¿Te pasó alguna vez que mientras ves una película te vienen unas ganas irrefrenables de intervenir para decirle algo a un personaje? Me pasó mirando Padre, madre, hermano, hermana, de Jim Jarmusch (está en el cine). La película se compone de tres historias independientes que retratan esos vínculos. Voy a hablar solo de la segunda, porque es la que viene a cuento. Charlotte Rampling es Mother, nunca sabemos su nombre; Cate Blanchett es Timothea, la correcta y obediente hija mayor; y Vicky Krieps es Lilith, la menor, la oveja descarriada. Mother las invitó a tomar el té en su idílica casa de Dublín. Nos enteramos por una charla que tiene por teléfono con su psicóloga, mientras espera a “las chicas”, de que la cita es anual; y nos damos cuenta de que esta madre cuida más las formas que el contenido por la manera en que acomoda cada pieza de vajilla pintada a mano en la mesa, equidistante de aquello, perpendicular a esto.
Faltan besos y sobran miradas críticas al recibir a las hijas, que se sientan a la mesa con ceremonia. Unas flores demasiado grandes en el centro les impiden verse. De más está aclarar que todo lo que se hablará en esa mesa será superficial, y muchas veces ni siquiera cierto. En esa escena entendemos que la hija mayor ha hecho todo por agradar a su madre, y la menor se ha inventado una vida que le agrade a su madre.
Una cosa que un vínculo madre-hija/o no debería tener jamás es solemnidad. Eso pensé cuando apagué el televisor. La solemnidad, con toda su pompa y distancia, es inherentemente contradictoria a la maternidad. Y qué desperdicio. Qué desperdicio perderse la oportunidad de ser cómplice e incorrecta con los hijos, de ser caótica y un poco desordenada. Porque la casa siempre se puede ordenar después.
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Padre, madre, hermano, hermana.
Soy Patricia Mántaras, periodista y editora de Galería. A pocas semanas del Día de la Madre, te propongo algunas películas con una mirada más compinche de la maternidad. Porque estoy convencida de que complicidad no es indulgencia. A veces, complicidad es compromiso, probarse los zapatos de los hijos para entender dónde duelen. Entender qué los hace llorar (la adolescencia presenta grandes desafíos en este menester) y qué los hace reír. Y reírte con ellos. Y dejar entrar un poco el caos.
¡Me olvidaba! Como siempre, si tenés algún comentario o sugerencia, podés enviármelo a [email protected]. Estaré encantada de leerte y responderte.
Cantar las penas
Mientras escribo esto suena en mi cabeza How Do You Solve a Problem Like Maria?, de La novicia rebelde (está en Disney+). Las monjas la describen en la canción “como una nube que en el viento va”, “un huracán, un rayo fugaz”; “inconsciente” e ”impuntual”. Entienden que el convento no es para ella, así que la envían como institutriz a casa del recientemente viudo capitán Von Trapp. No la tiene fácil, los siete hijos están decididos a deshacerse de Froilan María como ya han hecho con varias institutrices anteriores. Pero ella es inmune a las trampas de los niños y son ellos quienes terminan dándose cuenta de que María es justo lo que necesitan cuando les cambia sus ropas grises por shorts y vestidos hechos con cortinas floreadas, les enseña las notas musicales y los recibe a todos en su cama una noche de tormenta para hablar y cantar de sus “cosas favoritas”. A pura guerra de almohadas es como el huracán María barre con la solemnidad de la familia Von Trapp.
Susan Sarandon es una de mis madres favoritas del cine porque ha interpretado a todo tipo de madres. Esta, en particular, es una madraza. En Quédate a mi lado (está en HBO Max) le toca aceptar en su esquema familiar a una competidora directa, ahora que su ex (Ed Harris), el padre de sus hijos, está en pareja con Isabel (Julia Roberts), una mujer que nunca imaginó que sería madre, pero terminó siendo madrastra. Un poco para competir con Isabel, más joven, más descontracturada, y otro poco por circunstancias de la vida (cuando la veas, si no la viste, vas a entender), Jackie (Sarandon) abre la puerta a la improvisación y termina en un karaoke improvisado de Ain’t No Mountain High Enough. Ya era una madre espectacular, pero al final siempre me conmueve su gran generosidad. No hagas caso si ves una mala crítica, mirala en una tarde de lluvia que estés bien de ánimo y tengas helado en el freezer.
El corazón fuera del cuerpo
Hace muy poco vi ¿Estás ahí, Dios? Soy yo, Margaret (está en Netflix); está basada en la novela juvenil exitosa de Judy Blume. Me gustó mucho, pero aun así me sorprendió que la crítica le diera un puntaje casi perfecto. Es otra clásica película coming of age. Margaret es una niña de 11 años que se muda de Nueva York a Nueva Jersey con sus padres. En esa edad tan compleja debe acostumbrarse a un nuevo colegio, nuevos amigos, a usar corpiño y estar lejos de su adorable y temperamental abuela Sylvia (Kathy Bates). Abuelas, el espécimen más naturalmente parecido a una madre desfachatada y enamorada de un hijo (solo que ahora son nietos) que puede encontrarse en la Tierra. Tal vez porque ya aprendieron que la solemnidad no lleva a muchos sitios cuando se trata de acompañar y ayudar a crecer. Y que el sentido de algunas reglas está en romperlas cada tanto. Para eso, Sylvia está mandada a hacer.
Margaret atraviesa ese proceso de autodescubrimiento —en el que la vida pone a los preadolescentes con pocas herramientas y muchos miedos— con un agregado existencial: el religioso. Su madre (Rachel McAdams), una artista que ha dejado su trabajo de profesora para estar más en casa, es cristiana; y su padre, un hombre bonachón y trabajador, es judío. Ambos han decidido dejar las creencias de la niña libradas a su propio criterio. La religión y la fe son un tema central en la película y el vínculo entre Margaret y su madre es muy delicado en el buen sentido de la palabra. Es evidente que ambas transitan cambios y es inspirador cómo, pese a las complejidades de la preadolescencia, esta madre amorosa y poco convencional apoya a su hija con ternura y contención, pero también con mucha libertad.
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¿Estas ahí, Dios? Soy yo, Margaret.
A veces saltearse las formas nos acerca a los hijos; y algunas cosas solo pueden vivirse y sentirse estando cerca. “Creo que andar con el corazón roto es un modo tremendo de aprender sobre el mundo”. Esto se lo dice una madre soltera, Dorothea (interpretada por Annette Bening), a su hijo quinceañero, Jamie, en la película 20th Century Women (nominada al Oscar a Mejor guion, no la encontré en plataformas). Transcurre a fines de los 70 y es un precioso retrato de cómo las madres de hijos adolescentes crecen con ellos. El vínculo es muy peculiar porque esta es una madre que autoriza a su hijo a faltar al colegio cuando “legítimamente” no quiere ir, que le quiso crear una cuenta bancaria de niño porque no era “media persona”, tenía “voluntad, autonomía y privacidad” y necesitaba su propia cuenta.
Como si con Dorothea no fuera suficiente, a la crianza se suman otras figuras femeninas, porque madre e hijo viven en una casa muy amplia en California y alquilan dos habitaciones. Una de ellas a una joven fotógrafa (Greta Gerwig), que le da al chico una mirada feminista del mundo. A la madre le cuesta la adolescencia de su hijo, la transición; se le nota y lo reconoce, pero en sus aciertos y sus errores, está.
—Tener un hijo parece lo más difícil —le dice el personaje de Greta en un momento.
—Sí, con lo mucho que amas al niño estás básicamente arruinada.
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Quedate con quien te mira como Annette Bening mira a su hijo en 20th Century Women.
Ese diálogo me trajo a la memoria una cita que leí hace tiempo; se le atribuye a una escritora, Elizabeth Stone: “Tomar la decisión de tener un hijo es trascendental. Es decidir para siempre que tu corazón ande por fuera de tu cuerpo”. Lo encuentro tan cierto.
Hay madres que le ponen el cuerpo a desafíos extraordinarios. Si no viste Mommy, de Xavier Dolan, te la recomiendo. Ganó el Premio del Jurado en Cannes en 2014 y tiene una banda sonora muy pop y noventera que no esperaba en una película independiente. Transcurre en una Canadá ficticia en la que entró en vigor una ley que establece el “derecho moral” de padres de jóvenes con “problemas de comportamiento” en situaciones de “dificultad financiera, peligro físico y/o psicológico”, de ponerlos al cuidado del Estado. Steve tiene 16 años y trastorno por déficit de atención con hiperactividad (TDAH) severo, y su madre se resiste a internarlo. La convivencia es difícil, pero tiene sus momentos gloriosos, exquisitos. Porque cuando están bien, cuando Steve está bien, se parecen, madre e hijo; pero la armonía es de una fragilidad tan grande que uno pasa la película entera esperando el exabrupto que podría arruinarles la vida a ambos. La intervención de una vecina, que se suma a esta nada llevadera dupla desinteresadamente —pero también buscando sanar algo propio (que nunca se aclara)—, les inyecta una nueva esperanza.
No pude encontrarla en plataformas, pero les dejo esta escena, uno de los momentos más emocionantes de la película. En ese momento, con el amor de esas dos mujeres, cuando se expande la imagen se expande también el horizonte de Steve.
—Amar a la gente no la salva —le dice a esta madre una funcionaria del Estado, con relación a su hijo problemático.
—A los escépticos les demostraré lo contrario.
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Antes de que sigas con tus actividades de domingo me gustaría recomendarte la entrevista de Magdalena Cabrera a la psicóloga Lorena Estefanell, que habla justamente sobre las imperfecciones que se permite en la crianza. Y dos notas que tienen algo en común, la transmisión de historias: María Inés Fiordelmondo escribió sobre por qué es necesario el chisme y Milene Breito sobre el valor de la narración oral y el cuento hablado.