• Cotizaciones
    lunes 09 de febrero de 2026

    ¡Hola !

    En Búsqueda y Galería nos estamos renovando. Para mejorar tu experiencia te pedimos que actualices tus datos. Una vez que completes los datos, tu plan tendrá un precio promocional:
    $ Al año*
    En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] o contactarte por WhatsApp acá
    * Podés cancelar el plan en el momento que lo desees

    ¡Hola !

    En Búsqueda y Galería nos estamos renovando. Para mejorar tu experiencia te pedimos que actualices tus datos. Una vez que completes los datos, por los próximos tres meses tu plan tendrá un precio promocional:
    $ por 3 meses*
    En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] o contactarte por WhatsApp acá
    * A partir del cuarto mes por al mes. Podés cancelar el plan en el momento que lo desees
    stopper description + stopper description

    Tu aporte contribuye a la Búsqueda de la verdad

    Suscribite ahora y obtené acceso ilimitado a los contenidos de Búsqueda y Galería.

    Suscribite a Búsqueda
    DESDE

    UYU

    299

    /mes*

    * Podés cancelar el plan en el momento que lo desees

    ¡Hola !

    El venció tu suscripción de Búsqueda y Galería. Para poder continuar accediendo a los beneficios de tu plan es necesario que realices el pago de tu suscripción.
    En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] o contactarte por WhatsApp acá

    ‘Hijos de África’, de Roberto López Belloso

    Comunistas uruguayos por los reinos bantúes

    Al territorio que luego fue el Uruguay, los bantúes llegaron como esclavos. Varios siglos después, una brigada que llegó a tener poco más de 40 integrantes, casi ninguno de ellos descendientes de esos negros, trabajó en Angola para ayudar en la reconstrucción de un país rico y con una gran cultura, pero devastado por 400 años de despiadado colonialismo portugués y la guerra que comenzó luego de su salida.

    El periodista y poeta Roberto López Belloso era todavía un niño fernandino cuando el médico Agostinho Neto, primer presidente de la excolonia portuguesa, y el secretario del Partido Comunista del Uruguay, Rodney Arismendi, se juntaron en una fábrica de chocolates de Moscú y acordaron que algunos exiliados fueran a colaborar a ese país africano, en el marco de la Misión Civil Cubana. Arismendi, nacido en la frontera con Brasil, y Neto, formado en la metrópolis, en Coimbra y Lisboa, no habían tenido problema para entenderse, pero el aterrizaje de la idea no fue sencillo.

    Años después de que la brigada terminara su actuación en Angola, López, que trabajaba en el diario La Hora, conoció a Fernando Rama, psiquiatra y poeta que había vivido con su familia en Luanda. El joven periodista se interesó en esa historia de internacionalismo y comenzó a coleccionar información. El resultado de esa larga búsqueda y reflexión es un libro original y sorprendente en el que se combinan entrevistas a exbrigadistas y a sus hijos con la consulta de archivos, algunos de ellos desclasificados, para poner las cosas en contexto casi medio siglo después.

    Um povo em luta

    Carmen Decia, una de las brigadistas, ya había publicado un libro acerca de su experiencia africana. Como título eligió Uruguai um povo em luta, un eslogan con el que, en esa época, muchos angolanos identificaban a los uruguayos, porque además del trabajo de cada uno, tenían una audición con ese nombre en la única radio de Luanda, para difundir las actividades contra la dictadura en su país.

    “Van con pasaporte cubano. En un avión cubano. Pero no son cubanos. Son los primeros integrantes de la brigada de comunistas uruguayos en Angola. En este vuelo van 19. A lo largo de ocho años serán 43. Los 43 orientales”. Así comienza Hijos de África, el libro editado este mes por Fin de Siglo, donde el autor dialoga con 20 brigadistas y descendientes que cuentan sus vivencias: desde la construcción de una facultad de Medicina o Arquitectura hasta la experiencia de ser el único blanco entre un grupo de niños jugando en la vereda.

    La llegada siempre era un impacto debido al calor e ainda mais. “Había que caminar un montón de cuadras desde el avión, por la pista, y nosotros con la ropa de lana de Manos del Uruguay que nos había mandado la abuela”, contó uno de los hijos llegados de Europa.

    ¿Pero qué hacía un puñado de uruguayos en África junto a miles de cubanos? Para la mayoría se trató de “una continuidad de la lucha, una forma de asumir el exilio no como un refugio sino como una trinchera”, concluye el autor de la investigación, algo parecido con los que fueron a Nicaragua.

    “Generosidad. Esa palabra surge en todas las entrevistas. Cuando a uno de los hijos de los Rama-Sienra se le rompen los únicos zapatos que tiene, es una cubana la que le lleva de su casa otro par y se los regala, para que no siga yendo de ojotas a la escuela”, escribe López.

    Mónica Wodzislawski, una ingeniera de sistemas que no arribó desde La Habana, sino de su exilio en Hungría, se sumó cuando la brigada ya contaba con cierta experiencia en el país africano. Sin embargo, el primer impacto no fue por eso menos duro: “La llegada fue tremenda, yo estuve tres días con náuseas, creo que de la impresión. El calor, la cantidad de personas inválidas que veías en las calles, por la guerra o la polio. Quedé en estado de shock. Pero después se me pasó”.

    A pesar de ser trabajadora social, Decia también había quedado muy golpeada: “Yo es la primera vez que veo lo que es el hambre de verdad: niños pura barriga y hueso, con los ojos semicerrados y la mirada perdida, casi sin vida, niños negros con los cabellos de mota amarillenta o niños negros sin mota, con los cabellos lacios, niños mutilados”, escribió en 1980 a una amiga exiliada en Francia.

    En varios tramos del libro, López se detiene en el trabajo de Decia y su compañera Luz Díez, que educaron a jóvenes marginales, uno de ellos luego convertido en piloto.

    Pasar por Angola los marcó a todos. Los brigadistas que llegaron con sus hijos hicieron la experiencia de que estos concurrieran a escuelas cubanas, con hijos de militares y aprendieran algunos códigos muy diferentes, aunque también trataban de tener valores artiguistas, además del recuerdo de los panchos de La Pasiva y el dulce de leche. Otros, más grandes, también se integraron a liceos angolanos. Se mezclaron todo lo posible entre ellos, aunque la mayoría eran demasiado blancos para eso.

    El matrimonio formado por Maicland Pacho Nalerio y Teresa Derrégibus, que no eran militantes comunistas, dejó Francia en 1979 y se sumó a la brigada. Él era arquitecto e hizo una experiencia valiosa, al punto que una madrugada se encontró sin dormir en un hotel de Estocolmo dibujando una nueva versión de un proyecto para construir la facultad en Luanda, que iba a financiar el gobierno sueco.

    Uno de los brigadistas más queridos, Cacho Pisani, se hizo famoso por ser, durante un tiempo, el único panadero de Luanda. Otro fue dentista de los peces gordos.

    Juan Pedro Baggio, al que todos llamaban Bubby, trabajó en la energía. Integraba un grupo encargado de reparar las torres de tendido eléctrico que derribaban los de Unita, enemigos del gobierno apoyados desde la racista Sudáfrica. Para esa delicada tarea iba siempre acompañado al menos de una pistola Makarov y un fusil AK-47.

    Ninguno de los uruguayos resultó herido, a pesar de que a menudo iban a zonas de guerra, porque contaban con la protección local, cubana y soviética. Otro brigadista, Hermes Baisón, sin embargo, vestido de guayabera y diciendo que era policía, tuvo que tirar algunos tiros al aire para salvar a alguien que querían linchar, porque había cometido un pequeño delito.

    Socialismo y confusão

    Entre retazos de la riquísima experiencia de los brigadistas y sus hijos, el libro mecha contexto histórico. El lector tendrá así la posibilidad de vislumbrar lo que se estaba jugando entonces en África, incluyendo las diferencias en el terreno militar que existían entre cubanos y soviéticos. Para ilustrar eso, el libro ofrece fragmentos de memorandos, entonces secretos, entre Fidel y Raúl Castro con sus representantes en África.

    López recuerda que el periodista polaco Ryszard Kapuscinski sostenía que quien entiende la palabra confusão entiende a Angola. El autor dice esto con relación a una de las anécdotas más coloridas del racional Rama: el día que fue a negociar el casamiento de Cacho Pisani con sus futuros suegros angolanos y, como carta en la manga, terminó ofreciendo, a nombre de la brigada, una bomba de agua como dote.

    El libro no elude que la experiencia angolana, como la imaginaban entonces, fracasó. Que la caída del Muro de Berlín terminó también con la pretensión de construir el socialismo en Angola y otros países africanos. Después de la temprana muerte de Agostinho Neto debido al cáncer y de la vuelta a casa de las tropas cubanas, casi una década después, pero habiendo derrotado al bloque del apartheid sudafricano, simbolizado en la batalla de Cuito Cuanavale, el presidente José Eduardo dos Santos condujo a su país por un camino de desarrollo capitalista. Esa renuncia a los proyectos de la década de 1980 terminó enriqueciendo a su familia y lo hizo luego un discreto veraneante en Punta Ballena.

    López aborda en su trabajo, aunque no resuelve, la discusión acerca del papel del dirigente Esteban Valenti, que estaba a cargo de la brigada desde Roma. Recoge la versión de Valenti y deja planteada la posibilidad de que fuera acusado de intervenir en el negocio de los diamantes, una de las riquezas de Angola, como una difamación, porque tuvo fuertes discrepancias ideológicas con el sector más ortodoxo de los comunistas uruguayos.

    Más allá de diamantes y petróleo, asuntos en los que en general los uruguayos pasaron lejos, el libro contiene ricos testimonios de los protagonistas de la experiencia angolana, pero también del regreso al país, porque la mayoría volvió cuando se terminó la dictadura. “Angola, como aprendizaje, es el lugar donde se te van las ganas de hacerte problema por cosas menores”, resumió Wodzislawski.

    Roberto Catenaccio, que aportó su granito de arena en Lubango, no lejos del frente de guerra con Sudáfrica, contó al autor una escena de la hora del regreso. “Los ojos de Catenaccio se nublan cuando cuenta cómo (el dirigente Lucio) Lara fue descolgando los adornos de la pared de su casa y dándoselos, en silencio, a cada uno de los brigadistas. Para que al volver al país se llevaran algo suyo”.