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Niña Lobo y su nuevo álbum 'Montevideo Despierta', que explora el arte de bajar un cambio

La banda indie uruguaya compuesta por mujeres frenó para escucharse y seguir siendo intensa sin gritar dentro de una escena en ebullición, mientras el mundo "está en la B"

Redactora de Galería

En octubre Niña Lobo editó Montevideo despierta, su tercer álbum de estudio, con 10 canciones que llevan la energía contenida de haberse tomado un largo tiempo de reflexión, lo que las hizo regresar con otra madurez y fuerza.

La banda formada por Camila Rodríguez en voz y guitarra, Camila Bustillo en guitarra, Isabel Palomeque en bajo, Cecilia Simón en percusión y Andrea Chane Pérez en teclados y sintetizadores se consolida —con referentes como Eté y los Problems o El Mató a un Policía Motorizado— como uno de los grupos más consistentes del indie uruguayo.

Su primer EP también llamado Niña Lobo (2019) que popularizó el arte de Melissa Donde, muy presente en el merchandising de la banda, dejó canciones como Balada, Casa deshabitada y Domingo, y marcó desde los comienzos la combinación entre íntimo, cotidiano y un sello generacional.

Esas canciones pasaron de salas pequeñas a escenarios bastante más grandes, con giras por Uruguay, Argentina, Chile, Colombia y España, presencia en festivales como Pilsen Rock, Montevideo Rock, Primavera Sound, GRL PWR y Cosquín Rock UY, apariciones en los Premios Graffiti, y momentos de alta exposición, como tocar en el Estadio Centenario como teloneras de No Te Va Gustar (NTVG), o compartir escenario durante el festejo de los 300 años de Montevideo en plaza Cagancha con Fernando Cabrera y los mismísimos Problems.

Una urgencia compartida por volver a conectar y mirar hacia adentro y hacia adelante al mismo tiempo las puso a trabajar en el nuevo material. Montevideo despierta comenzó a tomar forma en enero de 2024 y sus canciones fueron habitando distintos paisajes: rebotaron contra las paredes de una sala de ensayo en Ciudad Vieja, se escucharon en la intimidad de un alojamiento vacacional frente a una estufa a leña y se trabajaron de manera colectiva en un estudio de grabación en Cerro del Burro (Playa Hermosa) exactamente un año después, en enero de 2025. Ya para enero de 2026 el disco aparece como la recomendación del verano para cocinar con amigos en un balneario de Rocha o para matear durante los viajes en ruta.

Montevideo despierta llega en un momento de reafirmación más que de consagración de la banda, y como un gesto de continuidad. Un recordatorio de que para Niña Lobo seguir haciendo música también es una forma de elegir quedarse (¿sobrevivir?) un rato más en la escena.

Sobre Niña Lobo

Aunque el proyecto existe desde 2019, cuando editan su primer EP y empiezan a tocar en vivo, algunas historias vienen de antes. Son alrededor de siete años de tocar y viajar juntas, si se cuenta desde el momento en que comenzaron a ensayar antes de salir a los escenarios. “Grabamos los primeros temas antes de tocar en vivo”, recuerdan en conversación con Galería, y ese detalle las comienza a describir: primero apareció la necesidad de hacer canciones y después la de mostrarlas.

Chane y Camila Rodríguez eran amigas de la facultad, donde estudiaban Comunicación Audiovisual. Compartían gustos musicales, pero nunca habían tocado juntas. Hubo un primer intento anterior que no prosperó. El resto de los vínculos se armaron por afinidad sonora y Niña Lobo se fue encontrando “por capas”.

Eso coincidió con un momento particular de la escena regional: ellas también habían sido alcanzadas por la “oleada” de la música independiente argentina, como Él Mató..., Las Ligas Menores o 107 Faunos. Hoy, perciben que hay un “desborde” de bandas emergentes del Río de la Plata, con fechas todas las semanas, que inevitablemente empujan a la escena uruguaya. Lo ven reflejado en la cantidad de proyectos, pero sobre todo en la calidad de las producciones y en la sensación de que siempre está pasando algo.

En todo ese contexto, la pregunta de si siguen siendo o no una banda emergente queda sin respuesta, o la discusión que provoca es en sí misma la respuesta.

Desde su perspectiva, ser emergentes no tiene tanto que ver con la cantidad de años en escena, sino con el acceso real a ciertos espacios dentro de una industria muy estrecha. Si en casi cualquier país es difícil dejar de ser emergente, en Uruguay lo es todavía más, coinciden; son muy pocas las bandas que logran trascender ese título en comparación con tantas otras bien consolidadas, con trayectorias extensas y convocatorias masivas.

Se sienten más cómodas con adjetivos como independientes y autogestivas, pero reconocen que hoy acceden a oportunidades que una banda que recién empieza no tiene.

Al principio, “la inconsciencia del inicio” les jugaba a favor. No había expectativas de repercusión ni ansiedad por los resultados, pero cuando empezaron a pasar cosas —festivales, giras, escenarios más grandes— apareció la necesidad de sostener, de que vuelva a pasar.

niña lobo musica urugaya
Fotograma del videoclip de la canción homónima al nuevo disco, Montevideo Despierta.

Fotograma del videoclip de la canción homónima al nuevo disco, Montevideo Despierta.

Sacar un disco, hacerlo circular, lograr que repercuta, aceptar que a veces eso no ocurre de inmediato y, en ese tránsito (giras, premios, cambios de formación) poder administrar tanto la parte técnica y logística como la humana.

Aprender a manejarse como grupo, a tomar decisiones colectivas, a procesar golpes y frustraciones fue (es) la parte más compleja, cuentan. Lo demás se aprende con ensayo y error: “Te llaman de un festival y todavía no tenés un set armado, lo trabajás; no sale como esperabas, te pegás un palo y aprendés”. Esa lógica de avanzar aunque nunca estuviera todo resuelto fue su manera de crecer: “primero decimos que sí, eventualmente vemos cómo”.

Con el tiempo, la inconsciencia dio paso a la conciencia; de que hay expectativas, de que se construyó una historia y de que existe un recorrido, aunque no esté tan clara la meta. Ninguna de ellas vive de la música; todas tienen “el otro trabajo que da de comer”.

Ellas, mujeres músicas

Dentro de Niña Lobo los gustos musicales nunca fueron idénticos, pero eso estaba lejos de ser un problema. El cruce de recomendaciones fue clave para entender qué le resonaba a cada una e ir encontrando un punto en común. Así fueron construyendo una identidad propia que hoy las convence, y las referencias externas apenas las mantienen para el plano estético antes que para el sonoro.

Además de las ya mencionadas bandas de indie argentino, en su mapa de referencias conviven universos como el de Phil Collins y la banda canadiense Always, no tanto como citas directas sino como parte de una cultura musical bien amplia, melódica y sumamente emocional, que incide sutilmente en su manera de pensar las canciones.

Pero ni el gusto musical es algo rígido para ellas. La banda reconoce que las cosas casi nunca ocurrieron exactamente como estaban previstas. La naturaleza de su proyecto, dicen, es ese estado “medio inestable” de “somos esto, y no, y sí, y veremos”, “bastante parecido a la vida misma”.

En ese camino dubitativo desarrollaron un mantra: si algo no les cierra de verdad, no lo hacen, y cada vez que dicen que sí es porque realmente lo quieren. Una de sus mayores fortalezas es estar abiertas a aprender.

Comparten a modo de anécdota que en los ensayos previos a abrir el show de NTVG apareció Ernesto Tabárez (vocalista y líder de Eté y Los Problems) a señalarles que ellas no se estaban escuchando antes ni durante el momento de tocar. “Si no te escuchás la guitarra, subí el amplificador, ponelo arriba de una silla”, les dijo, junto con otras indicaciones más que les enseñaron que lo que funcionaba en una sala chica no necesariamente servía en un estadio.

“¿Sabés lo que valoramos que alguien con experiencia te marque cosas, te comparta saberes, te corra un poquito de la comodidad?”, subrayan, porque en la música —y especialmente siendo mujer— no siempre pasa así. Muchas veces la “ayuda” viene en formato condescendiente, como si necesitaran la explicación de hasta cómo doblar un cable. Y entre el consejo que suma y el mansplaining que sobra hay una línea fina, y ellas la conocen bien.

Entonces, la identidad de Niña Lobo no se reduce a un tipo de sonido o a una estética en particular, sino a una manera de pararse, con referencias que se mezclan, planes que cambian y una fuerte apuesta a lo colectivo, de parte de una banda que todavía se piensa en proceso.

Nuevo disco, nueva música uruguaya

Montevideo despierta empezó siendo una primera línea de una canción —“Montevideo despierta y ya me voy a dormir otra vez”—, pero que, como les pasó una vez con el nombre Niña Lobo (que lo eligieron simplemente porque sonaba bien), terminó abriendo un concepto entero.

Nina Lobo Montevideo Despierta

Montevideo era el contexto, el lugar en el que esa canción estaba siendo escrita, y “despierta” hacía referencia a algo que se activa, que pide abrirse. Podría interpretarse como un imperativo (“despertate”), pero ellas no lo vieron como una orden, sino como una constatación en presente, algo que pasa. “Fue una emoción que quiso salir, nada más, pero el disco nos enseñó que los significados se desprenden, se multiplican y ya no pertenecen del todo a quien los escribió”, razonan las chicas.

Para ellas, hay algo inherente al arte en esa deriva; “una canción puede nacer para algo y ser entendida para otra cosa”. No es un concepto dictado, es una emoción que encuentra forma. Y en Montevideo despierta esas emociones tienen una temporalidad bien marcada. Canciones que parecen habladas desde un momento específico de la vida, cuando hay una (“o varias”, aclaran entre risas) ficha que cae. La idea inicial, dicen, fue tratar de hacer un álbum que hablara del momento presente de cada una sin nombrarlo de forma obvia.

Cada canción es como “un instante sensible”, y el “personaje detrás del disco” —un ser humano demasiado humano al que ellas se refieren más de una vez sin mucho más detalle— se deja ver en “ese cansancio de ser siempre la víctima de su propia vida”.

Eso y “la autocrítica que roza lo neurótico” son problemas reales, problemas de ellas, que hoy cuentan que están protagonizando “el intento de tomar las riendas sin negar que las cosas duelen”. Recién ahí aparece la cuota de esperanza del álbum.

Montevideo despierta no tiene una canción “arriba” que “levante”, y eso fue acordado por la banda. “A quien escucha puede pasarle que espera el tema que explote y en realidad ese momento nunca llega”, advierten. Pero el disco no decepciona, simplemente decide otra cosa. Es introspectivo, reflexivo e intenso, no en velocidad ni ritmo.

En algún punto del proceso, cuentan, tuvieron que aceptar que era un disco que “te baja”, que aterriza, que “te acomoda emocionalmente”. La idea que ellas quisieron transmitir con las canciones es la noción de perspectiva; “como vos mirás las cosas es también como las cosas son”.

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El álbum surgió cuando sintieron que había mucho para decir, y la forma de grabación —10 días de retiro (“campamento de producción”) en el Cerro del Burro con un equipo que incluía amigos— terminó de sellar esa energía. Que no fueran solo ellas importaba: venían cansadas, y la interacción con otras personas fue un alivio y un empuje. Estar encerradas hablando entre ellas todo el tiempo les estaba pesando, por lo que cambiar de ambiente, de compañía y sumar voces fue parte de lo que necesitaban para volver a entusiasmarse.

En esos 10 días salió todo el disco. Muchas decisiones de arreglos y de “espacios” dentro de las canciones para cada instrumento ya estaban pensadas, lo que marcó una diferencia clara con el disco anterior, donde había más impulso y menos planificación. Ese contraste también habla de una banda que está madurando.

Desde que empezó el proyecto, dicen, casi nunca se tomaron más de un mes de descanso­. Montevideo despierta fue el resultado de haberse permitido esa pausa (dos años sin sacar material), y se nota. El disco resultó en una música que no busca dominar nada, sino dejar que ciertas cosas se manifiesten solas. Lo soltaron y dejaron que “el éter” también metiera mano. Y al final, Montevideo despierta cumple la función que las chicas querían: nombrar una emoción y dejar que el resto suceda. Que cada canción se convierta en un paisaje, en una escena, en sonido, en color, en interpretación, y que el disco sea “un disco para bajar un cambio pero seguir despiertos, para los que eligen no apagarse”.

Más seguridad y más gentileza

Las canciones de Niña Lobo, entonces, nacen de la intimidad. En medio del proceso de su nuevo disco cada una atravesaba (sus) momentos difíciles, y en ese clima aparecieron canciones como “un intento de mirar lo doloroso con un poco de paz”, cuentan.

Componen todas, cada una desde su lugar. Camila Rodríguez comparte que durante este último trabajo tuvo una revelación: si escucha música triste todo el tiempo, que es la que más ama, se va a sentir triste todo el tiempo. En esa contradicción de sentir amor por el bajón pero un constante deseo de luz se abrió su camino en este disco, que no niega lo oscuro sino que lo asume, “lo deja ser” y eso hace que “deje entrar un poquito más la esperanza”. “Este disco levanta el velo, se dejan ver los hilos y ver los hilos duele”.

Y parece que esa va a ser su nueva personalidad; la de “arrojar un poquito de luz” mientras se miran a sí mismas y aprenden a tratarse con amabilidad, aunque noten lo duro de su propia autocrítica, o la tendencia a victimizarse todo el tiempo, entre otras “emociones horribles que aparecen cuando dejás de tapar”. Eso libera, concluyen.

niña lobo musica uruguaya

Toda esta introspección de las chicas sucede mientras afuera “el mundo está en la B”, lo que también las condiciona. Se sienten “abrumadas por el mundo”; porque a lo largo y ancho del planeta pasan cosas “muy zarpadas” y en el medio están ellas intentando vender un disco. Pidiendo escucha, buscando atención.

Pero no buscan alimentar egos, dicen, sino apostar a la comunidad en esa sensación que, asumen, es de todos: “Lo hacemos para que vos lo escuches y te puedas identificar conmigo. Para compartir un rato de conexión, sentirse un poquito mejor, comprobar que no estamos solas”, cuentan.

Por eso la banda valora tanto el vivo, porque es “la forma más pura de catarsis”; “un momento comunal, y después sí, volvés a este mundo de mierda un poco más tranquila”, concluyen.

Niña Lobo creció y las niñas lobo también. Ahora todas se independizaron, trabajan más horas, escuchan a más gente y se dejan desafiar por el afuera, todavía aprendiendo a convivir con “el diagnóstico más crudo del presente musical”, según ellas: “para sostener un proyecto tenés que, aunque no lo elijas, ser algún tipo de influencer” y contar y mostrar todo. En eso no son expertas. Redes, seguidores, números, canjes —aunque agradecerían uno de cables, que “son carísimos y se pasan rompiendo”—; la transmisión de la vida en tiempo real. Antes se traducía en discos vendidos, ahora cualquiera entra a un perfil y ve “cuánto vale” un artista. Con eso “el peligro de perder el foco está mucho más cerca”, observan. “Estamos en un mundo en el que está todo mezclado”.

Sin embargo, reconocen la contradicción: la democratización de grabar y distribuir música también hizo posible que existan proyectos como el suyo, así que tienen que convivir con eso.

Pero el panorama no tan óptimo las ayuda a aclarar su norte: “ya sabemos lo que tenemos que hacer”, dicen: música. Después, “que el mundo haga lo que quiera con eso”.