Y eso es lo que hace El contrabando ejemplar. Combina historias. Combina historia, crónica, ensayo, ficción, memorias no del todo verdaderas, no del todo falsas, que se ensamblan indagando en las ideas del fracaso y el éxito, en qué significa realmente el acto de crear, y sí, en qué momento se jodió un país.
“Es una pregunta que excede a la Argentina; muchos países se la hacen. También aplica a la vida personal o vocacional: cuándo se deterioró una relación o dejó de interesarme lo que hago. Buscar el punto exacto del declive implica cierto pensamiento mágico: creer que al determinarlo se lo puede revertir. Es la pregunta escatológica occidental: la idea de que todo empieza con una caída”.
El narrador se llama Pablo, igual que el autor. Una especie de doble, tal vez. Maurette insiste en que todo es ficción, incluso lo autobiográfico: “Aunque escriba esta noche lo que hice hoy con exactitud rigurosa, es ficción, porque existe en una dimensión distinta. Escribir ‘un café’ no es tomar un café”.
Tras publicar La niña de oro, una obra que él define como “a la antigua”, del mundo real, con personajes inventados, sintió que el gesto estaba incompleto. “Creo que hay algo anticuado en eso hoy, en ese gesto de escribir una novela totalmente de ficción o con la pretensión de que sea totalmente de ficción. La autoficción, los juegos metanarrativos y todo eso me parece que tienen más que ver con el mundo en el que vivimos. No digo que haya que escribir lo que está de moda; la maniobra está en Dante, que se incluye como personaje, después en Cervantes, que escribe sobre el escribir, y en Borges, que también elige ese camino. Creo que esos juegos están más a tono con el mundo en el que vivimos, un mundo totalmente anfibio. La mitad del tiempo estamos como en otra dimensión, tenemos avatares, somos personajes de las redes, somos nosotros; no digo que una cosa esté bien y otra esté mal, pero después de haber escrito una novela a la antigua sentí la necesidad de jugar un poco más con las distintas capas de la realidad y las dimensiones.
Pablo va explícitamente a robar el manuscrito inacabado de Eduardo de la Puente, amigo y mentor que murió en Madrid, donde se había mudado años atrás, después de haber salido del clóset tras un quíntuple bypass. Aunque, en realidad, ahí está el truco: Pablo no es el único narrador. Parte del atractivo de esta novela es la multiplicidad de voces que dialogan, se conectan y se trenzan, creando un tejido narrativo en el que, en más de una ocasión, se disuelven identidades, tiempos y espacios.
“Eso era lo que más me inspiraba, una concatenación de narradores, pero que llegue un punto en el cual no sabés bien quién habla y no importa, claro, no sabés bien quién cuenta y no importa, y se va fundiendo un narrador en el otro. De hecho, en un momento, casi a la mitad del libro, el narrador cuenta sobre su vida en Italia, en Roma, que tenía una novia y van a visitar un castillo y la mujer que labura en el castillo les empieza a contar la historia de este Pietro Malaspina. Y uno podría incluso pensar que todo lo que sigue, o sea, la segunda mitad del libro, está todo narrado por esta mujer. Entonces sí, era un poco la idea que no importase quién hablaba, pero, bueno, sé que hay lectores a los cuales les puede molestar eso. De hecho, el otro día cometí el error de meterme en Goodreads. Nunca me había metido y un amigo escritor me dijo: ‘Tenés que meterte, tenés que lidiar con eso, porque ahí realmente es el único lugar sincero donde te enfrentás con el lector anónimo que te canta las 40’. Y una de las cosas de las que se quejaban algunos lectores era de eso”.
Lugares comunes
La habilidad con la que Maurette entreteje estas voces y estas vidas y estas historias es ejemplar. Y hace todavía algo más, que al principio puede hacer ruido durante la lectura: salpica el relato con lugares comunes, frases hechas, algo que todo escritor que se toma su trabajo más o menos en serio intenta evitar como la peste (hablando de lugares comunes). Maurette pone en palabras de su narrador, que es él y a la vez no es él, expresiones como “silencio sepulcral”, “fumaba como un murciélago”, “desde tiempos inmemoriales”, etcétera, recursos que delatan al Pablo narrador como un escritor ciertamente limitado.
Porque Pablo, el narrador principal, el ladrón, el contrabandista, no es un genio incomprendido o maldito, sino un escritor que no ha conseguido lo que quería o sentía que se merecía, que no es otra cosa que consagrarse como autor. Y este Pablo, al revisar su propia historia, también busca respuesta a la pregunta de cuándo se convirtió en un ladrón, cuándo fue que su vida se jodió, además de hacer un sincero y nada complaciente repaso de su carrera.
Ahogándose en la irrelevancia y en los lugares comunes, la novela inacabada de Eduardo es su único salvavidas, parasitar una herida real, algo que tenga peso histórico y emocional, para construir algo auténtico, con alma, porque la novela de Eduardo no es solo una novela histórica, sino el intento por diagnosticar el fracaso histórico de Argentina, la radiografía que muestra eso que está roto, la raíz del problema.
Pablo Maurette, premio Herralde de Novela 2025.
Javier Calvelo/adhocFOTOS
Lo monstruoso
La tesis de Eduardo viaja hacia el siglo XVII, cuando Buenos Aires estaba fuera de la ruta oficial de las flotas comerciales y se vio obligada a sobrevivir a través de 200 años de contrabando masivo y sistemático, un dispositivo tan institucionalizado que se le llamaba irónicamente “contrabando ejemplar”. Y a esa historia se suma un elemento mítico, la aparición de un monstruo tricéfalo, una aberración que nace de la unión entre una mujer indígena querandí y un europeo. Eduardo describe a esta criatura como un aborto nacional, la encarnación de un país que, según él, está condenado desde antes de nacer. Pero Eduardo no llegó a terminar la novela, también en buena medida porque sabía que la historia del monstruo era un artificio narrativo difícil de sostener. “La novela misma fue un aborto”, dice Pablo. (Abundan los abortos en las historias de El contrabando ejemplar). “Decidí devolverle la vida al feto, criarlo, quererlo. Cuando murió Eduardo me puse en campaña para conseguir el manuscrito”.
Maurette vive parte del año en Florencia, Italia, y otra parte en una pequeña ciudad llamada Jupiter, en Florida, Estados Unidos, donde trabaja como profesor asociado de literatura inglesa y comparada en la Florida State University. Escribe a diario, de ocho a doce de la mañana. Concibió la idea tras escuchar la frase "contrabando ejemplar" y comenzó la redacción en mayo de 2023 durante una residencia en la Fundación Santa Maddalena, en la Toscana, institución que hoy dirige. Le tomó casi dos años de trabajo matutino. Durante el proceso recurrió a lecturas heterogéneas, entre ellas Mis rincones oscuros, la autobiografía de James Ellroy.
“Esa primera persona chocante me sirvió de inspiración. Cuando escribo leo como un ave de rapiña, buscando impulsos o digresiones. La novela es algo monstruoso en lo que entra todo”. Su faceta académica influyó en la concepción del monstruo mientras estudiaba teratología de la modernidad temprana.
Pregunta obvia: ¿Qué le atrae de lo monstruoso? Respuesta: “La mera excentricidad anatómica, la prueba de que la naturaleza puede producir formas que ni imaginábamos. Toda individualidad es monstruosa, porque no hay dos individuos exactamente iguales. Toda variación es una forma de monstruosidad”. El monstruo, dice, es solo la versión más evidente de eso. “La fascinación por lo deforme está viva igual que siempre”. Frenar frente a una deformidad extrema para sacar una foto le parece horrible, agresivo. Pero que llame la atención, dice, es simplemente humano.
Recientemente, mientras planeaba un cuento sobre la infancia de un personaje que escucha la historia del asesino en serie el Petiso Orejudo, reabrió el único libro que había leído sobre el tema treinta años atrás, escrito por María Moreno. Descubrió que la autora se lo dedicaba a su abuela por haberle contado sobre ese mismo criminal en la infancia. “Uno escribe pensando que inventa algo y en el fondo está repitiendo cosas que no recuerda”.
En un momento de la novela, el narrador reflexiona sobre la futilidad del oficio: “A menudo se me hacía evidente el disparate de escribir novelas. No solo porque el sol se va a comer a la Tierra, sino porque el esfuerzo persuasivo de una novela es inútil. El arte compite con la vida y pierde siempre”.
Maurette considera que la prueba definitiva de una obra es el paso del tiempo, como ocurre con la Odisea, Moby Dick u Ovidio, que se jactó de que lo leerían mientras existiera el imperio. “Cualquier otro que diga eso pasa por payaso”. Al evaluar por qué se escribe, descarta la trascendencia o la fama. Se queda con la expresión como impulso natural: “Hay gente que se expresa hablando, dibujando o haciendo negocios. Escribir es una forma de estar en el mundo y no se elige. Es lo que en italiano se dice perché sono fatto così: porque estoy hecho así. Es una afirmación del propio ser. “No tengo recuerdos de un tiempo en el que no estuviese pensando en historias. Desde que aprendí a escribir hacía cuentitos de enanos malditos y monstruos, y mi padre, que tenía una imprenta, me los abrochaba en pequeños libritos. Estaba todo ahí”.