Hace unas semanas terminé de leer el último libro de Valeria Luiselli, Principio, medio, fin. Me deslumbró esa manera que encontró de retratar el vínculo incondicional de tres mujeres —una, la voz narradora; su madre, y su hija— en un momento de inestabilidad interior propiciado por los sacudones de un divorcio, y exterior, con volcanes a punto de erupcionar. Narrado en primera persona, se estructura en textos breves que se hilvanan como cuentas de un collar para componer una novela hermosa.
“Todo se movía al ritmo de la emergencia, al inicio del divorcio: los abogados, las sesiones de terapia duplicadas, las visitas al juzgado, los documentos, las palpitaciones, los terrores nocturnos. El presente se sentía frágil, jodidamente inasible”, escribe Luiselli. “Pero también, al mismo tiempo, la sensación, casi un presentimiento, a la vuelta de la esquina, de un comienzo: los comienzos, siempre tan llenos de posibilidades, de expectativas, pero también de carnada”.
La ilusión de que todo es posible a veces es solo eso, una ilusión.
Vuelvo a Marta, la protagonista de Tres adioses. Cuando todavía no se acostumbra a sentir la casa vacía, algo más pasa. Recibe un diagnóstico que explica su falta de apetito (resulta que no era solo a causa de su ex). Y entonces, ese final definitivo que ya puede avizorarse, da pie a un nuevo comienzo. Marta empieza a decir que sí. Compra una planta. Aprende coreano mientras recorre en bicicleta las calles de Roma. Empieza a usar los platos que nunca había estrenado. Ella, exgimnasta artística, deja de hacer de las comidas un mero trámite para transformarlas en un ritual. Y reaparecen el deseo y las ganas de vivir. “Creía que mi vida no sería más que nosotros, pero había algo más”, le dice en una charla serena a su ex. Esta mujer, a la que siempre le había dado vergüenza todo, deja de pedalear para alejarse de lo desconocido. Saborea el helado con ojos cerrados y vuelve a besar.
Isabel Coixet, la directora de Tres adioses, habla mucho de nuevos comienzos a través de su obra. En La librería (una viuda se instala en un pueblo costero de Inglaterra y funda la primera librería de la zona con la reticencia de algunos vecinos), en La vida secreta de las palabras (una mujer con problemas de audición llega a una base petrolera para ser enfermera de un obrero que tuvo un accidente; ganó el Goya a Mejor película), en Foodie Love (dos personas marcadas por fracasos en el amor se encuentran para sanar antiguos dolores, en parte a través de la gastronomía). En una entrevista con Búsqueda, la directora catalana explicó por qué le interesa la relación que tenemos con la comida: “En todas mis películas, el papel de la comida siempre está en función de eso: de cómo nos premiamos y de cómo nos castigamos, de cómo nos damos placer y de cómo nos fustigamos”.
Primero hay que sobrevivir al fin
Si me preguntan, creo que la mayor dificultad de empezar de nuevo es que seguimos siendo las mismas personas que, bajo ciertas circunstancias, nuevas, tenemos la posibilidad de (o nos vemos forzados a) tomar otro camino. Y entonces, un cambio interior debe acompañar ese recálculo de la ruta; una suerte de adaptación al nuevo entorno para sobrevivir y hasta ser feliz. Aunque cualquier fortaleza o virtud heredada se valora (ya lo decía Darwin en su teoría de la selección natural).
Por eso vemos personajes que luchan y la pasan muy mal en su transición a otras vidas. Me acuerdo de Alma salvaje (Wild, está en Disney+), probablemente la viste. Es obra de una pequeña constelación de talentos: la dirige Jean-Marc Vallée (Dallas Buyers Club, película ganadora del Oscar), el guion lo coescribieron Nick Hornby y Cheryl Strayed (basado en su propio libro de memorias), y la protagonizan Reese Witherspoon y Laura Dern, nominadas a los Premios de la Academia por esta película.
Reese interpreta a Cheryl, esta chica que decide hacer el sendero de la Cresta del Pacífico, que camina más de 4.000 kilómetros cruzando el desierto de Mojave, desde México a la frontera con Canadá, para procesar la muerte de su madre (Laura Dern). El camino está minado de desafíos (heridas en los pies, soledad, falta de agua potable, miedo), pero es tal el esfuerzo físico, tan fuerte lo que siente en el cuerpo, que el dolor en el alma se vuelve más llevadero. Al final del viaje, Cheryl ya no es la misma.
Otro que atraviesa un desierto árido (metafóricamente hablando) es Mark Ruffalo en la miniserie Hal & Harper (está en Mubi). Hal y Harper son sus hijos (interpretados por Cooper Raiff y Lili Reinhart en todas las edades), a quienes debe criar solo después de quedar viudo abruptamente. Pero este hombre apenas puede sostenerse a sí mismo, así que los niños tienen que crecer antes de la cuenta, y cuidarse entre ellos. La serie transcurre en el presente, cuando Hal y Harper ya son adultos jóvenes y su padre está empezando una familia con una nueva esposa; el pasado se muestra en flashbacks que van entregando piezas para armar la historia y entender las cicatrices de los personajes. Pero hay un amor profundo detrás de este padre que en un momento no supo serlo, y en un momento divino, cuando todos están listos, hay espacio y tiempo para reconfigurar la familia y empezar otra vez.
Borrón y cuenta nueva
No sé la cantidad de veces que vi Regarding Henry en mi adolescencia (la pueden encontrar en Mercado Libre Play como La fuerza de la verdad). Habíamos traído el VHS de un viaje, y en tiempos prestreaming estaba ese ritual (que a veces recuerdo con nostalgia) de ver y volver a ver las películas. Se estrenó en 1991; Harrison Ford y Annette Bening, los protagonistas, eran muy jóvenes. Harrison interpreta a Henry, un abogado exitoso, y Annette a su esposa. Viven juntos en un departamento frío, impecable, pero llevan vidas civilizadamente divididas. Hasta que una noche, Henry sale a comprar cigarrillos, lo asaltan y le disparan en la cabeza. Milagrosamente sobrevive, pero no se acuerda de cómo hablar, de cómo caminar, ni de quién es. Entra una nueva persona en su vida, un fisioterapeuta entrañable que le renseña todo lo que Henry ya había aprendido de niño. De a poco, empieza a revincularse con su pasado, y se da cuenta de que no le gusta tanto el viejo Henry. Lo bueno es que ahora tiene la oportunidad de ser distinto.
Hace un tiempo di con la película El curandero en Netflix. El título en español no es muy prometedor (y es una traducción bastante literal de Znachor en polaco, que significa “médico brujo”), pero vale la pena. El protagonista acá es un médico cirujano al que su esposa abandonó y, poco después, también es víctima de un robo violento que le deja, como secuela, una pérdida total de memoria. Quince años después, este hombre de pasado desconocido y aspecto vagabundo llega a un pueblo que lo recibe y le va dando un lugar. Hace cualquier trabajo para vivir hasta que descubre que, por algún motivo, sabe cómo curar una pierna rota. No detecta el origen del conocimiento, simplemente lo sabe. Entonces, se convierte en el curandero. Después se rencuentra con su pasado, por supuesto. Tiene una cosa épica y estoica de cine reciente pero no tanto que hacía tiempo no encontraba en una película.
Para terminar, una comedia
Agneta lleva años viviendo la vida equivocada, cualquiera lo ve menos ella. Sus hijos se independizaron y solo la llaman para pedirle dinero, y ahora vive solo con su marido, que parece combatir la crisis de la mediana edad a costa de baños de hielo, una nueva afición por el ciclismo, y de reírse de su esposa. A Agneta, que come queso brie a escondidas, no podría interesarle menos el cuidado del cuerpo que obsesiona a su marido. No le interesa nada de él, en realidad. Así que cuando se queda sin trabajo y encuentra en el diario una oferta laboral para cuidar a un niño sueco en Francia, lo acepta y se va. Cuando llega descubre que el niño en cuestión es un señor mayor excéntrico y desfachatado, pero en vez de renunciar, se queda. Ella lo ayuda a resolver viejos asuntos pendientes, y él le enseña a ser quien verdaderamente es, a los 49 años. Me llamo Agneta está en Netflix.
Valeria Luiselli escribe:
“Se espera que, después de un final, después de un tiempo, se pase a lo siguiente. ¿Pero qué parte es la siguiente? La mitad, tal vez: la parte del medio. Pero no estaba lista. Necesitaba todavía más explicaciones, causas, motivos. O tal vez, simplemente, necesitaba una narrativa distinta. Nunca sé si es Roland Barthes o si es mi madre quien dice que no existen las causas originales, ninguna explicación fundacional, solo posibles narrativas”.
De esto habla también el personaje de Marta en Tres adioses, de cómo buscamos incansablemente entender, darle sentido a todo, descifrar el porqué. A ella le hubiera gustado descubrir más temprano que la mayoría de las cosas no tienen una verdadera razón de ser. Como el vuelo sincronizado de los estorninos. Y se pone más vehemente cuando dice: “Mañana habrá un nuevo atardecer, contigo o sin ti”.
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Antes de irme, te recomiendo la historia de vida de Bruno Rodríguez, el uruguayo que llegó a África en 2023 para trabajar en ayuda humanitaria y fundó el equipo Peñarol de Pemba, en Mozambique. Quiero invitarte también a leer el próximo jueves la edición aniversario de Galería. ¡Cumplimos 26 años! Será un número especial, pero trabajado con la dedicación y el respeto de siempre hacia nuestros lectores.