿Es inteligencia artificial? ¿O está haciendo un homenaje a la conocidísima frase del expresidente José Mujica que decía que “a veces hay que tragarse sapos”? Todas interrogantes que empezaron a surgir y que hicieron crecer la molestia adentro y afuera.

    La primera polémica pública fue la constitucional. El diputado nacionalista Federico Casaretto advirtió que el presidente estaba violando la Constitución por no haber pedido permiso a través de la venia del Senado para que ingresara una aeronave militar extranjera a territorio nacional. “Tuvimos sesión de Diputados el martes y del Senado el jueves, donde perfectamente lo podríamos haber tratado y aprobado. El gobierno del Frente Amplio optó por violar la Constitución de la República”, escribió el legislador en su cuenta de X.

    Ese mismo argumento, llamativamente, fue esgrimido por la central sindical el domingo pasado, a pocas horas de conocerse la visita. Pero, claro, el tema constitucional rápidamente quedó por el camino y apareció la cuestión ideológica, no solo por parte del PIT-CNT, sino también de buena parte de la dirigencia frenteamplista. El Poder Ejecutivo aseguró que el buque siempre estuvo en aguas internacionales y que no ingresó al país. Tema liquidado el constitucional, digamos.

    El asunto es que el vínculo de la izquierda uruguaya con los Estados Unidos, y particularmente con el presidente Donald Trump, no es el mejor. No en el gobierno, donde las relaciones internacionales se cuidan desde otro lugar, sino en la fuerza política. Para muchos, solo nombrar ese país ya es una afrenta, mucho más si su líder es quien es hoy. Pero además está la guerra. Ese punto no es menor. ¿Por qué en este momento, en el que el mundo está siendo espectador y a la vez víctima de una guerra encabezada por Trump, al presidente uruguayo se le ocurre que es buena idea ir a visitar un portaaviones de la marina norteamericana? Es raro, sí. Hay un simbolismo fuerte en la propia visita, pero también en las fotos. Mucho más raro cuando el Frente Amplio viene condenando sistemáticamente distintas acciones del gobierno de Trump, como la guerra contra Irán o la intervención en Venezuela.

    Entonces, vinieron las críticas desde adentro, algo que en el gobierno se está haciendo bastante frecuente, en especial por parte de algunos sectores y sobre distintos temas.

    El ministro de Trabajo, Juan Castillo, histórico integrante del Partido Comunista del Uruguay (PCU) fue uno de los primeros en separarse de esta decisión del presidente. “No me gustó”, dijo ante la consulta en una entrevista en Desayunos informales. “Yo no lo haría, pero el presidente de la República es él”, agregó, y lo consideró como “un mensaje contradictorio” en medio de la guerra. A sus palabras se sumaron las de otro integrante del PCU, el senador Óscar Andrade, quien en TV Ciudad señaló como “inoportuna” la visita en medio de una “agresividad brutal de los Estados Unidos hacia América Latina” y un “bloqueo criminal” contra 11 millones de cubanos.

    Cualquiera podría pensar que la reacción es lógica viniendo del Partido Comunista, sector al que también pertenece el presidente de la central sindical, Marcelo Abdala, quien calificó como “penoso” y “decepcionante” el episodio. Sin embargo, en el Frente Amplio la incomodidad excedió a ese sector. Sin ir más lejos, el propio presidente de la fuerza política, Fernando Pereira, se manifestó en contra. “Yo no iría”, dijo en Subrayado. “Es una imagen que molesta a los frenteamplistas”, agregó. Y luego consideró que, de todas formas, es una acción que “hay que intentar comprender porque supone un conjunto de desafíos que, cuando uno gobierna, asume”. Claro, una cosa es mantener relaciones comerciales y de Estado con otros países, y otra distinta es que, en medio de una guerra y cuando la fuerza política que gobierna no para de cuestionar las decisiones del presidente estadounidense, su máximo líder se saque la foto en el portaaviones. Menos, incluso, cuando en los últimos días esa misma acción la habían tenido los presidentes de Argentina, Javier Milei, y de Chile, José Antonio Kast. No es fácil de tragar para el partido del presidente. Otro sapo, como los que decía Mujica. Solo desde el MPP —su sector— salieron a respaldarlo e intentar quitarle trascendencia al asunto.

    Es completamente entendible el planteo de que los Estados deben vincularse mucho más allá de los presidentes de turno. Y, si lo pensamos de forma pragmática, Orsi se curó en salud al menos ante los ojos de Trump o sus asesores cercanos. El embajador Lou Rinaldi invitó al presidente, el presidente fue, se sacó la foto, todo bien con Estados Unidos, no nos va a pasar nada. Un razonamiento lógico ante la situación mundial. Y, evidentemente, que las acciones que toma Trump —guerra, política migratoria, discriminación, injerencia en otros países y unos cuantos etcéteras— no sean compartibles no significa tener que cortar relaciones. De ahí a pasear en el portaaviones hay una distancia que podía haberse salvado si el enviado era un integrante del gobierno de menor rango. Por ejemplo. Quienes en la interna frenteamplista defienden la visita señalan que Orsi no tenía opción ante la invitación. Bueno, quizás sí tenía y prefirió no tomarla. Seguramente, en ese análisis pesó más mantener el buen vínculo con un país cuyo presidente hoy inicia una guerra o mañana no le gusta lo que hacés y te impone aranceles exorbitantes que quedar bien parado ante su militancia.

    Pero está la otra mirada. La del partido que rechaza el imperialismo, que señala a los Estados Unidos como la fuente inagotable de los problemas del mundo, que detesta a Trump y a sus medidas y que ahora ve a su presidente en una aeronave militar, con los deditos arriba. Entonces, la pregunta es: ¿cuánto más Orsi va a distanciarse de las posturas internas de su fuerza política sin que le empiece a costar caro? Unas pocas horas antes había estado en el Quincho de Varela —histórico recinto de celebración del 1 de mayo del expresidente José Mujica—, brindando con dirigentes sindicales después de presenciar un discurso en el que el antiimperialismo fue la bandera. También había empresarios, claro, como siempre, y también estaba el embajador de los EE.UU. Pero sigue siendo raro. Como que ni una cosa ni la otra. Todo bien acá, todo bien allá, pero al final nadie queda conforme. Es eso: las acciones del presidente, en muchos casos, buscan complacer a unos y a otros, y terminan enojando a un pueblo.