—En ese momento yo venía de hacer tres películas que en verdad eran muy silenciosas. Una de ellas era El custodio, de Rodrigo Moreno, muy silenciosa, con varios técnicos uruguayos. La cámara y la fotografía eran de Bárbara Álvarez, directora de fotografía. Un equipo glorioso, casi 70% de uruguayos. También hice una película de Santiago Loza llamada Extraño, también silenciosa, y antes había hecho Un oso rojo, de (Adrián) Caetano, que también era muy para adentro. Entonces me empezaron a criticar porque hacía películas lentas y con pocas palabras. A fuerza de defenderme, tuve que pensar si estaba de acuerdo con esas críticas, porque tampoco me voy a defender diciendo una boludez porque sí. Reflexioné bastante y comprendí que el silencio de El otro no es el mismo que el de Extraño. Me di cuenta de que el silencio hay que construirlo, hay que habitarlo. Y cuando veo mis películas, algo que casi no hago, siento que son silencios de seres diferentes. Pero después me vengué (ríe) porque después, para que me dejen de hinchar las pelotas, hice la obra Yo soy mi propia mujer, un monólogo donde hablo durante una hora y cuarto sin parar (la representó tres veces en Uruguay).
—¿Esa fue de las primeras obras que trajiste a Uruguay?
—No. La primera obra que traje acá fue El vestidor, en 1997, con Federico Luppi, en el Solís, creo que un poco antes de su último gran cierre. Fue la primera vez que yo salí a trabajar a otro país. Y me topé con esa bestialidad de teatro y quedé asustadísimo. “No sé si voy a poder”, pensé. Y pude.
Julio Chávez y Laura Oliva en La ballena.
Difusión
—Has dicho muchas veces que no viste la película La ballena y que no la pensás ver, que no tenés necesidad. Perdón pero hay que volver a hacer la misma pregunta. ¿Por qué? ¿No te quisiste contaminar?
—Bueno, esa es una palabra muy fuerte porque supone que la obra esa es una enfermedad. Pero está bien. Mirá, yo me conozco, yo no puedo joder con mi vulnerabilidad. No tengo una personalidad muy fuerte como para decir tener una impresión de algo y que nada me la borre. Y mucho menos cuando estás por iniciar un camino. Entonces, ¿para qué voy a estar jodiendo conmigo?
—No sos infalible…
—No, no, seguro, y un poco me conozco. Tuve una impresión tan clara cuando leí el material… Pero una impresión, no conocimiento de cómo voy a resolver eso. La impresión tiene que ver con la intuición, y la intuición necesita del entendimiento, la prueba y todo eso. Mi intuición fue: ¿cuál es el sentido de ir a ver el resultado de un otro si yo tengo una impresión y creo que tengo herramientas para hacer que esa intuición hable? Tengo un director, tengo colegas, tengo compañeros, tengo mi rol y tengo decisiones y otras cuestiones que están sugeridas en el material. Entonces, ¿cuál es el sentido de ver la película? Además yo ni siquiera veo lo que yo hago. Prefiero recordarme vital. Tampoco soy de preguntar cómo la pasaste conmigo en la cama (risas). Prefiero quedarme con mi impresión.
—No viste ninguna otra versión de la obra de teatro tampoco y dijiste que es tu manera de preservar tu subjetividad…
—No tuve oportunidad, y tampoco la vería si la tuviera. Sí vería algo que sé que voy a hacer. Vos dirás: “¿Tu subjetividad es tan lábil?”. Sí. Lo es. Si me dan una hoja de examen y me dan un tema y para escribir sobre eso y sé que tengo algo propio para escribir, ¿qué mierda voy a estar mirando lo que hace el compañero de al lado?
—A la película se le atribuye cierto énfasis o regodeo en la obesidad mórbida del personaje. ¿Cómo es el tratamiento en la versión que ustedes hacen?
—Se podría decir que es un relato más tierno o menos crítico con el protagonista. No se lo juzga tanto. La obra de teatro original tiene un tema importante que nosotros hemos opacado bastante. El autor tiene algo muy importante con los mormones. Los destroza. Y yo le dije a Ricky (Pashkus): “Esto hay que adaptarlo”. ¿Por qué? Yo no siento que esta sea una obra para atacar una determinada rama religiosa. En todo caso, es una obra para poner también en juicio a cualquier religión, cuando cree que tiene la herramienta para comprender la totalidad de la naturaleza humana. La obra tiende a criticar a la religión de una manera extremadamente dura. Y dije: “Cuánto más interesante es darle a la religión un valor”. Yo tengo una hermana que ha vivido y vive con muchas dificultades, le tocó una vida dura y ha encontrado en el evangelio, en las iglesias evangélicas, un lugar de absoluto sostén. Un refugio. Yo jamás diría que esa entidad es dañina. Sí diría que esa entidad está en un problema si cree que es la entendedora de la humanidad en su totalidad. Si veo a alguien rezando, jamás le sacaría el rosario. Solamente le diría, como dice la obra, “no siempre el rosario te va a hacer entender la naturaleza humana”.
Manuela Yantorno y Julio Chávez en La ballena.
Difusión
—La religión como un bastón…
—Un pastor o la metáfora que fuere. No siempre la medicina va a comprender cómo funcionamos. No siempre la psiquiatría va a comprender todo. Yo me he formado en la astrología, pero no siempre la astrología me responde todo. Prefiero pensar que todas esas instituciones fueron construidas con un buen propósito. Pero ninguna es la totalidad, y el problema es cuando se quieren transformar en la totalidad. Eso para mí es el corazón de La ballena.
—O sea que para construir este personaje produjiste una reflexión propia y construiste tu ballena…
—Por supuesto que tiene su función el joven misionero, claro que la tiene, pero para que tenga valor hay que darles fe a las buenas intenciones que tiene. Hay que darle un valor a eso. Y así fuimos trabajando para que el material fuera empático. Yo quería un material empático, no por ese miedo que a veces tenemos los actores, las actrices, a ponernos el público en contra. A mí me chupa un huevo eso. Lo que sí me importa es no criticar al personaje.
—Hasta ahora me dijiste todo lo que no. ¿Cómo es tu Charlie? ¿Cómo lo construiste?
—Hay cosas que no son subjetivas. Charlie pesa 230 quilos y son 230 quilos. Su obesidad mórbida se representa en forma hiperrealista. Así debe ser, y la resolución técnica a través de este traje que uso en escena es extraordinaria. Ahora, si te topás con una o un hijo de puta que va al teatro y que te tiene bronca, va a encontrar algo. ¡Ay, se nota que no es! Esto es, como dice Shakespeare en Sueño de una noche de verano, “Por favor, colabore el espectador para que se produzca el milagro”.
—Vos siempre decís que esto es un juego, por algo en inglés una obra se denomina play.
—Obviamente. Y la gente acepta el juego, y eso es lo lindo del teatro. La gente sabe que yo, al menos por ahora, no tengo esa circunstancia física. El tema es: ¿jugamos a que sí? Y si vos empezás a jugar lindo, o sea, se prende la luz y aparece un traje y el espectador dice “ah, yo viajo con eso”, bueno, tengo un punto a favor. ¿Cuál es el punto en contra de lo que sí te tenés que ocupar? Y bueno, que ese traje vaya lentamente construyendo una humanidad y no se quede solo en un envase. El traje muere a los dos minutos. Lo viste y listo, llevalo al museo del traje. Tenés que lograr que el público entre en tu juego, más allá del traje.
—¿Cómo llegás a la esencia de Charlie?
—Bueno, trato de que ese ser ahí tenga una almita, una forma de hablar, una manera de relacionarse con el mundo, una particularidad que haga que el espectador comience un viaje por una naturaleza humana y, si es posible, una naturaleza humana que te haga hasta olvidar que pesa 230 kilos. Cuando empezamos a ensayar me empezaron a decir “che, tené cuidado, porque las redes, la inclusión, de los cuerpos no se habla” y todo eso. Dejame de hinchar las pelotas… Entonces no puedo hablar más ni de los pizzeros, no puedo hablar más del ser humano. Porque ¿qué ser humano no está atado a sus circunstancias? No puedo hablar más de nadie. Se murió el teatro, se murió el relato, se murió el cuentito, se murieron las particularidades, y yo no estoy de acuerdo con eso. Hace un tiempo hice (la serie) Farsantes. Me deberían haber hecho juicio los abogados. Hice El puntero. Debería haber una cola de punteros haciéndome juicio (ríe). ¿No se puede hablar más de nada? No estoy de acuerdo con eso.
—Sos un reconocido maestro de actuación. ¿Les transmitís esa convicción a tus alumnos?
—Soy entrenador de actores, actrices, gente que se intenta formar. Te aseguro que estamos en un momento de verdadero jaque a la imaginación y a la libertad de ciertas construcciones.
Julio Chávez en La ballena.
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—¿Mucha autocensura?
—Los chicos no saben ya cómo tratar a las chicas. Todo es mal interpretado. Vos le abrís la puerta a una chica y se ofende porque no entiende por qué no pasás vos primero. Por un lado estamos ante avances extraordinarios, pero por otro lado, ojo, tenemos también muchas impresiones desde décadas y décadas y décadas. Van a tener que pasar muchas décadas para anular algo que pertenece al imaginario. Yo tengo alumnos que están en transición de varones a mujeres y al revés. Se ponen a hacer obras donde un varón con barba hace a Adela de La casa de Bernarda Alba. Está quien dice: “¿Por qué no?”. Mirá… (Hace un largo silencio). ¿Qué querés que te diga? Es un temazo extraordinario, en el cual yo no tengo ningún problema de participar ni voy a decir “¡esto no!”. Yo no voy a decir que está mal, digo que es un problema, porque en el momento del relato tenés que ver lo que no estás viendo. Y el teatro no es ver lo que no ves, ¡es ver lo que te están contando! Entonces, con Charlie se vivió esa situación y se me advirtió que tuviera cuidado. Yo lo pensé, por supuesto, y dije: “De ninguna manera”. Creo que los que hacen un acto de exclusión son las personas que están diciendo esto, porque lo único que falta es que Charlie no pueda ser involucrado en los problemas de la humanidad. ¿Porque es obeso no tiene problemas religiosos? ¿No tiene problemas de sexualidad? No, parece que su único problema es que es obeso. ¡No! Si es un ser humano, debe poder incorporarse al problema humano. ¿Por qué lo tengo que liberar del problema humano solo porque es gordo?
—Habitar los silencios implica con qué cargás ese silencio. Vos estás inyectándole un alma al personaje…
—Exacto, le estás dando una subjetividad, una manera de pensar, una manera de vincularse con su hija. Estás construyendo una humanidad en una pausa, en la decisión de responder rápido o esperar un segundo. Eso es lo más hermoso que tiene este oficio, que es extraordinario. Te hace ver y comprender que, según la manera en que tengas de modular ese texto, el espectador va a viajar hacia Pocitos o hacia Carrasco. Sos vos el que lo guía. Entonces hacer La ballena es una experiencia hermosa. En un momento, cerca del final, Charlie le pide a la hija que le lea algo, que eso lo ayuda en esos momentos, que son los últimos de su vida. Durante semanas, en los ensayos, yo decía: “Leémelo, eso ayuda”. Pero un día comprendí que estaba mal dicha esa frase, que la frase debía ser: “Léemelo, eso ayuda”, pero con el énfasis en Léemelo. Lo importante es que vos me lo leas. Cuando comprendí eso, entendí el sentido de la frase, vino el asistente y me dijo: “Vos sabés que hoy por primera vez entendí esa frase”. Y agregó: “¡Qué boludo que soy, no lo había entendido!”. Y le dije: “No sos un boludo, soy yo que no había hecho nada correcto para que vos la entiendas”. Entonces comprendí que tengo el poder de guiar el entendimiento. Y eso es algo hermoso. Cómo el propio silencio está construido con tu cara, con tu mirada. Así, estás construyendo el corazón del material.
—En esta obra, ¿te han llegado experiencias o testimonios de personas en esa situación?
—Nunca. Ninguna. Nada. Nunca se me acercó un obeso a decirme nada. No digo que no se sensibilicen de un modo especial. Pero creo que se hubieran acercado si hubiesen sentido que el material es ofensivo. Pero en esta época estamos más atraídos por la miel de la mierda que por la miel dulce. Donde hay quilombo, vamos.
—El fenómeno de los haters.
—Bueno, hoy existe eso, exacerbado por las redes. Cuando yo era chico era muy serio, muy jodido, accionar de esa manera. Hoy hasta se vota de esa manera. Así estamos. Un día nos llamaron que iban a venir de un programa de pérdida de peso. No sé si vinieron porque nunca nadie se acercó a decirnos nada. Cuando hice la obra Yo soy mi propia mujer, que era sobre una persona trans, y que traje varias veces a Uruguay, nunca recibí un solo comentario del mundo LGTBQKRSJPL… Nunca nadie me dijo nada, y yo estaba contando la vida de un varón que se atrevió, en la Alemania de los años 20, a vestirse de mujer. Jamás fui mencionado.
—¿A qué lo atribuís?
—Nunca lo he entendido bien, no tengo una respuesta para darte, pero es una pregunta que me hago. Siempre me pareció extraño.
Julio Chávez y Laura Oliva en La ballena.
Difusión
—¿Cómo fue vincularte con el traje y actuar adentro de algo más grande que vos?
—Nos lleva tres horas de trabajo preparar el traje y el maquillaje. Fue mucho lo que fantaseé con la dificultad, y debo decir que me hubiera gustado que me costara todo un poco más, para mandarme más la parte (ríe). Pero la verdad es que cuando me probé el traje vi que está hecho como la puta madre. Usarlo es encantador porque realmente me hace sentir Charlie. Algo que nunca he hecho o mejor dicho que intento es no verme mucho, no mirarme al espejo. Prefiero percibir internamente eso y no mirarlo.
—Le escuché decir al director que decidieron que, a diferencia de la película, no comas en escena. ¿Por qué?
—Es así. Es un pedido mío. Me parecía pornográfico. Pensaba, ¿qué hay que mostrar, que está así porque come? ¡Obvio, idiota! Más allá de algún problema endócrino, obvio que lo que le pasa está vinculado a la comida. Está claro que es una persona que come mucho. ¿Querés ver cómo come? Para eso anda al zoológico a mirar al elefante, y listo (risas). No.
—Ser entrenador es una de tus principales actividades. ¿Qué aprendés de ella?
—Ser maestro no sé si es mi actividad principal, es una de ellas, pero como tengo muchas actividades creo que la más importante es ser alumno. Yo soy, ante todo, alumno. Soy alumno de canto, alumno en mi curso de literatura. Soy alumno porque en mi rol de lector me busco escritores que son como mis profesores. Cuando leo me ubico en el lugar de alumno. Tengo siempre muchas cosas en las que otros saben mucho y yo no sé nada. Ante todo me ubico ahí. Después soy actor, y otra manera de ser alumno es entrenar actores.
—¿Te convertís en alumno de tus alumnos?
—Sin dudas. Yo salgo del estudio y pienso: le tendría que pagar yo a este hoy (risas). Dar clases me ayuda a desarrollar un lenguaje, me ayuda a comprender cosas del oficio que no sabía, ¿entendés? El oficio no es algo que pasa una vez, el oficio son árboles por los que pasás todo el tiempo delante de ellos. Yo me encuentro hablando nueve veces, 20 veces, 100 veces aparentemente del mismo árbol y nunca es el mismo árbol, en tanto que yo lo menciono con alguna palabra diferente y lo comprendo de una manera diferente. Entonces, por otro lado, hace vivo lo que podría estar muerto.
—¿Cómo se enseña eso tan etéreo que es actuar bien?
—Cuando aprendés y cuando enseñás también tenés que bancarte el fracaso. Así como a mí me gusta ser alumno, cada ser que entrenás es también su propio maestro. No podés enseñarle a nadie a actuar bien, pero podés transmitirle el amor por el oficio. Vos podés invitar al otro a que ponga en práctica una herramienta en su oficio, en su obra. No le puedes trasladar tu manera de actuar a otro. La cocina es propia de cada cual. Y el estudio a veces ocupa el lugar de la oficina. Van y se entrenan porque no tienen todavía oficio… Hasta que consiguen algo en el oficio.
—El oficio es el gran maestro…
—Por eso les advierto que no confundan entrenar con el oficio porque, si no, te la terminás agarrando con el lugar de aprendizaje porque no te satisface tu necesidad. Esa satisfacción hay que buscarla afuera. Una vez que empezás a trabajar afuera empezás a comprender la importancia de ese pequeño espacio donde podés reflexionar sobre lo que hacés afuera. Actuar en una sala frente a 700 o 50 personas es lo que te permite la experiencia del oficio. Allí es donde usás las herramientas que aprendés en el estudio, y es ahí donde aprendés lo que es fallar, equivocarte, para después hacerlo bien.
—¿Cómo te preparás para actuar en una sala para 1.900 personas?
—Eso no es problema. El tema es que haremos una sola función. Más que problema es un desafio: tenemos solo una bala.