Frente al aparente fiasco en taquilla, Iñárritu reaccionó con un desdén pragmático. Ha admitido falencias en su película, pero argumentó en The New York Times que el cine tiene la obligación de provocar. En Letterboxd fue todavía más lejos al afirmar que su legado le da exactamente igual porque en el futuro estará muerto.
Por su parte, Tom Cruise asumió la película como su movimiento estratégico más calculado en años para alcanzar el Oscar a Mejor actor, una estatuilla que jamás ganó —la Academia sí le dio uno honorífico a fines de 2026.
Tras casi 15 años de correr, saltar de acantilados y proclamarse el salvador de las salas, ahora apuesta por un personaje complejo y desquiciado, y así busca demostrar que su vigencia trasciende la adrenalina. Pero más allá de los terremotos corporativos y las aspiraciones de estatuilla, ¿por qué tanto alboroto?
Al comienzo de Digger, dos signos advierten la clase de película disruptiva, desfachatada y desagradable que Iñárritu tiene entre manos. El primero aparece en la mansión del magnate petrolero Digger Rockwell, un palacio recargado de trofeos de caza, alfombras rojas y estatuas de águilas doradas. Allí, al costado de la cama del protagonista, un gran ventanal deja entrar un amanecer majestuoso entre ríos y montañas. ¿O es en realidad un cuadro? La línea entre arte, naturaleza, ficción y realidad, advierte el montaje, comienza a borrarse antes de lo previsto.
El segundo signo es la paliducha y flácida retaguardia de Cruise, un actor de 64 años que interpreta a un magnate de esa misma edad. La superestrella, que hace poco posó en torso para la portada de la revista GQ, es despojada de su habitual atractivo para convertirse, barriga y arrugas mediante, en un viejo tejano en plena decadencia física y moral. Con la temprana exhibición de sus nalgas, la idea de un actor abocado a desafiar el envejecimiento es arrojada de un plumazo por esa aparente falsa ventana.
Emmanuel Lubezki se encarga de la dirección de fotografía de Digger.
Warner Bros. Pictures
Digger Rockwell, por cierto, está teniendo el peor de sus días. Su gata, Maggie, se encuentra gravemente enferma, envejecida y al borde de la muerte. Además, una gigantesca plataforma de hielo en Groenlandia acaba de desprenderse y se desplaza hacia el norte de Europa, amenazando con causar un desastre climático masivo al colisionar con el continente y provocar miles de muertes y desplazados.
La crisis se genera como consecuencia directa de la codicia corporativa y de las operaciones de extracción impulsadas por el empresario, quien ignoró deliberada y reiteradamente los informes previos de Ganesh (Riz Ahmed), uno de sus científicos.
Digger padece la misma fiebre por el oro negro que Daniel Plainview en Petróleo sangriento (2017), pero si aquel era señorial y calculador, este es extravagante y ruidoso. Y si bien ambos son desalmados, otra diferencia fundamental los separa. Plainview se había hecho de abajo, literalmente al excavar el pozo que inauguraría su imperio, mientras que Rockwell es el heredero caprichoso de un conglomerado fundado por sus antepasados.
Esa noción de la herencia y, sobre todo, del legado ruinoso que figuras como Rockwell le dejan al mundo le sirve a Iñárritu para articular una crítica generacional feroz. Concebida por el propio director como una suerte de pedido de disculpas a los jóvenes por la devastación ambiental y económica que reciben, la película retrata a los baby boomers como una fuerza destructiva e insaciable, incapaz de asumir la responsabilidad del desastre que deja a su paso.
Al cierre del primer acto, Iñárritu no se conforma con la simple sátira y la película da un vuelco que reconfigura las reglas del juego. La ilusión de realidad se fractura cuando ese decorado perfecto empieza a desmoronarse a la vista de todos, convirtiendo la catástrofe en una provocación directa sobre la manipulación de la verdad y los límites del espectáculo.
No es casualidad que Warner y el propio cineasta hayan defendido ese quiebre con un hermetismo casi militar durante la campaña previa. Convencido de que la sorpresa era indispensable para que el truco funcionara, el estudio prefirió vender la película escudándose en la transformación física de Cruise, lanzando tráileres crípticos que solo sembraron confusión.
Desconcierto, rechazo y diversión alternan sin pausa a lo largo de Digger, una película exuberante, cansina pero interesante, que encuentra su punto más alto en el corazón del relato. Es allí, durante un monólogo de diez minutos ante el Parlamento Europeo, donde la propuesta pone todas sus cartas sobre la mesa. La secuencia, concebida como un circo burocrático y filmada en un set monumental repleto de cientos de extras vestidos de un gris monocromático, quizás en representación de un continente insípido, muestra a Cruise como un huracán grotesco, ataviado con un llamativo traje bordó, botas vaqueras y sombrero, listo para defender lo indefendible.
La cámara de Emmanuel Chivo Lubezki, en su reencuentro con Iñárritu tras El renacido (2015), huye de la estampa vistosa e hiperrealista para construir una imagen de tonos apagados, fríos y deslavados. En esa puesta en escena abrumadora queda al desnudo el núcleo de la película e Iñárritu plantea cómo el poder corporativo usa el espectáculo para manipular la percepción y transformar la responsabilidad colectiva en un ejercicio de cinismo performativo.
Años atrás, el proyecto nació en Netflix bajo otro título, casi en paralelo al rodaje de Bardo (2022). Según Deadline, DiCaprio llegó a evaluar el papel protagónico, pero, tras el estreno en la plataforma de la sátira ambiental No miren arriba (2021), Iñárritu prefirió retirar la propuesta y buscarle otro hogar.
Cabe preguntarse si la vacante de DiCaprio le abrió a Cruise la posibilidad de explorar una veta inédita para él como embajador ambientalista. Sin embargo, en un regreso marcado por una alta exposición mediática, el actor descartó cualquier tipo de activismo o compromiso personal con la causa. Sus razones responden a motivos bastante más terrenales, como la fascinación por el guion, la admiración hacia Iñárritu, el desafío de encarnar a un personaje complejo y, sobre todo, la oportunidad de regresar al cine de autor.
Sin embargo, detrás de esa búsqueda de prestigio se filtra un paralelismo sutil entre su propia biografía —padre de tres hijos con un entorno privado blindado desde su célebre exabrupto en el sillón de Oprah Winfrey— y los pliegues ocultos que mueven el relato. En Digger, la devoción por la representación se vuelve el motor de la historia y, al clavar la cámara en sus ojos tras las capas de maquillaje, Iñárritu no solo explora la idea de la actuación dentro de la actuación, sino que encuentra en la intensidad de esa mirada de Cruise al conductor perfecto para guiarnos por este estrafalario fin del mundo.
John Goodman como el presidente de Estados Unidos en Digger.
Warner Bros. Pictures
Ni tonto ni perezoso, Cruise ya enfiló su próximo movimiento con una secuela de Días de trueno, su propia incursión en el automovilismo para disputarle el terreno a la Fórmula 1 de Brad Pitt. Se trata de una jugada sobre seguro para replegarse de inmediato en el frenesí de la acción sobre ruedas y evitar cualquier riesgo innecesario. Para el trayecto de Digger hacia el Oscar falta demasiado y las probabilidades no están de su lado.
En el director, en tanto, conviven dos facetas proclives al exceso, la del cineasta preocupado por los problemas del mundo y la del creador que busca sobrepasar los límites de la pantalla. Su mirada ya exploraba las tensiones globales desde la ficción en títulos como Amores perros (2000) o Babel (2006), pero en la última década intentó llevar ese compromiso humanista un paso más allá al ingresar al circuito de las artes plásticas.
Lo hizo con Carne y Arena (2017), una instalación conceptual de realidad virtual pensada para galerías y museos donde el espectador, descalzo sobre la arena, experimenta el calvario de los migrantes al cruzar la frontera entre México y Estados Unidos.
También está el artista capaz de viajar a la isla de Fårö para filmar en la casa de Ingmar Bergman, pero que al mismo tiempo sostiene un péndulo frente a la cámara para asegurar, con total convicción en la plomada, que el espíritu del sueco está allí mismo, presente en la habitación.
Entre la denuncia social y la excentricidad del gesto, Digger termina condenada a la más paradójica de las suertes para un cineasta obsesionado con la trascendencia, la de ser una película osada pero no revolucionaria. Tampoco es la catástrofe que augura la taquilla ni el hito autoral que pretendía su creador. Lo de Iñárritu deja, al final, la misma sensación que ver a alguien pisar un rastrillo en el pasto y recibir el palo de lleno en la cara. Un gesto absurdo, doloroso y, a su manera, gracioso.