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La Comedia Nacional, un atentado contra el teatro tradicional y la obra que te hace sentir conservador

Hasta el 29 de noviembre se puede participar de Atentado, una experiencia escénica dónde pasa de todo, incluso algo de teatro, propuesta por la Comedia Nacional

Redactora de Galería

No debo ser la única que lleva un block de notas al teatro o al cine. Hay cosas de las que me gusta hablar después si voy acompañada. Por ejemplo, debatir un poco qué es el teatro mientras me tomo alguna bebida espirituosa en el barcito más cercano.

Tradicionalmente, el teatro es ficción más espectador más presencia (actoral y del público), pero hace tiempo y con algunas ideas locas como las de Grotowski y el teatro ritual, o las de Augusto Boal y su Teatro del Oprimido –un método que transforma al espectador en protagonista al romper la barrera entre público y escenario– ya ni se discute si teatro se trata meramente de lo que sucede arriba de un escenario o de lo que sucede entre y con los cuerpos, siendo la mente parte de ellos.

Experiencia escénica. Dispositivos performáticos. Teatro expandido. Atentado entra en ese universo: es teatro porque alguien actúa y alguien mira, siendo la actuación algo no exclusivo del elenco y la observación una tarea tanto del espectador como de los actores, y hasta de quiénes están por fuera o alrededor de ellos.

Inspirada en el libro Ellas dicen. Pensadoras feministas latinoamericanas, con dirección de Florencia Lindner, es una ¿obra? en dos partes: primero, es un recorrido urbano con ocho posibles rutas, a pie, en ómnibus, o combinadas, con un encuentro final en Sala Verdi. Pero la experiencia atenta contra la pasividad de la platea fija. Son cuerpos en movimiento, cerebros en movimiento, territorios en movimiento. No hay escenarios y la ciudad, el momento presente, es la escena. Cada punto de partida: el Cementerio Central, la Rambla, el Teatro Solís, la Intendencia Municipal, las cercanías al edificio sede de la Universidad de la República, no son casuales; son capas de la capital que están en continuo diálogo con las autoras y sus temas. Identidad, cuerpo, exclusión, descolonización, violencia, micro política.

teatro comedia nacional Atentado

El elenco cuenta con referentes de la Comedia Nacional como Roxana Blanco o Juan Antonio Saraví, nombres conocidos en la escena contemporánea como Natalia Chiarelli y Mané Pérez, y respetados dramaturgos con mucha carpeta como Leandro Ibero Núñez.

Ninguno de ellos busca representar, la apuesta es a concebir el teatro ya no como un espacio de reinterpretación, sí de reinvención, y a co-presenciarlo: "lo que importa es lo que somos juntxs" es lo que se lee de los panfletos que llueven hacia la sala desde los palcos y en medio del frenesí actuado.

Atentado es un ejercicio, algo bien distinto para hacer que deja mucho qué pensar. La siguiente crónica no se esfuerza para nada en no hacer spoiler.

Un rebaño esparcido por la ciudad de Montevideo

La cita exigía puntualidad. Según el mail con todas las indicaciones había que estar a las 18:50 horas en la esquina de Rivera y Jackson buscando a alguien con mameluco azul. Eran 18:47 y no había nadie. Ni mamelucos azules ni grupo. Cuando fueron y 50 reconocimos a dos mujeres que se veían igual de inquietas que nosotros. La mirada desconcertada de una torta fritera que debe de estar siempre ahí nos despertaba la sospecha de haber llegado al lugar equivocado de la manera correcta: siguiendo las instrucciones. La experiencia empezaba así, con desconcierto. No sabíamos si ya estábamos adentro del dispositivo o si la ciudad entera nos estaba haciendo una broma.

Finalmente aparece alguien con una gabardina azul. Aquello no era un mameluco, y era de un azul bastante oscuro como para distinguirlo fácilmente por la ciudad. Más que nuestro guía, parecía un espía de bajo presupuesto: todo el tiempo apuntaba a la gente con una cámara de fotos, groseramente, y decía cosas como que las personas se incomodaban al sentirse dentro de su encuadre. Sé que en un momento estuve tan abstraída con la escucha, viendo a la gente pasar, que el hombre me enfocó durante largos minutos con su cámara. Cuando me di cuenta me reí, era incómodo pero me daba cierta gracia que me creyeran tan ilusa, si yo ya sabía que eso era parte de toda la puesta en escena. Al final, nunca lo supe.

Eso, la incomodidad, la inquietud, fueron las primeras pistas de un recorrido que invita a habitar un rol que tenemos muy poco entrenado, el de observador que también es observado. Solo unos minutos de mirar alrededor bastaban para percatarse de que la gente de la calle reaccionaba igual de extrañada que nosotros, pero por nosotros. Ese estado de turbación nos resulta más familiar, nos hace sentir más defendidos, más a gusto que si un extraño nos saluda solo por saludar en la calle. O si un desconocido nos regala un cumplido.

La referente del verdadero mameluco azul —éste sí, era azul bolita— llegó después. Nos sumó a un grupo de WhatsApp, pidió que descargáramos los audios, los escucháramos cuando ella diera la orden de play, y recomendó que camináramos como un rebaño por la ciudad. Quería generar comunidad, pero los presentes no eran demasiado sociables y la dinámica tampoco parecía prestarse para serlo. Siete personas enchufadas a los mismos audios, moviéndose al mismo ritmo, pero a la vez totalmente aisladas en su propia cabeza. Y sin embargo, si uno levanta la vista, descubre que el rebaño no terminaba ahí. La ciudad también se estaba moviendo. La frontera entre lo teatral y lo cotidiano empezó a resquebrajarse, y el recorrido a tornarse un laboratorio de reacciones humanas: cómo caminamos, cómo frenamos, cómo nos afecta la presencia de un otro que también está intentando descifrar qué es lo que pasa y, para colmo, nos parece que camina demasiado rápido o demasiado lento.

Había que avanzar cuando la guía aceleraba, bajar la velocidad o detenerse cuando ella lo hacía. Pero la verdad es que la música y los extractos narrados marcaban el ritmo por sí solos si uno iba 100% compenetrado. Reducimos la marcha al pasar junto a una persona en situación de calle, envuelta en sus cartones, rodeado de juguetes y cosas del perro. El audio comenzó a narrar un allanamiento con tono informativístico del año 68. Toda esa miscelánea en escena era la antesala a toparnos con la parte posterior de la Facultad de Derecho: olor a vino, grafitis, un beso descarado entre dos vecinos sin techo y, sonando de fondo, la canción Me gustan los estudiantes de la chilena Violeta Parra, popularizada en Uruguay por artistas como Daniel Viglietti.

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Parte de la obra sucede dentro de la Facultad de Derecho, junto el estanque de los peces.

Parte de la obra sucede dentro de la Facultad de Derecho, junto el estanque de los peces.

Entramos a la Facultad y rodeamos el estanque de los peces. Había una chica que estaba moviendo el agua, abstraída, hasta que nos invitó a sentarnos a su alrededor. Cuando extendía la mano los peces se acercaban y le daban pequeños mordiscos. Ella decía que eran besitos y nos animó a probarlo. Era cierto, parecía que daban besos, pero en realidad mordían. La mujer hablaba de aquel estanque como un oasis improbable entre tanta arquitectura moldeando el pensamiento sobre 18 de julio. Estaba agradecida porque era consciente de que si no fuera por ese, su único contacto con la naturaleza, no tendría forma de conectar con estas criaturas. Decía que tenían personalidades, los distinguía, y parecía guardar una conexión híper profunda y hasta un poco indescifrable con ellos, hasta que de la nada preguntó:

- "¿Alguien sabe cómo se llaman estos peces?" -

- ¿Carpas? ¿Koi? - Le respondieron más de uno de los participantes.

- Ah, puede ser. - Y cortó desinteresadamente la conversación.

Al cabo de un rato la chica nos invitó a cerrar los ojos e imaginar un mundo colapsado. No un motivo de colapso, sino el escenario post apocalíptico que vendría después de cualquier tipo de desastre. Lo curioso fue que todos imaginaron, con pequeñas variaciones, la misma escena: volver a vivir en comunidad, consiguiendo el propio alimento, en una especie de regresión en el tiempo hacia el Neolítico pero con otro intelecto diferente al de ese período de la historia. Todos coincidimos en que conservábamos nuestros conocimientos como sociedad, pero por alguna razón, nadie siquiera insinuó intentar reconstruir algo que se asemeje a un celular.

En la explanada de la Facultad ahora había un cartel desplegado que al entrar no estaba: "luchás por venir"

El recorrido siguió, y más adelante, en la parada del ómnibus, una mujer intentó evitar un encuentro con su ex pareja (orquestado por él) simulando que el grupo eran sus amigos y tenían planes. Él reclamaba por su hijo, ella parecía asustada y quería zafar. Una escena de acoso perfectamente equilibrada con un reclamo desesperado de paternidad. Unos transeúntes murmuraron: “¿Otra vez el mismo loco?”. Ya habían visto la escena. Nadie intervino. ¿Sabrían que es parte de una obra? ¿Importaba? Quedaba claro que la ciudad no necesita teatro para ser teatro, y somos los espectadores los que elegimos la rígida y cómoda distancia de la butaca.

teatro comedia nacional Atentado sala verdi

En el último tramo y después de un viaje en ómnibus auspiciado por Cerati, la del mameluco casi que iba bailando, como si ya se estuviera contagiando de lo que estaba pasando sobre el escenario de la Sala Verdi.

Con el perdón de los eruditos

Pasé el código de la entrada y me invitaron a tirarme las cartas. Entré a la sala y no tenía número de asiento. Me senté a ver la función y no comenzaba, o ya estaba empezada, o desde las 18.50 horas que estaba sucediendo. La segunda parte de Atentado es ir a ver en qué consta la inspiración creativa, donde el desorden, la música, la libertad y la sensualidad conviven en una obra que es en realidad un ensayo.

No tiene dinámica. O ser libre es la dinámica. Como espectador podes ver, pararte, bailar, cantar, gritar y hasta subir al escenario. Sobre él, el elenco completo, es decir, los actores de los ocho recorridos hacían... algo. Cosas similares a lo que varios de nosotros seguramente hagamos entre las cuatro paredes del baño de casa, champú en mano o antes de entrar a la ducha, ordenándole a Alexa subir el volumen.

"El baile es la nueva asamblea" se alcanzaba a leer en el texto que corría en una pequeña pantalla. Un muchacho que había aparecido en el escenario dando latigazos al aire con un abanico, defendiendo que no se nace siendo hombre ni mujer sino que es un constructo, se definió: "¡yo soy esto!", y como si no pudiera ponerlo en palabras, soltó un vogue frenético y amateur.

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De Shakespeare no queda nada. Transgredirlo, atentar contra él, cuyas obras terminan reafirmando la necesidad del masculino para la resolución del conflicto —y refleja los prejuicios patriarcales de la época— es el propósito, según explica una actriz en escena, "con el perdón de los eruditos". No lo necesitan (a Shakespeare). No necesitan a ningún varón, esa es la ley primera. Pero, ¿qué es transgredir cuando la transgresión empieza a tener reglas?

Movimientos casi tántricos, energía desbordada desde los palcos. Gente bailando de ojos cerrados, perreando sobre las butacas o desde el suelo. Charly García, A-ha, algo muy parecido a lo que provocan esas fiestas en la calle organizadas por bares o estudiantes universitarios.

No era teatro para todo el mundo, era teatro para esos que se sienten libres, liberados; para esa comunidad que busca romper con los mandatos y que, para reinventarse, sin quererlo, impone uno nuevo. La sala no era un espacio cómodo para los pacatos que no vibraban en esa sintonía, como si no pudiera existir una manera moderada de habitar el mundo sin que eso signifique ser hermético. Te hacían sentir extrañamente observado, incómodo, cuando desde el lado animado de la vida no los intimidaba la mirada ajena.

Lo queer (afortunadamente) es parte de la normalidad moderna. Pero en este gesto hermoso de abrir el juego, de validar todas las formas posibles de ser, apareció una nueva presión silenciosa: la de tener que romper siempre todos los esquemas para poder encajar y verse feliz. ¿La extravagancia es la nueva obediencia? A veces lo más disruptivo también puede ser no tener nada que demostrar. Esa fue la última anotación de mi block y el motivo del brindis con cerveza de esa noche.

Miércoles, jueves, viernes y sábados a las 19 horas, hasta el 29 de noviembre. Ver puntos de encuentro y recorridos acá. Entradas entre 300 y 500 pesos por Tickantel.

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