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‘Un hijo propio’: el caso de la mujer que fingió un embarazo durante meses y la película de Netflix que lo cuenta
La cineasta chilena, dos veces nominada al Oscar, cruza ficción y documental para reconstruir un caso real ocurrido en México en 2009 y para meterse con el mandato de la maternidad y los límites de la verdad
Maite Alberdi (a la izquierda) durante el rodaje de Un hijo propio.
A las 18.34 del 17 de junio de 2009, una mujer salió del Hospital General de Ciudad de México con una bolsa de regalo en la mano. Adentro, envuelta en mantas, llevaba a una beba recién nacida. Su madre, Mayra Navarro Vega, se había levantado un momento para ir al baño. Cuando volvió a la habitación, la cuna estaba vacía.
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La mujer de la bolsa se llamaba Alejandra Marín Mendoza. Tenía 26 años y trabajaba en la institución desde los 18, donde comenzó como administrativa cargando datos. Con los años pasó a desempeñar tareas en servicios clínicos, ginecología y obstetricia. Conocía al detalle el edificio, las salas de parto y la dinámica de los turnos.
El plan de Marín había empezado cinco meses antes, cuando sufrió su tercer aborto espontáneo y decidió no contarlo. Cercada por la presión familiar que le exigía un hijo desde hacía años, prefirió no romper la ilusión y decidió sostener la ficción de un embarazo que ya no existía. Aumentó más de 30 kilos comiendo de manera compulsiva, adulteró su expediente clínico y consiguió que un médico le confundiera el pulso materno con el latido del feto usando un estetoscopio común para firmarle la licencia prenatal. La mentira culminó con un baby shower, a todo trapo, que quedó registrado en video.
Con la fecha límite encima, entró a la habitación de Navarro haciéndose pasar por trabajadora social, puso a la recién nacida en la bolsa y caminó hacia la salida. La detuvieron esa misma madrugada en un operativo en un hotel de Iztacalco, junto con su marido y la beba.
Las primeras versiones en la prensa mexicana especularon con una red de tráfico infantil, pero las autoridades lo descartaron enseguida al confirmar que se trataba de un acto individual motivado por la invención del embarazo. Marín terminó condenada a 13 años de prisión por sustracción y retención de menor, mientras que su esposo, Arturo Calderón, pasó dos años y medio preso hasta que la Justicia probó que desconocía el engaño. Esta trama de presiones sociales, simulacros y dolor se convirtió en el foco de Un hijo propio, una nueva película estrenada por Netflix a cargo de la celebrada cineasta chilena Maite Alberdi.
Ficción en la forma
La directora llegó dos veces a la nominación al Oscar en apenas cuatro años, primero con El agente topo (2020) y después con La memoria infinita (2023). En 2021, en plena campaña por esa primera nominación, Alberdi explicaba en una entrevista con Búsqueda que sus investigaciones nunca arrancaban por la temática, sino por el estilo. Para El agente topo quería que el espectador se preguntara qué era eso que estaba viendo y sintiera “ficción en la forma”. El disparador fue el film noir: si el género pertenecía a la ficción, la pregunta era cómo construir uno desde el documental y quién debía ocuparlo. La respuesta fue buscar una agencia real e infiltrar a un anciano de 83 años en una casa de salud.
Aquel método no dependía de planes de rodaje rígidos, sino de esperar a que la vida fluyera frente a la cámara. “Mi día de rodaje no se materializa en el número de escenas filmadas, como sería en una ficción. Hay semanas en que no tengo material. Pero no es una semana perdida. Tengo que estar ahí, en el terreno, para aprender a mirar”, dijo entonces.
La memoria infinita llevó esa investigación al extremo opuesto. Allí no había dispositivos de género ni investigaciones encubiertas, sino una cámara encendida en la intimidad de un hogar golpeado por el avance del alzhéimer. La película registra la relación entre Augusto Góngora, periodista cultural histórico que durante la dictadura trabajó en el noticiero clandestino Teleanálisis, y su esposa, la actriz y exministra Paulina Urrutia. Presentada en Uruguay en la apertura del DocMontevideo en la sala Zavala Muniz del Teatro Solís, la película se convirtió en un hito de taquilla en Chile y en su trabajo más visto.
El salto al caso de Alejandra Marín representó un giro drástico, al ser su primera producción fuera de Chile. A la historia llegó de casualidad, mientras investigaba en cárceles de Ciudad de México. En el penal de Santa Martha Acatitla, Alberdi escuchó el testimonio de Marín y durante dos años le creyó su versión. Marín afirmaba que la beba había sido entregada bajo un pacto voluntario con la madre.
Fue recién al revisar el expediente judicial y entrevistar a la madre biológica cuando entendió que el relato de la reclusa era una mentira elaborada. Los hechos habían ocurrido 15 años atrás y el único presente observable era una celda. Si Alberdi aplicaba su técnica habitual de espera y seguimiento, se quedaba únicamente con la rutina del encierro y perdía la densidad del pasado.
Para resolver ese problema, la cineasta necesitó dar un paso previo. Incursionó por primera vez en la ficción con El lugar de la otra (2024), donde exploró las herramientas de la reconstrucción histórica. Fue justamente ese aprendizaje el que le dio la llave para volver al documental con la libertad de recrear la mentira de Marín, confrontarla con las pruebas y estructurar una narrativa donde la recreación y la evidencia del caso terminan conviviendo en la pantalla.
Ana Celeste Montalvo como Alejandra en Un hijo propio.
Luis Antonio Rojas / Netflix
En tonos pastel
Como si fuera una maga, Alberdi no titubea al revelar sus trucos. Un hijo propio empieza con las audiciones de las actrices que leen el testimonio de Marín para quedarse con el papel. Poner ese casting al inicio es una invitación directa al pacto, transformando en representación la subjetividad de la protagonista.
Durante casi la primera mitad de la película, la pantalla despliega un cuento de hadas con tonos pastel, fucsias, amarillos y luz difusa, donde los actores Ana Celeste Montalvo y Armando Espitia encarnan el noviazgo, la boda del año 2000 y el embarazo falso como un melodrama empaquetado. En esa escenografía de ensueño, cobra forma la fantasía con la que Marín intentó tapar la presión familiar tras tres abortos espontáneos. La propia protagonista contó tiempo después que durante aquella fiesta simulada sentía que habitaba otra dimensión y que quería gritar que nada era real, pero el personaje ya la tenía atrapada.
La trampa estética que propone Alberdi sostiene la ficción hasta que el relato llega al ingreso en el penal de Santa Martha Acatitla y la paleta pastel colapsa. El choque no es gradual. La transición más brusca ocurre cuando la recreación del baby shower actuado se corta para dar paso al video casero en VHS filmado la noche real de 2009. Aparece en pantalla el cuerpo verdadero de Marín y la mirada fija a la cámara. La irrupción de ese archivo doméstico desmorona la versión idílica y deja al desnudo la dimensión psiquiátrica del engaño.
Alberdi esquiva además la condena rápida del titular policial sin pretender, al mismo tiempo, absolver a la protagonista. Su propuesta se limita a poner a convivir la comedia con las actas del proceso penal, dejando que la reconstrucción del caso exponga las fallas de un entorno que no supo o no quiso ver el colapso.
La directora termina topándose en Un hijo propio con la imposibilidad de explicar a Marín por completo. La película elude la comodidad del villano de true crime y el cliché de la víctima social no por neutralidad, sino porque la protagonista se resiste a cualquier lectura unívoca. La joven de 26 años cercada por el mandato de la maternidad y desamparada por un sistema médico que validó un embarazo fantasma es, al mismo tiempo, la mujer que puso a una recién nacida dentro de una bolsa de regalo.
Dedicar la primera mitad a traducir la versión de Marín en un melodrama rosa pastel obliga al espectador a habitar su angustia. Sin embargo, cuando la madre biológica irrumpe en pantalla para recordar que jamás sintió compasión por quien le robó a su hija, la estetización muestra sus costuras más problemáticas y surge la duda de si esa belleza no terminó por suavizar la culpa y postergar el dolor de la víctima.
En su testimonio no hay un pedido de perdón directo. Su relato se refugia en el trastorno disociativo y en la sensación de haber habitado otra dimensión. Aunque la pericia forense confirma la disociación como defensa ante la pérdida, la duda persiste, por lo que la protagonista oscila entre la mujer atrapada en su delirio y la estratega que sostiene una narrativa como víctima.
Quizás el golpe más amargo de la propuesta radica en la inutilidad de la redención. Frente a la exigencia del guion de ficción, que impone arcos de transformación y viajes del héroe, Alberdi parte de una premisa propia del documental: en la vida real las personas rara vez cambian. El caso de Marín no se aleja de ello. Tras 13 años de encierro donde comprendió que su existencia no se reducía a la maternidad, su salida en 2024 la devuelve a la misma inercia que desencadenó el delito. La entrevista a su esposo revela que ya planifica nuevos tratamientos para buscar un varón.