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    La enfermedad de la belleza: Sergio Blanco dirige a Roxana Blanco en el Teatro Solís

    El síndrome de Stendhal, por la Comedia Nacional, está en cartel de martes a domingos en la sala Zavala Muniz, hasta el domingo 19

    “Una obra de arte puede terminar encandilando, deslumbrando, encegueciendo, atrapando a quien tiene enfrente, casi como si se tratara de un rapto. Estar ante la belleza de una gran obra puede producir un cierto estado de éxtasis, y esto tiene una explicación fisiológica”, dice la doctora Magherini, interpretada por Roxana Blanco, en El síndrome de Stendhal.

    Sergio Blanco siempre será Sergio Blanco. Con todo lo bueno y lo no tan bueno que eso implica. En los últimos años el dramaturgo uruguayo radicado en Francia desde mediados de los años 90 había ingresado en una autorreferencialidad excesiva, incluso extrema, que reducía sensiblemente el placer de asistir a sus puestas. El síndrome de Stendhal, encargada de forma especial por la Comedia Nacional a Blanco, y estrenada en marzo en la sala Zavala Muniz, se mantiene en la autoficción, el género en el que el dramaturgo ha decidido instalarse en forma permanente; sin embargo, la buena noticia es que ha atenuado la tendencia reciente a reflejarse en sus textos y ha vuelto a la senda iniciada hace ya más de 15 años con Kassandra y consagrada en 2012 en Tebas Land, su obra más exitosa y más difundida en todo el mundo.

    En El síndrome de Stendhal, la autoficción se manifiesta en aspectos conceptuales y formales de la dramaturgia y no en detalles triviales. Como es habitual, el protagonista se llama Sergio Blanco y ahora vuelve a ser interpretado por Gustavo Saffores, protagonista de buena parte de los estrenos locales de Blanco, y que desde hace cuatro años integra la Comedia.

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    Gustavo Saffores en El síndrome de Stendhal.

    Gustavo Saffores en El síndrome de Stendhal.

    El personaje central está a cargo del relato y —otro sello de la casa Blanco— del metarrelato: hay un triple plano, el relato del cuento, en pasado, la representación de los diálogos entre los personajes y el relato de la construcción de la propia obra que estamos viendo. Roxana Blanco y Stefanie Neukirch interpretan los personajes femeninos de la obra.

    La trama aborda el conocido síndrome definido en los años 70 en Florencia por la psiquiatra y psicoanalista italiana Graziella Magherini, que aquí es interpretada por Roxana Blanco, y que consiste en toda una serie de trastornos que pueden presentar algunas personas luego de haber visto una obra de arte. La conmoción provocada por una experiencia estética extrema.

    Estamos en Florencia, en 2023. Después de dictar un seminario en una universidad, Blanco sufre un incidente que lo lleva a ser internado en el departamento psiquiátrico de un hospital de esa ciudad italiana. Allí es diagnosticado por Magherini con el mencionado síndrome por ella bautizado con el nombre del célebre escritor decimonónico francés Henri Beyle, quien firmó su obra literaria como Stendhal, y cuya novela más trascendente es Rojo y Negro. La conmoción que sufre el protagonista es provocada al enfrentarse a un cuadro del pintor italiano Caravaggio.

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    Roxana Blanco.

    Roxana Blanco.

    “Desde un punto de vista neurológico, cuando estamos ante lo bello, sucede un sinfín de reacciones químicas en nuestro cerebro, como el exceso de dopamina o la profusión de endorfinas que van a alterar toda nuestra estructura física y emocional”, explica la doctora con serenidad y hasta con parsimonia, en una muy buena composición de Roxana Blanco.

    El síndrome de Stendhal (de martes a sábados a las 20.30 h y domingos a las 18.30) es la crónica de una internación representada en los múltiples encuentros que el autor mantiene con la psiquiatra. En paralelo aparece el vínculo que Magherini tuvo en ese mismo hospital con una musicóloga y sonidista estadounidense de origen alemán que años atrás padeció el mismo trastorno que ahora sufre el protagonista. En la ficción, esta mujer notablemente interpretada por Stefanie Neukirch, fue la paciente que le permitió a Magherini descubrir este síndrome.

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    Stefanie Neukirch.

    Stefanie Neukirch.

    “Escribí este texto en torno a este síndrome fascinante para intentar hablar del poder desconcertante de la belleza y de la fragilidad extrema de los seres humanos”, dice Blanco en el programa de mano de la obra. “Y para hacerlo hice uso tanto de las palabras como del silencio. Por un lado esta pieza celebra radicalmente el lenguaje al mostrar que, pese a las peores cosas que hayamos podido vivir, siempre hay una posibilidad de reconstruirse gracias al poder que tienen las palabras: nombrar algo que no se podía decir es uno de los posibles caminos de sanación cuando hay una herida”.

    La puesta en escena mantiene las líneas clásicas de Blanco. Sobresale por su elegancia y elocuencia estética la labor de escenografía y luces de Laura Leifert y Sebastián Marrero. Ya sea sentados o de pie, los intérpretes se sitúan en torno a un escritorio que funciona como epicentro de la acción. Como siempre, Blanco pone en el centro el mueble dedicado a la escritura. Todo es filmado y proyectado en grandes pantallas (los actores Pablo Musetti y Mauricio Chiessa son los camarógrafos), lo que habilita un lenguaje actoral muy cinematográfico que enfatiza la gestualidad, las miradas y una oralidad íntima, casi susurrada.

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    La escenografía y las luces de El síndrome de Stendhal son de Sebastián Marrero y Laura Leifert.

    La escenografía y las luces de El síndrome de Stendhal son de Sebastián Marrero y Laura Leifert.

    La banda sonora tiene un rol central, ya que las canciones funcionan como una síntesis de cada escena, pero no son meros actos decorativos: hay un vínculo conceptual entre lo que suena y la historia, ya sea un tema de música electrónica o una pieza lírica cantada por una soprano de ópera.

    Blanco decidió usar un viejo piso de parquet que pertenecía al piso de la sala mayor del Solís antes de su última gran refacción y que ahora fue restaurado y recuperado para esta puesta. En ese piso reluciente, el autor concentra su mirada y su prédica: “Después del sonido insoportable de las hachas talando el bosque de árboles, pudimos encontrar la belleza de los pinceles que han sabido restaurar esas mismas maderas. Es entonces sobre este hermoso parquet que entre palabras y silencios vamos a hablar del claroscuro que somos los seres humanos. Porque después del horror, de la violencia, de la angustia, de la soledad, puede haber belleza. Ese es el gran misterio de nuestra especie: somos monstruosos y hermosos a la vez, somos capaces de saber usar un hacha pero también un pincel”.

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