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Griselda Siciliani: “Hay que estar atento a uno, a no perderse o a perderse con alegría”

A pocos días de presentarse en El Galpón con la obra Boîte, la actriz conversó con Galería del momento vital que atraviesa, de los fenómenos de Envidiosa y de Moria, y de sus favoritos de la cultura uruguaya

Editora de Galería

Hace unos días que Griselda Siciliani está en Montevideo, filmando la segunda temporada de Menem, la serie de Prime Video en la que interpreta a Zulema Yoma. El viernes 23 no tiene rodaje, así que aprovecha para dar entrevistas a propósito del estreno de Boîte, la obra de teatro con la que llega a El Galpón el miércoles 4 de noviembre en dos funciones (a las 20 y a las 22 horas).

Griselda arriba a la sala de reuniones de un hotel de la rambla antes de la hora acordada. Lleva una blusa —que aclara que no sabe si es camisa o campera— de color amarillo pálido con lunares negros (que bien podría ser parte del vestuario de Vicky, de Envidiosa) y su cerquillo habitual. Espera con un café, un vaso de agua y una sonrisa. No hay indicios de cansancio ni de tedio en su habla; será la disciplina que adquirió en sus años de escuela de danza, o la predisposición a la ilusión, de la que habla al final de la entrevista.

Griselda Siciliani está en un momento alto de su carrera. Además de Vicky, la inolvidable protagonista de Envidiosa, la serie que alcanzó el puesto número cinco en el top 10 global de series de habla no inglesa (y el número uno en Argentina, Chile, Costa Rica, Uruguay y Paraguay) de Netflix, fue Moria Casán en la serie biográfica que estrenó la misma plataforma y que en sus primeros días alcanzó los 1,6 millones de visualizaciones. Y recién completó el rodaje de Felicidades, una comedia dirigida por el español Álex de la Iglesia. La película adapta la obra teatral que protagonizó la propia Griselda junto con Adrián Suar (su expareja y padre de su hija Margarita) y que fue un éxito en Argentina.

Con Galería habla de Vicky y de Moria, de la importancia de hacer terapia, de lo que dejó su formación de bailarina, de su gusto por la murga y el dulce de leche uruguayo, y del amor.

Envidiosa.

Envidiosa.

Envidiosa fue un fenómeno increíble mucho más allá de la región. ¿Cambió tu proyección hacia afuera?

Sí, Envidiosa fue una serie transversal. Lo que pasó a nivel general, en cualquier país, en cualquier cultura y a cualquier edad, fue una locura. Es una sorpresa cuando pasa eso; no se puede programar ni podíamos esperar tremenda repercusión. A cualquier lugar que voy —aquí en Uruguay ni hablar, que somos totalmente vecinos— pasa algo. Pero en Italia, en Brasil, que es otro idioma y no sé si la ven doblada o subtitulada, o en España, en todos lados pasó algo. Yo me iba enterando de los datos duros, de las cifras que te dicen “en Inglaterra tal cosa, en Canadá no sé qué, en Estados Unidos tal otra”, pero ir y verlo, que te digan Vicky por la calle en un lugar remoto, eso fue una locura. Y un orgullo también, por el equipo y por todos los que hacemos ficción en Argentina hace tanto tiempo.

¿En qué te identificás con Vicky? ¿Encontrás algún punto de contacto con ella?

A veces mucho, a veces nada. Yo creo que el hallazgo del guion es ese: un personaje tan políticamente incorrecto, pero a su vez querible. Eso es un regalo. Yo pongo lo mío, pero ya la idea de que ella sea así y que la serie se llame Envidiosa (que tiene una connotación negativa) me parece que eso es un regalo.

Después, yo traté de humanizarla todo lo que pude y de encontrar los puntos de contacto, incluso cuando me parecía que no tenía nada que ver con ella, para hallar ese lugar donde decir: “Bueno, sí puedo tener algo de esto en tal situación”. Por ahí no todo el tiempo expuesta como ella, que es totalmente borde, pero sí me puedo reconocer en pequeñas cosas. Creo que por eso generó identificación, porque todos podemos decir: “Algo de eso puedo llegar a tener si me agarrás en un mal día”.

Moria.

Moria.

En Envidiosa tuviste que componer un personaje inventado y en Moria interpretaste a una persona real. ¿Cómo cambia el trabajo, cuál preferís y qué desafíos implicó?

Me gustan las dos cosas. Me tocó dos veces interpretar a personajes que existen —a Moria y a Zulema Yoma— y miles de veces inventar personajes. Por supuesto que crear un personaje solo con el estímulo del guion es muy interesante y se abre la imaginación a miles de lugares, pero también uno tiene que empezar después a tomar decisiones, a elegir qué es lo que quiero, cómo quiero contarlo y qué tipo de expresividad va a tener.

Para el personaje real tenés que estudiar, y esa cantidad de material te termina dando libertad porque te organiza el trabajo. Me pasó con Moria y con Zulema. Entonces, primero estudiás y después tenés la libertad, con todo ese bagaje, de ponerle el alma.

Son dos caminos diferentes, pero me resultó muy atractivo interpretar a un personaje que existe. Me ha tocado en estos últimos años y me gusta el camino. Es un camino de creatividad igual que el otro, pero con un material dado.

Has dicho que Moria tiene una mirada benévola sobre ella misma y que te gustaría lograr eso contigo. ¿Qué mirada tenés sobre vos misma?

Yo soy más neurótica. Moria no es neurótica; Moria no sé qué es, es un extraterrestre, ella misma lo dice. Pero ella se habla bien. Tengo que trabajar en eso. Trabajo, trabajo, me ocupo de pensar lo que está bien. Ella lo tiene naturalmente. Hay que estar atento a uno, a las cositas, a no perderse o a perderse con alegría.

Tu dinámica con la psicóloga en Envidiosa y el vínculo que generan en el transcurso de la serie tuvo mucha repercusión. ¿Hacés terapia?

Sí, soy bastante adepta al psicoanálisis. Es un espacio que me viene bien. Me parece que también es un privilegio que no todos pueden tener: acercarse al psicoanálisis o a un buen psicoanalista. Y tal vez no es para todos tampoco, no lo sé. Para mí, en lo personal, es un espacio de mucho valor en mi vida.

Griselda Siciliani con Lorena Vega, su psicóloga en Envidiosa.

Griselda Siciliani con Lorena Vega, su psicóloga en Envidiosa.

¿Y te enojás con la psicóloga también, como Vicky?

No, me enojo conmigo. Pero a la psicóloga le agradezco todos los días: “Gracias por existir”.

Tu primera formación fue como bailarina. ¿Sigue siendo tu gran amor la danza?

Yo creo que sí. El otro día lo pensaba y lo hablaba con una de mis amigas, que la mayoría son bailarinas. Y sí, yo creo que sí, aunque no esté dedicada a la danza en este momento. Me formé desde muy chica, entonces la infancia y la formación sobre un lenguaje artístico específico están unidas. Ese momento de la vida, que es de tanta nutrición, tan importante en el recuerdo y en la huella de lo que somos, está muy marcado por la danza, por mi relación con el espacio de formación, con las clases, con los maestros, con mis compañeras y con el escenario después. Siento mi hogar en la danza. Incluso cuando me toca estar en el escenario sin bailar, siento que lo abordo todo desde la danza. Todo lo abordo desde esa niña y mujer que se formó en el ámbito de la danza. Me parece que además es una disciplina supercompleja y sofisticada. Pasan los años y me voy dando cuenta de las cosas que me ha dejado la formación en danza en muchos aspectos de la vida.

Requiere mucha disciplina.

Claro, sí. Esa es una que está más a la vista, la disciplina, y que se integra a la vida. Yo soy disciplinada para trabajar: llego a la hora, estudio y me resulta natural prepararme para algo. A veces tengo que regular algo de la exigencia que me quedó de la danza, entender que para otras disciplinas no se necesita tanta exigencia y que puedo relajar algunas cosas y dejarlas un poco más al azar. Pero siento que la formación en una disciplina te deja algo para siempre y para todo. Eso lo hablamos mucho con mis amigos bailarines, los que se dedican a la danza y los que se dedican a otra cosa ya de grandes. Te sigue marcando. Cuando te encontrás con alguien que fue bailarín o que tuvo ese camino, decís: “Ah, claro, ya sé por lo que pasamos”. Es como ser de un mismo país.

¿Cómo te preparaste para Boîte? ¿Qué tan exigente fue?

Boîte es un espectáculo más que nada de música. Por supuesto que, como Carlos y yo venimos de la danza, siempre está atravesado por el movimiento, y en la puesta en escena estamos muy entregados a bailar, a movernos y a ocupar el espacio de una manera muy singular, que no es lo mismo que por ahí haría alguien que solamente es cantante. Pero la verdad es que es un espectáculo más de música, de humor y de mucha picardía entre nosotros. Sí nos preparamos un montón, sobre todo en la elección de lo que sucede en cada momento del espectáculo. Está todo decidido y atravesado por el deseo más genuino de ser fieles a lo que somos y a lo que queremos transmitir. No dejamos nada al azar, no especulamos con nada. Nosotros decimos que es un espectáculo muy caprichoso. Al principio lo relacionábamos con la palabra deseo, y después dijimos: “Ya más que un deseo es un capricho”. Hay cosas que están porque nos dio la gana de que estén, y porque ya hicimos muchos espectáculos juntos. Es un espectáculo muy personal.

Boîte.

Boîte.

Boîte remite a la forma en que se llamaba a las discotecas en los años 70.

Sí, como un pequeño antro en los 70.

¿El espectáculo se sitúa en esa época?

No tiene una connotación de época estricta, sino de ambiente; es un ambiente nocturno y festivo. Hay algo como de un olor a boîte, por eso le pusimos ese nombre. Y Carlitos decía que en una boîte puede pasar cualquier cosa. Había algo de ese permiso que nos queríamos dar: que cualquier cosa pudiera ocurrir, que cualquier lenguaje musical pudiera ser parte del espectáculo. Entrás a la boîte y puede pasar cualquier cosa.

Tenés una melena muy personal. ¿Sentís que es parte de tu identidad?

El flequillo, sí. A veces tengo el pelo cortito, largo, rubio, pero siempre flequillo. Hay algo de eso que me gusta, me reconozco. Para algunos personajes no lo uso. Zulema, de hecho, usa una peluca. Pero para la vida, sí, siento que es mi look. Pero no de toda la vida: me hice el flequillo a los 27, para un personaje. Me acuerdo de que una serie terminaba de salir al aire un viernes y el lunes empezaba otra. Cuando empecé a filmar me dijeron: “Mirá, van a salir tan pegadas que habría que hacer un cambio de look, algo que se te vea muy diferente”. Yo todavía no era muy conocida, eran mis primeras series. Y ahí dije: “Bueno, el flequillo”, porque me cambia bastante la cara. Me lo hice para ese personaje… ¡y de ahí nunca más me lo saqué! Lo uso más largo, más corto, a veces más rolinga, bien cortito. Y ya soy experta: me lo corto yo, hago desastres, no le tengo ningún respeto.

En diciembre está previsto el estreno de Felicidades, de Álex de la Iglesia, en Netflix. ¿Cómo fue filmar bajo su dirección?

La experiencia fue increíble. Habíamos hecho la obra de teatro, que es de Mariano Pensotti, y fue un tremendo éxito en Buenos Aires. Álex quiso dirigir la película, que tiene mucho de ciencia ficción, algo que él maneja magistralmente. Es un genio, artista plástico además. Fue una experiencia divina. Le veíamos los dibujitos que tenía de cada escena; dibuja increíble, hace todo el storyboard. Es genial. Y fue un rodaje intenso: muchas horas, muchos días, todo el tiempo todos ahí metidos y cruzados con todos los personajes. Espero que llegue el momento de estrenarla, creo que va a ser una sorpresa.

La protagonizan con Adrián Suar. ¿Es la primera vez que trabajan juntos?

Bueno, habíamos hecho la obra, y trabajamos juntos antes de ser pareja en Sin código, mi primer programa de televisión. Pero ahí no teníamos tanta confianza porque yo recién entraba a la tele, eso fue en 2005. Después empezamos a salir en 2008 y nunca trabajamos juntos mientras fuimos pareja.

Trabajamos por primera vez en la obra cuando hacía 10 años que nos habíamos separado, así que fue genial. Como tenemos un vínculo diario, somos amigos y somos familia, pasar tiempo juntos no era una novedad, pero sí ver cómo nos llevábamos como actores. Fue una química instantánea, una maravilla.

Con Adrián Suar en Felicidades, de Álex de la Iglesia.

Con Adrián Suar en Felicidades, de Álex de la Iglesia.

Además, Adrián es un gran compañero; todo el mundo que trabaja con él lo dice. Es muy generoso, un muy buen partenaire, le gusta que el otro se luzca. En eso es muy productor también, porque está viendo el resultado general y no está solo en él o en la escena con el otro, sino en lo macro. Eso lo hace ser un líder muy positivo dentro de un elenco y de un grupo.

Ahora estás filmando en Montevideo la segunda temporada de Menem —dirigida por Ariel Winograd—, y el otro día compartiste en tus redes la foto de un pote de dulce de leche uruguayo.

Ahora que me lo hiciste acordar, ¡quiero un pan con dulce de leche!

Lo bueno es que estás acá y lo podés comer.

Sí, pero eso es lo malo también: me puedo bajar ese frasco de dulce de leche en una noche.

¿Sos de lo dulce?

Sí. Pero, además, ese dulce de leche me gusta mucho.

Y cuando venís, ¿qué cosas de acá te gustan mientras estás y qué cosas te llevás?

Yo soy bastante fan de Uruguay, o sea que no tengo mucha objetividad. A veces siento que opino cosas muy a favor de Uruguay y es totalmente subjetivo porque me gusta mucho Montevideo. He venido muchas veces y hay algo de lo cultural que me genera mucha admiración. Entonces siempre estoy pensando: “¡Qué bien que hacen esto!”. Nunca me había tocado trabajar acá; se están filmando muchas cosas en Uruguay, pero a mí me toca por primera vez con Menem 2. El equipo es uruguayo y son unos genios.

Al principio me llamó mucho la atención, por ejemplo, la murga. Hay algo de ese aspecto que es tan diferente a Argentina, por más que estamos al lado. De chica venía en febrero al carnaval, a los tablados.

Griselda Siciliani como Zulema Yoma y Leonardo Sbaraglia como Carlos Menem en la serie Menem.

Griselda Siciliani como Zulema Yoma y Leonardo Sbaraglia como Carlos Menem en la serie Menem.

O sea que eso viene de familia.

No, venía con un novio que era muy fan de la murga, y ahí empecé a conocer cómo era la situación del carnaval, las fechas, el espectáculo en el tablado, el orden, los parodistas, los humoristas, la murga y qué diferencia había entre ellos. La murga tiene una sofisticación musical, es un movimiento tan popular y tan natural para los uruguayos que para mí eso hace una diferencia enorme. Es un movimiento sofisticado a nivel poético y musical, y de protesta. Nuestra murga no tiene todas esas condiciones ni es un sello tan central de nuestra cultura; hay una movida murguera, pero no tiene nada que ver con lo que significa en Uruguay. Y eso para mí hace una diferencia cultural muy fina.

El otro día estaba escuchando a Jaime Roos, me parece, un tema con Agarrate Catalina, y me empecé a acordar de un montón de cosas que me había olvidado, porque en el momento me había vuelto muy fan. Habré venido todos los febreros de los 20 a los 27 años. En esa época estudiaba música en el conservatorio en Buenos Aires, entonces me llamaban mucho la atención los arreglos vocales y lo que interpretaban. Era chica y estaba muy ávida de aprender de todo; ya bailaba profesionalmente, pero había descubierto todo ese mundo cultural uruguayo que me parecía un flash estando tan cerca.

¿Cómo te parás hoy frente al amor?

Siempre ilusionada. Eso me lo decía una amiga el otro día: tengo esa característica en la vida en general. Con el trabajo también soy así, puedo ya haber hecho muchas cosas y tener un camino recorrido, y siempre me ilusiono con el próximo proyecto. Es una característica vital, pero para el amor también la sostengo. Hay algo que me divierte de vincularme con un hombre. Y creo que, a pesar de cualquier situación, no voy a perder esa ilusión y esa parte lúdica que para mí tiene que tener un vínculo con un otro. N