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    La vida loca*

    Chet Baker

    El conserje creyó ver por la ventana algo que caía pero no hizo caso. Sin embargo, un creciente bullicio que comenzó a difundirse en la calle, con gritos y corridas, llamó su atención. De pronto alguien entró en el hotel y dijo, con voz entrecortada, que un hombre yacía hecho pedazos en la vereda. El conserje salió, se abrió paso entre los curiosos y pudo comprobar, con el disgusto de quien observa un cadáver desarticulado, que se trataba de un huésped del hotel, un trompetista norteamericano amable y callado que ese mismo día había conversado con él algunas palabras antes de retirar la llave.

    Era el 13 de mayo de 1988 en Ámsterdam. Chet Baker, a los 59 años, saltó o cayó –o lo tiraron, como creen algunos– desde el tercer piso. El músico de jazz más pintún que haya existido y cuyo sonido siempre fue melancólico y dulce, había puesto punto final del modo más violento a una vida desesperada, regada por la heroína.

    Una sinfonía trágica que dio entrada al mito, porque hoy este trompetista y cantante admirador de Wardell Gray, Lester Young y Dexter Gordon –artistas de la melodía y el swing por excelencia– se ha transformado en un ícono beatnik, una estampa de doble faz (la belleza de los años juveniles, el rostro de arrugado de su etapa madura como la cartografía de un río con múltiples afluentes), un personaje de enorme talla literaria y cinematográfica.

    Voz sana.

    Chesney H. Baker aterrizó en el mundo con la suavidad de una melodía en Yale, Oklahoma, un 23 de diciembre de 1929. A los diez años se traslada a California, un lugar donde la gente usa camisas floreadas, los autos lucen con orgullo su carrocería al sol, las chicas secretean y cruzan miraditas y los problemas económicos no parecen azotar las hermosas playas.

    En las radios suenan Jack Teagarden y Harry James, y Chet –cuyo padre era un banjoísta aficionado– se dedica a estudiar la trompeta y tocar en orquestas de baile. Enrolado en la 298ª Army Band conoce una Europa devastada por la II Guerra Mundial, pero gracias a su amor por el jazz los escombros parecen otra cosa.

    De vuelta a casa se enamora, pero el romance no sale del todo bien y decide volver al Ejército, donde luego de un tiempo le dan de baja por razones psiquiátricas. Aquel desengaño amoroso aporta a su música el ingrediente necesario para tornarla viva: el chico atractivo y distante ejecuta canciones clásicas como “My Funny Valentine”, 'Goodbye”, “Autumn in New York” y “When I Fall in Love”, convirtiéndose en un gran conocedor de los standars jazzísticos.

    Los fraseos de la trompeta comienzan a difundirse en el mundo musical con la presencia de una nube baja, envolvente, un remedio para melancólicos.

    Después de foguearse lo suficiente –con Charlie Parker, Stan Getz y el cuarteto sin piano de Gerry Mulligan, entre otros–, Chet Baker decide en setiembre de 1955 realizar una gira por Europa con su propio grupo. El arranque es también el inició del desastre: el 21 de octubre del mismo año, en París, su pianista de 24 años Dick Twardzik muere por una sobredosis de heroína.

    Las internaciones y las curas de desintoxicación serán tan intensas como los itinerarios demenciales para procurar heroína.

    A partir de ese momento, la vida de Chet (en Estados Unidos o en Europa, donde pasaría largas temporadas) queda signada por una lucha contra su propia adicción. La belleza del rostro juvenil sufrirá los embates de la batalla. Las internaciones y las curas de desintoxicación serán tan intensas como los itinerarios demenciales para procurar heroína. Y si el combate fue largo (otros músicos cayeron mucho antes) se debió a la condición excepcional de un cuerpo que resistía una y otra vez, defendido celosamente por esa química mágica que es la música.

    En Italia fue procesado con seis meses de prisión por una sobredosis que casi lo liquida en un baño público. En Alemania fue expulsado por motivos similares. Llegó incluso a ser arrestado en el Harlem neoyorquino mientras compraba droga (imaginen al pollito rubio y delicado rodeado por una multitud de sombras afro). Pero él tocaba y tocaba, con músicos de todo tipo, color y nacionalidad.

    La música era su forma de vida y la heroína su aliento. Estuvo casado varias veces con mujeres bellas y exóticas y tuvo cuatro hijos. Amaba los autos y en especial los Alfa Romeo, pero llegado el instante de procurarse la sustancia conducía cualquier coche desvencijado y las distancias que fueran necesarias.

    Es recordado por todos los músicos como una persona dulce, amable y extremadamente sensible (algo que se puede constatar en “Let´s Get Lost”, el notable documental que el fotógrafo Bruce Weber le dedicó).

    Cuando caía bajo los efectos de la droga no reparaba en nadie. Así lo recuerda el contrabajista italiano Carlo Loffredo: “Llegaba cinco minutos antes del concierto y no hablaba. Luego, en el escenario, golpeaba en el piso uno, dos, tres y comenzaba a tocar, y nosotros debíamos tener un conocimiento enciclopédico para seguirle, sin saber qué tema iba a sonar ni en qué tonada”.

    Voz herida.

    A fines de los ’60 y principios de los ’70 se encuentra otra vez de vuelta en Estados Unidos. Sin un peso y mientras realiza una cura con metadona para zafar de su adicción, unos traficantes le propinan una terrible paliza en San Francisco, destrozándole la mandíbula y los dientes superiores.

    La vida loca llega a su punto culminante: el joven bello pasará a convertirse en el adulto cascoteado. Su rostro a lo James Dean se convierte, como alguien lo definió, en el de Jack Palance. Ya no puede tocar la trompeta y trabaja en una gasolinera 16 horas diarias. Algunos años después, el propio Baker evocaría aquella pesadilla: “Cuando me aplicaron una nueva dentadura superior creí que todo se iba a resolver, pero al empuñar la trompeta y llevarla a la boca me di cuenta que la situación era desastrosa. Durante dos años viví del subsidio del gobierno y del Estado de California. Luego, poco a poco, tuve que aprender de nuevo a tocar la trompeta”.

    Fue gracias a la ayuda de Dizzy Gillespie (una especie de Papá Noel para muchos jazzeros) que Chet volvió a ganarse la vida con el instrumento. “Dizzy tocaba en Denver y fuimos con un amigo a escucharlo”, recuerda. “Después del concierto le conté mi problema: inmediatamente tomó el teléfono, hizo un par de llamadas y dijo que yo estaba pronto para sonar otra vez”.

    La convalecencia musical fue lenta, con apariciones públicas de media hora que lo dejaban exhausto. “El hombre que volvió de la muerte”, tal fue el título de la revista Melody Maker anunciando su llegada a los escenarios neoyorquinos. Sin embargo, el éxito del renacimiento, los discos y recitales, no silenciaron la vieja adicción.

    El dinero conseguido era inmediatamente canjeado por heroína y agujas. Grababa, cobraba y pagaba deudas. Estaba enganchado de por vida, y esa tragedia –sumada a un rostro inconfundible y a un talento sin par– daría paso a la muerte y a la posterior entrada en la celebridad.

    Es recordado por todos los músicos como una persona dulce, amable y extremadamente sensible.

    Así son los semidioses contemporáneos, artistas sensibles y románticos, no ya con un talón de Aquiles sino con el cuerpo entero expuesto a la destrucción, baladistas de una síntesis que parece indisoluble: la creación y el sufrimiento en una dosis directa y brutalmente proporcional.

    Chet Baker ha dejado su impronta en el cine. Además del documental “Let’s Get Lost” aparece en el impecable corto “Chet’s Romance” (1988) del francés Bertrand Fevre, así como en la banda sonora de películas dirigidas por Nanni Loy, Mario Monicelli y Bertrand Tavernier (“Cerca de la medianoche”).

    Su intensa carrera aportó un legado de más de 130 discos. De la primera etapa conviene destacar el cuarteto sin piano con Gerry Mulligan, el recopilado de baladas del ’53 al ’57 realizado por el productor Michael Cuscuna (“Songs for Lovers”, sello Pacific Jazz), “Chet Baker in New York” (Riverside, 1958, con Johnny Griffin y Paul Chambers), “Playboys: Chet Baker & Art Pepper” (Riverside, 1958) y “Chet Baker in Milan” (Jazzland, 1959).

    Los últimos trabajos memorables son “Silence”, bajo el liderazgo de Charlie Haden (Soul Note, 1987), la banda de sonido de la película “Let’s Get Lost” (Novus, 1989, todo un clásico por su inconfundible voz) y “My Favourite Songs” (su último concierto, grabado para el sello Enja en Alemania en abril del ’88, dos semanas antes de morir).

    Cuando la cosa se pone loquita en una jazz party –saxos chillones, solos de batería ruidosos, ritmos desenfrenados– siempre hay alguna voz disonante que pide un cambio de música. Es la hora cool, el momento de escuchar un Art Pepper, un Zoot Sims o un… Chet Baker.

    Precisamente los tres eran blancos y su sonido estaba asociado a la costa Oeste, donde el jazz tiende a ser, por lo general, melódico y tranquilo. Y la distensión llega cuando escuchamos a Chet interpretar “Imagination”, “Almost Blue” (una composición que le dedicó Elvis Costello), “Every Time We Say Goodbye” o “Come Rain or Come Shine”, la trompeta en el registro grave, sostenido y melancólico, la voz reposada entonando “Voy a amarte como nadie te amó, con sol o con lluvia…”.

    *Nota publicada el jueves 14 de mayo de 1998, a diez años de su muerte.

    Vida Cultural
    2018-05-03T00:00:00