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Una de las cosas que me impactó al llegar a España a finales de 2001 fue descubrir que los ecos de la guerra de los Balcanes eran mucho más que ecos. Eran material de cada día, algo fresco y terrible que estaba ocurriendo aún. Una guerra genocida entre países relativamente prósperos, plantada en el medio de una Europa aún más próspera. Una Europa que de hecho no fue capaz de reaccionar ante la masacre y que tardó muchísimo tiempo en tomar medidas que impidieran la muerte de miles de civiles de ambos bandos.
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Más allá de las explicaciones religiosas y geopolíticas al uso, era una guerra que me resultaba incomprensible: cualquier cosa que tuvieran para ganar los contendientes, necesariamente iba a ser menos que aquello que ya tenían. Europa tenía y tiene en su seno identidades que se han dedicado alegremente a intentar el exterminio de otras identidades. Pero la ferocidad vista en los Balcanes hacía palidecer cualquier violencia etnorreligiosa europea a este lado de la II Guerra Mundial. En ese sentido, el documental El otro lado de todo, de la directora serbia Mila Turajlic, logra capturar la esencia de algunas de las historias humanas que estaban detrás de esa carnicería.
Planteado como un documental familiar, como una historia de vida en el sentido más sociológico del término, El otro lado de todo recorre a través de la voz y la persona de la activista política y social Srbijanka Turajlic un fragmento de la historia colectiva serbia. Srbijanka es la madre de Mila y por eso la dimensión personal, intrafamiliar, se hace presente de manera constante. Por ejemplo, el apartamento de la familia fue dividido en la década de los 40, cuando llegó el comunismo. La protagonista cuenta cómo fue ese momento, cuando una comisaria del partido comunista se plantó en el hogar familiar y decidió con un par de órdenes secas, qué partes de ese gran apartamento burgués ya no eran suyas. Las puertas que separaban los ambientes fueron cerradas con llave y dos familias fueron relocalizadas en las habitaciones segregadas.
Esa suerte de ruptura del espacio propio, así como la presencia del Estado en lo que debería ser el espacio colectivo, es uno de los aspectos clave que emergen en el documental. O mejor dicho, que son destacados por la narración de Srbijanka —en apariencia poco emotiva pero cargada de humanidad—, quien intenta reconstruir para su hija los cómo y los porqués de la trayectoria familiar. El otro aspecto que reconstruye el documental es el trayecto político personal de la madre, quien pasó de simple profesora de la universidad a ser activista en la lucha contra Slobodan Milosevic.
Siendo una familia de origen socialdemócrata, Turajlic recuerda que sus padres no recibieron con buenos ojos la llegada del comunismo, aunque optaron por mantener un perfil bajo frente al autoritarismo del sistema. Ella misma se formó como ingeniera bajo el comunismo, siendo una estudiante destacada que formó parte del equipo yugoslavo que participara en la Sexta Olimpíada Internacional de Matemáticas que se celebró en Moscú en 1964. De hecho, uno de los más interesantes momentos de balance ideológico que plantea el filme se produce en una animada cena de ese equipo de matemáticos, ya veteranos y cansados de los feroces giros políticos que dio su país en los últimos 50 años.
La mirada de la documentalista Mila Turajlic no elude los vaivenes que plantea el vínculo con su madre/protagonista: luego de pedirle que cuente cómo fue que se convirtió en una activista en el centro de todas las miradas, le pregunta si en algún momento pensó en ellas, sus hijas. La madre, que entiende el reproche y lo encaja con dolida resignación, le dice que en ciertos momentos no se puede esperar a que alguien más haga las cosas que uno cree necesarias. Y que a veces ese protagonismo se adquiere, aun sin desearlo. Que en una sociedad democrática es responsabilidad de cada ciudadano significarse ante aquello que considera injusto.
La cámara de Turajlic es casi siempre estática. Por momentos se fija simplemente en un ángulo de la habitación, que será ocupado después por esa madre que arranca la escena hablando fuera de plano. El pelo totalmente blanco y la voz ronca de Srbijanka ocuparán el centro durante un rato y luego se irán, dejando a la cámara mirando el mismo punto casi vacío en donde comenzó la escena. En ese sentido, el trabajo de la documentalista serbia plantea un ritmo distinto al nerviosismo que suele caracterizar los documentales más clásicamente periodísticos. Y esa ausencia funciona perfectamente a los efectos de lo que se quiere contar: se necesita paz para poder reflexionar sobre la propia historia.
El filme alterna breves instantes de material de época (el ascenso de Milosevic, manifestaciones y otros momentos clave), pero su material es esencialmente familiar: una madre, un apartamento, un barrio y, a veces, una ciudad en llamas. Lo que sí está presente todo el tiempo es la sensación de ruptura, de quiebre, tanto de la propia historia personal como de la colectiva. Muy ilustrativo de esto último es el instante en que una funcionaria del censo llega a la casa y le pregunta a Srbijanka por su lugar de nacimiento. Ella contesta que Serbia. Pero cuando es preguntada por su nacionalidad, la censada pregunta cuáles son las opciones y descubre que ser yugoslava ya no está en el formulario. Srbijanka elige no contestar y con eso deja en evidencia la distancia que existe entre el lugar de nacimiento y la pertenencia a una comunidad.
Lo más impactante del filme es la poderosa lección de ciudadanía democrática que emerge de la trayectoria personal y política de la protagonista, asumida de manera lógica, casi reluctante. Sobre el final del documental, Srbijanka y Mila descubren que la primera ha sido colocada en una lista pública de “enemigos de Serbia”, redactada por los nacionalistas de ultraderecha del país, y que la convierte de hecho en un blanco móvil.
La veterana activista decide entonces ir a exponer sus puntos de vista ante la autoridad competente. Y elige hacerlo sola, sin amigos ni socios partidarios ni guardaespaldas, a pie, por las calles de Belgrado. Ese gesto en apariencia pequeño e individual funciona como resumen exacto de las distintas actitudes que puede asumir un pueblo ante su drama colectivo. Capturar esa grandeza de lo mínimo es solo uno de los muchos méritos de este gran documental.