Hay cosas que aprendemos porque alguien nos las explica. Y hay otras que descubrimos al observar una hormiga, tocar la corteza de un árbol o probar algo por primera vez. A veces, una experiencia nos enseña mucho más de lo que imaginábamos.
El diseño aplicado a espacios educativos puede despertar la curiosidad, invitar a explorar y abrir nuevas maneras de aprender
Hay cosas que aprendemos porque alguien nos las explica. Y hay otras que descubrimos al observar una hormiga, tocar la corteza de un árbol o probar algo por primera vez. A veces, una experiencia nos enseña mucho más de lo que imaginábamos.
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acá¿Qué lugar tienen esas experiencias en la educación? ¿Cómo se diseña un espacio que no solo permita enseñar, sino que también despierte las ganas de explorar?

Para Carolina Dovat, arquitecta especializada en espacios educativos y corporativos, el entorno no es un simple escenario. Puede favorecer el encuentro, estimular la creatividad y generar condiciones para que el aprendizaje suceda de distintas maneras. En una época en la que la información está al alcance de la mano y todavía no sabemos cómo será buena parte del mundo que viene, su mirada invita a pensar más allá del aula.
Cuando una familia visita un colegio, ¿qué puede descubrir a través de sus espacios?
La arquitectura transmite muchos mensajes. No habla solamente de cómo se aprende, sino también de los valores y la identidad de una institución. Cada colegio tiene una impronta, y es importante que las familias sientan que esos valores están alineados con los propios. A veces entrás a un colegio y ves obras de los alumnos por todas partes. En otro, lo primero que aparece son las canchas o los trofeos deportivos. Esas decisiones comunican qué cosas son importantes para esa comunidad. También hay señales más sutiles. Lo importante es que exista coherencia entre lo que el colegio dice que es y lo que uno percibe cuando entra.
¿Y qué hace que un alumno sienta que ese lugar también es suyo?
El sentido de pertenencia es fundamental. Sentir que formás parte de algo, que tenés un lugar y que no estás ahí solamente para recibir, sino también para aportar tu experiencia. La arquitectura puede ayudar a que esa identidad se haga visible. Eso también transmite un mensaje: ¿el espacio está pensado para la institución o para las personas que lo van a habitar? ¿El alumno tiene que adaptarse a un edificio que se impone o el edificio está pensado para él?
Tendemos a pensar que el aprendizaje ocurre en el aula y que el edificio es el marco. ¿Es así?
Yo no diría que la arquitectura enseña, pero sí que prepara el terreno. Es como la tierra fértil: si estás cómodo, te sentís seguro y podés concentrarte, estás más dispuesto a conectar con los demás y a aprender. Si algo te incomoda, ya tenés parte de la atención puesta en otra cosa. El aprendizaje depende mucho de cómo nos sentimos. Una silla cómoda, una buena acústica o la posibilidad de moverse y cambiar de lugar pueden parecer detalles, pero hacen una diferencia. También importa qué posibilidades le ofrece el espacio al docente. Si tenés solamente pupitres alineados frente a un pizarrón, estás proponiendo una forma de aprender. Si podés mover las mesas, trabajar en grupo, escribir en las paredes o cambiar la disposición del aula, aparecen otras posibilidades: explorar, compartir ideas y adaptar las actividades a distintas necesidades. La arquitectura no resuelve todo, pero puede facilitar muchas cosas que hoy necesitamos para aprender.
¿Qué cosas del entorno nos afectan más de lo que creemos?
La luz, los materiales, los colores y la relación con la naturaleza influyen en nosotros, tanto de manera consciente como inconsciente. La biofilia, por ejemplo, se refiere a esa conexión que tenemos los seres humanos con la naturaleza. Muchas veces vamos al campo, vemos verde o nos sentamos bajo un árbol y sentimos que estamos mejor, aunque no sepamos explicar exactamente por qué. La luz también es fundamental. Nuestro organismo tiene ritmos regulados por ella, así que hay que pensar tanto la iluminación natural como la artificial según las actividades que se realizan en cada ambiente. No se trata simplemente de poner muchas ventanas o elegir determinados colores, sino de entender qué necesita cada espacio. No es lo mismo entrar a un aula que retumba, con una luz incómoda y un ambiente rígido, que llegar a un lugar donde hay rincones para explorar, materiales agradables y contacto con el exterior. Todo eso contribuye a que las personas se sientan mejor y estén más disponibles para aprender.
Para llevar adelante el proyecto Moorlands visitaron sus sedes de Argentina, ¿qué ideas les dejó esa experiencia?
Me llamó mucho la atención cómo los niños pequeños utilizaban todos los espacios del colegio para aprender. Había una propuesta que llamaban territorios: en determinados momentos, los chicos recorrían distintas áreas y exploraban materiales y ambientes diferentes. Los corredores tenían superficies para escribir, había espacios con luces y materiales que brillaban, y cada ambiente proponía una experiencia distinta. Lo más llamativo era ver a los niños moverse con naturalidad y disfrutar de lo que estaban haciendo. Como en el equipo había varias madres, nos sorprendía verlos tan involucrados. Ahí entendimos que el aprendizaje no sucede solamente dentro del aula. También ocurre en los recorridos, en los espacios compartidos y en las experiencias que los chicos tienen mientras se mueven por el colegio. Después observamos qué funcionaba, qué podía mejorarse y cómo traducir todo eso en decisiones de diseño. Fue un proceso de creación conjunta con el equipo pedagógico.
¿Cómo cambia el espacio a medida que los chicos crecen?
Los más pequeños necesitan mucho movimiento: explorar, correr, trepar y desarrollar sus habilidades psicomotrices. A medida que crecen, cambian sus intereses y también la manera en que usan los espacios. En la adolescencia, por ejemplo, el encuentro y la conversación empiezan a ocupar un lugar diferente. Podés poner hamacas en un patio y probablemente muchos las usen para sentarse a charlar, más que para hamacarse. Hay necesidades que se mantienen en todas las edades, como concentrarse, colaborar, socializar y aprender. Pero la distribución, el equipamiento y las posibilidades de movimiento tienen que acompañar cada etapa. Por eso es tan importante observar a las personas que van a habitar un espacio. No se trata de aplicar una fórmula, sino de entender qué necesitan.
Se puede aprender en otros espacios entonces.
Un corredor, un patio o un espacio de encuentro también pueden ser lugares de aprendizaje. A veces existe el temor de que, si los espacios son más abiertos, los chicos se distraigan. Pero esa apertura también permite que vean qué están haciendo los demás, sientan curiosidad y se inspiren. Un niño puede ver a los alumnos mayores trabajando en un proyecto y tener ganas de llegar a esa etapa. O escuchar a otros que están aprendiendo música y descubrir algo que le interesa. Esas experiencias también forman parte del aprendizaje. Por eso me parece importante que haya continuidad entre las aulas, los corredores y los espacios exteriores, y que no esté todo excesivamente compartimentado.
La naturaleza aparece mucho en esta forma de entender la educación. ¿Qué puede enseñar un árbol que no enseñe un libro? ¡Muchísimas cosas! Salir al exterior forma parte de la propuesta educativa. No se trata solamente de dar un paseo: podés observar cómo las hormigas construyen un hormiguero, mirar la corteza de un árbol o descubrir cómo llega el agua hasta sus hojas. A partir de esas experiencias podés acercarte a la biología, la física o las matemáticas. La naturaleza ofrece un montón de oportunidades para aprender, porque invita a mirar con atención, hacerse preguntas y tratar de entender lo que está pasando. El desafío es que, a medida que los alumnos crecen y los programas se vuelven más exigentes, cuesta encontrar tiempo para incorporar estas experiencias. Pero vale la pena buscar la manera. Y hay otra cuestión: no todas las escuelas tienen las mismas posibilidades. En algunos contextos, un espacio verde bien equipado puede ser difícil de conseguir.
Mientras tanto, la inteligencia artificial pone cada vez más información al alcance de todos. ¿Qué cree usted que debería enseñar una escuela en este escenario?
Es una de las grandes discusiones que tenemos hoy. Nunca tuvimos tanta información disponible, pero eso también nos obliga a preguntarnos qué significa enseñar y aprender. Ya no alcanza con transmitir conocimientos. Necesitamos aprender a hacer buenas preguntas, evaluar las respuestas que recibimos, reconocer cuándo una fuente puede estar equivocada y buscar otras perspectivas. Para mí, la creatividad es fundamental porque nos permite combinar de maneras nuevas lo que ya conocemos. También hay habilidades que desarrollamos en la interacción con los demás: resolver problemas, comunicarnos, negociar, colaborar y aprender a percibir lo que le pasa al otro. La pandemia nos mostró lo difícil que es remplazar ese contacto por una pantalla. La tecnología puede ayudarnos a hacer mejor muchas cosas. El desafío es que nos permita desarrollar nuevas capacidades, en lugar de volvernos menos capaces.
¿La escuela del futuro debería parecerse cada vez menos a la que conocimos nosotros?
Creo que tenemos que dejar de pensar que solo aprendemos en la escuela. Aprendemos desde que nacemos y seguimos aprendiendo durante toda la vida. La escuela sigue siendo un lugar privilegiado porque puede reunir herramientas, materiales, docentes y personas con quienes compartir experiencias. Pero su función no debería ser solamente transmitir conocimientos, sino ayudarnos a desarrollar nuestra capacidad de aprender. Hoy la información está mucho más disponible. Necesitamos aprender a relacionarla, interpretarla y construir nuevos conocimientos. Y para eso siguen siendo fundamentales el encuentro, la curiosidad y la posibilidad de experimentar.
Su estudio también diseña espacios de trabajo. ¿Qué tienen en común una escuela y una oficina?
Más de lo que parece. En los espacios de trabajo buscamos favorecer distintas actividades: concentrarse, socializar, colaborar y aprender. Cuando empezamos a trabajar en arquitectura educativa, nos dimos cuenta de que esas mismas necesidades estaban presentes en los colegios. Hay cosas que aprendemos mejor en grupo, cuando intercambiamos ideas o resolvemos un problema con otros, y hay otras que requieren concentración individual. También necesitamos espacios que nos permitan incorporar nuevas habilidades. Por eso tratamos de evitar que los ambientes tengan una única función. Un espacio bien pensado puede adaptarse a distintas actividades y tener más vida a lo largo del día. Además, el aprendizaje no termina cuando dejamos de estudiar. En el mundo laboral tenemos que seguir incorporando conocimientos y herramientas todo el tiempo. La educación y el trabajo están cada vez más conectados.
Cuando entra hoy a una escuela, ¿qué es lo primero que mira?
Me gusta ver que los chicos parezcan estar pasándola bien. Un chico que se siente cómodo y puede involucrarse en lo que hace está en mejores condiciones de aprender. Si los ves moverse con naturalidad, concentrados y disfrutando de una actividad, eso te habla muy bien del centro educativo. Y no depende necesariamente de tener muchos recursos. A veces hay instituciones que, con lo que tienen, consiguen generar un entorno muy adecuado. En Uruguay me marcó mucho una visita a la sala de robótica de Los Pinos, en Casavalle. Ver a los chicos trabajando concentrados con los materiales de robótica fue una experiencia muy potente. Me hizo pensar en lo importante que es generar las condiciones para que puedan involucrarse, explorar y aprender.
¿Y cómo sabe qué necesita realmente un espacio?
Hay una frase que me dijeron en la facultad y que recuerdo mucho: “No hagas un camino para ir de un lugar a otro; esperá a que la gente marque el recorrido y después trazá el camino”. Creo que con los espacios pasa algo parecido. A veces queremos anticipar todo, pero las personas encuentran maneras de usarlos que no habíamos imaginado. Podés construir un camino en línea recta y descubrir que todo el mundo termina pasando por otro lado. Las personas habitamos los espacios de una manera intuitiva, con una sabiduría que muchas veces ni siquiera sabemos que tenemos. Si observamos cómo los usan, podemos aprender de ellas y mejorar el diseño. A veces hay que dejar de poner tantas reglas y permitir que sean los propios chicos quienes nos muestren el camino.
Para terminar: si una familia está eligiendo colegio, ¿qué le recomendaría mirar en una visita?
Primero, que se escuche a sí misma. Que piense qué es importante para su familia, qué valores quiere priorizar y qué necesita su hijo. No hay un colegio perfecto ni una propuesta que sea la mejor para todos. También observaría cómo se relacionan los chicos, qué actividades parecen disfrutar y qué lugar ocupan las distintas experiencias. Pero, sobre todo, me preguntaría si me siento bien ahí y si lo que veo es coherente con lo que busco. Creo que el aprendizaje se da mejor cuando hay coherencia entre la familia y la institución. Los niños van y vienen constantemente entre el colegio y su casa, y si encuentran mensajes muy contradictorios puede ser más difícil para ellos. Más que dejarse llevar por lo que otros dicen que es bueno, me parece importante reconocer qué tiene sentido para cada familia.