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Jorge Drexler llenó de candombe el Antel Arena, al pulso de estar acá y estar ahora
La presentación local de su flamante disco, Taracá, en el marco de su gira sudamericana, fue un poderoso alarde de música popular de avanzada que hizo bailar durante casi tres horas a cerca de veinte mil personas
“Estar acá y estar ahora”. El estribillo de la canción Tambor chico, una de las mejores de Taracá, se resignifica en cada canción que Jorge Drexler cantó en el Antel Arena el sábado 6 y el domingo 7 ante un total que superó las 18.000 personas. Cada minuto de las casi tres horas que duró cada uno de los dos conciertos fue vivido con una intensidad inusitada, tanto por los músicos como por el público. “Montevideo no es una fecha más en esta gira. Acá no tengo que explicar qué es el candombe”, dijo el cantautor, y el estadio respondió con una risa cómplice.
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La tónica de este nuevo concierto de Drexler en Montevideo fue de auténtica celebración y complicidad. El camaleónico cantautor uruguayo volvió a cambiar de colores.
Jorge-Drexler-Antel-Arena
Jorge Drexler en el Antel Arena.
Pablo Vignali / adhocFOTOS
Para esta gira armó una banda prácticamente toda nueva, con un fuerte énfasis en la percusión.
Taracá es un disco que gira en torno al candombe y, más precisamente, sobre el toque de candombe. Y para ello era imprescindible en la formación un tocador de tambor uruguayo, que tuviera el candombe en su ADN. Y ese tocador es Julio Sanrizz, uruguayo radicado en San Sebastián desde hace casi 20 años, y gran referente del candombe en el País Vasco. “Escuchen tocar al tamborero”, canta Drexler en Tamborero, un candombe pleno de groove grabado en el disco Sea (2001).
En este show la vuelve a tocar después de mucho tiempo, con Fernando Lobo Núñez, convertido ya en ícono, como invitado. De hecho, Drexler contó que la compuso inspirado en el veterano percusionista montevideano. Pero el gran tamborero de este concierto es Sanrizz, que alterna piano y repique. Junto a él, la española Miryam Latrece se hizo cargo del tambor chico, un examen de alta exigencia que salvó con muy buena nota.
El chico es el metrónomo, es el motor rítmico del ensamble candombero, es el que menos luce y por todo esto es que Drexler le compuso esa canción (Tambor chico) en Taracá. Y este show le otorga el protagonismo en el plano sonoro y también en el visual, con una cámara situada en su interior, que permite ver esa estructura de madera y lonja de un modo nunca visto, y con las manos y el palo de la tocadora haciendo vibrar esa “luna llena de cuero”, como la define en Tamborero.
La presentación de Taracá se distinguió por ser un show más expansivo que los anteriores, de carácter más íntimo y contemplativo. Drexler se posicionó como un verdadero frontman que fue y vino por el escenario, bailó con sus músicos y en solitario, arengó al público y contó algunas historias, algo que acostumbra hacer desde hace mucho tiempo. Como es cada vez más frecuente en este tipo de conciertos de gran porte, la cámara es protagonista. En abundantes pasajes Drexler canta para la cámara y de esta manera mira al público a los ojos, a través de las siete pantallas, las tres mayores en el escenario y las otras cuatro en el prisma que cuelga del techo del estadio. Este recurso es utilizado con inteligencia y habilidad, y exige una dramaturgia visual, una planificación minuciosa de los planos y las secuencias, a tal grado que en algunos momentos los movimientos y la interacción del protagonista con la lente parecen estar coreografiados. Las abundantes caminatas por el pasillo que se reservó en el centro de la platea de sillas, situada en el campo, fueron un espacio óptimo para la interacción de Drexler con el público, bien de al lado, cruzando miradas, sonriendo en forma personalizada e incluso saludando con sus manos a los espectadores, a su paso por cada una de las filas.
El desembarco en Uruguay de la gira sudamericana de Taracá permitió, a diferencia de otras fechas en la región, la presencia de casi todos los invitados en la grabación. Después del Lobo subió al escenario la murga Falta y Resto en pleno a cantar esa gran canción sobre el poder de la palabra, la poesía y la canción llamada, justamente, Las palabras. Lo más curioso es que Drexler le permite a la murga cantar, por una vez, no como una murga, sino más bien como un coro de tímbrica murguera pero en modo canción, sin la impronta rítmica del tablado. El resultado fue mayúsculo.
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Jorge Drexler en el Antel Arena.
Pablo Vignali / adhocFOTOS
Este concierto será recordado también por el pequeño estrado en forma de cuadrilátero instalado en el extremo opuesto del escenario mayor, bien cerca de la tribuna opuesta, y con luces especialmente dispuestas para este show de pequeño formato. Una especie de tiny desk pero sin los souvenirs. Allí transcurrieron varios de los mejores momentos de la noche. Primero subió Jorge solo con una máquina loopera en la mano para cantar una ingeniosa versión de Mi guitarra y vos, con las pistas digitales accionadas con su mano. Luego fue el turno del ascendente Facundo Balta, el cantautor apadrinado por Drexler como para entregar una muy bella versión a dos voces de La edad del cielo.
Luego se instaló, en torno a su clásica mesa, Rueda de Candombe, el colectivo revelación de los últimos tiempos en la música uruguaya, que desgranó Una canción a Montevideo, de Mauricio Ubal, con Drexler como uno más del combo candombero, y Lagartombe, cantada por Pitufo Lombardo, también a dúo con el protagonista de la noche. Finalmente, subieron las tres multinstrumentistas y cantantes que conforman esta virtuosa banda de Drexler: las españolas Miryam Latrece, Alejandra López y Eva Catalá, y la uruguaya radicada en España Flor Gamba. Juntas, le regalaron al Antel Arena un inspirado despliegue de armonías corales.
El final, con el díptico Ante la duda, baila y Bailar en la cueva, dejó al estadio en llamas. Y para los bises la fiesta fue total, con todos los invitados de nuevo en escena, en modo We Are The World para hacer la tripleta de hits clásicos Me haces bien-Todo se transforma-Sea y coronar así una nueva página —y una de las mejores— de una trayectoria excepcional. A la salida, nueve mil personas se fueron a casa, cada una de las dos noches, felices y al pulso de estar acá y estar ahora.