El 5 de julio de 1975, en el césped principal de Wimbledon, el principal templo del deporte blanco, un hombre negro ganaba el más prestigioso torneo de Grand Slam por primera y última vez. Ashe, a cinco días de cumplir 32 años, ubicado en el puesto 6 del ranking de la Asociación de Tenistas Profesionales (ATP), jugaba un partido perfecto, derrotando por 6-1, 6-1, 5-7 y 6-4 a Jimmy Connors. Este, también estadounidense, era el vigente campeón, el número 1 del mundo y el claro favorito, pura potencia de 22 años, además de haber llegado a esa final sin perder un set. Sin embargo, Ashe venció con una contundencia inesperada para la crítica, pisando fuerte desde el inicio, arrasando en el primer set y culminando con una volea contundente en el último game.
Antes que Ashe, Althea Gibson, también afrodescendiente, también estadounidense, había ganado Wimbledon en 1957 y 1958 en la competencia femenina. Luego de él, las hermanas Williams, Venus y Serena, vencieron 12 veces en el All England Club. Pero es tristemente sabido en este mundo con barreras no solo raciales, sino también de género: el mundo del deporte tomó la victoria de este hombre como el punto de inflexión, hace 50 años.
Conciencia racial en el tenis
Samuel Ashe, que entre 1795 y 1798 fue el noveno gobernador del estado de Carolina del Norte, era un esclavista. Como tal, le impuso su apellido a unos esclavos de su propiedad. Se calcula que ese fue el origen familiar del tenista, que nació en Richmond, Virginia, el 10 de julio de 1943. Si bien su padre —un estricto funcionario policial que debió también hacer de madre cuando ella falleció tampranamente en 1950— lo desalentó a jugar fútbol americano debido a que lo veía demasiado enjuto, desde chico Arthur era buen deportista. Al menos así lo demostraba en la plaza pública del Brookfield Park de su ciudad natal, uno de los pocos lugares de esparcimiento habilitados para negros. Pronto se vio que tenía talento natural para el tenis.
Ashe no provino de la miseria. Se graduó en Administración de Empresas en la Universidad de California (UCLA), donde fue beneficiado con una beca, y obtuvo buenas calificaciones durante su servicio militar en West Point. A diferencia de otros activistas por la causa racial, jamás renegó de su país (motivo por el cual no faltaron voces que lo calificaran de tibio). Sin embargo, muy pronto quedó claro que iba a trascender más allá de los courts.
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La histórica victoria de Arthur Ashe ante Jimmy Connors en Londres
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Fue el primer afrodescendiente en ser parte del equipo de Estados Unidos y disputar la Copa Davis, en 1963. También fue el pionero de los suyos en ganar el Abierto de Estados Unidos, el primero de la era “open”, en 1968, todavía en Forest Hills. En 1970 venció en el Abierto de Australia. Cinco años después, cuando muchos ya lo creían acabado, y ante el adversario más difícil que por entonces pudiera imaginarse (a nivel personal no se querían nada) lograría su victoria más sonada.
Quizá lo más grande de Ashe se dio fuera de las canchas. No deja de ser paradójico que no quisiera ser parte del Proyecto Olímpico por los Derechos Humanos (OPHR, por la sigla en inglés) que el sociólogo Harry Edwards impulsó entre los atletas negros para apuntalar la lucha por los derechos civiles. Este fue el movimiento detrás del Black Power que se hizo visible en los Juegos Olímpicos de México 1968. “Yo soy un deportista individual y amateur, no como los jugadores de baloncesto o los mismos atletas, y el tenis no es ni siquiera oficial en los Juegos Olímpicos, al tratarse de un deporte amateur que va en el programa de exhibición”, se excusó entonces, pese a que se dijo afín a la ideología del OPHR. Eso hizo que muchos lo vieran más cerca de George Foreman agitando una banderita estadounidense al ganar el oro en boxeo que de Tommie Smith y John Carlos levantando sus puños enguantados en el podio de los 200 metros llanos en esa misma competencia. Pero a partir de ahí todo cambió.
Ashe fue uno de los más célebres activistas contra el apartheid en Sudáfrica. Comenzó en 1969, cuando la gente apenas miraba al extremo sur de África, cuando por el color de su piel le negaron la entrada a ese país para disputar un torneo. Esa negativa fue utilizada como un catalizador para sus denuncias sobre el régimen, que le valieron a Sudáfrica el aislamiento internacional en varios deportes. Más adelante en el tiempo, presidió el grupo Atletas y Artistas contra el Apartheid que conformó el músico Harry Belafonte en los años 80. Una de las medallas que más se colgaba fue el arresto que sufrió en una manifestación en 1985 frente a la embajada en esa nación africana. También sería arrestado por otro mitin en 1992, pero frente a la Casa Blanca y en protesta por el trato que se les daba a los inmigrantes haitianos.
A pesar suyo, su imagen como símbolo se acrecentó más a causa de una cruel enfermedad.
Conciencia sobre el sida
El actor Rock Hudson y el músico Freddie Mercury ya habían fallecido a causa del sida cuando Ashe hizo público, el 8 de abril de 1992, que también estaba infectado. Lo hizo en una conferencia de prensa acompañado por su esposa, en momentos en que esa enfermedad todavía estaba asociada a la homosexualidad. Lo hizo también para evitar un ensañamiento: el diario USA Today lo había contactado para decirle que tenían esa información y la pensaban publicar.
De alguna forma, como había hecho antes para luchar contra el racismo, Ashe logró quitarle el estigma a esa enfermedad. Se volvió un activista para el acceso a medicamentos, como el AZT, que comenzaban a mostrarse efectivos en mantenerla a raya; pero no solo eran costosos, sino que las trabas burocráticas amenazaban con hacerlos inalcanzables. “No me gusta ser la personificación de un problema, y mucho menos de un problema que involucra una enfermedad mortal, pero sé que debo aprovechar estas oportunidades para difundir el mensaje”, escribió en sus memorias, Days of Grace.
Creó la Fundación Arthur Ashe para la Derrota del SIDA, que, según publicó CNN, prometió destinar el 50% de su financiación a personas fuera de Estados Unidos que luchan contra esta enfermedad, antes de fallecer el 6 de febrero de 1993 por una complicación respiratoria a causa de esta patología.
El mayor estadio dedicado al tenis del mundo, donde hoy se juegan los partidos decisivos del Abierto de Estados Unidos, en Flushing Meadows, Nueva York, con capacidad para casi 24.000 personas sentadas, tiene su nombre.
El 10 de julio de 1996, se inauguró un monumento en su honor en su ciudad natal. Esta ciudad había sido clave para los Estados Confederados en la Guerra Civil de Estados Unidos, y la calle en la que se erigió su estatua, la avenida Monument, solo conmemoraba a los héroes de los estados sureños segregacionistas. Según la página web de Artur Ashe, él de niño nunca había podido siquiera pisar ese lugar.
Otros deportistas negros que cambiaron la historia
Jack Johnson (1878-1946)
Antes que Joe Louis, Muhammad Alí o Mike Tyson estuvo él, el Gigante de Galveston, Estados Unidos. El primero de los suyos en ser campeón del mundo de boxeo de peso completo. También fue uno de los pioneros en mantener la distancia con su rival, lo que le permitía aprovechar una distracción y meter la piña justa. Luego de que le cerraran muchas puertas (no se podía admitir que un blanco besara la lona por un negro) logró el título en 1908. Tamaño triunfo no hizo sino aumentar las muestras de racismo, incluso fomentadas por la prensa. Murió en Raleigh atropellado por un auto; se dice que salía atribulado de un bar en el que se habían negado a servirle.
José Leandro Andrade (1901-1957)
Considerada la primera estrella global de fútbol del mundo, apodada la Maravilla Negra en los Juegos Olímpicos de París en 1924, fue uno de los mayores aportes uruguayos al deporte universal. Campeón de todo con la Celeste, la leyenda dice que también arrasaba con las mujeres en otros campos menos deportivos. Figura también del carnaval y de la bohemia, murió en la pobreza. Luego de él vinieron otras estrellas negras en el deporte más popular de todos, con Pelé en primerísimo primer plano.
Jesse Owens (1913-1980)
Ganar cuatro medallas de oro, incluyendo la de los 100 metros llanos, en la cara del mismísimo Adolf Hitler, en los Juegos Olímpicos de Berlín 1936, ya alcanza para elevarlo a la estatura de mito. El evento que debía suponer la supremacía de la raza aria a los ojos del mundo en cambio mostraba a este atleta estadounidense como la principal figura. Hay mucho de mito en cuál fue el verdadero trato del Führer hacia él, todavía se duda si lo ninguneó o si lo llegó a saludar. De todas formas, hay algo que la historia oficial no ha ocultado: en Alemania pudo alojarse en el hotel que quiso, en Estados Unidos solo podía hacerlo en establecimientos segregados o autorizados. Detrás de él llegaron los Carl Lewis y los Usain Bolt.
Bill Russell (1934-2022)
A su abuelo, el Ku-Klux-Klan lo corrió a balazos. A su padre, no lo atendían en los comercios hasta que el último cliente blanco se fuera satisfecho. Él fue la primera estrella negra de la NBA, en épocas en que todavía había más blancos en los quintetos. Ganó 11 títulos con los Boston Celtics. También fue un activista de los derechos civiles, caminó junto a Martin Luther King y boicoteó a un hotel en el que se alojaba el equipo y que se había negado a servir a dos compañeros afroamericanos. Luego de él vinieron todos los demás.
Simone Manuel (1996)
Luego de vencer prejuicios y racismo, los afrodescendientes comenzaron a destacarse en todos los deportes. Sin embargo, aun con todos sus logros, la natación parecía ser una barrera infranqueable. Eso hasta que apareció esta ciudadana de Texas, estado conservador si los hay, y ganó el oro en 100 metros libres en los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro 2016. Fue la primera de siete medallas olímpicas. Hoy aboga por una inclusión total en el deporte, algo que todavía no ha culminado.
Simone Biles (1997)
Es muy difícil decir quién es el principal deportista del mundo, el mejor, el más famoso o el más premiado. Pero de cualquier forma, esta gimnasta artística estadounidense sería una seria candidata. Haber ganado más de cuarenta medallas olímpicas y mundiales, ser la cara de varias marcas y una celebridad en Instagram —además de haber generado conciencia sobre la salud mental en el deporte de elite y el abuso sexual— hizo de ella uno de los nombres más conocidos del mundo. Hasta su estrellato, la gimnasta más conocida de todos los tiempos era la rumana Nadia Comaneci.