Esta entrevista fue publidada originalmente el 24 de junio de 2025.
A los 22 años llevó a los tricolores a un triunfo que demoró 88 años y se ganó el respeto de propios y extraños. Ahora, el capitán del Nacional se lleva el Charrúa de Oro 2025 a mejor deportista uruguayo del año, y el premio a mejor basquetbolista del año
Esta entrevista fue publidada originalmente el 24 de junio de 2025.
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Hay contrastes que impresionan. El mismo tipo que clavó un triple fundamental en la sexta final para torcer la historia, el que fue todo fervor desde la cancha para contagiar a propios e influir en extraños, estén en el piso flotante o en las tribunas del Antel Arena, es un tipo amable y tranquilo, casi tímido. Patricio Prieto, a los 22 años, capitán de un Nacional campeón de la Liga Uruguaya de Básquetbol (LUB), sonríe y parece más chico que su metro ochenta y cinco. ¿Será la cara de nene? ¿Será su disposición a responder a quien lo saluda, le pide una foto o le grita un “vamo’ Pato”? ¿Será que todo, incluso eso de ser famoso, figura, ídolo, le resulta totalmente nuevo?
El MVP de las finales, sigla de most valuable player, que equivale al criollísimo “mejor jugador” de siempre, raro término importado de la NBA para su similar, la LUB, posa de antiídolo. En el encuentro con Galería dirá que el triunfo fue del grupo, de ese Nacional que por primera vez ganó la Liga de Básquetbol en siete tremendos partidos contra Aguada culminados el 2 de junio, que comenzó a jugar en ese deporte más que nada por sus amigos y por no quedarse sin hacer nada, tras largar el baby fútbol, que tiene planeado irse a vivir solo y que por respeto a quienes tuvieron que someterse a quimioterapia y radioterapia se resiste a decir que es un “sobreviviente” del cáncer, enfermedad que llegó y se fue de su vida casi sin que se diera cuenta. Ahora, disfrutando de unas semanas de descanso, antes de volver al entrenamiento y de que la competencia vuelva a fines de octubre, mientras ve cómo adelanta algo sus estudios en el Instituto Nacional de Educación Física (ISEF), sonríe pensando en lo que para él sería un “planazo”.
“Un planazo sería un asado con mi familia. ¡Un lechón! ¿Sabés que hace tiempo que no paso un 24 de diciembre con mi familia? Con mis amigos, sería juntarnos medio temprano en la casa de alguno, pasar todo el día juntos y luego meter noche. Ahora que terminó la temporada, me puedo dar ese lujo. Eso sí, yo los miraría tomar, yo no tomo ni fumo. Y en pareja, me gustaría pasar un fin de semana tranquilo, en Punta Negra sería bárbaro”, dice. Esto último tendrá que esperar: cortó la relación con su última novia cuando vio que no le podía dedicar el tiempo que ella merecía y que el básquetbol le demandaba. “Siempre estaba muerto por el entrenamiento”. Y el básquetbol es su vida; Nacional, también.
“Actualmente sí, me reconocen en la calle”, sonríe el Pato Prieto, como un niño tímido ante una picardía. Cuesta creer que sea el mismo tipo que con el partido 20 puntos abajo en la ya mencionada y épica sexta final ante Aguada, durante uno de los descansos, arengara voz en cuello a sus compañeros al grito de “¡Me chupa un huevo lo que cobren los jueces! ¡Hay que volver!”. Y eso que entre los suyos había extranjeros y tipos mucho más curtidos en el básquetbol y en la vida, y eso que el rival era Aguada, un equipo que en este deporte ostenta muchos más pergaminos que Nacional. Entre esa arenga y aquel triple, Nacional forzó la séptima final (en la que también fue figura) y llegó a lo máximo. “Pero sobre todo me ubica la gente del básquet o de Nacional. Nacional me ha hecho bastante conocido. Ahora, como salgo mucho a los medios, me ubican más. Pero tampoco me volví Luis Suárez”, vuelve a sonreír.
Por ahora, disfruta esa notoriedad. Nunca le tocó tener que soportar a un fanático pesado, de esos infumables que no hay forma de sacárselos de encima. “Algunos se acercan hasta con vergüenza, pero yo siempre estoy dispuesto a saludar. En parte, soy alguien gracias a la gente. Por eso disfruto eso de sacarme una foto, hacer un video, mandar un saludo para la madre, de todo”.
Patricio vive en Jacinto Vera con sus padres y su hermana. Su primer recuerdo de vida tiene más que ver con la vecina La Comercial, por calle Garibaldi, una tarde de otoño. “Me veo yendo a una placita que tenían los militares por ahí, no recuerdo bien dónde, con mis padres. Había una cancha de fútbol de pedregullo y jueguitos para niños, como hamacas”.
Mientras asistía a la Escuela 88 Edmundo de Amicis, tuvo sus primeras experiencias deportivas jugando al baby fútbol en Nacional primero y Rincón de Carrasco después. Jugaba de lateral derecho, puesto por lo general reservado para quienes son más tesoneros y pundonorosos que hábiles y veloces. “Al principio estaba todo bien, pero luego dejó de ser un disfrute. En un momento prefería ir a un cumple un domingo que ir a jugar un partido. Mis padres se dieron cuenta. Además, el ambiente del baby fútbol es… exigente. Sobre todo el entorno, el afuera”. Sus padres le inculcaron que él debía ir a divertirse; otros padres no pensaban lo mismo y se hacían sentir más. “Eso no me gustaba ni a mí ni a mis padres. Incluso con mis compañeros, que decían que un entrenamiento no era diversión. Sos niño, tenés que disfrutar”.
Luego de dos meses de descanso total (eran las vacaciones de verano), su ingreso al básquetbol fue a los 11 años en la categoría premini. Fue lejos de su zona, en Hebraica y Macabi, en la Ciudad Vieja. En el primer entrenamiento le metieron un dedo en el ojo. No le gustó nada eso, ni que su padre tuviera que viajar a acompañarlo. “Yo tenía unos amigos que jugaban al básquetbol en Nacional, que me quedaba cerca, y ahí fui con otra cabeza: a disfrutar que jugaba con amigos. Y me adapté rápido”. Todo quedaba cerca: su casa, el liceo (el Agustín Ferreiro primero y el Sagrado Corazón después) y el club, del que además era hincha.
Quien ahora ha visto los gimnasios de los clubes y al Antel Arena pintados de blanco, azul y rojo producto del fervor de su enorme hinchada se puede llevar una idea equivocada. La grandeza de Nacional en fútbol no la discute nadie, pero en básquetbol la historia, aunque cimentándose bien con las conquistas de la Liga Sudamericana 2024 y la Uruguaya de junio, es muy distinta, lejos del pedigrí de Aguada, Hebraica Macabi, Defensor Sporting o Biguá. Y hace poco más de una década, la pelota naranja en el club de La Blanqueada distaba mucho de ser una prioridad.
“Yo entrenaba en una cancha de pádel que había en un complejo de fútbol 5 cerca de la sede”, se ríe. “Al lado, había una puertita que a la izquierda conducía a una zona de boxeo y a la derecha a la de pádel. A esa la usaban a veces para el futsal y a veces para nosotros. Yo era chico, no te digo que lo veía gigante pero sí… normal. Hoy veo una cancha de pádel y digo: ¿cómo hacía para entrenar acá? Luego pasamos a nuestra cancha, que era de pedregullo…”. Esa cancha estaba detrás de la tribuna Abdón Porte del Gran Parque Central, donde hoy Nacional tiene el Polideportivo en el que juega de local desde 2023, techado y cerrado desde 2016, con tribunas retráctiles, piso flotante, tablero moderno y capacidad para casi 900 personas. “Yo tuve la suerte de pasar por toda esa transformación, de ver la llegada del piso y de los aros móviles”.
Paralelamente, Patricio debutaba en el primer equipo de Nacional en la temporada 2021, luego de que el equipo perdiera las finales de la liga anterior ante Biguá. “Yo entrenaba con el plantel, pero como estábamos en pandemia enseguida cortaron a los juveniles”. Se fue fogueando en la Liga Uruguaya de Ascenso, más conocido como el “Metro”, donde fue campeón con Cordón en 2022 y Urunday Universitario en 2023. Luego volvió a Nacional para convertirse en lo que es: un símbolo del club.
“Hoy por hoy, Nacional es el campeón uruguayo de básquetbol y está en proceso de ser un club grande en ese deporte”, dice Prieto sobre la primera “gran” disyuntiva referida al club y a la disciplina. La vez anterior que Nacional había ganado ese título no existía la LUB, el torneo tenía el pomposo nombre de Campeonato Federal, nombre por demás raro que perduró hasta 2003 pese a que solo lo disputaban equipos de la capital. Los tricolores campeonaron en 1935 y 1937, hace 90 años. “Nacional está construyendo su grandeza de a poco. No son como Aguada o Sporting, que sí tienen muchos títulos. Pero lo que tiene Nacional es su hinchada, que es imponente”.
La otra “gran” disyuntiva, compartida también por Peñarol, rival clásico hasta en el manchado, es cuántos de los hinchas que los han seguido son hinchas de básquetbol o hinchas del fútbol atraídos por los colores queridos. Nacional y Peñarol no compitieron por años (y cuando lo hicieron estuvieron lejos de tener la hegemonía del fóbal), por lo que sus hinchas se repartieron en otras instituciones más arraigadas en este deporte. “Es difícil decirlo. Cada vez que jugamos de local la cancha se llena. No es muy grande, lo sé, pero siempre se llena y queda gente afuera. Es evidente que se sumó bastante gente del fútbol, pero yo veo bueno que se acerque gente de otros lados, que el básquetbol se haga más atractivo”.
Claro que el fútbol aporta su cantidad y también su calidad. Y esa calidad —algo también compartido por Peñarol, que se ha especializado en perder puntos porque a su hinchada se le antojó que así fuera— no siempre es buena. “La gente que no ayuda al básquetbol porque es violenta es la que no ayuda a la sociedad en nada”, dice Prieto. “Pero yo prefiero ver lo positivo, yo creo que se acercan niños que quizá no tengan tanta facilidad para el fútbol y se hacen hinchas también en el básquetbol”. Definitivamente, el Pato prefiere ver el vaso medio lleno. Otro orgullo fue recibir el saludo de los futbolistas del club (Sebastián Coates, particularmente), con mucho más vidriera que ellos.
Antes de la gloria reciente, Nacional había jugado y perdido dos finales de la LUB (2021 y 2023), y en diciembre pasado se coronó campeón de la Liga Sudamericana, equivalente basquetbolístico a la Copa Sudamericana en fútbol. La Liga de Campeones de Básquetbol de las Américas (BCLA, por la sigla en inglés) es, entonces, la Copa Libertadores, y el objetivo de Nacional y de Patricio para diciembre. “Ese sería un lindo desafío. Si la ganás, luego competís contra equipos de otros continentes, te mejora el currículum”. Ese es uno de sus sueños deportivos; el otro es jugar oficialmente en la selección. Por ahora su actuación internacional ha sido en entrenamientos y en un amistoso. “Sé que estoy en el radar, todavía lo tengo en el debe, pero el que quiere celeste que le cueste, literal”, se ríe. Aún no ve, y lo dice con notoria humildad pero con firmeza, techo a su carrera.
Parece un yerno ideal. Soltero, solo con palabras de agradecimiento a sus dos exnovias (sobre todo a la última), está esperando que el destino lo sorprenda. Su vida sana incluye, obviamente, la alimentación: mucho pescado y mucha ensalada. A medida que el básquetbol le fue exigiendo dedicación, el estudio —primero fisioterapia, luego entrenador en la propia Federación Uruguaya de Básquetbol (FUBB)— fue perdiendo pie. Ahora estudia para profesor de Educación Física en el ISEF, pero lo toma con mucha calma. “Es una pena, es complicado por el tiempo, pero intento hacer algo para despejar la cabeza”.
Patricio Prieto fue elegido capitán entre el cuerpo técnico (encabezado por Álvaro Ponce) y la directiva (cuyo presidente es Luis López). “Me vieron condiciones. Capaz que no era alguien que hablara mucho. Intento hablar poco o hacerlo en los momentos justos. Intento predicar con el ejemplo, hacer todo el esfuerzo posible y que se contagien. Yo me considero un capitán democrático, el camino no lo elijo yo, sino que lo hacemos entre todos. Tuve la suerte de estar en un grupo muy bueno, donde todos los compañeros tenían mucha experiencia, todos armamos el camino, cada uno aportando su ladrillo”.
Como capitán, estuvo detrás de la iniciativa de los deportistas del club de posar con remeras y carteles de Familiares de Detenidos Desaparecidos, con motivo de la última Marcha del Silencio. Esa decisión, impulsada por el equipo de fútbol, provocó una gran polémica nacional (y en Nacional), ya que la directiva no la avaló. Para evitar otro problema, y “no dejar solos a los del fútbol”, ellos lo hicieron fuera del Polideportivo, una vez terminado el entrenamiento. “No lo vi como algo político. Creo que lo vimos como un acto de humanidad, de acompañar a las personas que siguen buscando a sus familiares”, subraya. “A mí, en realidad, la política no me interesa mucho. Sé lo básico, me informo, pero les importa más a mis padres”.
Dice que en la cancha no grita, aunque la arenga ya mencionada, transmitida a todo el país por televisión, canta lo contrario. “Justo me grabaron cuando a mis compañeros los estaba… corrigiendo, diciéndoles que no nos quejemos de los jueces, que volvamos a nuestras raíces, que si perdemos lo hacemos a nuestra manera, que así las cosas podían salir. Realmente estaba muy difícil. Y la cosa fue, bueno, vamos a dar el último esfuerzo”. Vaya si resultó.
Pato no lee. De música escucha de todo un poco. Del cine recuerda La vida es bella, del italiano Roberto Benigni, a la que vio con su padre. Ese mismo tipo, al que le gustaría mudarse a La Blanqueada para tener la experiencia de vivir solo, cerca de su club y de sus padres, tan correcto que asombra, es capaz de ponerse el equipo al hombro y ganarle un clásico a Peñarol, en un Palacio Peñarol repleto de hinchas en contra, metiendo 18 puntos y siendo figura. “En el Metro adquirí roce. Yo no jugué en la DTA (Divisional Tercera de Ascenso), que me dicen que es bastante agresiva. Yo he jugado en canchas donde te gritan de todo, pero de adentro no lo notás. Yo prefiero disfrutarlo, ¿cuántos jugadores pueden jugar un clásico? Son partidos aparte, pero si te ponés una presión extra, es obvio que vas a jugar mal”.
Uno puede vivir del básquetbol si se dedica plenamente, dice. “No es el fútbol”, añade; eso quiere decir que los sueldos no son los del fútbol. Para una primera figura a nivel local, como él, le puede dar para vivir solo, haciendo malabares con sus ingresos mensuales. Por las dudas, no quiere dejar el ISEF. Asegura tener buena mano para la cocina: “Las pastas caseras me salen muy bien”. Quién dice que por ahí no haya otro ingreso.
Patricio jugó otro partido difícil. Hace poco más de un año le detectaron un cáncer de testículo. Lo cuenta con naturalidad, ya que no llegó a sufrir un proceso. “No tuve que pasar por la enfermedad en sí. Me lo detectaron y casi que en menos de un día me lo extirparon. Fue así: un día me palpé y encontré algo diferente. Dejé pasar un par de semanas sin saber qué era y se lo comenté al doctor de Nacional. Él me dijo de ir al urólogo. Voy, me manda a urgencias, esa misma noche me internan y me operan a la mañana siguiente. Entonces, sería medio hipócrita de mi parte decir que le gané el cáncer, que soy un ‘sobreviviente’, por respeto a quienes sí lo fueron, que pasaron por quimio o radioterapia. En ningún momento pasé mal”, dice sin ningún problema en contar la experiencia.
En el básquetbol, como prácticamente en todo, hay que pagar un derecho de piso. El Pato siente que ya lo hizo. Ya no es un juvenil acelerado, excedido de energía, al que los jueces botijean sin pudor, cobrándole hasta lo que no hizo. “Creo que con todo lo que pasó me gané un lugar. He recibido muchos mensajes, incluso de extranjeros, de otros cuadros. ‘Te ganaste mi respeto’. Eso es bueno, lo que uno busca, es un indicador de que estoy en el buen camino”.
¿No tenés miedo de creértela un poco? Buena parte del triunfo en las finales fue por vos y lo sabés.
No… De verdad se lo cedo todo al grupo, porque yo solo no hubiese ganado nada. Solo no pero... O sea, yo me siento parte del título, sé que puse una semillita como para generar algo. Pero no me siento más importante que el resto, o como que tuve una importancia más grande que la del resto. Siempre fue el equipo en sí la estrella.
Ahora que sos campeón, ¿hay más tentaciones? ¿Se te acerca más gente? ¿Mujeres?
Puede ser, sí… pero no, yo no estoy con nadie por interés. Yo soy muy transparente con todas las personas, demasiado transparente, a veces de más. Tengo la suerte de saber quién me quiere por quien soy ahora y quién me quiere por Patricio, por el de antes. He conocido mucha gente luego de todo esto que estoy logrando y sé que algunos pueden ser amigos y otros serán amigos del campeón. No tomo como algo malo que se me acerque más gente, pero yo sé bien quién lo hace de corazón y quién no.
Fotos: Adrián Echeverriaga
Producción: Guillermina Servian
Producción creativa: Sofía Miranda Montero