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Una multitud de “botudos” aguardaba en el Cementerio Central la llegada de los restos del expresidente del Consejo Nacional de Gobierno, Benito Nardone, Chico Tazo. Era el 25 de marzo de 1964. Un batallón de Blandengues esperaba afuera la orden del Senado, que presidía el nacionalista Martín Etchegoyen, de darle las honras fúnebres correspondientes. Esa orden jamás llegó: 16 senadores, en su gran mayoría colorados, faltaron sin aviso, impidiéndole ese homenaje al fallecido. “Con voz dura y clara contrariedad, el doctor Etchegoyen informó: ‘No hay número para celebrar la sesión. Queda terminado el acto’”.
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El relato de este episodio es el preludio de ¡Al trabajo y adelante!, una biografía de Nardone escrita por el senador colorado Pedro Bordaberry. Nardone fue un outsider que llegó a lo más alto de la política uruguaya antes que se popularizara esa palabra. Y, como tal, era un hombre que dividía las aguas como pocas veces se había visto antes y se vería después. En uno de los obituarios más cortos y contundentes que jamás se hayan escrito en la prensa uruguaya, El Día decía: “Sobre su prédica demagógica y su nefasta influencia en la política nacional, este diario ya ha expresado en múltiples ocasiones su opinión”. En una de sus múltiples vidas anteriores, Nardone, que tenía origen colorado y batllista, había sido cronista policial en El Día.
“Yo creo que esas pasiones tienen que servir al tiempo de hoy, donde con cualquier discrepancia parece que se acaba el mundo. Hoy es impensado que no se voten los honores de presidente de la República, que alguien de otro partido se oponga. Hoy hay un diálogo, hay enfrentamientos, pero cosas como las que pasaron con Nardone son impensables. Se habla de grietas, pero a eso no llegamos. Eran otras pasiones, otros tiempos. Es imposible entenderlos con la vista de hoy, pero sí podemos analizar una cantidad de cosas de aquellos tiempos con otra perspectiva”, le dice el autor a Búsqueda.
“El ateo anticlerical que mutó a cristiano convencido; el batllista estatista que se transformó en campeón del liberalismo económico; el ciudadano urbano que terminó en ruralista, ahora presentaba un nuevo cambio de piel: de anticolegialista a miembro y presidente del colegiado", escribe Bordaberry en el libro. No es la única metamorfosis de ese hombre que a través de sus columnas en el Diario Rural (desde 1940) y —sobre todo— sus alocuciones a las 11.30 en Radio Rural, en las que se popularizó su alias de Chico Tazo, un hombre muy urbano, que jamás fue propietario de media hectárea de campo, que hablaba sin pelos en la lengua en el idioma más criollo posible, se convirtió en referente de pequeños y medianos productores, así como de la peonada. Nacido en 1906, se había empapado de ideas socialistas, marxistas y anarquistas en su juventud; la vuelta del tiempo lo terminó convertido en un anticomunista cerril, que llegó en 1961 a organizar en Minas, Lavalleja, un acto público “de desagravio al mate”, infusión que su sucesor en el Consejo Nacional de Gobierno, Eduardo Víctor Haedo, había convidado a un ilustre visitante, Ernesto Guevara, representante de Cuba en el Consejo Interamericano Económico y Social celebrado en Punta del Este.
Visiones
El libro navega entre dos mares bien distintos. Uno es el desarrollo y la evolución del pensamiento de Nardone, a través de la transcripción de sus editoriales, columnas e intervenciones radiales. Otro, más novelado, es su periplo vital, que incluye su llegada al campo de la mano de Domingo Bordaberry. Este, quien fuera también director del diario terrista El Pueblo, fue tres veces senador colorado, abogado, hacendado, productor, impulsor de la carrera política de Nardone y abuelo del autor.
De esta forma también se relata el nacimiento de Chico Tazo (“como el que le pegan con el arriador a los toros mañeros cuando no quieren marchar”) y cómo se transformó en un fenómeno radial y popular; sus peleas con los “galerudos” de la Federación Rural (de la que él y Domingo Bordaberry fueron expulsados); su vínculo con Juan María Bordaberry, padre del autor, exsenador blanco, exministro colorado y expresidente constitucional y de facto, quien a su vez entró a la política por Nardone cuando este creó la Liga Federal de Acción Ruralista; su vigilia de la noche de las elecciones de 1958, cuando la alianza herrero-ruralista lleva al Partido Nacional a su primera victoria en 93 años.
Nardone es una figura histórica polémica y, en algunos casos, anatematizada. “No sé bien por qué, supongo que porque era un francotirador político, se peleó con mucha gente, con El Día, con los dirigentes de la Federación Rural, con Luis Batlle Berres, con Luis Alberto de Herrera...”, esgrime. Con este libro, ¿Bordaberry intenta reivindicarlo? “Lo que quiero hacer es analizarlo a la distancia y reflejar que muchas de las cosas que él proponía hoy están vigentes”. Entre ellas señala que el comunismo, él era “un profundo anticomunista” al final de su vida, “se cayó a pedazos en el mundo entero”.
En sus pensamientos se incluía la creación de un Banco Central del Uruguay y un Banco de Previsión Social, entonces inexistentes, así como una vuelta al sistema presidencial, la representación docente en los entes de la enseñanza, la creación del Instituto Nacional de Carnes —“es el continuador legal e institucional de la vieja Junta Nacional de Carnes, ruralista y chicotacista”, dice en el texto— y hasta el Mercosur; esto es algo “muy parecido a lo que en 1957 fue propuesto por Nardone desde Diario Rural: la Unión Sudamericana de Aduanas entre Argentina, Brasil, Uruguay, Paraguay y, quizás, Bolivia”, se indica en el capítulo final. Ahí también se señala que “ya no se critica a los colorados que apoyan a blancos en elecciones como en 1958”.
Cicatrices
Hay un inocultable lazo familiar que une al senador con Nardone. Sin embargo, Bordaberry —nacido en 1960— asegura que en su casa nunca le hablaron mucho de él. “Mi abuelo tuvo mucho que ver con su trayectoria y mi padre fue secretario suyo, aunque era muy joven cuando falleció. Traté de ser lo más imparcial y aséptico con eso, pero no puedo no consignarlos”. Recién salido de la imprenta, aún no ha tenido muchas repercusiones sobre su trabajo. Sí asegura que ya le han llegado muchos mensajes desde “el interior rural”, ahí donde Chico Tazo se convirtió, sobre todo entre la paisanada y los productores más humildes, en vocero y referente. “No sabés la cantidad de gente que me ha dicho ‘mi viejo lo escuchaba’”. Así hoy, mucho más en 1958: “Faltan los votos de los botudos, de los pueblos chicos y de la campaña”, dijo Nardone la noche de las elecciones del 58, cuando el triunfo blanco ya era seguro, pero la Unión Blanca Democrática (UBD, derivado del antiguo Partido Nacional Independiente) vencía en la interna a los herrero-ruralistas; no se equivocó.
Otra prueba definitiva de que los tiempos han cambiado es que el prólogo del libro fue escrito por el expresidente Luis Lacalle Pou, bisnieto de Luis Alberto de Herrera, ese con quien Nardone estableció una exitosa alianza electoral que se rompió, ruidosa y prácticamente, al día siguiente de la victoria. Al histórico caudillo blanco, de conocidas posturas antimperialistas, se le atribuyó la frase “en el rancho de los blancos se ha colado una comadreja colorada, ¡chúmbele los perros!”, luego de una reunión que Nardone, Juan María Bordaberry y el también ruralista Juan José Gari sostuvieron con el embajador de Estados Unidos. En ¡Al trabajo y adelante! se recuerda que esa expresión perteneció al dirigente nacionalista Ramón Viña.
La presentación del libro, el 4 de agosto, la realizará también el expresidente Julio María Sanguinetti, formado políticamente bajo el ala de Luis Batlle Berres, con quien Chico Tazo también se había peleado en la década de 1950. “A más de 60 años de lo ocurrido, hoy todos podemos estar juntos hablando de una figura histórica”, destaca el autor.
“Fue una persona que vale la pena estudiarlo. Y vale la pena conocerlo. Es una vida digna de ser contada”, resume Bordaberry.