La frase se tomó como una respuesta directa a la postura que el cineasta alemán Wim Wenders sostuvo en febrero, desde la presidencia del jurado del Festival de Berlín, cuando se negó a posicionarse sobre Gaza con un argumento que recorrió el mundo: “Tenemos que mantenernos al margen de la política. Somos el contrapeso de la política. Somos lo contrario de la política”.
Lo de Wenders dejó un clima previo al festival francés caldeado. Su colega y delegado general de Cannes, Thierry Frémaux, salió a defenderlo, pero la programación que él mismo supervisó se leyó como una respuesta silenciosa.
La Palma de Oro se la llevó Fjord, del rumano Cristian Mungiu, su segunda tras la de 2007, por 4 meses, 3 semanas, 2 días. Trata sobre una familia ultrarreligiosa de padre rumano y madre noruega que se muda al pueblo natal de ella, situado en un fiordo, y termina en una pelea judicial con el Estado, que le cuestiona la crianza de sus cinco hijos. Una parte de la crítica latinoamericana la leyó como una película reaccionaria.
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El Gran Premio del Jurado fue para Minotauro, del ruso Andréi Sviágintsev, que arriba del escenario le pidió al presidente Vladímir Putin que terminara con la “carnicería” en Ucrania. Fue, también, un gran año para el cine español: los cineastas Javier Calvo y Javier Ambrossi, conocidos como “los Javis”, compartieron el premio a la Mejor dirección por La bola negra, una pieza alrededor del imaginario de García Lorca, con el polaco Pawel Pawlikowski, distinguido por Fatherland, que narra el viaje de Thomas Mann de regreso a Alemania en 1949, tras huir de los nazis.
En camino
La Agencia del Cine y el Audiovisual del Uruguay (ACAU) volvió al Marché du Film, el mercado del festival, bajo la marca Uruguay Audiovisual. Acompañó a una delegación de unos 20 productores, puso a disposición un estand para reuniones y armó una agenda de encuentros de coproducción con representantes de 15 países, según relató la institución a Búsqueda.
Con Italia avanzó la posibilidad de un fondo bilateral de coproducción que, según la agencia, “abriría grandes oportunidades no solo con este país”, sino con Europa a través de la propia Italia. Con Canadá, que ya tiene un acuerdo de coproducción con Uruguay —uno de los pocos que el país norteamericano firmó con un socio latinoamericano—, se definió una hoja de ruta para reforzar proyectos en conjunto. Y también hubo acercamientos con agencias de promoción de Japón, Hong Kong e India.
Delegación uruguaya en Cannes 2026
Delegación uruguaya en Cannes 2026.
ACAU
El anuncio fuerte de la semana fue otro. Ventana Sur, el principal mercado audiovisual de la región, volverá a Montevideo del 30 de noviembre al 4 de diciembre, en una coorganización entre el Marché du Film, la ACAU y el Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales de Argentina. Hacerlo desde Cannes, explicó la agencia, era una manera de capitalizar la vidriera y reafirmar el lugar de Uruguay anunciándolo “en el principal mercado audiovisual del mundo, frente a productores, compradores, distribuidores, programadores, plataformas y tomadores de decisión de la industria global”.
“En esta edición del Marché du Film quedó en claro cómo el trabajo consistente que se ha venido realizando da lugar a que se perciba a Uruguay ya no como una nación emergente, sino totalmente establecida, con un ecosistema audiovisual estratégico estable de gran crecimiento, un socio confiable para proyectos internacionales”, expresó la institución al momento de hacer un balance. “Cannes sirvió justamente para seguir fortaleciendo ese posicionamiento, profundizar conversaciones clave y abrir nuevas posibilidades de desarrollo y financiamiento para proyectos uruguayos”.
A bordo
Por fuera del Palais, en la bahía, estaba el barco. El José Ignacio International Film Festival (JIIFF) repitió la apuesta del yate Alhambra como sede flotante, esta vez convertido en lo que su socio fundador, Pablo Mazzola, llamó un hub. Desde ahí lanzaron premios de industria —más de US$ 150.000 para proyectos iberoamericanos— y dieron visibilidad a las tres películas latinoamericanas que celebraron su estreno internacional: El partido, de los argentinos Juan Cabral y Santiago Franco; La perra, de la chilena Dominga Sotomayor; y La libertad doble, del argentino Lisandro Alonso.
Mazzola ordenó el balance del JIIFF en tres hitos: el espacio del Alhambra como base de trabajo de cara al festival de enero de 2027; un encuentro que llamaron Revolución Latam, pensado para “proyectar y pensar y gestionar de manera concreta el cine latinoamericano en Latinoamérica”; y el lanzamiento de una nueva edición del JIIFF Lab, también para enero. De los premios de industria ya había dos películas en proceso. Todo, insistió, eran alianzas del sector privado para empujar la coproducción uruguaya.
Orientales
Dos de las tres que pasaron por el Alhambra tienen una huella nacional, y las dos participaron en la Quincena de Realizadores, la sección paralela no competitiva que este año entregó su Carroza de Oro a la francesa Claire Denis.
Una es La libertad doble, de Lisandro Alonso, su regreso tardío al territorio de La libertad (2001): el mismo leñador de las pampas, 25 años después. La película —coproducción entre Chile, Argentina, Luxemburgo, Alemania, Reino Unido, Estados Unidos y Uruguay— tuvo entre sus productores a Cimarrón, que el año pasado llevó a Cannes La desaparición de Josef Mengele.
La otra era La perra, de la cineasta chilena Dominga Sotomayor, una adaptación de la novela de la colombiana Pilar Quintana, filmada en Chile, con elenco chileno y brasileño. El vínculo uruguayo es a través de la guionista, Inés Bortagaray, que adaptó la novela junto con la directora.
Sotomayor, en conversación con Búsqueda, contó que se cruzó con Bortagaray hace más de 15 años, por la fotógrafa Bárbara Álvarez, y terminaron escribiendo juntas casi sin proponérselo, primero una asesoría de guion, después la adaptación de Quintana.
La perra se fue de Cannes con la Palm Dog, ese premio que un jurado de críticos entrega desde hace más de dos décadas a la mejor actuación canina del festival. Se lo dieron a Yuri, el perro que en la ficción acompaña a una mujer que recoge algas en una isla del sur de Chile, y que para la directora era un personaje central, no un accesorio de la protagonista.
“Las dos hicimos la adaptación, pero ella es la guionista”, precisó la directora sobre el trabajo con Bortagaray. “Estoy muy agradecida de Inés, me parece que es muy talentosa. Queremos seguir trabajando juntas. Ha sido muy bonito descubrir su trabajo y la afinidad que tenemos para colaborar en el cine”.
Memoria exprés
Otra cineasta uruguaya llegó al festival por el camino menos pensado. La realizadora uruguaya Jo Álvarez es parte de un grupo de amigos que hace cine en la productora Raccord104. Ganaron el concurso 48 Hour Film Project uruguayo y terminaron en el Short Film Corner de Cannes, otro espacio de industria, con Liberarse, un corto escrito, rodado y editado en un fin de semana, con elementos sorteados de antemano.
Les tocó el género de historia alternativa y eligieron mirar hacia adentro y reproducir la toma de un liceo en 1968, con referencias a los mártires estudiantiles Susana Pintos y Líber Arce. El título era un juego entre el nombre de Arce y la idea de liberarse uno mismo.
Para Álvarez, el viaje fue varias cosas a la vez. Por un lado, la escala del Marché, que al principio abrumaba. “Todo sucede al mismo tiempo y hay una cantidad enorme de personas, proyectos e instancias ocurriendo constantemente”, sobre todo “viniendo desde un lugar más estudiantil o independiente”.
Lo describió también como un lugar para pararse frente al espejo: “El festival también fue un espacio para encontrarnos con nosotros mismos y preguntarnos qué tipo de cine queremos hacer, qué queremos transmitir y cómo queremos mostrarnos frente al mundo”. Y hubo un cruce de fechas que la marcó: la proyección de Liberarse cayó justo el 20 de mayo, el día de la Marcha del Silencio.
Regresaron sabiendo que llegar hasta el festival “no es una fantasía lejana, sino una posibilidad real si uno trabaja, insiste y encuentra gente con quien construir el camino”.