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Imanol Arias:"Vivir en la incertidumbre ha hecho que el viejo no entre tanto en mí"

El actor español, que presentará en Montevideo la obra Mejor no decirlo, cuenta por qué se refugió en Buenos Aires, sus recuerdos de Anillos de oro y cómo se ganó la amistad de José Mujica

Editora de Galería

Para Imanol Arias, es más difícil caminar por Montevideo que por Buenos Aires. Acá, dice, lo reconocen más: “en Montevideo­ llevan 22 años viéndome flaquito, con el bigote, con el pelo blanco”. Se refiere a su personaje en Cuéntame cómo pasó, la serie que se transmitió completa en Uruguay a través de Canal 5 y que, según el actor, José Mujica y Lucía Topolansky seguían religiosamente.

Después de dedicarle un tercio de su vida, la serie llegó a su fin y el actor, de 68 años, cambió el set de rodaje por las tablas. Cruzó el océano hacia el Río de la Plata, un poco por la invitación de Claudio Tolcachir para protagonizar junto con Mercedes Morán la comedia Mejor no decirlo, y otro poco para alejarse del ruido que estaba provocando en España un juicio suyo con Hacienda por fraude.

En la obra, una adaptación de la pieza de Salomé­ Lelouch, la dupla interpreta a un matrimonio que llevan juntos muchos años gracias a la virtud de saber qué decir y qué callar. Pero en algún momento hay que decir las cosas, y cuando el momento llega, la historia, en este caso, se vuelve comedia. Mejor no decirlo lleva cinco meses en cartel en Argentina con salas llenas. “Ha sido muy sorpresivo. Es un año maravilloso, una sensación muy especial que no se puede esperar, nunca la esperas”, cuenta el actor.

Unos días antes del estreno de la obra en Montevideo, donde se presentarán entre el jueves 8 y el domingo 11 de agosto, Imanol Arias conversó con Galería desde su “casita” de Buenos­ Aires, una casa temporal a la que viene cada año cuando deja Madrid. Se conecta a la videollamada desde su celular y fuma mientras conversa, como si hablara con un amigo. Entre pitada y pitada, habla de cómo un maestro industrial electrónico se convirtió en actor, de su pasión por el vino, recuerda el éxito de Anillos de oro y resume su vínculo con el público y su relación con Pepe Mujica.

¿Cómo es un día cualquiera en Buenos Aires?

Pues depende de si tengo función o no. Cuando tienes función, la única libertad que tienes para ti y para tus cosas es por la mañana. Entonces me levanto temprano, empiezo a prepararme para el día y camino; voy a comprar el pan, doy alguna vuelta, me gusta mucho pasear por esta ciudad. Y por la tarde todo se convierte en una ceremonia. Yo me echo una siestecilla siempre de media hora para descansar las cuerdas y todo eso. Es un día en el que todo se enfoca en que a las ocho de la tarde estés en las mejores condiciones.

El teatro es el motivo por el que está más tiempo en Buenos Aires.

Exacto, y lo que hace a esta ciudad —aparte de que es querida para mí por muchos motivos— un punto muy especial, es que el teatro es numeroso, hay muchas propuestas, hay muchísimo nivel, muchísimos actores buenos. Este año, con el problema que se ha tenido con el Incaa (Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales de Argentina, por la quita de subsidios del actual gobierno), que se está rodando menos, han desembarcado en la cartelera espectáculos y un plantel de actores realmente bueno. Venir a Buenos Aires es tener la sensación de estar en una capital con 300 y pico de teatros, con mucha vida. Y para mí, que venía de hacer mucho tiempo audiovisual, rodando ocho meses al año, que a las seis de la mañana te recogen, durante 22 años, es como si hubiera cambiado de oficio dentro de lo mismo. Es muy muy notable la sensación que se tiene.

Desde los años 80 no ha parado de trabajar. ¿Cómo cambió la escena artística en estas décadas?

Yo me hice actor profesional en el 76. Con 19 años, me fui a Madrid con una mano delante y una detrás. Estuve trabajando en el campo, en la vendimia, durante un tiempo, y entonces entré en la escuela de arte dramático. No pude entrar oficialmente. En ese entonces se hacían unas pruebas de acceso, en las que se presentaban 500 y entraban 15. No te pedían nada para esa prueba, excepto un pago. Yo hice la prueba y me fui a seguir vendimiando y a ganar dinero para poder estar en Madrid. Cuando volví, me encontré con una lista de aceptados y yo estaba en el número uno. Me dirigí a la oficina de matriculación tan encantado de la vida, me felicitaron y todo eso, y me dijeron que presentara todos los papeles. Cuando presenté los papeles, me dijeron: “Ah, pero no eres bachiller superior. Tú no has estado en la universidad”. Y les dije: “No, yo he estado en la Universidad Laboral”. Soy maestro industrial electrónico y he hecho un par de cursos que no estaban aprobados. Entonces, en la escuela se quedaron un poco perplejos y me dijeron que me aceptaban como oyente. Hice todo el curso igual, me matriculé igual, pagué las expensas igual, me examiné igual, solo que no tengo un título, que en esta profesión no es tan importante.

El dinero de la vendimia se acabó y tuve que empezar a trabajar. Tuve mucha suerte. Empecé haciendo cosas muy pequeñas: un personaje con dos frases, luego un personaje con cinco, y así estuve como dos años. Me fui al servicio militar, que era obligatorio entonces, y después se disparó todo. Salí con 22 años, hice las pruebas y accedí a ser el primer actor del primer Centro Dramático Nacional. O sea que salí de la mili y me hice tres protagónicos en la gran compañía nacional el primer año. Ahí arrancó todo.

Uno de sus trabajos más recordados en televisión es Anillos de oro. Fue todo un éxito en Uruguay en su momento.

Sí, yo estuve en Uruguay cuando se vendían los cassettes de Beta (un formato previo al VHS), presentando esa colección.

¿Qué recuerdos tiene de la serie?

La serie viene después de hacer unas cuantas películas. Después de estar en la compañía nacional creamos un grupo con actores que ya habíamos tenido una experiencia en la escuela. De ese grupo de estudio salió una compañía privada de actores, una cooperativa, con un profesor inglés que traíamos de la Royal Academy y nos daba Shakespeare. Al tipo le encantaba tanto España... Le encantaba ponerse de vino hasta el culo. David Perry, que en paz descanse. Era un genio. Entonces le propusimos: “¿Y si hacemos una compañía pequeña y hacemos un Shakespeare que no sea carísimo?”. Hicimos Sueño de una noche de verano con un éxito brutal. Lo hicimos en mallas (leotardos), creo que era la primera vez que se veía un Shakespeare en mallas. Tenía todo el contenido de comedia que tiene un Shakespeare entendido como tal.

Después de ese éxito, vino un día un director cubano y me llevó a Cuba a hacer una película; tardé dos años en hacerla, se llamaba Cecilia. Cuando volví a España, era el único tipo joven que había estado dos años delante de una cámara, entonces me empezaron a caer papeles: hice lo de Almodóvar (Laberinto de pasiones), hice Demonios en el jardín, hice Bearn, y después me llegó Anillos de oro. Yo dije que no al principio, porque no quería hacer televisión. El director y productor, Pedro Masó, un hombre genial, con una trayectoria enorme, que había sido productor de Orson Wells, se encaró conmigo por teléfono y me dijo: “Mire, este personaje no era para usted, pero la persona que lo tenía que hacer no quiere hacerlo y Ana Diosdado (protagonista de Anillos de oro) me ha mandado al cine a ver Demonios en el jardín. Le he visto a usted y he dicho: ‘Es él’. ¿Y me dice usted que no?”. Al final me dijo: “Me habían dicho que era usted muy inteligente, veo que no lo es tanto”. Así de duro era el tipo. Y colgó. Al día siguiente le llamé y le dije: “Acepto el insulto, creo que tiene razón. No sé si tengo edad, ni conocimiento suficiente para decir la estupidez de: ‘Yo no hago una serie filmada’”.

Tengo un recuerdo enorme de esa serie­, porque cambió mi vida. Cuando terminé de filmar hice una película muy importante en España­, La muerte de Mikel, en el norte; la historia de un etarra homosexual, muy exitosa, muy moderna para entonces, era el año 82. Terminé eso y me vine para Argentina porque me salió Camila. Estando acá se puso Anillos de oro. Aquí, desde Buenos Aires, oí que iba muy bien, pero como nunca había visto televisión no era consciente de lo que era. Entonces solo existía un canal en España­, el canal nacional, por lo tanto cuando algo tenía éxito lo veían 19 o 20 millones de personas. Cuando volví de Argentina me recibió en el aeropuerto mi padre, un amigo y unas 1.500 personas con pancartas. Ahí me di cuenta de que mi vida había cambiado. Me pegué un susto de muerte y durante unos años fui el actor más esquivo y más serio del mundo. Estaba acojonado porque nueve de cada 10 personas que me encontraba en la calle me saludaban, me paraban. No había selfies, entonces firmaba en papel; me andaba con una libreta y un bolígrafo todo el día firmando autógrafos. Ser muy famoso siendo muy joven creo que marcó un poco mi carácter. Tenía la sensación de que le debía mucho a la gente, de que se me había dado mucho más de lo que yo, conscientemente, creía que había hecho.

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Ana Diosdado e Imanol Arias en Anillos de oro (1983).

Ana Diosdado e Imanol Arias en Anillos de oro (1983).

¿En qué siente que cambió o evolucionó en sus décadas de trabajo?

Durante un tiempo veía mis películas y no todas me gustaban. Notaba cómo era como actor en el cine: era bastante estático, muy introvertido; era la moda. No digo que haya creado una moda, creo que había una generación de actores que habían sido importantes, que entonces tendrían 80 años, y yo tenía una característica física como casi todos ellos. Caí en ese prototipo, que entonces era especial, y eso me ayudó mucho a ir aprendiendo en el trabajo sin agobios. Tenía éxito y no siempre estaba bien, no siempre era tan notable, solo que gustaba. Eso me hizo plantearme qué me gustaba a mí del trabajo. No me disgustaba que la gente reconociera mi trabajo, pero sí me disgustaba no estar conforme con el trabajo. Entonces empecé a trabajar muchísimo, a olvidarme de lo que ya tenía ganado y empezar a hacer películas importantes.

Se puso más selectivo.

Exacto, hacía dos películas al año. Tenía una fórmula económica que era: iba a un banco, presentaba los dos contratos, el banco me abría una línea de crédito y yo trabajaba, y cuando cobraba “pum”, rellenaba la línea de crédito y seguía tirando para delante. Era un poco economía argentina (ríe).

Y siempre me preocupó ser un tipo amable. No soy un amargado, pero cuando no estoy bien, o tengo que hacer algo, soy muy claro. A mí no se me molesta cuando estoy sentado en una mesa. No se me viene a pedir una foto, porque entonces les digo, descaradamente, que yo no me levanto de una mesa para hacer una foto. Y si insisten les digo: “¿Me paga usted la comida? Es que me he tomado un vino de 150 euros, ¿sabe usted?”. Y lo digo así, de maleducado y de serio, porque me he ido defendiendo de ser un poco un títere que anda por ahí. Yo no voy a fiestas, ya hice todo lo que tenía que hacer; ya hice publicidad, fui modelo de algunas campañas de moda española. Cuando salgo del teatro en Buenos Aires, si salgo contento, me paro y estoy 20 minutos si hace falta (hablando con la gente). Pero es porque sé que hace unos minutos me han visto en escena, y toda mi preocupación es hacer bien el trabajo.

La vida se va colocando a medida que te dedicas mucho a ti. He tenido una familia. He tenido pocas relaciones largas, he tenido a mis hijos. Luego decidí casarme conmigo mismo, hace cinco años. Puede que me dure dos horas más esa pretensión, todo en función de cómo estoy, y qué es lo que tengo que hacer.

En una entrevista, dijo que busca “impedir que el viejo entre” en usted. ¿Qué hace para evitarlo?

Tengo algunos enemigos, porque soy fumador hace mucho tiempo. Nosotros (los fumadores) somos unos enfermos inconscientes. Entonces intento sanear mi vida mentalmente. Incluso desde las posiciones más progresistas. Tengo una buena alimentación. Me gusta el tema y me intereso. Hace muchos años entré en una medicina de vitaminización extra muy moderna. Nunca he sido un deportista de ponerme fuertísimo. Tengo un cuerpo menudo y lo que hago es mucho aeróbico, camino. En enero tengo que hacer un personaje, un exbombero pirómano que sale de la cárcel después de 20 años, entonces mañana empiezo algo que no he hecho nunca, una rutina de fuerza. Toda mi preocupación ahora es esa. Es una buena serie, es un buen personaje y no quiero pasar por ahí como si fuera Antonio (su personaje en Cuéntame cómo pasó).

Yo podría estar jubilado. Incluso he tenido un problema con Hacienda en España, un error al que me indujeron que me ha costado una fortuna, que ha hecho que no pueda descansar plácidamente como podría. Aun así, lo normal después de eso es largarte y descansar. No, yo he decidido que voy a seguir trabajando y reemprender todo ese proceso de terminar mi vida como actor, porque no sé hacer otra cosa ni he hecho otra cosa en toda mi vida. Solo ser padre, ser amigo, ser actor y viticultor. Tengo un vino en España muy bueno, que se vende muchísimo. Se vende todo lo que hago. Se llama Bruto, es una uva monastrell. Es un vino de 94 puntos que me hace una bodega para mí.

¿Es una pasión el vino?

Es una pasión, y ha salido bien porque es una buena bodega, hacemos un buen trabajo. Eso también me hace pensar en las añadas. Es otra forma de ser consciente de que los tiempos pasan y ningún año es igual a otro. Eso te quita vejez, te quita ideas preconcebidas, certezas. En esta profesión es necesario que te guste, es necesario tener talento, y es necesario que muchas veces estés en el sitio adecuado en el momento adecuado, porque somos muchos actores a repartir el trabajo. Pero sobre todo, tienes que aprender a ser feliz con la incertidumbre, porque este es un trabajo lleno de incertidumbre, no solamente en la forma de vivir, en la contratación, sino además en la forma de hacerlo. Y yo me acostumbré muy bien a la incertidumbre. Soy un hombre que vive en una continua incertidumbre y eso, en vez de aplastarme, ha hecho que el viejo no entre tanto en mí. Luego está el éxito. Luego están los festivales, está el encontrarte con compañeros, el querer mucho a la gente, el sentirte querido; yo aquí en Buenos­ Aires, con la comunidad actoral, me siento acogido. A cambio de eso les doy incertidumbre, nunca estoy seguro de que las cosas estén del todo bien. Tengo buen carácter y lo hago riéndome y haciendo reír, pero soy un coñazo. Debo ser un coñazo importante (ríe).

¿Cómo fue que conoció a José Mujica?

Los conocí a él y a su señora en unos Premios Platino. Ellos eran muy fans de Cuéntame…, a Pepe le parecía una forma maravillosa de contar una historia. Entonces, cuando hicieron una visita a España me llamó alguien de aquí y me dijo que Pepe —que ya no era presidente— y su señora querían pasar un día de rodaje conmigo. Vinieron a vernos y estuvieron todo el día. Coincidía que estábamos en Torrejón, una población en la que yo sabía que había un restaurante de pescados maravilloso. Cortamos el rodaje —hizo un esfuerzo todo el equipo porque lo alargamos dos horas— y les llevé a comer. Ahí empezó esta relación, esa fascinación de conocer personalmente a tremenda persona. A él le preocupaba que le llegaran antes las cintas, creo que en algún momento le mandaron DVD desde la productora; él quería ser el primero en verlas. Yo creo que me lo gané así. Esta es una forma simpática de decir que me lo gané, pero en realidad me ganó él a mí, muchísimo.

Es la primera vez que trabaja con Mercedes­ Morán, pero son amigos hace tiempo. ¿Cómo se da esa comunión siendo solo dos actores en escena?

Ha sido una sorpresa. Se ha creado una química muy extraña, muy curiosa, que hace que la gente piense que somos matrimonio de verdad. Me lo han llegado a preguntar muy en serio. La obra demanda un poco eso. Este es un segundo matrimonio, con hijos aparte, que se reúnen y que hacen de sus charlas, de sus diferentes punto de vista, una forma de amarse. Entonces es muy dinámico, muy inteligente, y sorpresivamente, muy cómico para la gente. Un día pedí que contaran cuántas veces se ríen durante la función y son entre 28 y 32. Nadie se tropieza, nadie dice un taco, nadie insulta a nadie, y la gente se parte.

Yo tengo una enorme admiración por Mercedes­, es una actriz muy poderosa y, sobre todo, muy sabia. Y Claudio Tolcachir, el director, es un cielo de persona. No he conocido a nadie más exigente y más amable que él. Yo nunca había hecho comedia. En Mercedes he encontrado una gran amiga, una compañera con la que nos reímos. Ayuda mucho, es exigente y en mi caso ha sido una bendición, porque no es normal que yo, en tan poco tiempo, pueda estar en escena riéndome de mí mismo.

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El actor protagoniza con Mercedes Morán la obra Mejor no decirlo.

El actor protagoniza con Mercedes Morán la obra Mejor no decirlo.

¿Está de acuerdo con el título de la obra? ¿Es mejor no decirlo?

Decir la verdad es muy importante. Hay muchas formas de decir la verdad. Esas familias que se lo dicen todo, y cuanto más duro y más bajo, más contentos se ponen, y más creen que se ayudan… Si vas a decir, hay que saber decir. Es de lo que habla la obra. La obra son como 12 cuentos, 12 sketches, y todas las temáticas son de actualidad; pero no son temáticas públicas. Públicamente hay una opinión y luego privadamente, otra. Uno puede tener una opinión generalizada sobre la homosexualidad, o sobre el mundo trans, pero luego, además, está lo que tú comentas en tu cuarto, con tu mujer, con tu amigo, o con quien sea, en la intimidad. Estos dos hablan de todos estos temas, hablan de cuidado con cuidar tanto a la mujer que se sienta una mantenida. Sobre el aborto. Él piensa que se puede estar de acuerdo con algo y tener dudas. Él dice: “Yo reflexiono, y cuando reflexiono me cuestiono, cielo. ¿Puedo estar a favor de algo­ y tener dudas? ¿Puedo estar a favor de algo y tener reservas?”.

¿Cómo es su vínculo con Uruguay?

Amo tu país; me ha dado tanto como Argentina­. No tanto trabajo, pero sí tantos momentos y tanto cariño y tanto reconocimiento. Tengo muchos amigos que ver cuando vaya, de muchas épocas. Para mí, es un lujazo. En un momento me dieron un homenaje en el primer Festival­ de Punta del Este y recuerdo que veníamos con Ana Belén. Era una semana de cine español y me iban a dar un premio. Estuve toda la semana porque presentaba todas las películas. Además yo soy vasco, y en Uruguay eso es un punto. Me acuerdo que en ese momento me llamó un viejo amigo, que conocí cuando fui a filmar a Cuba, que es uruguayo, y me dijo que la comunidad vasca quería hacerme un homenaje. Le respondí que encantado. “Ya, pero hay que hacer dos: para los vascos franceses y para los vascos navarros”; es decir, para los independentistas y para los no independentistas. Había refugiados de ETA en Montevideo, había un famosísimo restaurante de una persona de mi pueblo, entonces yo me acojoné y dije: “No puede ser. ¿Cómo voy a hacer dos?”. Y les planteé que se juntaran, que por una vez se juntaran. Y lo logramos. No creo que haya sido tan feliz con sentirme vasco fuera del País Vasco como ese día. En Uruguay.

Mejor no decirlo, Jueves 8 y viernes 9 a las 20 h, sábado 10 a las 20 y a las 22 h, y domingo 11 a las 18 y a las 20 h, en Teatro El Galpón. Entradas en RedTickets­ de 1.320 a 3.770 pesos.

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