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Lazzaro feliz es el tercer largometraje de la joven realizadora italiana Alice Rohrwacher, directora, editora y guionista varias veces premiada por sus dos anteriores trabajos de ficción, Corpo celeste (entre otros, obtuvo el premio de la Federazione Italiana Cinema d’Essai a la Mejor dirección novel), y El país de las maravillas (entre otros, recibió el Gran Premio del Jurado en Cannes).
Ha incursionado en proyectos musicales y también es una experimentada documentalista, veta que se percibe en sus ficciones a través de un trabajo que combina el uso de la cámara al hombro, el registro de escenarios naturales y la participación de actores profesionales y aficionados. Precisamente, la historia que narra Lazzaro feliz tiene su origen en acontecimientos increíblemente reales ocurridos a mediados del siglo XX en Italia.
Los hechos
En la década de 1980, una marquesa tenía en situación feudal a casi un centenar de campesinos, hombres, mujeres, niños y ancianos, a los que explotaba laboralmente. Manteniendo la hacienda incomunicada, la mujer tenía a los campesinos atados a un contrato de aparcería (los aldeanos trabajaban de sol a sol a cambio de compartir los recursos que daban las tierras), una práctica esclavista que llevaba varios años abolida. Hasta que, de forma accidental, se descubrió el gran engaño.
Este es solo el punto de apoyo para el despegue y el despliegue de una historia extraordinaria, una fábula atemporal sobre la bondad que combina de una manera bellísima e inusual realismo y fantasía, mitología, poesía y espiritualidad, cine político y crítica social. En la actualidad, hacer una película como esta es una rareza, casi tanto como lo es su protagonista. Y es una rareza sobre todo porque trata de algo tan extraño como la bondad en estado puro.
Parábola pagana
Esta es una película que se pregunta cómo sería un santo hoy, en esta época, en esta realidad. Quizás como Lazzaro. Una persona que hace todo el trabajo que los demás esquivan o pasan por alto, por distracción o desidia. Una persona que, en su forma de moverse en el mundo, no busca ni quiere ni puede llamar la atención. Una persona que es simplemente, inocentemente, buena.
La acción transcurre en la hacienda La Inviolata, estancia que ha permanecido alejada del mundo y es controlada por la marquesa Alfonsina de Luna. Los campesinos que viven allí no conocen otra realidad más que la de La Inviolata. Hombres, mujeres y niños conforman una familia ensamblada, donde todos son hermanos o medio hermanos o parientes. Todos saben quiénes son sus respectivos progenitores, con excepción de Lazzaro, que sí sabe quién es su abuela, pero no tiene idea de quién es su padre.
Lazzaro es algo así como el bobo del pueblo. Por su manera de comportarse, por sus silencios y su mirada, puede generar la impresión de que se trata de alguien con trastorno del espectro autista. Casi siempre sonriente e incapaz de ver maldad en las demás personas, Lazzaro se mueve por el mundo sin juzgar a nadie y ayudando a todos, es silencioso y cumple con lo que se le pide.
—¡Lazzaro, la abuela!
Y ahí va Lazzaro, a cargar en sus brazos a la abuela y trasladarla de sitio.
—¡Lazzaro, la carretilla!
Y ahí va Lazzaro y sin chistar vacía la carretilla.
—¡Lazzaro!
Y sudando bajo el sol ardiente ahí va Lazzaro y recoge los racimos de hojas de tabaco.
Su paciencia y su bondad, la pureza de sus intenciones y sus actos, la transparencia con la que opera y el amor al prójimo con el que guía sus pasos lo convierten en algo más que el bobo del pueblo. Lo convierten en un ser que no pertenece a este mundo.
Es verano y está de visita Tancredi, hijo rebelde de la marquesa. Rohrwacher muestra la amistad que se forja entre estos dos extraños y realiza un giro fascinantemente arriesgado, que parte la película en dos de una forma que puede maravillar o directamente expulsar al espectador (la sintaxis poética y los elementos fantásticos presentes en esta historia puede que no sean para todos los gustos). Sin embargo, si llegó hasta allí seguramente se enganche a ese movimiento sutil, que pasa del verano al invierno, del pasado al futuro, del campo a la ciudad, de la explotación grotesca, básica y rudimentaria, a una explotación vestida con prendas más vistosas, y se permita seguir navegando en esta fábula pagana.
Rodada en 16 mm, tiene una textura y un color muy particulares, como de otra época, granulada, saturada y sobreexpuesta. La dirección de fotografía es de Hélène Louvart, la misma de Familia sumergida, de la argentina María Alché, Pina, de Wim Wender, y El país de las maravillas, de Rohrwacher.
El casting es un acierto. Adriano Tardiolo, que interpreta a Lazzaro, nunca había actuado antes. Fue seleccionado entre más de mil candidatos. Su aspecto aniñado y angelical, su mirada dulce, se ajusta a la imagen de lo que podría ser un santo. También es el primer papel en cine de Luca Chikovani, que encarna a Tancredi, el hijo de la marquesa, un actor que se inició como youtuber versionando canciones de Justin Bieber y One Direction. Se destacan además Alba Rohrwacher, hermana de la realizadora, el español Sergi López (El laberinto del fauno), un actor versátil, quizás en su papel más difícil, y Tommaso Ragno, la versión adulta de Tancredi.
Como no podía ser de otro modo con ese título y este protagonista, es una historia de renacimiento. A pesar de algunos subrayados, a pesar de algún tramo previsible, hay en Lazzaro feliz una obra fascinante. No es perfecta, pero llega a lugares insospechados, desde donde logra conmover y emocionar a veces de una forma inesperada.