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Se podía oírlo gritar a caballo —con voz aguda, casi como un desaire para su bigote espeso según los estereotipos machistas de la época— con una cuerda enroscada a la cintura para sacar del apuro a las carretas que se empantanaban en la cuesta de Montes de Oca, allá por fines del siglo XIX.
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Sí, una vida loca la de quien ha sido llamado “el padre del tango”: Ángel Gregorio Villoldo, nacido en Buenos Aires el 16 de febrero de 1861 y muerto en la misma ciudad, el 14 de octubre de 1919, de cuna humilde e iluminado en el momento justo por un mecenas nunca conocido que le permitió aprender música, dominar la guitarra, la armónica y el piano y cultivar con gracia, y a veces provocadora vulgaridad, el lenguaje de sitios que frecuentaba con canciones y poemas.
Villoldo fue el más prolífico autor de la Guardia Vieja, probablemente el primero como muchos sentencian, y quien transformó en tangos los cuplés y habaneras amarrados por inmigrantes europeos a los muelles del Río de la Plata; compuso, además, milongas, polcas y mazurkas, versos para comparsas, prosas para revistas como Caras y caretas, Fray Mocho y PBT, y coplas para encuentros de cantores en perdidos boliches rurales.
Porque también fue payador el hombre.
Si bien su primer tango famoso se llama El porteñito, de 1903, ese mismo año hizo la obra que recorrió el mundo y es, después de La cumparsita, la más difundida: El choclo, cuya historia no admite pares.
La estrenó una orquesta dirigida por su amigo, el pianista José Luis Roncallo, en el restaurante El Americano, donde el tango estaba prohibido; fue presentado como “danza criolla” y enseguida enamoró al público; cuando se supo la verdad, ese impacto entre los burgueses habitués había adquirido tal fuerza que a Roncallo lo obligaban a tocar Elchoclo todas las noches.
Recién se grabó en 1905.
Alguna vez miles de placas viajaron en la Fragata Sarmiento.
Fue cantado y bailado en París por el propio Villoldo junto al sanducero Eusebio Gobi y su mujer, la chilena Flora Rodríguez, tras un viaje auspiciado por la mítica casa Gath y Chávez.
Durante la I Guerra Mundial, Tito Livio Foppa, periodista bonaerense, estaba en el frente alemán; en un ágape oficial, para agasajarlo, una orquesta anunció el Himno Nacional argentino… y tocó El choclo.
En 1952, titulado Beso de fuego, se promovió el “primer tango norteamericano”, de Lester Allen y Robert Hill; al poco tiempo hubo escándalo, ya que si bien la partitura presentaba modificaciones en dos compases de la primera parte y en dos frases melódicas de la segunda, era, sin duda, El choclo. Louis Armstrong grabó el tema, pero, al registrarlo, añadió a los nombres de Allen y Hill los de Villoldo y Discépolo (autor de la letra definitiva).
El choclo tuvo cuatro letras; dos, de su creador: Hay choclos que tienen,/ las espigas de oro,/ que son las que adoro/ con tierna pasión…, la única que le gustaba; una de su hija, sencillamente espantosa, otra de Marambio Catán: … y me llamaban El Choclo, compañeros,/ tallé en los entreveros/ seguro y fajador…, y la de Discépolo, que se impuso a partir de la grabación de Libertad Lamarque en el filme mexicano Gran Casino, dirigido por Buñuel: Con este tango que es burlón y compadrito/ ató dos alas la ilusión de mi suburbio…, y que fue luego gran creación de Tita Merello.
Villoldo usó varios seudónimos —Fray Pimiento, Gregorio Giménez o Mario Reguero— y compuso, entre tantísimos tangos, El esquinazo, A la ciudad de Londres, Bolada de aficionado, Calandria, Chiflale que va a venir, Mi ñatita, Te la di chanta, Cantar eterno —grabado por Gardel y Razzano— y la milonga Matufias, con la que se anticipó a Discepolín: Es el siglo que vivimos de lo más original,/ el progreso nos ha dado una vida artificial/ y muchos caminan a máquina porque es de viejo andar a pie,/ hay extractos de alimentos…/ ¡y hay quien pasa sin comer!
Siempre se dijo que Villoldo nació en Barracas. Hace tres años se halló una perdida Partida de Nacimiento que lo sitúa, abriendo los ojos por vez primera, en pleno centro porteño.
Y bien para el cierre de una vida loca: en la década de 1920 se creó un misterio sobre la ubicación de sus restos.
Recién en 1967 se supo que estaban en el panteón de la familia Petenello, donde Irene, hermana de Ángel, había trabajado muchísimos años.