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    ‘Un cabo suelto’: en su cuarta película como director, Daniel Hendler redefine la gentileza

    Un policía huye y se esconde entre quesos del litoral en esta sagaz comedia sobre la identidad en construcción y la bondad sin explicaciones

    El 2025 marcó un hito en la carrera de Daniel Hendler como cineasta al estrenar dos películas. Por un lado, 27 noches, su debut como director para Netflix, abrió la competencia oficial de San Sebastián en setiembre. Por otro lado, Un cabo suelto, filmada en apenas cuatro semanas y media en el litoral uruguayo, consolidó su recorrido internacional tras presentarse en la sección Spotlight de Venecia y obtener una mención especial en Horizontes Latinos de San Sebastián

    A fines de marzo de este año, Un cabo suelto abrió el 44° Festival Cinematográfico Internacional del Uruguay, con Hendler presente como director invitado y también como miembro del jurado en la competencia internacional. Junto con la guionista y escritora uruguaya Inés Bortagaray, y el periodista y programador suizo Frédéric Maire, premiaron a la película austríaca The loneliest man in town, de Tizza Covi y Rainer Frimmel, como la mejor de la sección competitiva del festival.

    Aquel largometraje retrata a un hombre que resiste quieto la expulsión de su mundo. En Un cabo suelto un hombre huye para intentar escapar de un pasado, y una frontera, que le está mordiendo los talones.

    Hay una simetría inevitable en este relato, resultado de una coproducción entre Uruguay y Argentina. Hendler es uruguayo radicado en Buenos Aires desde su joven adultez, e irrumpió en el cine de su país antes de desarrollar su carrera desde la vecina orilla. Conoce de adentro la idealización del paisaje uruguayo y la introduce en el prólogo de su película, antes incluso de que sepamos quién es el protagonista. La cámara todavía no mostró caras, solo manos, voces, figuras en sombras dentro de un auto que recorren un pueblo en busca de algo. Uno de esos cuerpos sin definir mira al entorno y suelta: “A veces pienso que me gustaría vivir en un lugar así”. Viene a perturbar la calma que admira.

    Es una llegada sin cara, sin presentación, el tipo de entrada que los westerns reservan para los foráneos. Al que buscan es a Santiago, un cabo tucumano de la Policía Argentina interpretado con pura solvencia por el actor Sergio Prina. Vio algo que no debía dentro de la fuerza y ahora sus propios colegas desean callarlo. La película no se detendrá a explicar los detalles de esa traición.

    Hendler tiene el andamiaje de un policial y decide no usarlo como tal. En su lugar construye una comedia sagaz y redonda de esas que dejan que el humor emerja del absurdo de una verdad mal sostenida.

    Embed - Un cabo suelto - Trailer

    Cuando la oscuridad del prólogo cede y aparece el paisaje uruguayo la película ya estableció su registro. En general, la cámara en Un cabo suelto nunca sabe más que los personajes. Llega donde ellos llegan y se detiene donde ellos se detienen. Las persecuciones no aparecen cuando se las espera, los perseguidores parecen incompetentes por diseño y el verdadero suspenso de la película quizás ni siquiera esté en si atraparán al cabo, sino en la reconstrucción que él hará, desde cero, de su nuevo presente.

    En la distancia entre los cuerpos es donde se proponen varios de sus juegos. En el puesto de quesos, el núcleo espacial donde la película instala su primer acto, Santiago y el puestero, interpretado por el músico Alberto Mandrake Wolf, comparten el cuadro sin mirarse de frente, cada uno en su mitad, y la tensión emerge de esa geometría antes que de cualquier diálogo. Hendler lo ha descrito en entrevistas (su visita lo tuvo en una de sus giras mediáticas nacionales más ocupadas en sus últimos años) como un duelo. La puesta en escena le da la razón. Es un western filmado a distancia de seguridad, donde el peligro se mide en metros entre cuerpos. Pero, a diferencia del western clásico, donde esa distancia anuncia violencia, acá anuncia otra cosa: la posibilidad, todavía abierta, de que nadie salga lastimado. Después de que el puestero le ofrece una degustación, un plano desde adentro del kiosco los muestra juntos por primera vez en el mismo espacio, diferentes pero unidos, los cuerpos tomando peso. Hendler los deja actuar sin apurar lo que está pasando.

    El uniforme es lo que mantiene esa posibilidad abierta. Se convierte en una herramienta de producción de confianza a la que el protagonista recurre en un inicio. Cuando Santiago lo lleva puesto, los demás personajes se reordenan a su alrededor de una manera concreta: abren paso, ofrecen, preguntan poco. El encuadre sostiene esos gestos sin música que los señale, sin un primer plano que fuerce la emoción. La bondad que circula en esas rutas del litoral no se comenta. Se filma y se deja estar. Es precisamente esa manera de filmarla sin explicación, sin recompensa dramática, la que establece desde dónde mira la película.

    Prina es quien sostiene esa mirada desde adentro. Encuadrado durante una escena por la pequeña ventanita del kiosco de quesos, aparece chiquito en el plano pero decidido, como si el marco lo concentrara en lugar de achicarlo. Prina a veces trabaja con el cuerpo en los bordes del cuadro, en el tiempo que tarda en procesar lo que le dicen antes de responder, en cómo ocupa el espacio físico de cada escena siempre calculando la salida. Quienes vieron El motoarrebatador (2018), de Agustín Toscano, ya saben de qué es capaz cuando el guion le pide sostener una tensión sin palabras. Acá Hendler le pide algo similar, pero en registro opuesto. No la amenaza, sino la fragilidad de un hombre que intenta pasar desapercibido. Como un roedor grande y amable, tiene una expresión abierta que convive con una vigilancia permanente, como si el peligro y la confianza coexistieran en el mismo gesto. A medida que la película avanza y el uniforme de policía empieza a perder sentido, Prina encuentra maneras de estar en el cuadro que son más quietas, más expuestas.

    Pilar Gamboa entra en esa misma frecuencia y la eleva. Interpreta a la encargada de un free shop de la frontera, una mujer que trabaja de noche y que recibe al cabo sin hacer demasiadas preguntas. Sostiene el cuerpo de una manera específica y hay una ferocidad usual contenida en sus ojos grandes que puede desarmar cuando quiere. La relación que construye con Prina no se declara en ningún diálogo explícitamente romántico. Tampoco hace falta. Conversan lo necesario, se miran con una demora que el guion de nuevo no apura, y lo que pasa entre ellos existe en los detalles más ridículos y más precisos al mismo tiempo, como el plano donde comparten auriculares, escuchando música desde un celular, y el cable forma involuntariamente un corazón contra las paredes rojas del free shop.

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    El actor Sergio Prina en una escena de Un cabo suelto

    El actor Sergio Prina en una escena de Un cabo suelto

    A Mandrake, Hendler lo ubica en un lugar de privilegio, casi que abriendo y cerrando la película con su figura. Quien tenga curiosidad por ver cómo se mueve un músico en otro rubro encontrará en su trabajo una respuesta austera y precisa. Le impuso una restricción concreta, mínimo movimiento en el encuadre, casi inmovilidad total. Wolf tiene algo de búho, los ojos agrandados por el lente, el pelo para atrás, una quietud que no es pasividad, sino vigilia. Frente a la movilidad a veces nerviosa de Prina, es el punto fijo del cuadro, el único personaje que no necesita el uniforme para que le crean porque su autoridad no viene de la ropa, sino del lugar. Su moto es su caballo. Su puesto de quesos, su territorio. La bondad que le extiende al cabo, sin preguntas, sin condiciones, tiene esa misma consistencia.

    Esa quietud encuentra su contrapunto en el boliche del pueblo, donde suena la cumbia que atraviesa la película, interpretada por Matías Singer, hermano del director y figura recurrente en sus obras. Ahí la película celebra lo colectivo, lo comunitario, el bailecito de un lugar donde la gente todavía se junta a escuchar música en vivo. Es la misma gramática con que Hendler filma Fray Bentos y Mercedes: horizontalidad del paisaje, luz sin sombras largas, distancia entre los puntos de referencia en el cuadro. Parece ser un espacio que no exige nada y que por eso mismo resulta tan difícil de abandonar.

    Frente a esa calma, las escenas de los perseguidores traen otra urgencia. Son bordes, sin embargo, en un relato que sabe con precisión qué quiere hacer con su centro. En el mismo boliche donde antes solo era un extraño, Santiago deja de esconderse y ocupa el escenario. Sin uniforme, sin papeles, simplemente con su voz, traza una línea entre los de afuera y los de adentro. Ya no es el que huye: es el que defiende el lugar al que llegó por casualidad.

    Hendler lleva cuatro películas construyendo un cine que privilegia lo lacónico, lo despojado y lo, en apariencia, insignificante por sobre el énfasis dramático. Sus héroes son siempre desplazados que habitan mundos cuyas reglas no terminan de descifrar. La identidad, en su cine, no es una esencia, sino una arquitectura precaria. Y la cámara observa esa fragilidad sin invadirla, desde una distancia que no es frialdad, sino respeto por el misterio del otro.

    Un cabo suelto es su película más segura en esa búsqueda. El humor emerge del absurdo de una verdad que los personajes intentan sostener sin éxito, y la bondad circula sin necesidad de explicaciones. Hendler filma como quien no quiere molestar. Y en ese gesto, que podría ser mínimo, construye una forma de estar en el cine. Y al mirar así, sin pedir nada a cambio, encuentra lo que otras miradas pasan por alto.