La designación del español Ignacio García-Vidal como nuevo director titular de la Orquesta Sinfónica del Sodre (Ossodre) marca el inicio de una nueva etapa (temporada 2026) para la principal formación sinfónica del país.
El nuevo director de la Orquesta Sinfónica del Sodre trae un discurso de misión sin aires mesiánicos, le encontró nuevo repertorio a una orquesta con casi 100 años de historia, y quiere hacer de cada concierto un plan
La designación del español Ignacio García-Vidal como nuevo director titular de la Orquesta Sinfónica del Sodre (Ossodre) marca el inicio de una nueva etapa (temporada 2026) para la principal formación sinfónica del país.
Accedé a una selección de artículos gratuitos, alertas de noticias y boletines exclusivos de Búsqueda y Galería.
El venció tu suscripción de Búsqueda y Galería. Para poder continuar accediendo a los beneficios de tu plan es necesario que realices el pago de tu suscripción.
En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáVestido en tonos que parecían mimetizarse con la madera y las luces cálidas del auditorio, García-Vidal habla con una serenidad poco frecuente para alguien que acaba de bajarse de un avión directo a asumir un cargo de relevancia. Es puro entusiasmo discursivo y convicción. Se nota que no llega a imponer un proyecto sino a encarnar una idea de orquesta que lleva años imaginando.
El nombramiento, resuelto por el directorio del Sodre después de la salida de Nicolás Rauss, parece responder a una búsqueda de renovación artística y ampliación de audiencias, en línea con los desafíos contemporáneos de las orquestas públicas: sostener la excelencia sin perder el vínculo con la comunidad a la que representan. Según informó Búsqueda, el Sodre apostó por un perfil que combina excelencia musical, presencia territorial y un fuerte énfasis en la orientación hacia nuevas audiencias como las infancias. Su perfil se sintetiza en una aspiración que es técnica y cultural a la vez: que la orquesta se vuelva un plan: “¿Vamos a un concierto y después nos tomamos una cerveza?”.
Su elección no responde a una lógica de director estrella con proyección mediática, sino a un estilo cada vez más demandado por instituciones de esta índole; un director gestor, pedagogo y mediador cultural, que concibe a una orquesta desde lo artístico, social y comunicacional. “El concierto no es para contemplar, sino para compartir”, dijo a Galería, y a continuación se permitió derribar un mito muy recurrente: “No hay mentira más grande que aquello de que la música es un lenguaje universal”. Con eso, casi resumió toda su filosofía, que sostiene que un concierto no se agota en lo que pasa en sala, y que la música no funciona solamente como un impacto sensorial, sino también como una experiencia comprendida.
Su regreso al país en este nuevo rol se apoya en su formación tan particular —musicología, comunicación y un doctorado en didáctica de la dirección musical— que le da contexto a su forma de trabajar. Además de dirigir, García-Vidal explica, contextualiza y narra. Para él, una orquesta pública no solo produce conciertos, sino que crea espacios de reflexión, cuasi de sanción. “Apagar el celular durante una hora y media y dejarnos llevar por lo que está sucediendo es un ejercicio terapéutico”.
No es ningún outsider. Debutó profesionalmente en 2002 al frente de la Filarmónica de Montevideo —“la primera orquesta internacional que me da una oportunidad”— y desde entonces mantuvo una relación sostenida con el país. Dirigió en el Teatro Solís, trabajó con la Orquesta Juvenil del Sodre, y acompañó procesos formativos. Hoy, asumir la titularidad de la Ossodre lo vive como una forma de “cerrar el círculo”; volver al punto de partida con la experiencia de dos décadas acumuladas.
Aterrizó el domingo pasado. Cuando comenzó a sobrevolar Uruguay sintió algo diferente a las veces anteriores. Desde que comenzó a avistar “la primera casita, el primer techito“ pensó: “yo voy a ser el director de tu orquesta“. Y de la de él, y de la del otro. La música de la Sinfónica Nacional, asegura, va a llegar —en territorio (sala) o por transmisión— a todas las personas del país.
Desde este 14 de febrero con el concierto Ritual, que marca el inicio de temporada, su desafío será conducir una orquesta con casi un siglo de historia y proyectarla hacia nuevos territorios simbólicos y geográficos. En su propia comparación, la fila de violas de la Ossodre debería despertar la misma admiración que los delanteros de la selección de fútbol.
¿Qué significa volver al país donde debutó profesionalmente?
El vuelo a Montevideo siempre es un viaje de ida, no tiene vuelta. Yo empecé a venir a Uruguay en el año 2002, tenía 23 años y ese fue mi debut. La primera orquesta internacional que me dio una oportunidad fue la Filarmónica de Montevideo. Me acuerdo que el Teatro Solís estaba cerrado por obras y ese concierto se hizo en el Ballroom del Radisson. Desde entonces vengo con naturalidad, y me dejo sorprender por la familiaridad del universo simbólico uruguayo. Las costumbres, los olores, los colores, los caracteres de la gente. ¿Qué duda puede caber de que somos dos pueblos tremendamente libres, el uruguayo y el español? Tenemos mucho en común. Por lo tanto, venir a Uruguay no es ir a un lugar alejado de mi universo simbólico, de mi realidad. Pero aquel Uruguay no tenía nada que ver con el actual. Era un país oscuro, y la gente joven no tenía demasiadas oportunidades. De hecho, lo que hacían era preguntarme por las opciones que había afuera. Es una felicidad haber acompañado ese camino de progreso, de absoluta transformación social y cultural. Y no lo he vivido como un espectador, sino como un uruguayo más, pero uno con ciertos privilegios. El hecho de estar en España y venir con frecuencia me permitía realizar una lectura más crítica, más constructiva, desde una perspectiva diferente.
¿Se siente parte de la escena musical uruguaya?
Absolutamente. Mucha gente se va a acordar de mí, no creo que sea un desconocido para el melómano medio uruguayo, y llegar a Montevideo a dirigir mi primer ensayo como director titular de la Ossodre es como cerrar el círculo. Incluso alguna gente que ha tocado conmigo va a estar ahora. No estoy nervioso, y eso tiene que ver con lo que me genera el país. Hay algo en esta ciudad con lo que me identifico. Sus ritmos, los tempos. El "nostalgiar", inventado por Mario Benedetti. ¡Ustedes conjugan el verbo "nostalgiar"! Y yo soy un "nostalgiador" que encuentra paz en la ciudad. Y eso que ahora ostento un cargo que te enfrenta a un ritmo muy frenético, pero yo lo voy a vivir desde la serenidad, desde el disfrute.
¿Y cuál es su proyecto sonoro para la Ossodre?
No todo aquello que suena se convierte en música, pero la música tiene como ingrediente fundamental el sonido. Pero el sonido trabajado, pasado por el filtro de la exigencia, del estudio, por el filtro de lo reflexivo, de la tradición, del repertorio. Ese es mi trabajo. La Orquesta Sinfónica del Sodre es un gran instrumento. Un instrumento histórico, que tiene el reto de encontrar su personalidad sonora, porque eso se transforma todo el tiempo. Ten en cuenta que la música está más viva que el sonido. Por ahí va la cuestión. Queremos darle un matiz muy vivo al sonido, que el concierto sea algo vivencial. Proponerle a la gente que venga, no a contemplar, sino a compartir. Y para eso tengo el reto de encontrar una personalidad sonora exigente, de muy alto nivel artístico, pero que se corresponda con quiénes somos y en qué mundo estamos. La personalidad sonora de una orquesta no puede ser estable en el sentido de que no es impermeable.
¿Qué continuidades y qué rupturas plantea?
Uno tiene la edad, pero sobre todo la experiencia suficiente como para saber que a los lugares no se va a transformar el mundo. Uno viene también a escuchar; las propuestas, cómo toca la orquesta, y así juntos tratar de encontrar el camino. Entonces, cuánto cuánto de ruptura, lo va a decir el tiempo. Lo va a decir la propia orquesta. Yo no vengo a exponer argumentos innegociables, vengo a ver cómo juntos podemos mejorar. Por ejemplo, es una orquesta muy grande, y las orquestas tan generosas normalmente tocan muy poco repertorio del período clásico, del siglo XVIII, que es maravilloso. Uno de mis objetivos es aportar un poquito más de aquella limpieza técnica. Entonces, para el próximo programa, que es ahora en marzo, haremos una sinfonía de Haydn. Ahí hay una ruptura importante, aunque no sea muy revolucionaria. Tocar una sinfonía clásica puede parecer algo anticuado, pero planteado como lo vamos a plantear es algo completamente rupturista. Vamos a hacer una sinfonía de 1793 para encontrar el sonido de la Orquesta del Sodre de 1793, para luego trasladar toda esa exigencia técnica al repertorio moderno. Es hacer un trabajo de artesano.
¿Cómo define el rol de una orquesta pública en el siglo XXI?
La responsabilidad de los artistas en el siglo XXI tiene que ver con hacer respetar los pocos espacios que nos quedan como seres humanos para la reflexión y el disfrute de lo estético desde el punto de vista de lo filosófico, del pensamiento. En ese aspecto las orquestas públicas cumplimos un rol fundamental. El ciudadano tiene el derecho de acudir a un concierto de altísimo nivel artístico. Tenemos que generar espacios, posibilitar el encuentro, tender puentes. Este auditorio es una maravilla a nivel mundial, que solo por conocerlo merece la pena venir a un concierto. Y hoy, que algo nos obligue a apagar el celular durante una hora y media, sentarnos en una butaca y sencillamente respirar y dejarnos llevar por lo que está sucediendo, ya es un ejercicio terapéutico. Solo por eso sería muy aconsejable que la gente acudiese una vez por semana a un concierto, a un museo, a una obra de teatro, al cine, solo por apartarse un poquito del celular y encontrar ese espacio de encuentro consigo mismo, con el otro, con los que estamos en el escenario, que al final de cuentas somos seres humanos regalando arte. Hemos diseñado la temporada 2026 para que si una persona realmente la comparte con nosotros de principio a fin, va a terminar siendo una persona más rica. Ha cambiado mucho el perfil del público. Hace 100 años era demostrativo de estatus social, hoy no tiene nada que ver con eso. Hoy tiene que ver con que una de las emociones más intensas que puede vivenciar un ser humano es el contacto directo con el arte.
El Sodre se planteó como objetivo fortalecer el trabajo con infancias y nuevos públicos. ¿Qué estrategias considera más efectivas para lograrlo?
No podemos no contemplar un espacio creado específicamente para el público en familia, que es todo tipo de familia. Estamos hablando de una ruptura del formato clásico incluso en eso. Vamos a crear un ciclo especifico, sobre todo en el mes de agosto, para las infancias. Queremos que inviten a papás y mamás a venir, porque hay gente de 40, 50 años que descubre la música recién ahora porque no ha recibido la educación en su momento. Estos conciertos son para ellos también, para fortalecer el vínculo entre la familia y con la música. Y que nadie tenga duda de su alta calidad artística, que por ser para niños no es un formato light. Vamos a tocar Pulcinella de Igor Stravinsky. Los maestros del Sodre tocando música bien compleja mientras hablamos en broma de cosas serias. Adaptamos el formato. No podemos pretender que un niño o una niña vengan un sábado de julio a las ocho y media de la noche a un concierto porque ese no es su lugar. El momento de un niño es el sábado por la mañana, tenemos que ser nosotros los flexibles.
Los conciertos en familia van a contar con la presencia de Ana Hernández Sánchez, una de las principales pedagogas y narradoras de conciertos infantiles en lengua española. Y ese mismo concierto lo van a poder ver también escolares de todo el país. La idea es que ellos hayan pasado por un proceso formativo previo para que cuando lleguen al concierto sepan qué es lo que van a ver. Va a tener un formato explicado, narrado, donde contamos la historia del arte. Y si después los niños no se dedican profesionalmente a la música, que sería maravilloso, al menos habrán naturalizado el proceso artístico en su vida.
Mis conciertos como titular van a estar siempre comentados, porque quiero que la gente entienda cuál es la historia. Detrás de cada concierto del Sodre hay una historia, y yo necesito que tú la conozcas para que te emociones. Ahora bien, en el arte no hay mentira más grande que aquello de que la música es un lenguaje universal. El hecho de que tengamos orejas no hace que lo sea, si no, la música termina siendo algo solamente sensitivo, experiencial, que lo es, pero además tiene que tener un proceso intelectual de comprensión. Porque es cuando lo comprendes, cuando realmente te llega. Yo quiero que salgas de un concierto y quieras seguir hablando de esto. Imagínate un sábado de invierno, la mañana en casa, te levantas, desayunas, te vas a un concierto de 55 minutos en el Auditorio del Sodre, después te vas a comer por la Ciudad Vieja y das un paseo. Eso está pensado para la familia. Además quiero que la gente venga y conozca el lugar, porque ese niño a lo mejor está descubriendo algo que puede cambiar su propia percepción del país. ¿Este auditorio es mío? Sí, es tuyo. Y esta orquesta también. Somos la orquesta de todos los uruguayos. A partir de ahora, yo ya te he abierto la puerta.
¿Cómo se atrae público sin banalizar repertorio?
Lo que vamos a ofrecer para el público en familia o en una gira en el interior es del mismo nivel artístico o más que cualquiera de los conciertos de la temporada. El compromiso que vamos a poner en cada uno de los proyectos es el mismo. Por el momento solo pueden confiar en mí, dentro de un año ya me dirán.
Está muy convencido.
Sí, no cabe otra. Si no, no estaría donde estoy. Y es que la vida es compromiso. Yo estoy aquí porque estoy comprometido con los uruguayos, con los músicos, con el mundo. El domingo cuando aterrizaba el avión y empezaba a ver la primera casita, el primer techito, yo pensaba: voy a dirigir para cada uno de ustedes. No sé cuántas veces he volado a Montevideo, muchísimas, pero lo que sentí ésta vez fue diferente. Debajo de cada techito hay una persona con la que estoy comprometido. Si no, ¿para qué tomé este vuelo?
¿Qué elementos de la identidad cultural uruguaya le resultan más estimulantes?
La literatura uruguaya. Desde bien jovencito tuve la oportunidad de asistir en la Universidad de Salamanca a una lectura de Mario Benedetti. De él mismo. Me firmó un libro, fue mi primera conexión con Uruguay. Después apareció Galeano y esas Venas abiertas de América Latina. Ese tipo de literatura reivindicativa me hizo inmersionarme poco a poco en este mundo cultural. Siempre me ha gustado mucho el cine uruguayo también, que es escasísimo, pero lo poco que vi me saca de mi mirada española. Yo soy un español muy curioso y España es un país muy completo. Tienes toda la historia, toda la tradición, la gastronomía, el arte. Pero no, no estaba todo. Había cosas aquí también y como aquí lo descubrí yo siempre voy a decir que mi corazón está en Uruguay. Este país me ha dado cosas que no encuentro en ningún otro sitio. Cuando leí Montevideo, de Benedetti, dije, ¿qué es esto? ¿Esto es otro mundo? Y luego lo viví. Vi que era así, y estaba tan bien contado...
¿Qué cree que América Latina puede aportar a la tradición sinfónica internacional?
Sacarnos los complejos. Nuestro referente no es la London Symphony, no tocamos para los londinenses. Tenemos que saber quiénes somos, vivir con mucha autenticidad y felicidad eso, y compartirlo con el mundo. Y nuestro mundo primero es nuestro país. Por eso somos la orquesta nacional, tenemos que hacer que el uruguayo se sienta tan orgulloso de la fila de violas de la Ossodre como de los centrales de la selección uruguaya. Somos un símbolo, pero uno vivo además, y formamos parte de la construcción colectiva de la idiosincrasia uruguaya. Con una media de edad menor a 40 años, esta orquesta tiene vida, tiene futuro. Hoy, un joven de 20, 22 años puede aspirar a ser bailarín, a ser violinista. Hace 25 años su posibilidad era tomar un avión e irse a ver dónde podía ser artista. Hoy, en Uruguay puedes dedicarte al arte porque hay más gente que nunca dedicándose a ella. Es un camino posible, una opción real de vida, y eso no sé si muchos países del mundo lo pueden decir.