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Angelina Ferreira, directora nacional de la Guardia Republicana: “No quiero ser la primera mujer, quiero ser la mejor”
Rompió marcas físicas, lideró contingentes internacionales y enfrentó estereotipos hasta reescribir las reglas desde dentro, equilibrando disciplina y sensibilidad
“La Guardia no anda mejor porque hay mujeres; anda mejor porque hay profesionales comprometidos“, dice Angelina Ferreira, directora nacional de la Guardia Republicana.
En su oficina conviven los símbolos más rígidos de la tradición policial —sables, banderas, uniformes, escudos— y un paisaje campestre de caballos y árboles nativos. Ella también guarda un poco de esa dualidad: es una mujer que habla con firmeza, pero que en cuestión de segundos puede armarse de gran sensibilidad, hasta que vuelve a narrar episodios de su vida policial.
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Angelina Ferreira Pérez explica que para su profesión hay que tener un perfil muy particular. Habla de disciplina, de compromiso y de impronta, pero siempre recalca que tanto ella como sus compañeros trabajan con personas, gente que atraviesa problemas y que muchas veces son víctimas.
En su relato insiste con eso: aplicar dureza cuando corresponda, fuerza cuando sea necesaria, al mismo tiempo que se empatiza, acompaña y ayuda. En entrevista con Galería, cuenta que la Policía carga con muchos mitos porque la represión tiene mejor prensa que la prevención.
Ferreira mantiene su vida personal reservada por seguridad y para evitar esos estigmas sobre sus afectos. Lo cuenta casi como un principio ético, y subraya otro punto central: las mujeres, cuando llegan a estos lugares, llegan por su trayectoria y no por ser mujeres.
La suya fue un camino de estudio, formación, especialización y cambio constante, y en todas las posiciones que ocupó tuvo que aprender, adaptarse y demostrar. Pero supo insistir, abrir puertas, y lideró.
Angelina Ferreira Guardia Republicana
Nacida en un barrio humilde de Rivera, ingresó a la Policía cuando casi no había mujeres y aprendió a nadar en tiempo récord para aprobar el examen de ingreso. Fue la única mujer seleccionada para una misión armada en Guatemala, donde custodiaba jueces y fiscales frente a organizaciones criminales de alto perfil. Eso la volvió pionera y referente, la siguieron varias oficiales después.
Volvió a Uruguay para crear oficinas, ordenar sistemas, asumir la agenda de género del Ministerio del Interior y representar al país ante comités de Derechos Humanos en Naciones Unidas. Tanta carpeta la llevó el 11 de marzo de 2025 a oficializarse como primera mujer en dirigir la Guardia Republicana; una estructura exigente, compleja y en transformación.
Casi treinta años después de sus primeros pasos en la institución, Ferreira vuelve al lugar donde se formó —su “casa”, dice— y desde ahí enfrenta el desafío doble de dirigir una fuerza clave en la seguridad pública y, al mismo tiempo, desarmar los estereotipos que aún pesan sobre las mujeres en cargos de mando. Su historia habla mucho más que de un ascenso.
Abuela, madre y amistades férreas: el gen de servicio
Ferreira nació en un barrio humilde de Rivera. Fue a la escuela y liceo públicos. Creció con una madre que trabajaba sin parar para que ella pudiera estudiar, y una abuela evangélica que le inculcó valores de integridad, honestidad, de buena conducta y disciplina.
Entre el trabajo, la austeridad y los grupos de la iglesia —su madre y su abuela cortaban el pelo en barrios carenciados— se empapó también de compromiso y conoció la ayuda al prójimo, cuenta, aunque hoy no se considere religiosa.
Ferreira creció escuchando que solo estudiando iba a salir adelante. “Pero no era solo estudiar. También había que colaborar en casa. Había que trabajar, había que emprender, había que terminar, había que hacer las cosas bien”, cuenta.
En paralelo, otra red la sostuvo desde siempre: las amigas. Menciona a tres que conoce desde el liceo y siguen tan presentes en su vida como en aquellos años; las que estuvieron cuando se recibió hace 28 años, o cuando compró su primer apartamento. Y las cuida mucho.
“Cuando estamos en esta profesión, no solo está en riesgo nuestra seguridad, sino que algunas veces se pone en riesgo la de nuestras familias. Entonces yo trato de mantener mi vida personal bastante reservada, justamente para que ellas, o mi familia, no corran riesgo y tampoco tengan estigmas. Porque en la Policía, algunas veces somos estigmatizados por el hecho de ser policías”, cuenta.
También tiene algunas amistades fuertes dentro de la institución —algo inusual, admite—, y amistades con varones, siendo que trabaja “rodeada de hombres”, dice. Algunos compañeros la aconsejan, la respaldan y la ayudan a mirar distinto: “mirá, fijate, andá por acá”.
Angelina Ferreira Guardia Republicana
Valentina Weikert
Entre la disciplina heredada de su abuela, el trabajo incansable de su madre y esa constelación de amistades que no se movió en casi tres décadas, se dibuja la base afectiva y moral desde la que hoy Ferreira dirige una de las unidades más exigentes del país. Y es que ese entorno moldeó su manera de ver y vivir el esfuerzo y la responsabilidad.
“Lo importante (de alcanzar el cargo, además de que lo califica como un sueño) también es mostrar que las mujeres somos sumamente profesionales en esto”, destaca.
La que no aceptó límites ajenos
Desde adolescente, una versión liceal retraída de Ferreira estaba segura de que quería ser oficial de Policía, mientras en el resultado del test vocacional le salía música.
A los 17 años ingresó a la Escuela Nacional, en una época en la que había muy pocos cupos para mujeres policía. Llegó a Montevideo casi sin conocer la ciudad. Su madre hizo un esfuerzo enorme para pagarle un club donde aprender natación en tres meses para poder salvar el examen. Para el año 1997 Ferreira ya estaba entrenando duro, con el pelo recién cortado por regla institucional.
“Cuando me recibí me mandaban a las comisarías o a las cárceles, de mujeres, de menores; irte a la calle a trabajar, de patrullaje o a una investigación era muy difícil”, cuenta. Le tocó estar en comisaría de menores, pero eso no la llenaba, “yo necesitaba otra cosa”.
Ferreira soñaba con entrar a la Guardia de Coraceros; estaba enamorada de su impronta, amaba los caballos. Sin contactos, llamó para pedir una entrevista con el comandante. La recibieron, evaluaron su caso y un mes después la convocaron. Año 2002.
El primer día fue duro, cuenta. No sabía montar —iba sábados y domingos y se quedaba fuera de hora para aprender—, no conocía a nadie, y seguía siendo la única mujer en todas las fotos. Aun así, llegó a patrullar, hasta a desfilar, a caballo.
También llegó a ocupar cargos de jefa en administración contable, el escuadrón de caballería y el de armas. Ese era el lugar para desarrollarse y allí estuvo hasta finales de 2011, cuando se fue a la Dirección Nacional de Educación Policial para ser instructora.
Angelina Ferreira Guardia Republicana
Justo ahí apareció la oportunidad de presentarse a una misión armada, de alto riesgo y en terreno en Guatemala. Era la única mujer en una lista de casi 50 candidatos. “Pensamos que venías a saludar”, le dijeron. Al final, en la prueba, rompió con todas las marcas: corriendo había que completar 2.800 metros para obtener un 10 y ella hizo 3.100; se extrañaron porque fue la única que logró trepar la cuerda vistiendo el uniforme (“¿ellos se iban a cambiar cada vez para correr atrás de un delincuente?”, señala, además de mencionar que las botas suelen tener mejor tracción que los championes deportivos), y la de mejor puntería.
Quedaban los primeros siete, salió segunda, y la persona que creyó que estaba en la fila de ingreso para saludar hoy trabaja con ella. Al principio le advirtieron que quizá no la aceptarían por ser mujer, que no se hiciera ilusiones, aunque la Comisión Internacional Contra la Impunidad en Guatemala, que es donde iría a trabajar, hacía tiempo que quería incorporar mujeres. Terminó desplegada un día 11, pero iba a ser el 8 de marzo. En la foto del contingente, era la única mujer, jefa de la delegación uruguaya. Su presencia abrió una puerta. Al año siguiente, al mismo llamado se presentaron unas 10 mujeres.
Estuvo dos años y medio en Guatemala. Al volver, la reintegraron a la Guardia y luego la convocaron para ordenar la Oficina 22, una dependencia con antecedentes de corrupción. “Le quitamos esa imagen”, asegura. Creó desde cero la Oficina Nacional de Control de Armas Civiles —para registrar, autorizar, controlar y fiscalizar todas las actividades relacionadas con las armas de fuego y municiones—, y diseñó sistemas, unificó criterios y dejó instalado un modelo de transparencia.
En 2020 le asignaron la tarea de incorporar las políticas de género en el horizonte institucional y en 2021 creó la Dirección Nacional de Políticas de Género: “Lo mío eran las armas, pero si esa era la misión, iba por la misión”. Se formó en recursos humanos, coaching, gestión, y finalmente estudió un magíster en violencia doméstica y de género. Representó al país en Naciones Unidas (ONU) cuatro veces —en el Comité contra la Tortura, contra el Racismo, en la Convención sobre la Eliminación de Todas las Formas de Discriminación contra la Mujer y en el Examen Periódico Universal (que revisa el historial de derechos humanos de cada Estado miembro de la ONU cada cuatro años y medio)—, convirtiéndose en la primera policía ejecutiva uruguaya en integrar oficialmente esa delegación.
En 2025, el ministro Carlos Negro le hizo la propuesta de hacerse cargo de la Republicana: “Me está mandando a mi casa”, fue lo primero que Ferreira contestó, y lo desconcertó. “Usted me está devolviendo a mi casa, porque la Republicana es mi casa”.
El modelo Ferreira y la otra cara de la Republicana
Cuando ingresó a la Policía “era un manto de inseguridades”. Y aunque no se note, cada paso en su carrera estuvo atravesado por la duda: “¿voy a poder con esto?”. Pero después le ganaba la convicción: “obvio que puedo”.
Ferreira no es decisora, es ejecutora, pero una que gestiona con una impronta moderna, innovadora y ajustada a derecho.
Lo primero fue alinearse con el Departamento de Comunicación para mostrar el trabajo que se hace puertas adentro. Por ejemplo, una fuerte apuesta al bienestar animal. La Republicana cuenta con una sastrería interna donde reciclan uniformes para confeccionar, a mano, las capas de invierno para caballos y perros. Con recursos finitos —“acá nada sobra”, apunta— compraron un par de máquinas de coser y se creó una especie de taller. Las propias policías empezaron a proponer ideas y esa pequeña producción artesanal empezó a transformar espacios y ánimos.
Asimismo, por el Día de la Niñez se hizo una campaña para los efectivos de concientización sobre paternidades, sin atacar al padre ausente, sino visibilizando a los padres presentes. “Es un trabajo de buena convivencia, de integración y de volver a unir pedazos que la vida corta”, dice.
Ese domingo de agosto se transformó en un gesto político y emocional: inflables, blindados abiertos para jugar a ser policía por un día, hamburguesas y regalos para todos. Consiguieron donaciones, armaron rifas. Uno de los policías se acercó para agradecerle especialmente a Ferreira: “Jeremías hacía tiempo que no se divertía tanto”.
Ferreira es hija única y tomó la decisión de no ser madre. “No todas las mujeres queremos lo mismo”, dice. La elección tuvo que ver con su vocación, y también con su estilo de vida: viajar, hacer deportes, dedicarse al trabajo, mover su propio mundo. “A mí me gusta dedicarme a mis cosas… y elegí esto”, dice sin culpa y con épica, reconociendo la autonomía como proyecto.
Angelina Ferreira Guardia Republicana
“La Guardia no anda mejor porque hay mujeres; anda mejor porque hay profesionales comprometidos“, dice Ferreira.
Valentina Weikert
Ahora, en la Republicana se crearon espacios de descanso, como una barbacoa habilitada, se reorganizaron los comedores —porque comer “es sagrado” dice Ferreira—, y se impulsan charlas sobre salud mental. “Se trata de pensar en clave derechos humanos pero en la interna, que a veces en la Policía nos falta un poco”, señala. “Nosotros también nos tenemos que atender”. El eje del trabajo es ese, la Policía debe cuidar a su propia policía.
Todas las tardes, Ferreira agarra la camioneta y sale a recorrer los servicios: Cerro, Marconi, y de esas visitas nacen ideas, como establecer un sistema de meriendas para los policías, comprar fruta y armar milanesas al pan en operativos largos.
Le ofrecieron recorrer los destacamentos de otros departamentos en avioneta, pero Ferreira se negó: “Los policías no viajan por aire”. Y así fue de Bella Unión a Salto y Tacuarembó revisando edificios, baños sin puerta, pisos de hormigón y necesidades básicas, manejando. Ordenó reparaciones, envió e instaló materiales. Esa cercanía define el norte de su liderazgo: conocer a su gente para poder cuidarla.
Se trata de 1.800 funcionarios aproximadamente —1.500 varones, 300 mujeres— que intenta integrar, desarmarlos de mitos viejos y mostrarles otra forma de ver y hacer las cosas.
Un poco sobre ella
Ferreira probó todas las disciplinas posibles: equitación, tiro, buceo, mountain bike, rollers, running, pesas y hasta rápel y descensos. “Me suelen salir bien los deportes”, dice sin alardear alardeando. Pero el tiempo no le alcanza para todo, así que “solo” mantiene una rutina de spinning y entrenamiento matutino.
Quiere volver a montar. En la Guardia tiene un caballo asignado, Patriota, listo para tomar clases de equitación. En cuanto al tiro, aunque sea la general, como le dicen, se pone en manos de un capitán instructor: “Había algunas armas que adquirió la Guardia que yo nunca había tirado, y tengo que conocerlas todas. Ahora estamos en proceso de ir familiarizándonos con el armamento. Todos los lunes a las tres de la tarde disparamos. Soy muy buena tiradora, hacemos competencias con el instructor y la verdad es que vamos empatados. Él no me deja ganar, aunque sea la general”, cuenta divertida.
Le encanta perderse en rincones de Montevideo que todavía no conoce. En su tiempo de ocio busca aire libre y naturaleza, visita museos y disfruta del arte, aunque algunas veces elige pasar en su “búnker”, su casa (la verdadera).
Su lado artístico es impredecible; Ferreira es profesora de arpa. La estudió muchísimo para cumplir el sueño de su madre (que Angelina tocara el arpa en la iglesia) y llegó a tocar Noche de paz en misa. “Algún día voy a aprender piano”, afirma. Todavía lo tiene pendiente.
Además de cocinar —que odia—, lo que más le cuesta es estar rodeada de muchas personas. Al principio parece irónico, ¿cómo haría en un operativo masivo? Pero luego cobra todo el sentido del mundo: “Puede ser una deformación profesional, porque a esa clase de eventos siempre fui a operar, entonces estoy constantemente alerta”, explica, y cuenta que hasta elige dónde sentarse en los restaurantes para nunca darle la espalda a una puerta y poder ver quién sale y quién entra. N
“Cuando estamos en esta profesión, no solo está en riesgo nuestra seguridad, sino que algunas veces se pone en riesgo la de nuestras familias. Entonces yo trato de mantener mi vida personal bastante reservada, justamente para que mi familia no corra riesgo y tampoco tenga estigmas. Porque en la Policía, algunas veces somos estigmatizados por el hecho de ser policías”.
Apareció la oportunidad de presentarse a una misión armada, de alto riesgo y en terreno en Guatemala. Era la única mujer en una lista de casi 50 candidatos. “Pensamos que venías a saludar”, le dijeron. Al final, en la prueba, rompió con todas las marcas.
Quedaban los primeros siete, salió segunda, y la persona que creyó que estaba en la fila de ingreso para saludar hoy trabaja con ella.
Ser mujer en la Fuerza
Que todas las veces la consulten por cómo es estar ocupando este rol ¿no sostiene indirectamente una lógica machista?
Me han hecho varias veces esa pregunta. Siempre busco alternativas para contestar porque no quiero que se crea que estoy a cargo de la Republicana por ser mujer. Estoy acá porque tengo las credenciales, experiencia ejecutiva y no tengo sumarios, nunca tuve observaciones, recibí premios por mi trabajo en políticas de género y siempre fui reconocida por mi honestidad y mis valores. Soy íntegra.
¿Qué es el liderazgo para usted?
Estar presente. Acompañar y empatizar. Guiar por el camino que considero correcto según mis principios. Escuchar, transmitir experiencia, contener cuando alguien piensa en rendirse. Es marcar el camino, pero también escuchar ideas del resto.
Y sobre los prejuicios de su profesión, ¿qué le gustaría desmentir?
Que las mujeres llegamos a lugares por ser mujeres. A veces ser la primera en algo genera ruido. Yo no quiero ser “la primera mujer”, quiero ser la mejor. Para eso trabajo. Acá adentro no me ven como mujer, me dicen “mi general”. Me ven como profesional. La Guardia no anda mejor porque hay mujeres; anda mejor porque hay profesionales comprometidos.
Igual no se puede negar la importancia simbólica de ser la primera.
No, claro. Sé que tiene un valor. Pero no quiero que eso sea lo que me defina. Me define mi trayectoria. Y algunas veces por ser mujer surgen adversidades y dificultades pero no me victimizo. Cuando me equivoco, lo digo, lo arreglo y sigo. Soy humana.