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Patricia Ligia: del ‘mainstream’ global al pulso del candombe

La bajista uruguaya formada en Berklee y convocada por Karol G, Ricardo Montaner y Matteo Bocelli

Durante los últimos años fue la bajista de Karol G y actualmente lo es en las bandas de Ricardo Montaner y el italiano Matteo­ Bocelli. Patricia Ligia es de las pocas músicas uruguayas que juega en la primera división de la industria de la música en vivo global. Vive en Estados Unidos pero se podría decir que su vida es una montaña rusa. En estos días está en Italia, en una gira como bajista del cantautor y pianista italiano Matteo Bocelli (hijo del tenor Andrea Bocelli). En agosto retoma la gira europea con Ricardo Montaner, con quien luego tocará en varias ciudades de Estados Unidos, México y Centroamérica. Luego se dedicará a trabajar con el trío Biribá Union, con el que acaba de publicar el disco Passing Go. Allí toca junto con el cellista, compositor y productor estadounidense Mike Block y el cantante y rapero Christylez Bacon, también estadounidense. Con ese grupo de vanguardia experimental tiene agendada una residencia interpretativa de tres días para preparar una serie de conciertos que darán en Nueva York en 2027.

Antes de radicarse en Estados Unidos, esta instrumentista y compositora uruguaya de 37 años, cuyo nombre completo es Patricia Ligia Gómez Ferolla, estuvo durante una década en la banda Croupier Funk, uno de los tantos proyectos que compartió con la trompetista Alejandra Gala Gómez Ferolla, su hermana gemela (ambas usan sus dos nombres para sus carreras artísticas), quien también estuvo radicada en Estados Unidos durante varios años y a fines de 2025 volvió a radicarse en Uruguay.

En 2015 Ligia publicó un disco con el proyecto Guanaco, un dúo experimental que formó con el baterista P. P. Canedo, y antes hizo música incidental para varias obras de teatro acrobático y circo en El Picadero. “Fueron proyectos muy queridos, con gente con una visión artística compartida y una dirección de trabajo y creativa a la par”.

Durante los últimos tres meses Ligia publicó dos temas propios en Spotify­: Yesterday’s Assumptions y Como una pluma, en los que toca el bajo y canta con los músicos Eric Escames y Magela Herrera. “Estoy sosteniendo esta carrera en paralelo entre mi trabajo con solistas como Montaner y Bocelli y mis proyectos personales, mis producciones, mis ideas, que son muy importantes para mí”. Para fin de año tiene previsto retomar la gira con Matteo Bocelli por Estados Unidos y Latinoamérica.

Con esta reflexión sobre su vida artística comenzó esta entrevista con Galería: “Si te gustan las montañas rusas, esta vida está buena. Hay que aprender a ver cuándo viene la bajada, la meseta y la subida. Entender esa cosa cíclica del mundo de la música. Hay que combinar las grandes giras con los otros proyectos que alimentan una carrera. Si te gusta esa vida, es divertido. En las giras hay cosas que se pueden controlar y otras que no. Empieza un tour, OK, está claro cuánto va a durar. Los grandes conciertos implican un sacudón emocional que a veces lleva tiempo asimilar; trato de bajar un poco después. Cuando voy a tocar a Uruguay, como fui este año con Montaner y con el tributo a Claudio Taddei, ni que hablar. Aprovecho para ver familia y amigos y también para tocar en boliches con mis otros proyectos”.

Durante mucho tiempo estuviste afuera gestionando tu formación, en Berklee (Boston) y otros centros académicos y luego armando tu carrera como música independiente. Ahora, ¿al pasar a tocar con Karol G ingresaste a otra liga del mundo de la música?

Sin dudas. Hay cosas que pasan a ser más “corporativas”, en el sentido de que ese tipo de trabajo te marca una agenda, te dan un plan de ensayos y de giras, y un plan económico. Es muy estructurado. Es una agenda que abarca por lo menos un año hacia adelante. Algunos shows se prevén con mucha antelación y otros van surgiendo mes a mes. En esta industria te convocan por proyecto, ya sea una grabación o una gira. Es un vínculo­ entre productores y músicos que se va forjando a partir de la confianza, la antigüedad y dependiendo de la relación que se entable con el solista o artista principal. Yo por lo general voy renovando contratos y vínculos año a año, porque me interesa evaluar los proyectos también. Me gusta decidir con qué estoy, y si me subo o no a esa montaña rusa (ríe). En cualquier trabajo, es muy complejo el malabarismo del multiempleo. Y en la música, por más que estemos hablando de Estados Unidos, especialmente. Porque más allá del proyecto principal a nivel laboral, intento preservar mis proyectos personales para que no se pierdan en el camino. Nunca desatiendo­ lo mío.

La agenda grande te abre los espacios para tu agenda personal...

Sí, la determina, y a veces interfiere también por un tema de tiempos. Pero al lograr organizarme, me ha ayudado mucho esa dualidad, porque me hace optimizar muy bien los tiempos; saber que entre estos dos shows grandes me queda una semana entera libre para grabar algo, o para dedicarme a componer, o lo que sea. Este año, en mis días en Montevideo estuve produciendo y grabando música con Migue Nieto, un productor uruguayo. Me fijé dos sesiones también como una parada de la montaña rusa, pero en cierto modo esas cosas también forman parte de ella. Poder realizar proyectos chicos pero que a largo plazo tienen mucho sentido para mí. Porque trabajar con Karol o con Montaner para mí es un trabajo, pero ese trabajo no es toda mi vida. Con ellos el trabajo está bien delimitado. Lo mío es el bajo. Las luces del escenario no las tengo que decidir yo. Por un lado está bueno identificarse con el artista con el que uno trabaja, pero por otro, mi música sigue siendo muy importante. Y también mi tiempo libre. Es una distancia muy saludable.

¿Cómo entraste en esa dinámica tan distinta a la de la música en Uruguay?

Lo pude hacer porque es algo que me propuse. Yo quería entrar en ese circuito, quería hacer carrera internacional y vivir en modo touring. Entré por una recomendación y después a través de una audición que tuve que pasar. Finalmente fueron dos años en su banda, el año pasado terminó esa etapa. Al salir de la banda de Karol apareció la oportunidad de Montaner. Además, el director musical de Karol G me llamó para otros proyectos. Lo de Montaner fue algo inesperado, pero al final en este circuito también sucede eso natural de que todo el mundo se conoce, como en cualquier ambiente de trabajo. Siempre funciona lo de “alguien me habló de vos”. Cuando estás de gira, por más que sea en escala mundial, te encontrás con un iluminador conocido o con un sonidista amigo que te habías cruzado hace meses en otro país.

Hay que tocar con criterio: ser el sostén de la canción y cada tanto, hacer un solo. Hay que tocar con criterio: ser el sostén de la canción y cada tanto, hacer un solo.

¿Cómo se estructura el trabajo en esas giras? ¿Llegás a establecer un vínculo con la estrella o te relacionás más con un director musical?

Por un lado está el artista, después está el director musical, tus compañeros de banda, los técnicos y la producción. Hay una jerarquía marcada: los músicos respondemos a la dirección musical. Pero a veces esa línea se rompe cuando el artista se involucra humanamente, y depende mucho de su voluntad y su perfil. Puede ser alguien que solo llega para cantar o alguien que viene y habla contigo de los arreglos y estimula el intercambio. Por suerte siempre trabajé con artistas que habilitan esta sinergia. Uno de los artistas con los que trabajo es el italiano Matteo Bocelli. Es pianista y compone sus temas, y tengo muy buen diálogo con él. Si quiere cambiar algo me lo pide sin problema. Con Karol G solía ser más indirecto: ella quería un cambio y hablaba con el director musical, que era el que hablaba con nosotros, aunque estuviéramos en ensayo. Me llevó un tiempo entender esa lógica. Tenés que educar tu ego y entender que en ese tipo de escena vos estás cumpliendo esa función y tenés que aguantarte. Si sabés que determinada idea no va a funcionar, tenés que aceptar que no depende de vos. Después, por supuesto, existe la posibilidad de hacer una propuesta y que te escuchen.

¿Cómo manejás el equilibrio entre tu gusto personal y el trabajo?

Con el reguetón, aprendí a que me guste y hoy es un género que me gusta y mucho. Creo que lo que más me gusta en mi carrera es servir a la música, hacer que la música funcione, sea el género que sea y más allá de si a mí me gusta o no. Aprendí a encontrar siempre el disfrute y el coloque en todo lo que hago. Así termino amando cualquier música.

¿Llegaste a tener un vínculo humano y personal con Karol G?

Sí, se comparte mucho tiempo con el artista, tanto en los ensayos como en las giras, antes y después de los shows. Justo en los últimos años ella despegó muchísimo en popularidad y masividad, y ahí se empezó a sentir más esa distancia entre la banda y la celebrity­. Es una vida muy intensa la que llevan ese tipo de estrellas del espectáculo.

Despegó ella y despegó el género urbano, de la mano de Bad Bunny y todos los demás que lo han llevado al primer plano mundial...

Sí, fui testigo directo de ese fenómeno y vi de cerca cosas que fueron validando la carrera de Karol. El Tini Desk, por ejemplo, que la posicionó a ella y a la banda en un lugar de calidad musical. Es un formato muy exigente a nivel musical. No podés usar pistas pregrabadas, por ejemplo. Es muy especial, además, porque la banda que ella armó para ese show fue toda integrada por mujeres.

¿Cómo lo viviste?

Fue una gran experiencia. Lo grabamos en Washington D. C., donde está la central de la NPR. El concierto se hace a la hora del almuerzo y vienen a verlo los que trabajan en las oficinas. Son 20 minutos, de una a una y veinte de la tarde, y hacés solo una pasada. No tenés otra oportunidad. Se ensaya mucho para tocar cinco o seis temas, casi sin pausa. Se siente fuerte la presión de hacerlo bien porque sabés que te van a ver millones de personas y que es una carta decisiva para el futuro de este artista. Estás grabando en una toma y hoy todos sabemos lo que es el Tiny Desk, es un concepto que se ha impuesto. Después hice otro Tiny Desk con un grupo mexicano llamado Frontera, que se vivió con nervios, más allá de que salió muy bien. Hay muchos Tiny Desk muy buenos y hay otros con errores que quedan ahí. Ese formato genera una vulnerabilidad muy linda.

¿Qué aprendiste como música trabajando en esa industria que es la música urbana?

Trabajar en el show business de manera masiva te hace crecer a nivel de la performance­ en vivo, de rendir a muy alto nivel en forma sostenida y durante mucho tiempo; es una práctica que te pule y te mantiene a salvo del divague. Es más desafiante de lo que parece tener que tocar el mismo show casi que siempre igual, todos los días, durante tres meses. Antes le tenía terror a eso, pensaba que entrar en esa repetición me iba a hacer olvidar de todo lo que sé, lo que soy, mi formación musical; pero aprendí a encontrarle el sentido y la novedad. Siempre es una ciudad nueva, un público nuevo, y eso me va renovando a mí misma en el escenario. Vivirlo así me gusta mucho y me parece algo muy sagrado. Es conmigo el compromiso y ese es el desafío mayor: no caer en la repetición involuntaria y automática de ir de ciudad en ciudad como un zombi, sino estar presente, tratar siempre de hacer el mejor show posible. Eso me hizo crecer mucho como profesional y lo puedo aplicar en un estadio, en un bar en Miami o acá en Montevideo, cuando vengo y toco en El Mingus con mi trío o con músicos amigos.

¿Cómo surgió la oportunidad de tocar con Ricardo Montaner?

Fue por una recomendación de un baterista amigo del director musical de Ricardo. Estaban buscando bajista para la banda nueva. Y viene resultando muy entretenido, muy placentero, es una propuesta y un approach musical más vieja escuela. Además, a diferencia de Karol, que no ha tocado en Uruguay, ya en el primer año tuve la suerte de venir a tocar a Montevideo (en marzo en al Antel Arena). A diferencia de Karol G, muchas de las canciones del repertorio ya las conocía porque son muy populares, se escuchan desde siempre. Aunque Montaner tiene sus cosas movidas, es una música que es bastante más lenta que la de Karol G; hay más espacio entre las notas y eso implica también una mayor exigencia instrumental. Hay más posibilidad de hacer más juegos entre las notas, aunque yo no suelo abusar. Prefiero que me digan “dale, meté un poco más de notas” a que me digan “che, aflojá, no toques tanto”. Hay que tocar con criterio: ser el sostén de la canción y cada tanto, hacer un solo.

Hay algo de placer culposo en la música romántica que es muy liberador. Son canciones muy populares que casi todos conocemos y a veces no nos animamos a reconocerlo... ¿Eso juega?

Yo creo que son temones, tremendas canciones rebién compuestas, grandes melodías, muy bien producidas, grabaciones que recordamos con mucha potencia. Son himnos de una época y de un estilo. Me sabía muchas canciones y eso ayudó mucho. En este proyecto me atrajo mucho también la idea de que la música tiene otro protagonismo. En el reguetón obviamente la música es muy importante, pero los discos no se graban con una banda en el estudio. Son trabajos sobre todo de producción, con beats y mucho sonido digital, que luego se adaptan al formato banda cuando pasan al vivo. Y en esa adaptación siempre hay una negociación. En cambio, para artistas como Montaner o Alejandro Sanz o muchos otros, la banda es fundamental en el estudio, la grabación se hace en forma orgánica, con cada músico tocando su instrumento, con arreglos bien definidos, y el vivo es un reflejo fiel de eso. Los primeros shows que hice con él este año, entre ellos el de Uruguay, me sirvieron para ganar seguridad y confianza en mi sonido.

¿Es un instrumento subvalorado el bajo en el mundo de la música popular?

El bajo es fundamental, es el cimiento de la canción. Pero tampoco creo que sea un instrumento que tiene que ser protagonista. Por lo general, si no lo escuchás demasiado, las cosas van bien. Porque si está mal tocado te puede romper la oreja. Por suerte siempre he tocado música en la que el bajo es importante.

Yo quería entrar en ese circuito, quería hacer carrera internacional y vivir en modo touring. Yo quería entrar en ese circuito, quería hacer carrera internacional y vivir en modo touring.

¿Cómo viviste la experiencia de tocar en el Antel Arena para miles de uruguayos?

Fue hermoso, fue la primera vez que toqué en el Antel Arena. Ricardo estaba muy pendiente de mí, de que para mí era un concierto muy importante. Ya en Buenos Aires me decía: “estamos cerca de tus pagos, ya vamos”. El día del concierto en la prueba de sonido vino a hablarme, me preguntó cómo estaba y quién de mis familiares iría a verme. Muy atento. En el concierto me nombró, me dedicó un momento del show y generó un gran aplauso para mí. Superbuena onda. Este año tengo una intensa actividad con él en Latinoamérica, Estados Unidos y Europa.

Tocaste con Claudio Taddei en el final de su carrera y por eso fuiste la bajista en el concierto tributo que produjo su hijo Romeo en marzo, en el Auditorio del Sodre. ¿Cómo lo viviste?

Y era fan de Claudio desde chica. Lo conocí en 2016 cuando me buscó para hacer unas grabaciones para el último disco que grabó, Natural. Toco en cuatro temas. Vino a casa, charlamos, tocamos un par de veces a ver cómo ensamblábamos y listo, fuimos a grabar. Entonces, en 2017 me invitó a ser la bajista de su banda en Uruguay. Mi último show en Uruguay antes de irme para Estados Unidos fue con Claudio en la Fiesta de la X, en 2018, en el faro de La Paloma. Fue hermoso, y también fue mi despedida con él, porque lamentablemente murió al año siguiente. Siempre lo digo: yo me fui a estudiar a Berklee, a mejorar, pero nunca me fui enojada con Uruguay. Todo lo contrario. Me fui buscando algo que en Uruguay no estaba encontrando, que era perfeccionarme y vivir de mi trabajo como bajista. Y cuando me fui, con el que lo hablé primero fue con Claudio, y él por supuesto me dio su bendición y me deseó lo mejor. Y ahora, para este tributo, recibir la llamada de Romeo fue supersignificativo. Lo primero que me dijo fue lo copado que estaba Claudio conmigo, en el poco tiempo que estuve en la banda. Imaginate mi emoción. Siento una gran conexión con Claudio por su visión musical, por su gusto por el funk, en el que el bajo es protagonista. Por eso le dije que sí a Romeo sin saber cómo iba a hacer. Venir a tocar en la mitad de la gira con Montaner significó un montón de viajes. Tuve que tomarme seis aviones en una semana, más o menos. No me importaba nada, yo quería estar sí o sí.

En paralelo tenés tu proyecto solista. A fines de 2025 publicaste el EP Variaciones y visiones, en el que mostrás tu veta autoral volcada al jazz instrumental.

Ese EP tiene tres arreglos, tres versiones, de temas que vengo tocando hace mucho tiempo. Para mí, este trabajo es una forma de darle un empuje energético a mi música. Logré que aparezca en varias playlists de jazz­ importantes en Estados Unidos. Uno de los temas es una versión de Provenza, de Karol G; una versión de Lawns, de Carla Bley, que es una compositora estadounidense, y un candombe: una versión de Chicalanga, de Manolo Guardia. Son tres temas que muestran tres de mis caras: el trabajo con artistas mainstream, el jazz instrumental y la música popular uruguaya de raíz. Lo siento muy episódico a este trabajo. Es como un viaje sónico de 16 minutos. Ahora mismo estoy trabajando en el lado B y el lado C de este EP, que será con música original mía. Este EP lo grabé en vivo en el estudio, a pelo, digamos, con un par de ensayos con los músicos y sin mucha producción, con la vorágine de que era un viernes en Miami, y el domingo me estaba yendo. Y fue muy bueno así. Hacer que suceda. Confié en que lo podía hacer y lo hice. Quedé muy contenta.

Para componer se necesita silencio. ¿Cuándo lo encontrás?

Y bueno... siempre estoy buscándolo. A veces por un tiempo no aparece pero suele aparecer en forma muy random. En un hotel, o a veces en casa, entre giras. Cuando sé que tengo tres días libres trato de organizarme para ir al estudio. Como dice Sting, hacer canciones como ir a pescar. Si voy al estudio y me pongo en modo composición, la inspiración aparece. Hay que ir al mar, y ponerse a pescar. Después ves si hay pesca o no. Tenés que estar ahí, haciendo el ejercicio de... Me encanta esa imagen, la de buscar ese silencio. Porque a veces no hay éxito. Y a veces la inspiración queda registrada en una nota de voz en el teléfono que grabo en un avión y después desarrollo. A veces aparece una idea en el bajo en el medio de una prueba de sonido, entonces la toco, la toco, la toco para fijarla. Hay ideas que me acompañan desde hace tiempo. Y a veces te sorprendés con cosas viejas a las que no les habías dado bola y las redescubrís. Revisar ideas y verlas de otro modo es muy lindo. n