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    Material inflamable

    En un edificio anónimo en las afueras de Berlín se guardan con celo decenas de miles de películas: son el tesoro del cine alemán. Una de las secciones cobija, en condiciones especiales de temperatura y humedad, las más de 1.200 películas rodadas durante el Tercer Reich. Se trata de productos altamente inflamables, tanto desde el punto de vista de su composición química como desde el punto de vista de su contenido.

    Al fin de la guerra, una comisión aliada revisó todo ese material y censuró 300 cintas. Hoy, las películas censuradas (o “reservadas”) son cuarenta. Sin embargo, de tanto en tanto se muestra alguno de esos filmes prohibidos ante un público formado por estudiantes, investigadores y personajes del mundo de la cultura. También en Francia ocurre esto, e incluso en Israel.

    En esas ocasiones, algún experto en la materia contextualiza la película elegida y explica la situación histórica en la cual fue producida. Al final, el público participa de un debate sobre la misma.

    He visto varios documentales sobre este tema (y varias de las películas en cuestión) y puedo asegurar que independientemente del país en donde se celebren estos actos, las reacciones del público siguen las mismas líneas, ya sea en Berlín, en París o en Tel Aviv.

    Algunas personas consideran que ese tipo de películas son “un peligro para la juventud” y que, por lo tanto, deben seguir viviendo en la oscuridad del archivo. Otras sostienen que el mensaje y las formas (la ausencia de colores, la lentitud de los tiempos, la simpleza del diálogo, el tipo de música o la trama misma) son inofensivos, pues “cualquiera se da cuenta de que es una vulgar forma de propaganda”. Mientras unos dicen haber sentido terror al verlas, otros declaran no haber podido contener la risa.

    El destino de estas películas nazis y el debate que ellas alimentan me recuerda lo sucedido con Mein Kampf, el libro de Hitler. Luego de estar prohibido durante 70 años, una comisión de expertos publicó una nueva edición de la obra. Ya antes de que la misma saliera a la calle, el debate originado llegó a los rincones menos pensados. Las líneas de discusión eran las mismas que suelen seguir a la visión de las películas anteriormente citadas.

    La nueva edición de Mi lucha fue preparada por investigadores del Instituto de Historia Contemporánea de Múnich. Al texto original se le han agregado más de 3.500 notas de investigadores destinadas a contextualizar (y generalmente a desmentir) lo escrito por Hitler.

    Se pensaba que un libraco de 2.000 páginas con un costo de venta de 60 dólares sería adquirido por especialistas, institutos e interesados en el tema. La primera edición fue por lo tanto reducida y se limitó a los 4.000 ejemplares. Sin embargo, antes de haber sido traducida al inglés o al francés, la nueva versión de Mi lucha ya ha vendido 100.000 ejemplares, siendo durante 35 semanas consecutivas un best seller en el país.

    Este inesperado éxito de ventas de un libro con esas características difíciles despierta muchas preguntas. Algunos sostienen que ha quedado demostrado el efecto negativo de su publicación. Otros insisten en que es mejor desmitificar la legendaria obra de Hitler y demostrar la montaña de mentiras sobre la cual está escrita: en un mundo acosado por la fabricación de mentiras (o “hechos alternativos”, como los llama hoy la Casa Blanca), ¿qué mejor que blanquear el contenido de la propaganda nazi?

    Supongamos, como ejemplo, que a partir de 1945 se hubiesen prohibido las películas soviéticas y los libros de Marx y Lenin. ¿Qué papel hubieran tenido actualmente? Mi opinión es que, en ese caso, hoy serían tan explosivas como el legado nazi. Pero al poder ver dichas películas libremente y al poder leer la literatura marxista y leninista en ediciones masificadas y baratas, este legado ideológico está completamente agotado. Despierta el mismo interés que las lenguas muertas.

    ¿Quién lee a Marx o Lenin hoy? ¿Quién cree en el mensaje de las películas hechas bajo Stalin? ¿Quién (salvo algunos pocos fanáticos) ignora que el régimen comunista fue algo tan sangriento como fracasado?

    Mantener la producción cinematográfica del Tercer Reich en las sombras de un archivo no sirve más que para aumentar el atractivo que todo lo prohibido tiene sobre la mente humana. Al nazismo no se lo combate ignorándolo, sino estudiándolo.

    Y sobre todo: nadie se vuelve antisemita viendo una vieja película.