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    La escritora cubana Elaine Vilar Madruga estuvo en Montevideo para presentar ‘Moiras’, antología de cuentos de terror escritos por mujeres

    “Muchos escritores jóvenes en Cuba están hablando de su destino y debatiendo contra las ideas anquilosadas de la historia y del presente”, dice la escritora a cargo de esta antología que reúne a 11 escritoras de varios países que tratan diferentes niveles del terror: desde los mitos y el folclore a la violencia contra las mujeres, la violencia totalitaria o la que aparece en pesadillas sin salida

    Ella dice que vive en un espacio intermedio entre La Habana, donde nació en 1989, y Toronto, la ciudad que considera su segunda casa. Elaine Vilar Madruga comenzó estudiando música en Cuba y se convirtió en guitarrista clásica, pero su vocación estaba en la literatura y en la escritura. “Di muchos tumbos y terminé graduándome en 2015 en Arte Teatral en el Instituto Superior de Arte de Cuba, y allí empecé a entender la relación que existe entre las múltiples artes”, le dice a Búsqueda al hablar de su formación. Dramaturga, poeta y narradora, Vilar Madruga se considera, sobre todo, novelista. En sus obras siempre está lo lírico, a veces fusionado con realismo, otras con la ciencia ficción o el terror. Sus novelas hablan de género, del cuerpo, de totalitarismos, de miedos. Varias han sido premiadas, como sus novelas La tiranía de las moscas (Premio Cálamo 2021) y El cielo de la selva (Premio Nollegiu 2023 y entre los mejores libros del año por Babelia). Pasó por Montevideo para presentar Moiras. Cuentos de mujeres que tejieron su destino (Fera, 2026), una antología bajo su curaduría que reúne a 11 cuentistas de varios países. La edición posee la particularidad de tener un comentario de Vilar Madruga al terminar cada cuento, además de sus anotaciones en los márgenes, sus subrayados y resaltados de frases y palabras. Según la mitología griega, Cloto era la Moira que tejía el hilo de la vida; Láquesis asignaba las suertes o los destinos, y Átropos cortaba el hilo de la vida. Las tres Moiras andan por estos cuentos de terror, que hay que leer con una pausa entre uno y otro por lo impactante de sus historias e imágenes. Tejer proviene del latín texere, que también es la raíz para la palabra texto. Estas autoras, grandes tejedoras, describen lo ominoso y lo terrorífico que puede aparecer en el baño de una casa, en el fondo de un aljibe, en los abusos de una manada de jóvenes o en un matrimonio que se fagocita a sí mismo; también, en la realidad política o social o en la otra realidad, la onírica y pesadillesca. En su breve estadía, Vilar Madruga también dio un taller con la ecuatoriana María Fernanda Ampuero, que integra la antología.

    Es la primera vez que Vilar Madruga está en Montevideo y se emocionó con “el maleconcito”, que le hizo recordar a La Habana. “Mi padre estuvo acá varias veces y me decía que cuando llegara me iba a dar la impresión de estar en La Habana. Y es cierto”. La escritora conversó con Búsqueda sobre su trabajo como curadora de los cuentos, sobre el inexistente mundo editorial cubano y sobre su próxima novela que se publicará en España (editorial Barrett) y en Latinoamérica (Alfaguara). Se llama La piel hembra, trata sobre la llegada de un mesías a un lugar difuso que no se sabe si es un país o una isla. “El mesías viene en la piel de una niña y la gran pregunta de la novela es si en las circunstancias que vivimos ahora, con tanta violencia y desamparo, seremos capaces de reconocer a quien nos viene a salvar. ¿Merecemos aún la salvación?”, dice y deja la pregunta en el aire.

    —¿Tu gusto por las artes viene de tu familia?

    —Mi familia no tienen nada que ver ni con la música ni con el arte en general. Sí son muy amantes de la literatura y de la historia. En toda mi familia, sobre todo las mujeres, han querido ser músicas, pero sus vocaciones quedaron frustradas. Mi abuelo era un excelente lector, mi tía abuela también, fueron dos personas fundamentales en mi formación como lectora y me legaron bibliotecas. Yo no anoto los libros, pero mis familiares sí dejaban notas al margen, entonces también tengo como esos testimonios y memorias de los libros. A mi casa siempre la recuerdo repleta de libros desde que tengo conciencia. Es un amor que se contagia, que te van dejando como una herencia, te dejan el amor por la literatura, que es un espacio en el mundo, simbólico y metafórico, pero también físico y muy parecido a lo que es la familia.

    —¿Cuánto de tu faceta musical aparece en tu literatura?

    —Siempre digo que una de mis búsquedas es intentar que el lenguaje simule o imite el ritmo, la melodía, el contrapunto de una partitura musical. Está la estocada del ritmo, del tempo, de la melodía de las palabras. Luego eso de la poesía lo vas viendo en la narrativa. Creo que más que nada soy novelista. En los últimos cinco años me he concentrado en la escritura de novela y tiene mucho de poesía y de ritmo. Cuando vas trabajando con el lenguaje te vas dando cuenta de que ese lenguaje se relaciona con los tambores y con los instrumentos pulsados. Es para mí como una especie de sinfonía con una orquesta en mi cabeza que se va distribuyendo entre las letras. De ahí viene mi vocación de guitarrista, de música. Por otro lado busco que mis cuentos o novelas tengan que ver con el teatro, imaginar que la literatura es imagen en movimiento, que performa. Siempre me ha interesado ver esos cruces entre géneros literarios y entre las artes. Al final terminamos fusionándonos en un mismo cuerpo, donde hay cabida para todo.

    —Algunas de las autoras de Moiras reelaboran relatos del folclore tradicional. ¿Te atraían esos cuentos de niña?

    —Imagínate que de niña estuve muy vinculada con el folclore. Además de buenos lectores en mi familia eran muy buenos cuentacuentos. Hacían cuentos de la mitología, del folclore, de los mitos griegos, que tienen algo que ver con la concepción de isla, porque la Grecia antigua tenía mucho de isla. También estuve en contacto con los mitos de mi país, las historias folclóricas que están matizadas por el miedo: el miedo a las desapariciones, el miedo a la violencia, el miedo a los espacios de protección que dejan de serlo, las casas que empiezan a ser espacios diabólicos o de violencia soterrada o simbólica. Por eso me interesó mucho leer e investigar sobre estos relatos. Creo que toda antología es una investigación sobre un tema específico, y en este caso son los cuentos oscuros escritos por mujeres en los últimos 20 años, incluso algunos más nuevos. Hay varios cuentos que abordan el tema del folclore con un giro de tuerca, pero también pensando en la violencia del presente. Hay dos de esos cuentos más cercanos al folclore que son No se necesitan ojos en la oscuridad, de Lina María Parra Ochoa (Colombia, 1986), y Torcer el río, de Giovanna Rivero (Bolivia, 1972). Abordan rituales de magia negra, relaciones demoníacas, apariciones del diablo en sus diferentes capas o investiduras. En la antología hay cuentos de diferentes calibres, retellings sobre mitos o referencias bíblicas como Luto, de María Fernanda Ampuero (Ecuador, 1976). Y me gusta destacar que hablan de cuán oscura puede ser la realidad que nos toca vivir. Es una realidad metaforizada, vista como símbolo, que habla de la violencia que sufren las mujeres desde tiempos ancestrales. Se habla de desapariciones forzadas, violaciones, abusos, niñas atrapadas por un abuelo diabólico en un pozo o lucha contra los totalitarismos, como en el cuento Delicados pastos de Anna Starobinets (Rusia, 1978). También de la maternidad bastarda, como lo hace la escritora Bora Chung (Corea del Sur, 1976) en La cabeza.

    Moiras

    —¿Cómo te involucraste con la edición de Moiras?

    —Moiras tiene el antecedente de Dantescas (Fera, 2024), que son 12 relatos de varias autoras (hay uno de Vilar Madruga, Las fieras) que estuvieron al cuidado de Ampuero, con quien comparto búsquedas literarias y de investigación. Moiras no hubiera existido sin Dantescas, abrió una puerta increíble para demostrar que las antologías sí se leen, una antología es un mapeo de una realidad de textos, una realidad de autoras que están escribiendo. En el caso de Dantescas es un libro tipo espejo, son autoras clásicas mirándose en el espejo de autoras contemporáneas. En el caso de Moiras mi curaduría fue diferente, quería compilar autoras contemporáneas, que estuvieran todas vivas y escribiendo. Primero pensé en autoras latinoamericanas, pero después me di cuenta de que la oscuridad la comparten escritoras de todo el mundo. Starobinets es la maestra del terror ruso, una mujer increíble, muy joven, y el suyo es uno de mis cuentos favoritos, y Chung también es una maestra del relato de terror, y el suyo es quizás uno de los más perturbadores de la antología. Nunca más vas a mirar tu baño de la misma manera después de leerlo. Hasta el espacio más íntimo puede convertirse en lugar de miedo. La curaduría fue muy hermosa porque recogió algunas escritoras muy conocidas como Agustina Bazterrica (Argentina, 1974) o Fernanda Trías (Uruguay, 1976) con otras que empiezan a difundir sus voces, como Clyo Mendoza (México, 1993) o Mercedes Duque (España, 1996). También incorporé escritoras inéditas o casi inéditas como Zezé Atabales (Chile, 1990) y Bárbara March (Cuba, 1990).

    —Debe de haber sido un desafío intervenir los textos con tus comentarios y subrayados. ¿No se corre el riesgo de guiar la lectura?

    —Siempre intervenir un libro es polémico. Mi intención es que mis notas no se vean como una guía de lectura, sino como parte de un tejido que pueda ser afirmado o contradicho. Siempre digo, y no en broma, que ya que el libro está marcado está muy bien que los lectores lo intervengan, borren mis marcas y pongan las suyas. Así se resumiría todo lo que tiene de bueno la literatura, que es la superposición de varias voces. Hacer estas notas fue un acto de disección, de diseñar la lectora que soy, pero no como un intento de querer demostrar mis conocimientos, sino como una lectora más. Me gustaría que las personas que lean esta antología la encuentren como uno de esos libros de ferias de anticuarios o de librerías de viejos. Las lecturas que uno hace de los libros pueden cambiar con el tiempo. Me gustaría dentro de 10 años volver a asomarme a Moiras y hacer una nueva edición con nuevos comentarios. Estoy segura de que no voy a ser la misma lectora.

    —En tus comentarios te dirigís siempre a las lectoras. ¿Pensás que solo es un libro para mujeres?

    —Los estudios y estadísticas de mercado dicen que ahora mismo hay un porcentaje mucho más alto de mujeres que de hombres que están leyendo. Entonces, si las lectoras son mayoría, me voy a dirigir a ellas, a quienes van a leer el libro. El lenguaje que se va a usar siempre va a ser una decisión política. Escribir para lectoras es escribir para la mitad del mundo. Muy probablemente por primera vez en la historia de la literatura las mujeres no ocupan un lugar subalterno, sino lugares centrales, tanto en la producción de sentido como en la escritura y la lectura. Entonces si me llega un lector voy a estar feliz, pero el libro está dirigido por la idea de que sean mujeres quienes lo lean.

    Moiras
    Intervenciones de la editora en los cuentos de Moiras.

    Intervenciones de la editora en los cuentos de Moiras.

    —En estos cuentos lo monstruoso se encarna tanto en hombres como en mujeres, y a veces las mujeres meten más miedo…

    —Es que la monstruosidad humana es independiente de los géneros. Nadie nace esperando ser monstruo, pero los golpes, la pobreza, el dolor nos terminan convirtiendo en eso. No estamos exentos de acciones monstruosas en ocasiones. Hay monstruos muy visibles en la antología, por ejemplo, los jóvenes que forman una manada, califican a las mujeres y les ponen puntaje, les dan pastillas para dormirlas, las violan y suben fotos con las chicas desnudas. Es un cuento inspirado en un hecho real (María Carminum, de Bazterrica). Pero hay diferentes grados de monstruosidad, como en el primer cuento de Mercedes Duque (Mala sangre), con esas hermanas abandonadas por su padre en un pozo de agua. Hay también un matrimonio monstruoso (Antojos, de March). Hay monstruos cotidianos, fantásticos y también reales. Y está lo monstruoso en lo onírico, como en el cuento Puertas de Fernanda Trías, en el que existe esta idea infernal de lo circular, del limbo, del no espacio, de no poder escapar. Se asemeja también a Punto fijo de Zezé Atabales y su mundo hospitalario y pesadillesco.

    —¿Se lee tu literatura en Cuba? ¿Se difunde?

    —Antes del año 2020 publiqué bastante en Cuba, pero después de ese año muy muy poco. Pero circulan copias pirateadas. En Cuba no hay un mercado del libro, eso es lo primero, y no circulan los libros que se publican en los grandes sellos editoriales, ni en los pequeños de Latinoamérica o Hispanoamérica. Llegan muy pocas traducciones, entonces hay un vacío de referencias. Cuando me dicen que me han leído pirateada en mi país, me pongo muy feliz porque significa que mis lectores naturales, que mi gente, que mis compatriotas siguen interesados en lo que publico y en lo que pienso. También en cómo mi literatura puede reflejar la realidad cubana, la claustrofobia, el terror cotidiano o hasta dónde la política nos marca y define como seres humanos. Los cubanos se interesan por los autores que hemos triunfado en otras fronteras, en otros lugares del mundo. Es un regalo gigante.

    —¿Cómo ves la literatura que se está haciendo en la isla?

    —Soy profesora de escritura creativa y siempre pienso que es como escuchar la sinfonía que se va a estrenar en la primera fila del ensayo general. Muchos escritores jóvenes en Cuba están hablando de su destino y debatiendo contra las ideas anquilosadas de la historia y del presente, que están mapeando una realidad. En literatura se va haciendo futuro, y Cuba no es una excepción. Estar en esa primera platea escuchando un adelanto de la sinfonía me dice que vendrán buenos tiempos para la escritura cubana, que solo nos faltan ojos literarios, de editores y de la industria del libro que miren hacia Cuba. Ojos que quieran interesarse en las múltiples voces que han surgido en dramaturgia, narrativa, poesía, y que no solo miren a la gente que ya es reconocida. O que tengan en cuenta las voces cubanas que están emigradas, porque Cuba no es solo la gente que vive en la isla, sino todos los cubanos que se han ido y están escribiendo en la diáspora, desde el exilio. Toda esa gente está escribiendo la experiencia de un país.

    Vilar-Madruga
    Elaine Vilar Madruga, escritora cubana y editora de la antología Moiras.

    Elaine Vilar Madruga, escritora cubana y editora de la antología Moiras.

    —¿Quiénes pueden acceder a tu taller literario?

    —Es un taller que nació con la pandemia. En 2020 fundé el Laboratorio de Escritura, mi proyecto de formación de escritores. Ya tiene casi seis años y hemos formado más de 200 estudiantes cubanos e internacionales. Una gran satisfacción es que muchos de ellos han publicado sus primeros textos. En el último año tenemos un premio que es la publicación de un libro. Muchos de ellos han ganado becas en residencias internacionales, premios nacionales e internacionales, publicaciones en revistas. Tenemos una matrícula mayoritaria de estudiantes cubanos, pero en el último año ha ido en aumento la matrícula de estudiantes extranjeros. Es un proyecto abierto a todos quienes quieran formación o asesoría en escritura o deseen conocer cómo funciona el ámbito literario, desde la escritura al mercado editorial. Lo más fácil es que los interesados me escriban al Instagram.

    —¿Podrías haber sido otra escritora sin tus raíces cubanas?

    —Yo siento a Cuba en la planta de mis pies y la planta de los pies son las que te sostienen en la vida. Siento a Cuba en la palma de mis manos y en mis dedos que son con lo que escribo. Lo siento en mi cabeza y en mi corazón, en lo visible y en lo invisible. Cuando llegué a Montevideo y vi el río, y vi el maleconcito me emocioné. Hace casi ocho meses que no voy a mi país y cuando venía en el taxi por el malecón pensaba “caramba, Cuba”. Pienso mucho en mi país, lo llevo en ritmo, lenguaje, acento. Cuando estoy en un país que no es el mío, como me ha pasado en los últimos años, les llevo a quienes me escuchan un pedazo de la isla. Sería una persona diferente si no hubiera nacido en Cuba, también si hubiera nacido en la isla y no hubiera podido moverme por el mundo. Eso también me marca, haber tenido un vínculo tan importante con Toronto en los últimos 10 años. Es mi otra casa, mi otra cultura. Escribo en español, pero pienso en ambos idiomas, también en inglés. Pero la escritura solo la produzco en español. Creo que siempre voy a escribir en el idioma materno. Es idioma que me cantó mi abuela y que me cantó mi madre.

    —¿Pensás volver a La Habana después de este viaje?

    —Este año no podré volver, aunque quiero hacerlo desesperadamente. Quiero pisar la isla, abrazar a mi madre, que está allá, a mi perra y a las cosas que ya no puedo abrazar, a los espacios vacíos de la gente que quise y ya no está. Me fui en octubre del año pasado y mi abuela acababa de fallecer. Es algo que tengo como deuda, abrazar el espacio vacío de mi abuela. Extraño mucho mi casita en la playa, tan bonita.