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Danny (Adam Sandler) intenta estacionar en Brooklyn mientras conversa con su hija. Está visiblemente alterado porque no encuentra un lugar. Es torpe para encajar la marcha atrás y no soporta que le toquen bocina mientras está maniobrando. Realiza movimientos violentos, intercambia insultos con los otros automovilistas, da vuelta a la manzana para estacionar en otro sitio, mientras no deja de conversar con su hija del modo más dulce y civilizado posible. La secuencia es graciosa y está filmada con cámara en mando desde el asiento del acompañante, como si fuese una viñeta urbana propia de la nouvelle vague. Danny —que no es nadie y busca su lugar en la vida— y su hija —cineasta de películas caseras porno-trash con pretensiones autorales— se dirigen a la casa de Harold (Dustin Hoffman), el padre de Danny, un veterano escultor con varios matrimonios a cuestas, que ahora se ha llamado a retiro pero desea un reconocimiento artístico que hasta el momento no se concretó, al menos como él quisiera. Su esposa actual (Emma Thompson) es una alcohólica en vías de reparación, un tanto volada, un tanto alocada, pero operativa y con buena disposición. Además, Harold tiene otros dos hijos: Jean (Elizabeth Marvel) y Matthew (Ben Stiller). La primera se define a sí misma como “una buena persona” y el segundo es un exitoso hombre de negocios, completamente alejado del mundo intelectual de su padre.
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No es común que una historia comience así, como se inicia Los Meyerowitz: la familia no se elige (recientemente colgada en Netflix), con semejante nervio entre gracioso y amargo, pero esta es una película de Noah Baumbach, que puede ser vista como una comedia o como una tragedia risueña, aligerada por las tonterías de la vida diaria. Es decir, como la vida misma. Y en la rutina de la vida misma —digamos que el día es soleado y la familia habla de la posible venta de la casa, del nombre de una escultura, del comportamiento torpe de un perro, de una película o de cualquier otra cosa— te puede sorprender la mala noticia de la enfermedad de un ser muy querido.
“Quería escribir una escena con un familiar enfermo en un hospital”, dijo el cineasta. Lo sentía como un desafío. Y también quería una pelea entre Ben Stiller y Adam Sandler, aunque esto es más una necesidad de alguien que creció viendo cine, se identifica con ambos comediantes y los juntó como un director técnico de fútbol, que puede llamar a los mejores jugadores para definir la delantera de su equipo. Stiller ya ha dado pruebas de su valía como actor, pero Sandler —con excepción de la genial Embriagado de amor, de Paul Thomas Anderson— estaba en el tacho de la basura de las peores comedias. Y aquí está el resultado: si lo dirigen bien, rinde como nunca. Y hablando de rendir, ¿hace cuánto que el dos veces oscarizado Dustin Hoffman no hacía una buena película? A los 80 años fue rescatado y devuelto al cine con mayúsculas, después de haber hecho las voces de Kung Fu Panda y otras boludeces.
Baumbach habla de la familia. No necesita otro punto de partida para pintar el mundo. Miren una familia, cualquier familia. Ahí está todo: las relaciones amorosas, las emociones —desde los afectos más sinceros hasta el odio—, la solidaridad, la envidia, las peleas. La familia es el comienzo y el fin del trayecto. Y las familias de Baumbach son familias de judíos intelectuales, de hogares neoyorquinos donde priman la cultura y el buen gusto, los libros y las pinturas, el teatro, la música y el cine.
Desde la increíble Historias de familia (2005), donde el desencadenante en una pareja de hermanos era el divorcio de sus padres, hasta las desopilantes Margot y la boda (2007), Greenberg (2010) y Mientras somos jóvenes (2014), Baumbach escribe y dirige sobre relaciones sanguíneas e interpersonales, que a veces pueden estar concentradas en varios personajes o en uno solo, con diálogos punzantes y una gran habilidad para descubrir situaciones incómodas, intensas y no menos graciosas.
Situación frecuente en los ambientes intelectuales: la inauguración de una muestra de arte, lo que comúnmente se conoce como un vernissage. Entrás en un ambiente lleno de gente que siempre parece divertida. No conocés a nadie. Pasa el mozo y tomás una copa, para sentirte más cómodo, pero el cuerpo sigue rígido, la mirada errante, los nervios a flor de piel, hasta que vislumbrás un conocido y hacia allá te dirigís para salir de la situación embarazosa. Así, Adam Sandler en una secuencia de Los Meyerowitz.
Imaginen a un niño que es hijo de dos críticos de cine. Imaginen las conversaciones en los almuerzos y en las cenas. ¿Truffaut o Rohmer? Truffaut, toda la vida. Ah, vos decís eso porque no entendés el cine de palabra visual de Rohmer. Y a vos te gusta Ozu, la cosa más somnolienta del mundo, el hombre que ve la vida al nivel de un tatami, que es una posición apenas más elevada que la horizontal.
Así debe haber transcurrido la infancia de Baumbach (Brooklyn, 1969), solo que agregando al cine de arte y ensayo, las películas de Spielberg, De Palma y Scorsese.
Woody Allen se siente cómodo en Nueva York, su ciudad. Baumbach, que ha sido comparado con Allen, no sale de Brooklyn, su barrio. Y allí rodó Los Meyerowitz, con un sentido de la pertenencia y un conocimiento de causa que se palpan de inmediato. Esta película es, también, un homenaje al barrio donde es difícil estacionar.