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    ‘El puente donde habitan las mariposas’, la neurociencia y el poder de la respiración en un libro de la española Nazareth Castellanos

    Lo que el cuerpo sabe y el cerebro todavía ignora: el libro promete neurociencia accesible y respira en zonas que la divulgación científica rara vez se atreve a visitar: la intimidad, la voluntad, la ternura, la humildad

    Colaborador en la sección de Cultura

    En 1951, Alemania era un montón de escombros. Millones de personas desplazadas, ciudades irreconocibles, un país entero preguntándose cómo empezar de nuevo. Ese verano, en la ciudad de Darmstadt, en el marco del coloquio El Hombre y el Espacio, le pidieron al filósofo Martin Heidegger que diera una conferencia sobre reconstrucción urbanística. Lo que hizo fue leer un ensayo titulado Construir, habitar, pensar, donde afirmaba que, antes de levantar paredes, primero hay que entender qué significa habitar.

    Más de setenta años después, la neurocientífica española Nazareth Castellanos leyó aquel ensayo y vio en él algo más. “Lo que se ha considerado como un ensayo filosófico sobre urbanismo, que lo es, para mí se convirtió en un ensayo sobre la plasticidad cerebral que me ayudaba a comprender lo que estudiaba en el laboratorio”, escribe en El puente donde habitan las mariposas(Siruela, 2025), un libro que traduce aquellos tres verbos presentados por Heidegger al lenguaje de la neurociencia y los convierte en una estructura para hablar de la salud mental.

    La operación es tan ambiciosa como suena. Construir remite a la plasticidad cerebral, a la capacidad del cerebro de reorganizarse, de desplazar conexiones, de aprender a cualquier edad si uno se lo propone. Habitar es la experiencia consciente de la respiración, el ancla al momento presente, la atención plena. Pensar es lo que se hace con el diálogo interior, con esa voz insistente, familiar, que va en el asiento del acompañante o que se instala en la azotea sin pedir permiso, las fluctuantes interpretaciones de mapas que ni siquiera son el territorio.

    Castellanos es licenciada en Física Teórica y doctora en Neurociencia por la Universidad Autónoma de Madrid. Es directora de investigación del laboratorio Nirakara y de la cátedra extraordinaria de Mindfulness y Ciencias Cognitivas de la Universidad Complutense de Madrid. Su investigación se centra en la interacción entre el cerebro y otros órganos del cuerpo, así como en los mecanismos biológicos de la meditación. Mide simultáneamente campos magnéticos cerebrales, campos eléctricos del corazón, el estómago y el intestino, junto con la presión del aire en cada fosa nasal. Es también autora de otros dos libros, El espejo del cerebro (2021) y el indispensable Neurociencia del cuerpo (2022). El puente donde habitan las mariposas es su obra más personal.

    Construir-habitar-Pensar

    El impacto de la respiración

    Precisamente, una crisis personal, que ella define como una tormenta, sacudió los cimientos de su estabilidad emocional cuando se encontraba estudiando en Londres. La mujer que acumulaba títulos, se pasaba el día investigando el cerebro y era capaz de manejar una máquina de superconductividad cuántica con la familiaridad con la que otras personas usan el microondas, se encontró con que no sabía qué hacer con sus emociones, sus pensamientos, con ella misma. Esto la condujo a explorar otras formas de conocimiento para aprender sobre su propia mente. “Una tormenta me enseñó que es posible estudiar de otra forma. Que el conocimiento, por muy técnico que sea, puede ser también una fuente de sabiduría. Y fue entonces cuando recomencé a estudiar la neurociencia desde la mirada de quien busca comprender más que aprender”. Durante ese período de crisis, empezó a buscar respuestas en la meditación, lo que la condujo a investigar científicamente el impacto de la respiración sobre la dinámica neuronal, campo al que ha dedicado la última década de su carrera, desde que se unió al Instituto Nirakara.

    “En 2015 comencé a estudiar la neurociencia de la meditación y la interacción entre el cerebro y el resto de los órganos del cuerpo”, cuenta. “Después de más de una década analizando cómo la demencia y otros golpes a la psique destruyen el cerebro, decidí que era el momento de estudiar cómo podemos construirlo”.

    En su trabajo, Castellanos invierte la dirección habitual de la investigación neurocientífica. Lo usual es estudiar cómo el cerebro afecta al cuerpo, sin embargo, ella documenta lo que sucede en sentido contrario: cómo el cuerpo, y en particular la respiración, envía señales ascendentes que sincronizan la actividad neuronal y modulan la cognición y la emoción. La inhalación activa el bulbo olfativo que transmite la señal al locus coeruleus —un pequeño grupo de neuronas que produce noradrenalina, sustancia que regula la atención, la memoria y el estado de alerta— y desde allí la información se redistribuye al resto del cerebro. “Cuando esta excitabilidad neuronal provocada por la inspiración está ausente o es pobre, nuestros recursos cognitivos estarían mermados”, explica. La exhalación, en cambio, se asocia a procesos emocionales: el procesamiento del dolor, la ansiedad, la capacidad de sobresalto.

    Hay un hallazgo que resulta particularmente notable: la apnea natural que ocurre después de exhalar, ese espacio entre una espiración y la siguiente inhalación, contiene información clínica sobre el estado de ánimo que nunca antes se había examinado con cuidado. Las personas con peores índices de bienestar presentan apneas más prolongadas. La irregularidad en su duración se relaciona con mayor vulnerabilidad psiquiátrica. El mecanismo que subyace es la “apnea impulsada por la amígdala”: a peor estado anímico, mayor actividad amigdalina, mayor demora en iniciar una nueva inspiración.

    Apoyándose en el modelo de Barrett y Simmons —que sostiene que el cerebro funciona como un sistema predictivo que necesita anticipar la información visceral—, Castellanos propone que una respiración regular le permite al cerebro predecir con facilidad cuándo llegará el próximo impulso, lo cual genera estabilidad; una respiración irregular viola ese principio y produce alarma y estrés. De ahí que las técnicas respiratorias funcionen: establecer un orden en el patrón respiratorio es devolver al cerebro la capacidad de predecir, y con ella, mantenerlo mansito. “Cada segundo cuenta, la relación entre el cerebro y la respiración es continua y detallada”.

    Escultor del propio cerebro

    La arquitectura de El puente donde habitan las mariposas es elegante y muy precisa. “Todo hombre puede ser, si se lo propone, escultor de su propio cerebro”, es la frase que vertebra todo el libro. La dijo Santiago Ramón y Cajal, padre de la neurociencia moderna, y Castellanos dedica una buena cantidad de páginas a explorarla, haciendo énfasis en el “si se lo propone”. El cerebro puede reorganizarse, sí, los puentes pueden desplazarse, sí, pero nada de eso ocurre sin la voluntad, sin la intención, sin lo que la autora llama “decidir queriendo”, una expresión que encontró en su propia historia al elegir en 2002, frente a su primer artículo científico, qué apellido usar para firmar sus artículos el resto de su vida.

    El ensayo también funciona como una suerte de manifiesto de la biosofía, concepto acuñado por Castellanos, que define como la forma de extraer sabiduría del conocimiento científico y biológico, la unión indisoluble de saberes que permite a cualquiera, sea científico o no, ser el “escultor de su propio cerebro”. La intención es desmantelar la idea de la muralla entre ciencias y humanidades, y propone rescatar la neurociencia de la “tercera persona”, que estudia el cerebro como un objeto prácticamente ajeno, para transitar hacia una ciencia en primera persona, donde el investigador se convierte en el objeto de su propio estudio.

    El capítulo sobre herencia basada en estudios de epigenética transgeneracional, campo que estudia cómo las experiencias de los ancestros dejan marcas químicas en los cromosomas y se transmiten a las generaciones siguientes, es sencillamente asombroso, pero puede resultar perturbador.

    Abre una puerta baja para que uno deba inclinarse e ingresar con humildad a la realidad de la interdependencia. Se trata de reconocer que no somos solo el resultado de lo que hemos vivido, sino también de lo que vivieron otros antes de nosotros, sin nuestro consentimiento, y que somos la semilla de lo que vivirán las próximas generaciones.

    Pasada la mitad del libro, la autora se permite una pirueta bastante arriesgada, el Epistolario de la respiración, un capítulo compuesto enteramente de cinco cartas imaginadas entre Heidegger y Hannah Arendt, su alumna y amante, en las que Castellanos pone en boca del filósofo, un tipo que apoyó al nazismo y que, sin embargo, amó a una mujer judía, las instrucciones para contemplar la propia respiración. Instrucciones para descalzarse y sentir el suelo, para abandonar la idea de control, el aferramiento al ego (que no es bueno ni malo, es una construcción, una autoimagen que cambia con el tiempo), para permitir que la gravedad sea la guía, para dejar caer los hombros y respetar la apnea.

    El libro es, en sí mismo, un puente. Por él transitan, además de Ramón y Cajal y Arendt, George Steiner, quien definió a Heidegger como “el más grande de los pensadores y el más pequeño de los hombres”, Ortega y Gasset, Spinoza, Einstein, Schrödinger y Kalina Christoff, cuyo concepto de “montaña del pensamiento” explica cómo la mente alterna entre el pensamiento dirigido y el automático. También Francisco Varela, pionero de la neurofenomenología y defensor de integrar la meditación en la investigación académica, y hasta Haruki Murakami, de quien Castellanos extrae un fragmento de Kafka en la orilla para iluminar un hallazgo propio y enlazarlo, justamente, con Ramón y Cajal, el referente absoluto de Castellanos.

    El título del libro, de hecho, es un homenaje a su referente. Las mariposas son las neuronas. Así las llamaba el médico aragonés: “Las misteriosas mariposas del alma, cuyo batir de alas quién sabe si algún día esclarecerá los secretos de la vida mental”. El puente es la sinapsis, el espacio entre neuronas donde ocurre todo porque, en pocas palabras, la plasticidad no sucede en la neurona sino en ese intersticio. El puente es un lugar, sentenciaba Heidegger. No un objeto que une dos orillas, sino un lugar en sí mismo. Lo que importa no es la neurona sino la conexión, no es la persona sino el encuentro, no es el cerebro, sino lo que el cerebro hace cuando presta atención.

    Este puente también se conecta con otro libro indispensable, Cerebro y meditación, de Matthieu Ricard y Wolf Singer. Ambos coinciden en desmontar el cliché que concibe a la práctica meditativa como una vía de escape o como una sesión de spa. La meditación es un entrenamiento cognitivo activo, no una relajación pasiva, un ejercicio que demanda esfuerzo, disciplina y repetición sostenida. Ricard y Singer discuten extensamente cómo emociones destructivas (ira, miedo, apego) “llenan todo nuestro paisaje mental” y cómo la meditación permite observarlas sin identificarse ni fundirse con ellas, debilitando su dominio. Se las ve pasar como nubes en el cielo, no se las invita a tomar el té.

    Castellanos ha escrito un libro que exige más de lo que promete. Promete neurociencia accesible y respira en zonas que la divulgación científica rara vez se atreve a visitar: la intimidad, la voluntad, la ternura, la humildad, sobre todo la humildad entendida como una forma de verse con claridad, considerando que se es parte de un todo y no el centro del mundo (no se trata de sentirse menos que los demás, sino de ver y sentir que se habita con los demás). No es un libro de autoayuda, no dice qué hacer ni en qué creer, muestra un camino recorrido, y presenta una herramienta para esculpir el cerebro, disponible en todo momento, en cualquier circunstancia, tan simple a veces que es muy fácil de olvidar: la respiración.

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