Una reflexión. Hacia comienzos de la década de 1960, o sea más de 50 años atrás, nuestro país comenzaba a sentir los golpes más livianos de una crisis que iba minando las reservas del país, tanto económicas como éticas y políticas. Agotándose el proceso de sustitución de importaciones, cayendo los precios de las materias primas y con el déficit fiscal más que incontrolado; puede decirse incalculado. Todo esto nos llevó a que con la firma de la “carta intención” en 1959 se reconociera por vez primera el proceso de endeudamiento y con el acuerdo con los organismos multilaterales de crédito comienza el condicionamiento futuro de las políticas económicas locales.
El deterioro y estancamiento económico, repercutiendo en los sectores asalariados, generaba respuestas sociales, por ejemplo la unificación de la central sindical (1964), el comienzo del ejercicio del derecho de huelga de los trabajadores públicos (1966), además del aumento de la inflación y descontentos crecientes.
En esa época, el ciudadano común veía en la forma colegiada de gobierno (1952-1966) el milagro de la civilidad democrática, donde todo se hablaba, todo se discutía y en general poco se resolvía. No obstante continuaba el estancamiento aunque sin abandonar las políticas proteccionistas en el país; mediante creciente endeudamiento externo y generando inflación se seguía viviendo más o menos bien. Lo más molesto tal vez era tener que ir hasta el puente de La Paz para comprar la carne, o la cola del kerosene; pero al lechero le seguíamos dejando la plata debajo de las botellas a la hora de la siesta y el diariero dejaba los diarios en la parada con una latita para que la gente le dejara la plata por el diario que se llevaba; difícil alguien llevara el diario sin pagar o alguien le tomara el dinero de la lata del diariero.
El ciudadano común también vivía en esa época otras inseguridades, diferentes a las de ahora, pero no menos graves. Entre 1960 y 1965 se recuerdan las bandas de delincuentes pesados argentinos que cruzaban el charco porque eran perseguidos en Buenos Aires. La fama del comisario Evaristo Meneses llegaba a Montevideo y algunas personas deseaban tener un jefe de Policía como él. Así la banda del Mincho, del pibe Oscar, de Varelita, del loco Vilariño y otros nenes, fueron los que asustaban y asolaban a Montevideo. El caso del Liberaij, llevado al cine hace poco, es bastante ejemplificador de estos casos. Los comienzos del MLN pasaron inadvertidos, encubiertos por estas bandas, el asalto al Tiro Suizo —ese robo de armas viejas e incompletas— fue recogido modestamente por la prensa y si no hubiera sido reivindicado por los mismos autores muchos años después, poca difusión tendría.
Más aún, las primeras muertes en enfrentamientos en 1966, de Flores y Robaina y de Silveira Regalado (los primeros tupamaros y policía el último), no se percibían como actos de una guerrilla incipiente, sino como la caza de asaltantes comunes mejor pertrechados que andaban asaltando bancos como los argentinos.
En situaciones críticas como las inundaciones de 1959 o las sequías, los uruguayos éramos (y creo que seguimos siéndolo) francamente muy solidarios. Poco importaba lo trancado que el Consejo de Gobierno se presentara, siempre supimos unirnos para apoyar a los compatriotas que pasaban alguna situación o momento crítico. No había mucha protesta por los cambios en el uso horario o los apagones si era para que pudiéramos tener más energía eléctrica. Las restricciones eran aceptadas por un pueblo solidario.
Hacia mediados de los 60 ya éramos, además, un pueblo orgulloso y exigente con nosotros mismos, donde se hablaba más del desmayo de Hohberg y de la pelota de Schiaffino en el barro del mundial de 1954 que de Maracaná, o del ejemplo de entrega de Eliseo Álvarez al jugar con fractura de peroné en el mundial de Chile.
Pero también es cierto que a la larga, cuando el poder político tenía que tomar alguna decisión en serio y de fondo, se hacían tantas consultas, tantas elucubraciones y proyecciones de alternativas que la decisión no era la que debería ser o llegaba tarde. El trabajo de la CIDE de seis tomos más gruesos que la guía de teléfono reveló gran parte de nuestras carencias y proyectaba la necesidad de hacer algo. Era 1965, poco o nada se hizo en su momento y quedó como un trabajo titánico, serio y responsable, pero inaplicado.
Quiero recordar a los consejeros de gobierno, haciendo referencia a Alberto Heber Usher, que se paseaba por la calle, iba a misa los domingos, se sentaba en cualquier bar sin custodia, vivía como un ciudadano más, ejemplo de republicanismo, capaz de adaptarse a cualquier circunstancia social, sin perder la bonhomía y el don de gentes.
Sin embargo, la sociedad uruguaya se cansó de tanto diálogo, de tanta falta de ejecutar por tener que bordar y arreglar cada detalle con los políticos que participaban de la coalición de gobierno. La reforma constitucional de 1966 surge justamente para darle al Poder Ejecutivo un mayor poder, más autoridad, la fuerza para ejecutar y sobre todo para decidir.
Por ello el candidato ampliamente ganador es un general del Ejército, honesto y humilde, ejemplar en su accionar en todos los ámbitos, Oscar Gestido fue elegido porque tenia que mandar, se suponía que como militar sabia mandar, la gente buscaba la mano dura y muy poca gente consideró al vice Pacheco al momento de votar.
Sin embargo, Pacheco también fue un intérprete del sentir popular. Es muy claro que más allá de la influencia del pachequismo de oposición que representó el MLN-Tupamaros y algunos movimientos de izquierda, él tuvo un récord de votos y estuvo a punto de reformar la Constitución, y su campaña se basó en lo que hizo: puros decretos y medidas prontas de seguridad, intervención en la enseñanza secundaria, movilizacion a los bancarios, a los frigoríficos, combate a determinados empresarios corruptos, en suma, autoritarismo prologando la dictadura.
Los dos mayores partidos de oposición llevaron en 1971 a generales como candidatos, porque buscaban recoger la imagen de autoridad, de mando, que Gestido había marcado en las elecciones anteriores y ejecutó Pacheco. Pero la radicalización ya era un hecho y el pachequismo y el Partido Nacional de Aguerrondo y Echegoyen, se llevaron esos votos. Echegoyen después presidiría el Consejo de Estado de la dictadura. Los votos pachequistas y blancos de Aguerrondo eran más que los de frentistas y wilsonistas juntos. Así nos fue.
La historia reciente, que conocimos y sufrimos, arrancó por la demanda de autoridad y pasó por irse agravando hasta la dictadura. Y no nos engañemos: el golpe y la dictadura fue posible porque la sociedad lo admitió y porque alguna parte la fomentó y sostuvo, y no precisamente los “oligarcas capitalistas”.
Nuestro presente (y no implica comparar al “Titito” con el “Pepe”) tiene puntos de contacto, parece la misma mecha puesta con la misma carga explosiva, aunque con envases diferentes. La imagen de los políticos indecisos, la dificultad para tomar decisiones, el cuestionamiento de principios elementales de la gestión como el de autoridad, la inseguridad ciudadana, todo conduce al reclamo de alguien con más poder.
También ahora comenzamos a percibir el ataque a la clase política, las sospechas de acomodos, las críticas (o acusaciones permanentes de ineptitud) a la aptitud para estar en un directorio de empresas de entes o conduciendo la enseñanza, los temas de salud pública, el desempeño del INE, actúan como gota sobre gota, falta algún escándalo de corrupción como el de los ediles de 1973, los “autos baratos” o similares situaciones que por culpa de unos pocos, afectaba a todos los políticos.
¿Estaremos siendo tan cortos de vista para no ver que hoy se está retomando un camino horrible? ¿Serán los políticos tan irresponsables como para no generar una discusión en serio sobre cómo apoyar al Poder Ejecutivo y cuáles son las 5 o 6 guías de acción para comprometerse en políticas nacionales, en temas claves y que no admiten discusión?
¿Será que la cuota política de los sesenta entre blancos y colorados para el reparto de cargos sin mirar capacidades se repite ahora entre los grupos del Frente? ¿Hasta qué punto en las designaciones se sigue pensando en lealtades políticas en vez de capacidad técnica?
¿Los sindicatos y las corporaciones no deberían hacerse una autocrítica en el sentido de a dónde conduce su actuación? ¿Pueden seguir reclamando del gobierno en vez de hacer lo que debe hacer cada uno?
Es una simple reflexión. Cuanto antes paremos la posibilidad de que resurja el germen autoritario, mejor futuro tendrán nuestros hijos y nietos.
Jorge Bergalli
CI 1.220.297-7