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    José Enrique Rodó

    Sr. Director:

    La elocuencia del bronce. En 1996 estábamos junto con los amigos Astesiano y Blanco, organizando la I Bienal de Pintura de Parlamentos del Mercosur. Le presentamos al Dr. Batalla —como vicepresidente de la República y por tanto presidente de la Asamblea General— una carpetita con algunas sugerencias y una frase de Rodó sobre el arte, como lema de la muestra. Batalla, con esa bonhomía que lo hacía querible, me dijo, como excusándose: “Guillermo..., no me gusta Rodó”. Y ahí quedó de nuevo Rodó confinado al bronce y al silencio, que es también otra forma de la muerte.

    “Tenemos la desdicha de no ser clericales, ni jacobinos, ni proletarios, ni patronos, sino francotiradores de una causa que tiene pocos adeptos en nuestro país y en el mundo: la causa de pensar por sí mismo...”, escribía a Joaquín de Salterain en 1911. Años después, el periodista Juan José de Soiza Reilly se encontrará en Génova con el escritor: “¡Pobre Rodó! Me contó la tristeza con que había abandonado Montevideo. ‘Si me hubiera quedado allí —me dijo— me muero de hambre’. Yo me asombré. ¿Pero no había en Montevideo millonarios patriotas que le encargaran un libro sobre la patria, a fin de que usted no se alejara de Montevideo? Bajó los ojos; muy triste. Y en seguida me miró sonriendo mansamente”.

    No es comprensible cómo un intelectual de la talla de Rodó, reconocido internacionalmente, se encontrara en la necesidad de viajar a Europa como corresponsal de una revista argentina.

    Calles, parques, monumentos y bibliotecas, testifican el reconocimiento de la sociedad hacia el pensador. Algo debe haber hecho para merecerlo.

    Rodó fue hombre del Partido Colorado. Ingresó a la Cámara de Representantes en 1902. Votó por Batlle y Ordóñez con ocasión de su primera presidencia. Reelecto para el período 1905-1908, renunció a su banca por discrepar con “los procedimientos políticos que se manejaban”. Electo nuevamente para la legislatura 1908-1911, volvió a votar por Batlle para el período 1911-1915. Muerto en 1917 y pese a los homenajes públicos tributados desde entonces, el Partido Colorado no ha asumido aún a Rodó.

    Batlle y Ordóñez y Rodó tuvieron fuertes discrepancias que le costaron al escritor años de silencio. Intentaremos una cronología, forzosamente esquemática, que nos ayude a entender la magnitud y el escalonamiento del desencuentro.

    1903. La paz. Durante el tratamiento parlamentario de la ley de amnistía, dirá que “desde el Pacto de la Cruz no se ha verificado en el país elecciones libres. (…) El Partido Colorado debe renovar su predominio en la fuente legítima del sufragio, si se considera digno de seguir gobernando, (…) porque después de cuarenta años consecutivos de gobierno, empieza ya a tomar los caracteres de una gran anomalía histórica esta perpetuación indefinida en el poder sin títulos saneados de legalidad”.

    1904. Libertad de prensa. Durante la guerra de 1904, el Poder Ejecutivo envía un Proyecto de Ley sobre Libertad de Prensa (14/6/1904). A la siguiente sesión Rodó presenta otro sustitutivo. El Poder Ejecutivo retira el suyo y se aprueba el de Rodó con algunas modificaciones. En julio, en aplicación de esa ley, la Jefatura Política y de Policía, clausura el diario “El Tiempo”. El 9 de julio Rodó expresa en la Cámara que: “... la suspensión del diario (…) es un hecho claramente violatorio de la ley que (…) acaba de dictar la Asamblea”.“La interpretación del Poder Ejecutivo —dice— solo es posible mediante una serie de deducciones que conduzcan a desentrañar el sentido íntimo del artículo, como si fuera lícito (…) apartarse de la letra de la ley para investigar su espíritu, cuando la letra de la ley es clara y terminante”.

    Sus objeciones no prosperan ante la mayoría gubernista.

    1906. Liberalismo y jacobinismo. Los establecimientos de asistencia pública eran administrados por una Comisión de Caridad y Beneficencia Pública. En agosto de 1905, Batlle la integra con “siete miembros caracterizadamente liberales”. Esta Comisión decidió: “Emancipar de toda vinculación religiosa la asistencia de los enfermos. (…) Fueron suprimidos paulatinamente los rezos y los oficios religiosos, (…) fueron retirados los altares, las imágenes y los nichos, que servían para los menesteres del culto”. Permanecía, sin embargo, la imagen del: “Fundador de la caridad cristiana. Un día la comisión encuentra que no hay razón para que este límite se respete, y ordena la expulsión de los crucifijos. El hecho es sencillamente este: la expulsión reiterada e implacable de estos conceptos desde las páginas de “La Razón” en su edición del 5 de julio de 1906.

    “No se inventan, ni reemplazan, ni modifican en un día estos signos seculares (el crucifijo): se les recibe de los brazos de la tradición y se les respeta tal como fueron consagrados por la veneración de las generaciones”. Porque, dice refiriéndose más bien al deber ser de las cosas: “La historia es, o bien un camposanto piadoso, o bien un laboratorio de investigación paciente y objetiva; y en cualquiera de ambos conceptos, un recinto al que hay que penetrar sin ánimo de defender tesis de abogado recogiendo en él, a favor de generalizaciones y abstracciones que son casi siempre pomposas ligerezas, armas y pertrechos para las escaramuzas del presente”.

    Desde el Centro Liberal el Dr. Pedro Díaz asumirá la defensa de la Comisión en su réplica a Rodó. “Si odiar el crucifijo es fanatismo, yo me confieso fanático: yo lo odio y lo desprecio; (…) el crucifijo —que no es Cristo— representa aquella tiranía brutal y sanguinaria que la Iglesia hizo pesar durante siglos sobre la humanidad...”. Reivindica la medida como propia del liberalismo y por ello del librepensamiento.

    Rodó no se calla, y derrama sus argumentos contra la postura de Díaz en una serie de artículos que publica el mismo medio de prensa. “La idea central, en el espíritu del jacobino, es el absolutismo dogmático de su concepto de la verdad (…) la intolerancia inepta para comprender otra posición de espíritu que la propia”. Seguramente no fue una invención de los revolucionarios franceses, pero de ahí tomó su nombre y: “persiste y retoña hasta nuestros días, en este género de seudo-liberalismo, cuya psicología se identifica en absoluto con la psicología de las sectas: el mismo fondo dogmático; la misma aspiración al dominio exclusivo de la verdad; el mismo apego a la fórmula y la disciplina; el mismo menosprecio de la tolerancia, confundida con la indiferencia o con la apostasía; la misma mezcla de compasión y de odio para el creyente o para el no creyente”. E insiste: “Las organizaciones pseudo-liberales que entrañan la guerra incondicional y ciega contra determinada fe religiosa (…) son en sí mismas una persistente negación del pensamiento libre. Porque, dice, no se trata de sustituir “el amor ciego de una fe con el odio ciego de una incredulidad”. No es ese el camino hacia una cultura de pensamiento libre, sino su negación. Así, reivindica el maestro: “la tolerancia espiritual (…) la tolerancia afirmativa y activa, que es la gran escuela de amplitud para el pensamiento, de delicadeza para la sensibilidad, de perfectibilidad para el carácter”. Muchos creen ser librepensadores, pero: “Muy pocos son los que se encuentran en el partido, escuela o comunión de ideas a que pertenecen, por examen propio y maduro, por elección de veras consciente, y no por influencias recibidas de la tradición, del ambiente o de la superioridad ajena”. ¿Se referirá a los que adhieren a causas o posiciones por considerar que es lo “políticamente correcto”? Luego se pregunta: “¿Qué será necesario para incrementar el número, forzosamente reducido aún, de los que pueden llamarse librepensadores?”. “Educar, (concluye) extender y mejorar la educación y la instrucción de las masas”. Esa parecería ser la solución. ¿Pero qué educación? Por lo menos la que había recibido el Dr. Díaz no era suficiente para salvarlo de las garras del jacobinismo...

    En cuanto al liberalismo de que se ufana el Dr. Díaz, le dice, “es probablemente el de la mayoría: se lo concedo sin dificultad. ¿Será también el que, en el inmediato porvenir, prevalezca y se realice en el mundo?”. Teme que sí.

    En 1892, Batlle había escrito en “El Día”, bajo el seudónimo de “Judas”, que Jesús no murió en la cruz, sino que se fue a Roma, “donde vivió con un nombre supuesto (…) hasta que murió, al cabo de algunos años, tísico. La resurrección, pues, parece no ser otra cosa que un grosero embuste urdido por la malicia de unos y acreditado por la simplicidad y la superstición de los más. Solo otro, también católico, puede compararse con este: el que le endosó María al cándido de José sobre sus relaciones con el Espíritu Santo.” El mismo artículo se publicará nuevamente el 17 de abril de 1906.

    Rodó no cree en la divinidad de Jesús, pero sin duda su pensamiento está muy lejos del que en ese entonces era jefe incuestionable del Partido Colorado y presidente de la República; lo que contesta a Díaz apunta directamente a Batlle.

    Julio Herrera y Obes. En 1909, durante la consideración de un proyecto de ley que otorga una pensión a Julio Herrera y Obes, personaje severamente cuestionado por Batlle, Rodó vota afirmativamente entendiendo “(...) que la personalidad del Dr. Herrera y Obes, considerada en su conjunto, honra intelectual y cívicamente al país”.

    Julio Herrera y Obes fallece el 6 de agosto de 1912. El Gobierno envía al Parlamento la propuesta de honores fúnebres. La Cámara agrega que Herrera sería inhumado en el Panteón Nacional. El proyecto pasa al Poder Ejecutivo. Batlle lo veta: “...el Panteón Nacional es un monumento destinado a los grandes servidores de la Patria”.

    El 7 de agosto se reúne la Asamblea General para definir la aceptación a la observación interpuesta. Rodó vota por la negativa, y contrariando la voluntad de Batlle, por 55 votos se desestima el veto.

    1912. Ana Amalia. En 1912 surge un nuevo motivo de discrepancia entre el diputado y el presidente. La hija de Batlle, Ana Amalia, se encontraba gravemente enferma de tuberculosis. Intentando salvarla, se la traslada a la estancia de un amigo de Batlle, en Arazatí. Batlle no se separa del lado de la joven. El asunto motivó una prolongada discusión en la Cámara de Diputados. Entre los que cuestionaron la decisión de Batlle, por diversas razones, estuvieron, Frugoni, Luis Melián Lafinur y Rodó. Este entiende que Batlle debió haber solicitado autorización legislativa “para trasladar provisionalmente la sede del Poder Ejecutivo fuera de la Capital” y que por ello, actúa en forma inconstitucional. Pero que si lo hubiera hecho, dice: “yo no hubiera dado mi voto”. Bastaba con delegar la autoridad en el presidente del Senado.

    Reforma constitucional. Es difícil deducir cuál de estas muchas contradicciones fue la que más irritó a Batlle. Daniel Pelúas entiende que fue el episodio de Ana Amalia. Rodríguez Monegal parece inclinarse por la oposición de Rodó a la propuesta de reforma constitucional que impulsaba don Pepe: “En la prensa de la época se recogen ecos de la extrema tensión en que se desarrolló el debate parlamentario. Se llegó a asegurar que el Presidente había establecido nítidamente que quienes no votaran su fórmula reformista serían considerados enemigos. Rodó no solo no la votó, sino que intervino activamente para demostrar sus errores, para impedir su triunfo”.

    Daniel Mazzone, por su parte, estira la cuerda un poco más: “en el debate constitucional, Rodó se jugaba su futuro, su forma de vida e incluso, a la luz de lo que ocurrió efectivamente después, su propia vida”. Porque insiste, “el tipo de construcción de poder resultante de una mentalidad jacobina no es democrático. Es un error frecuente considerar que un jacobino es un demócrata extremo. La mentalidad de un jacobino es totalitaria y no democrática. Ese error extendido todavía hoy, lo estaba aun más en aquellos tiempos inaugurales. Nadie hizo más esfuerzos que Rodó para exponer, de forma precisa y ejemplarizante, la brecha existente entre la democracia y el jacobinismo”.

    ¿Por qué Rodó parecía tener ese empecinamiento en contradecir a Batlle y Ordóñez? En el error o el acierto, dirige este duro juicio a su amigo Luis A. Thevenet, que publicó en un folleto tituladoLa Prensa”, en 1916, y que resume claramente su posición: “...Combatimos la desastrosa política de círculo; la exclusión deliberada de las fuerzas intelectuales y morales más representativas del país en la obra del gobierno; el personalismo avasallador de la autoridad presidencial, ahogando todas las autonomías y suprimiendo de hecho todas las divisiones del poder; la exacerbación provocada y funesta de odios que aún humeaban con el vapor de la sangre. Los planes de reforma social sin orden ni adaptación, ni medida; la inquina demagógica que se saciaba en la tumba de los hombres ilustres; la práctica liberticida de la ‘influencia moral’ en los comicios y en la organización partidaria, la consagración del incondicionalismo como escuela de carácter, y finalmente el propósito de trastornar las instituciones fundamentales de la República, rehabilitando formas reaccionarias de organización que la ciencia y la experiencia han desautorizado universalmente y que solo pueden ser consideradas eficaces para fines de perpetuación oligárquica y de indefinida usurpación de la soberanía”.

    ¿Quosque tandem? Es una conocida ley física, que el hilo se rompe por lo más delgado y, una vez más, razón tuvo el refrán. Con ocasión de renovarse la Cámara de Diputados y pese a la gestión de Arena, Batlle lo excluye de la lista. Con una corresponsalía de “Caras y Caretas” Rodó partirá hacia Europa a cumplir su destino de exilio. Morirá un 1° de mayo, de tifus o meningitis, o tal vez de soledad. Dicen que sus últimas palabras fueron: “Grazie, dolore”. En la tarde del 3 de mayo, los montevideanos se enteran con estupor de la noticia. Una manifestación estudiantil que en esos momentos se desarrollaba, enmudece y se disuelve en compungido silencio. Sepultado en el cementerio de Palermo, habrá que esperar el fin de la guerra para que Baltasar Brum lo mande buscar.

    La hora de los elogios. El escritor y periodista Alberto Gerchunoff, escribirá en 1929: “... solo la muerte le traerá la hora de los elogios. Rodó tendrá ahora su monumento. No se ha substraído a la ley penosa y probablemente sabia que rige la tarea escondida del pensador y del escritor, pues vivir después de la muerte es una conquista que bien vale esas cotidianas penurias”.

    Los conceptos con que cierra sus “Motivos de Proteo”, son de insoslayable recuerdo: “Sé que este desmayo de la vida no dura. La idea de la resurrección próxima y cierta vela dentro de mi. (…) Mientras vuela esta alma mía en el viento que remueve las hojas y conduce las voces de los hombres, mensajero del mundo, lazo que no se pierde, yo quedaré aprestándome otra alma, como el árbol otro follaje y otra cosecha la tierra de labor...”.

    Cien años después de su muerte, Rodó está más vivo que nunca.

    Bibliografía

    Gerchunoff, Alberto en Caras y Caretas N° 1626. 30/11/1929.

    José Enrique Rodó Actuación Parlamentaria, Introducción de Jorge Silva Cencio. Imp. Record, Montevideo. 1972.

    La Constitución de 1967. Cámara de Senadores. Montevideo.1969

    Mazzone, Daniel. http://www.cervantesvirtual.com/obra/dos-hombres-en-el-callejon-batlle-rodo-los-equivocos-de-la-historia/. 2010

    Obras Completas de J. E. Rodó. Prólogo de Emir Rodríguez Monegal. Ed. Aguilar, 1967.

    Pelúas, Daniel. José Batlle y Ordóñez. El hombre. Fin de Siglo. Montevideo. 2001.

    Pelúas, Daniel y Piffaretti, Alfredo. Ideología Batllista. Componentes y Modelo. Blanes S.A. Montevideo. 1999

    Revista de Ciencias Médicas de Barcelona Año XXV N° 4 . 23/02/1899

    Rodó, José Enrique. Ariel. Liberalismo y Jacobinismo. Clásicos Uruguayos. Montevideo. 1964

    Guillermo Silva Grucci