“Me impactó mucho la idea de la vida secreta, desplegar este universo de que haya alguien que podría estar viviendo conmigo sin que yo me dé cuenta y todo lo que eso implica. La gente invisible, de manera ficcional y simbólica, esto de vivir a contraturno de los que sí están bajo la luz del día, me atrapó”, cuenta.
¿Qué le hizo pensar que la obra de Bizzio se podía teatralizar?
Rabia es pura acción. A los personajes los conocés por lo que hacen y no hacen, no se describe a ninguno, los descubrís por lo que les va pasando en el cuerpo, y eso es muy interesante para el teatro. Cuando una propuesta teatral te invita a descubrir en lugar de colocarse en una postura de solo contar, la obra nunca se instala, está siempre caminando. En Rabia el relato se puede caer en cualquier momento si el personaje es descubierto, eso es profundamente teatral, estar segundo a segundo en peligro, con todos los sentidos desplegados para sobrevivir.
¿Cómo fue el proceso de adaptar una novela al teatro?
Angustiante, desafiante y muy placentero. Hay un montón de cosas que hice con Rabia que yo no había hecho, desde actuar solo en un escenario hasta adaptar una novela, que era algo que siempre quise. Lo había intentado varias veces y fracasé. Y eso que en esta oportunidad no teníamos parámetros, nadie había hecho Rabia en teatro antes. Lo que más nos gustó es que no sabíamos cómo hacerlo, una novela de 300 páginas que había que dejar en 25, elegir cuál es el eje, qué dejamos afuera. Cuando salgo del teatro y me felicitan siempre les digo que por favor lean a Bizzio, porque hay mucho más de donde vino esto. Y que fuera un monólogo es todo un desafío, porque las cosas que me van pasando yo las cuento como si le pasaran a otro, desde una mente que es supercontradictoria. (José María) es un tipo muy violento, sanguíneo, pero muy meticuloso y sensible, sentimental. Muy posesivo, obsesivo y controlador pero al mismo tiempo ama. Hay un despliegue de facetas de este personaje que es maravilloso, no podía no ser un monólogo.
Terminó interpretando una hora y media de José María, de un solo tirón.
Es una hora y cuarto, no se asusten (risas). La verdad es que quería pasar desapercibido y lo logré. Un trabajo bien hecho era yo no estar y que estuviera todo lo demás. Para mí esta historia se tenía que hacer así, no es una obra para que un personaje esté actuando de escondido. Lo que podés imaginar es mucho más potente que lo representativo. Nuestra propuesta es que la gente comienza viéndome a mí, escuchándome, hasta que de golpe ya no me ven más a mí y puede ver la casa, el baño, a los otros personajes y completar dimensiones. Yo no soy quién para decir qué tiene que ser el teatro, pero para mí es eso, completar dimensiones. La obra es un gran juego de estímulos para que vos imagines, odies, te asustes, empatices, te conmuevas, te rías (porque tiene mucho humor) y la cabeza te haya pegado un viajazo espectacular. Tiene sentido seguirla viendo y haciendo (la obra) mientras no la entiendas, mientras tengas que seguir indagando sus bordes, descubriendo nuevas reacciones del público. Son muy importantes el sonido, la luz, el video, no para contar sino para inducir. Yo ya tengo un montón de rinconcitos de la obra descubiertos pero aspiro a que cada vez que la haga pueda descubrir nuevos.
¿Le sigue sorprendiendo su personaje?
Sin parar. Y es un poco lo que quiero porque cuando llegue el día en que entienda todo el recorrido va a dejar de tener sentido, se vuelve estrictamente profesional y deja de tener eso de desafío personal donde digo “a ver hoy por dónde me lleva”. Hay días que el personaje es más amoroso, otros, más sexual, más violento; me interesa mucho ese trabajo de lo que va surgiendo, que depende mucho del público, que es mi único compañero de escena. A veces es más irónico y la obra toma un color diferente a si se asquean con la rata, por ejemplo, que es mi amiga, entonces ahí pasa a otra cosa más oscura. Cada función es única. Y es increíble cómo en todos los períodos donde hago Rabia no me duele nada, no tengo contracturas, duermo. Todos los que nos dedicamos a actuar somos yonquis de la intensidad. Hay algo adictivo en estar conectado con el todo.
¿Cuánto termina compartiendo con José María después de todo lo que invierte en el personaje?
El teatro contemporáneo está muy vinculado a la autoficción o el biodrama, es muy autorreferencial. Soy un espectador que puede disfrutar de eso, pero no soy un teatrista que pueda hacerlo. Me da mucho pudor compartir lo personal. En cambio, encuentro un placer enorme en esconderme en la ficción para ser absolutamente personal. Entonces cada rincón de este personaje y lo que le pasa es mío, y creo que por eso lo elegí, porque yo entiendo profundamente su obsesión, sus malas decisiones y su forma equivocada de amar. Pero comprender no es justificar, yo tampoco me justifico a mí ni a todas las barbaridades que tengo. Sí las comprendo y sé de dónde salen. Puedo hablar de lo que yo quiera siempre y cuando esté escondido detrás de una poesía, de una ficción. Y tengo una enorme necesidad de contar esta historia porque tiene partes tremendamente personales que para mí son como ponerme en pelotas delante de todos, que lo puedo hacer en tanto estas palabras no son mías.
Tiene bastante que ver con lo invisible, como si buscara serlo a propósito para poder contar cosas.
Es un temazo sentirse invisible, no parte, incorrecto. Al contrario de lo que se piensa, que es pura exposición, para mí el teatro es un gran escondite desde donde decir cosas. Un espacio onírico, de juego, soy yo justamente porque no soy yo. A muchos de nosotros la actuación nos salvó la vida porque nos dio un hueco donde meternos. No se trata de desplegar talentos, “mirá qué bien que hablo y me muevo”, no. A mí no me funciona. Amo cuando el teatro tiene ese carácter genuino donde se nota que el que lo está haciendo es porque lo necesita y, si no, se muere. Es mucho más liberador que explícito.
Le criticaron que a Rabia le hacía falta rabia.
No tengo muy claro si uno tiene que analizar lo que otro analiza sobre lo que uno hace. Mi trabajo es hacer, después el problema es del que va al teatro suponiendo que va a ver algo y se cierra a ver qué es lo que el otro hizo. Pero esperar que haya rabia, furia, porque la obra se llama Rabia habla de una literalidad un poco deprimente. Hay una lectura demasiado lineal que sobreentiende que título, tema y argumento son una unidad tranquilizadora. Pero más interesante que lo rabioso en realidad es cómo el personaje descubre el pensamiento, por ejemplo. Esa es su gran revolución, de repente tiene tiempo para pensar y empieza a pensar, se da cuenta de que nunca había pensado antes y se duerme enseguida porque pensar es agotador. Más interesante y sorprendente que el sentimiento de rabia es ver cómo este tipo, con lo impulsivo que es, es capaz de caminar por toda una casa sin hacer ruido y vivir y comer sin dejar rastros. Bizzio, cuando vino a vernos, quedó fascinado con nuestra lectura. Al teatro habría que ir con otra apertura y no cargando a la obra de tantas expectativas, con la cabeza de tratar de entender por dónde fueron estas personas que dedicaron tanto tiempo a trabajar una obra, que seguro descubrieron aristas y detalles que pueden estar buenos. Es una certeza que te vas a sorprender, para bien o para mal, pero te vas a sorprender.
La obra propone un concepto de masculinidad muy filoso, ¿cómo se sintió representarlo y qué mensaje deja?
Este hombre es un desastre, hace todo mal, y eso es muy interesante, porque terminas empatizando con un toxiquísimo y eso te revuelve. ¿Por qué empatizo? Porque hay algo de ese tipo que comprendo, algo de ese tipo está en mí y eso jode. El teatro que a mí me gusta hacer no enseña nada, no tiene que ser didáctico, pedagógico. Es un estímulo. No me gusta cuando tomar partido se presenta como algo fácil, eso es simplificar la humanidad, hacernos perder la capacidad de ser complejos y contradictorios. Este personaje es de una incapacidad enorme, está equivocado por todos lados y sin embargo ama. Entendemos que ama, ama de la manera en que él cree que es el amor. Después descubre cosas y su evolución es maravillosa porque se da cuenta de que en realidad puede hacerse cargo de situaciones que a priori le hubieran generado una violencia inusitada, pero mientras tanto decide mal. Son los personajes que nos gustan, los equivocados, los fracasados, los perdedores, los incorrectos.
Es curioso cómo la fórmula de todo personaje parece ser un amor, un problema y un enemigo.
Lo fascinantemente teatral de Rabia es esa sensación de vacío, en este caso, después de un asesinato. ¿Qué más hago para que mi vida tenga sentido? Y eso es un amor, un problema y un enemigo. Este tipo dramáticamente se esconde en esta casa, aprende a vivir de prestado, come sin que nadie se dé cuenta y esa es la primera dificultad hasta que se habitúa a eso. Ahí se encuentra con un nuevo vacío y entonces empieza a sentir cosas, amor, celos, y dice algo muy interesante: “¿Yo a Rosa la conocí o me la inventé?”. Eso es clave. ¿Las cosas te pasan o vos necesitás que te pasen para sentirte conectado con la vida? Ese plano de la obra es el más profundo. Mi abuela, que vivió hasta los 96 años y vivía sola, tenía mucho tiempo libre, se aburría y se empezaba a pelear con los vecinos. Tenía de enemigos a todos los vecinos y ellos nunca se enteraron de que ella peleaba con ellos porque no era una peleadora explícita, era todo entre cuatro paredes. Yo no entendía por qué, hasta que de repente me di cuenta de que no dejaba de ser un buen entretenimiento, te obliga a estar atento a si se despertó, si no, si puso la radio más fuerte para subirla vos también… Se ocupaba con eso. Como todos. Nos compramos un auto en cuotas, ensayamos una obra, nos enamoramos. Es tener un par de cosas que te den la sensación de existir.
Se habla mucho del nuevo teatro argentino y usted lo relaciona con ese concepto. ¿Qué es?, ¿qué vino a cambiar?
Pensé que me lo ibas a explicar vos (risas). No tengo idea, nunca supe. Yo agradezco pero no entendí qué tan especial era lo que yo podía llegar a hacer. No siento la obligación de ser original, trato de hacer lo que tengo ganas en ese momento y no estoy pensando en cómo sorprender al público. Nunca pensé en el público, no existe la pregunta de “¿qué tienen ganas de ver?”, sino más bien “¿qué tengo ganas de contar?”. Hay gente que sí tiene la necesidad genuina de hacer teatro de denuncia, y lo respeto, es muy triste que cualquiera de nosotros venga a decir qué es teatro y qué no. Uno hace cosas que tienen que ver con el deseo, la realización y una búsqueda personal, entonces es obvio que va cambiando. Esto del nuevo teatro me parece una tontería, además hay gente mucho más joven que yo, y a mí no me gusta que me cataloguen. Todas esas cosas son perjudiciales para todos, es muy contaminante la constante intelectualización. Me imagino que el término responde a que después de aquella crisis del 2001 nos dimos cuenta por fin de que éramos profundamente latinoamericanos, pero el neoliberalismo nos había vendido que era lo mismo el dólar que el peso. Ahí surgió como un teatro diferente que hablaba de cierta identidad. Los personajes ahora eran argentinos, con nombre argentino, había más pertenencia. Un teatro que dejó de copiar el modelo europeo y que salía más de las entrañas.