A sus 38 años, el fernandino Bruno Rodríguez es el presidente de Peñarol de Pemba, un cuadro de fútbol en África. Sí, en África. Pero para entender cómo llegó hasta ahí hay que retroceder varios años.
Bruno Rodríguez llegó África en 2023 para trabajar en ayuda humanitaria y hoy dirige una oficina provincial, fotografía la vida cotidiana y gestiona un club de fútbol
A sus 38 años, el fernandino Bruno Rodríguez es el presidente de Peñarol de Pemba, un cuadro de fútbol en África. Sí, en África. Pero para entender cómo llegó hasta ahí hay que retroceder varios años.
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáCuando se inscribió en la Escuela Militar Aeronáutica sabía que su sueño era trabajar para las Naciones Unidas (ONU), por lo que, en paralelo, estudió Administración de Empresas.
Durante su último año en la fuerza fue desplegado en el Congo con los Cascos Azules, en plena pandemia de Covid-19. “Fue desafiante desde todo punto de vista, pero esa experiencia despertó algo en mí”, cuenta.
“Estábamos en un contingente que se llamaba Air Support Unit. Éramos la mano de obra del aeropuerto: desde el meteorólogo y el médico hasta el ingreso de las personas, el registro de datos, la carga de material de ayuda humanitaria en las aeronaves y la coordinación de las operaciones en la rampa. Había que hacer que todo funcionara las 24 horas, todos los días, a riesgo de vida”. Esa misma base fue atacada dos años después por el grupo armado M23.
Tras esa experiencia laboral, renunció al Ejército y se mudó a Barcelona. Exprimiendo al máximo los ahorros que tenía, hizo un máster en Logística, una especialización que, entendía, podía acercarlo a su sueño de trabajar en la ONU. “Pero estaba equivocado, muy lejos estaba”, confiesa.
Sí consiguió involucrarse con la Agencia de Naciones Unidas para los Refugiados de Palestina en Oriente Próximo, y estuvo viviendo seis meses en la capital de Jordania, Amán. Era un trabajo no remunerado que Bruno recuerda como “de oficina y sumamente aburrido”, aunque le sirvió para familiarizarse con los métodos y protocolos que exige un contexto internacional.
Esa misión le permitió descubrir que la ayuda humanitaria no se canaliza únicamente a través de las Naciones Unidas y, en julio de 2023, tras un breve voluntariado en Dinamarca, dio con Solidarités International, una ONG francesa que le ofreció un puesto vinculado a la seguridad en Mozambique.
“Seguridad, para mí, siempre había significado seguridad armada, pero resultó ser completamente lo contrario. La ayuda humanitaria se basa en la neutralidad y la imparcialidad: vos ayudás al otro sin preguntarle de qué bando es. No hay buenos ni malos”, explica.
El trabajo consistía en moverse entre dos bases en Cabo Delgado, una sobre la costa y otra 100 kilómetros tierra adentro, en una provincia afectada desde 2017 por una rebelión yihadista. Desde allí se coordinaban distintos proyectos de ayuda humanitaria, como la rehabilitación de puntos de agua, la construcción de viviendas para personas desplazadas y programas de agricultura. El conflicto ha provocado miles de muertos y el desplazamiento de más de 1 millón de personas, en una de las principales crisis humanitarias de Mozambique.
A sus 34 años, esa experiencia significó un antes y un después para Bruno. “Quería que este trabajo fuera a mi manera porque ya había hecho cosas que no me habían gustado. Prioricé socializar, trabajar de forma ética, compartir la información y trabajar en equipo, incluso con otras organizaciones. Y eso, al final, me abrió un montón de puertas”.
Una de esas puertas fue la de la Embajada de Suecia en Maputo, la capital de Mozambique, que lo contrató para evaluar la seguridad y la viabilidad de un proyecto de mejora de la red eléctrica en la provincia. El ofrecimiento llegó apenas dos días después de que Bruno regresara a Uruguay, tras enterarse de que Solidarités International había decidido reemplazarlo por un trabajador local, por una fracción de su sueldo.
Tiempo después, de nuevo en Pemba, la capital de Cabo Delgado, se vinculó a Norwegian Refugee Council (NRC), una organización que trabaja con personas refugiadas y desplazadas por conflictos y crisis. “Allí me desempeñé como enlace comunitario, un rol que supone entender a la gente y las particularidades políticas, religiosas y étnico-tribales de cada lugar, así como las dinámicas que se generan dentro de las comunidades. Por ejemplo, los desplazados por la guerra suelen instalarse en aldeas donde ya vive gente, lo que genera tensiones por el acceso al agua, los alimentos y la tierra. Hay un montón de dinámicas que hay que tener en cuenta para poder hacer bien el trabajo”, detalla.
En mayo de este año, una vez finalizado su contrato con NRC, se incorporó a la ONG genovesa Helcope, a la que ya había ayudado anteriormente de forma voluntaria. La organización buscaba a alguien con experiencia y capacidad de relacionamiento para asumir la dirección de su oficina provincial en Cabo Delgado, un lugar que, después de todo este recorrido, Bruno ya siente como propio.
“Estoy tan adaptado en Mozambique que hasta creé un equipo de fútbol”, desliza Bruno entre risas, desde su oficina en Pemba, donde atendió la entrevista pese a la diferencia horaria.
Todo empezó porque ocho niños necesitaban a un noveno. Una tarde, Bruno los encontró detrás de una reja, esperando a un compañero para jugar al fútbol. El que faltaba era, justamente, el que tenía la única pelota.
“Les dije que al día siguiente les llevaba una pelota y explotaron de alegría. A los dos días vinieron a la oficina: ‘Se nos pinchó’. Les pedí que me la trajeran y, cuando la vi, parecía una pelota que tenía años de uso. Eso me conmovió muchísimo. Después les llevé otra, pero siempre me quedó la idea de que había que hacer algo con eso. Porque no podés simplemente darles plata o comida. Eso puede terminar generando una dependencia o reforzar la idea de que el extranjero tiene dinero y que ellos pueden recibir algo cada vez que necesitan”, reflexiona.
Pensó en armar un equipo de baby fútbol, pero se echó para atrás cuando imaginó las complicaciones que podían causarle la gestión del grupo y el vínculo con los padres. Entonces desistió, hasta que un domingo vio desde el auto a un equipo haciendo movimientos precompetitivos en una cancha de tierra.
“Me acerqué con cara de boludo; viene el técnico y me dice: ‘Acá no tenemos nada, hacemos todo a pulmón. Los jugadores se tienen que comprar los zapatos, no tenemos quién nos ayude, no tenemos dirigentes, ni presidente. Si querés, podés ser presidente’”.
Bruno asumió al instante, con la condición de que el equipo vistiera de amarillo y negro, en homenaje a su Peñarol. Antes, claro, tuvo que enseñarles qué era Peñarol. “¿Saben que Valverde es hincha de Peñarol? Les mostré una foto y los gurises quedaron recalculando. Ahí les pregunté: ‘¿Quieren conocer Peñarol?’. ‘Sí, obvio. Como Valverde’”.
En tiempo récord, Bruno hizo de todo: pidió permiso a la directiva aurinegra para usar el nombre Peñarol, consiguió una camiseta titular y otra suplente, puso arcos en el baldío donde entrenaban, pintó banderas, transformó gazebos inutilizados por su ONG con los colores del club y documentó todo este proceso en redes sociales. “Desde que me despertaba hasta que me dormía estaba pensando en cómo darle para adelante al equipo. Mi novia me tenía prohibido hablar de Peñarol porque estaba podridísima”, relata.
El 27 de setiembre se inauguró el estadio, que recibe a los espectadores con un enorme cartel con el escudo que dice: “Acá entrena Peñarol de Pemba”. Nadie quiso perderse la fiesta, que tuvo batucada, danza tradicional y un partido de fútbol que terminó con victoria manya por 2 a 0.
La repercusión en Montevideo fue inmediata gracias a una transmisión en vivo del partido, que fue acompañada por miles de uruguayos. Pero, más allá de eso, para Bruno lo importante pasa por el impacto que la iniciativa tiene en sus protagonistas. “Están todos superagradecidos. Son gente realmente carenciada, de un contexto semirrural. Te das cuenta de que algunos incluso tienen signos de desnutrición. Entonces, que venga alguien de afuera en auto, los trate de igual a igual, les hable con respeto y hasta les pregunte cómo quieren que sea la camiseta lo aprecian mucho”.
Ahora, el objetivo de Bruno es conseguir un saludo de Valverde para el plantel. “Sé que esto son cinco minutos de fama y que las redes sociales no son la vida. Pero, si llego a conseguirles un video de él, se les da vuelta la cabeza”, subraya.
Antes del Bruno dirigente, está el Bruno fotógrafo. Ese que, en sus ratos libres, fue conociendo Mozambique y a su gente a través del lente. Comparte buena parte de esas imágenes en su cuenta de Instagram @fotosarollo, donde retrata paisajes, escenas cotidianas y a las personas que fue conociendo en el camino. “Antes, si por algo quería trascender, era por mis fotos. Les dedico muchísimo tiempo y me han servido acá para sociabilizar y acercarme más a la gente”, afirma.
Es, además, una especie de vía de escape a situaciones que pueden resultar difíciles de sobrellevar. Pemba es un lugar paradisíaco, con playas y paisajes espectaculares, pero trabajar en ayuda humanitaria también puede ser estresante. Bruno cree que, en contextos así, aparece incluso cierta culpa por disfrutar demasiado mientras otros atraviesan momentos duros. “He visto mucha gente que se quema, el famoso burnout. Acá lo ves: la gente cambia de conducta, se torna muy negativa, y todo por el estrés que genera trabajar en un contexto así”.
Por eso, para Bruno es importante no dejar que el trabajo se lleve todo. “Para mí es fundamental ser auténtico, más allá del trabajo. Si un viernes de noche quiero tomar una cerveza, la tomo. El trabajo no tiene por qué cambiar mi forma de vivir”.
“La sociedad acá es mucho más avanzada que la sociedad occidental. Está muy muy muy por delante. Porque tienen un concepto de la familia como comunidad que nosotros hemos perdido. Acá se vive y se convive en comunidad, y tiene sentido por donde lo mires.
Cuando estaba en el Congo, recuerdo que, si alguien estaba enfermo, la gente de la comunidad se encargaba de juntar sus cosechas y dejarlas en la puerta de su casa para que las tuviera cuando se recuperara, sabiendo que esa persona haría lo mismo por ellos. Eso, en nuestra forma de concebir la sociedad, no existe. Somos bastante necios de pensar que el egoísmo nos da algo más.
De alguna forma, el enfoque capitalista del mundo ha llevado a que África viva sumergida. Pero la incorporación de la tecnología y el acceso a internet están permitiendo que cada vez más personas accedan rápidamente a la información. Creo que, de alguna forma, estamos ante un despertar de los países africanos”, analiza Bruno.