En Uruguay se considera que estamos frente a una crisis en la educación.
El aula es crisis, la escuela es crisis, si no lo fuera, estaría muerta. La crisis vivifica el conflicto originario que se da en el aula, que es un cruce de diferencias. Una escuela que no esté en crisis sería un cementerio, un lugar poblado de fantasmas. Esa crisis hay que alimentarla. Yo creo en la crisis como algo creativo. La escuela es básicamente un campo de conflicto. En general, la institución escolar tiene un problema, porque como cualquier institución es conservadora y pretende normalizar, mientras que el docente está intentando promover el pensamiento crítico y el alumno está intentando que le pase algo. En Argentina tenemos docentes del siglo XX con alumnos del siglo XXI en instituciones del siglo XIX. Es un cambalache de eras en tensión permanente.
¿Cómo puede ser un filósofo deconstructivista o derridiano en una institución conservadora?
Es problemático, pero creo en lo problemático y busco problematizar en todas las acciones que hago. La filosofía no resuelve problemas, los crea. Hacer filosofía es pelearte con el sentido común. Por algo me dediqué a la divulgación y salí de los marcos que propone la institución escolar. No soy un docente que hizo carrera académica clásica. De joven di clases y cursos y luego me fui a la radio a la televisión y al teatro. Una manera de pelearte con la institución es no legitimar un único centro de producción del saber.
¿Le parece que en el Río de la Plata la sociedad no valora al docente como se merece?
Estuve hace tres años con los profesores de filosofía agremiados dando una charla en el PIT-CNT. La problemática la vi bastante parecida. Creo que hay una cuestión generacional: a un docente de 50 años realmente le cuesta vincularse con las transformaciones a las que debe enfrentarse, que no son solo informáticas, sino también identitarias. Hoy, por primera vez en la historia de la educación, el alumno sabe más que el docente y ya no hay verticalidad. Sabe más porque sabe cómo acceder al conocimiento, por lo menos al contenido, y el docente no. Hoy entro a un aula y escribo “Platón nació en el...” y alguien me grita: “247 a.C.”. Me dicen que lo googlean y yo les retruco que no lo saben de memoria. Y mi alumno me responde: “Yo sí lo sé de memoria porque accedo a la memoria colectiva”.
La memoria te ayuda a ganar discusiones.
Hoy ya no. Las discusiones se realizan en las redes sociales. Hoy la esfera pública ya no es el viejo ágora, café o claustro donde discutías. Los enfrentamientos potentes se dirimen en las redes sociales. Hay otro tipo de posesión del saber que rompe con la lectura clásica del docente fálico que creía que él poseía el conocimiento y venía a diseminarlo a sus alumnos con esa vieja y polémica etimología falsa del alumno carente de luz y el docente como el iluminador. Hoy hay una horizontalidad, una democratización del saber, que le implica al docente transformarse, pero cuando le pedís cambiar, le metés el dedo en la llaga. Le tocás su principal métier. Para mí, un docente que no está reinventándose todo el tiempo carece de vocación; se volvió un burócrata.
¿La deconstrucción solo puede provenir desde la izquierda?
Hay una ubicación en la izquierda por parte de la deconstrucción porque cuestiona todos los esencialismos y las derechas conservadoras, no las liberales, suelen aferrarse a ellos. Esencialismo es la idea de que las cosas se definen por una idea última, definitiva e inmodificable. Deconstruir es evidenciar que todo puede ser de otra manera. Esa apertura está asociada a un pensamiento de izquierda, no necesariamente revolucionaria, pero sí cultural.
¿Por qué todos los movimientos que exponen a la luz una relación de poder o una dicotomía invisibilizada terminan asociados a la izquierda? Por ejemplo, el feminismo.
El feminismo es un horizonte de posiciones muy diversas. El conservadurismo sí es una posición de derecha, porque se coloca en ese lugar en el que todo deconstruismo trabaja, que es invisibilizar el carácter de constructo de todos sus valores. Dan por supuesto que todos su valores son algo natural. Para mí, lo peor que puede hacer la izquierda es contraponerse a las verdades absolutas con otras verdades absolutas. Y a veces ciertas izquierdas revolucionarias lo hacen. Cuestionan la verdad de un sistema con una contraverdad de otro sistema. La deconstrucción propone que contra las verdades absolutas no se pueden proponer otras verdades absolutas. Lo que hay que entender es que la verdad siempre es cómplice de la instalación de un tipo de poder.
¿Intenta en el día a día ser un deconstructor de la realidad?
Obvio.
¿Y cómo se hace?
Y se padece. Tampoco estoy 24 horas haciendo deconstrucción porque no podría gritar un gol en el Mundial porque lo primero que debería deconstruir es la animalada del fútbol. Tengo esos tres yoes, el que está gritando el gol, otro que dice que el fútbol es el nuevo opio de los pueblos y un tercero que dice: “Bueno, el opio también genera algo de placer y no es tan direccional eso de que vienen y nos adormecen con el fútbol. Algo debe representar en nosotros”. Ese diálogo ocurre hasta que hay un gol y se grita. Se negocia con uno mismo.
En su libro sugiere que todos podemos hacer filosofía sin que lo sepamos, ¿cómo se empieza?
Uno ya hace filosofía. Empezar significa tomar conciencia. En definitiva, si sacás los temas filosóficos de la obsesión institucional que tiene la disciplina, te encontrás con las preguntas que uno se hace todo el tiempo. No necesitás leer a Kant o Kierkegaard, pero si lo hacés te das cuenta de que esas boludeces que pensaste, hay un chabón que escribió un libro llamado El concepto de la angustia. Y cuando lo terminás de leer ves que todo ese desarrollo introspectivo gana intensidad, sofisticación. La filosofía pule y agudiza esas reflexiones que igual uno se hace. Al cranear esas cosas se dice: “Basta de pensar en boludeces” y te gana la productividad cotidiana. La filosofía rompe con eso, lo interrumpe.
Sin embargo, no se le puede escapar a la angustia de la finitud.
¿Cómo que no?, con el Mundial.
Como sugiere Freud: “Existen dos maneras de ser feliz en esta vida, una es hacerse el idiota y la otra serlo”.
Que no te quepa duda. Mientras Uruguay se sostenga en el campeonato Mundial te anticipo que nadie va a estar pensando en la muerte. Esto es Heidegger para todos y todas, pero si pensáramos una vez por semana en que uno se va a morir, porque aunque salgas o no campeón, te vas a morir igual... Ahí hay una necesidad de apropiarse de la finitud, que es una forma de libertad. Lo que se hace es enajenar lo cotidiano. Heidegger dice que huimos a lo cotidiano. Lo normal es la angustia, es preguntarse qué mierda es esto, y no decir: “Qué lindo es esto”. Decir: “Qué lindo es esto” es una forma de huir de esa tragedia originaria. Cuando recuperás la conciencia, empezás a liberar ciertos aspectos y nace ahí una creatividad. La literatura es un intento de escaparle a eso. Si no, ¿para qué escribimos, hacemos periodismo o nos enamoramos?
¿Por qué el aborto ese ha vuelto un tema tan politizado?
La pregunta debería ser ¿por qué desde ciertos medios se busca despolitizar al aborto? Se intenta invisibilizar la sujeción de la mujer y cómo se la expropió de una decisión sobre su propio cuerpo. La mujer en la Argentina es una ciudadana de segunda, porque no decide sobre su propio cuerpo. Decir que es un tema político es afirmar que están contaminado el tema. Y sí, por suerte. El poder es más efectivo cuando es invisible y cuando logra construir sentido común, por ejemplo, decir que lo político es negativo.
La pregunta correcta sería, ¿por qué se partidariza?
En Argentina es el primer debate que logró sustraerse de la grieta kirchnerismo contra antikirchnerismo. De hecho, está cruzado el arco partidaria con posiciones. Hay una gran mayoría que está en contra del aborto que responde a la alianza del gobierno, pero hay un montón de funcionarios que están a favor. Y en el peronismo pasa lo mismo. Salvo la izquierda, que está homogéneamente a favor. Esto marca la explosión novedosa en Argentina de discusiones políticas desacostumbradas.
¿Por qué cree que generó tanta atención?
Son discusiones que ponen en juego el lugar donde más se evidencian los conflictos de un orden social, que es en la discusión, en palabras que a veces molestan, progresismo versus conservadurismo. La discusión cultural de fondo es esa. Acá entra en juego una cosa más raigal que es cómo nosotros nos concebimos a nosotros mismos. El que está en contra es porque percibe una serie de aperturas: “Ahora viene el aborto, luego la despenalización de la marihuana” y es una atrás de la otra. Por eso explota. Se juega algo de fondo.
Las 11 frases
“Nadie puede bañarse dos veces en el mismo río”, Heráclito.
“Solo sé que no sé nada”, Sócrates.
“Ama y haz lo que quieras”, San Agustín.
“Oh, amigos, no hay amigos”, Aristóteles.
“El hombre es el lobo del hombre”, Hobbes.
“Pienso, luego existo”, Descartes.
“Todo lo sólido se desvanece en el aire”, Marx.
“Nada hay fuera del texto”, Derrida.
“Donde hay poder, hay resistencia”, Foucault.
“Soy el que soy”, Dios.
“Dios ha muerto”, Nietzsche.
Sztajnszrajber comenzó con 70 frases hasta que quedaron solo 11. La número 13 y la 14 son “Todo documento cultural es un documento de la barbarie” de Walter Benjamin y “En Auschwitz no se moría, sino que se fabricaban cadáveres” de Hannah Arendt.
Libro: Filosofía en 11 frases, Darío Sztajnszrajber, Paidós, 312 páginas, $ 590.
“¡Matalo, matalo!”
¿Qué opinión le merece el encuentro suspendido entre argentina e Israel?
Jerusalén es un lugar que está en conflicto y llevarlo ahí era legitimar una de las políticas que convergen en ese conflicto. Por suerte no se jugó. Todo es político y el fútbol es el acontecimiento político de nuestro tiempo. Se juegan relaciones de poder permanentemente. Es tan político que el fútbol hace lo posible por mostrarse permanentemente como apolítico. Y lo logra.
¿No son solo 11 personas corriendo atrás de una pelota?
Matándose con otras 11 personas en una guerra. La guerra se da en la cancha. No deja de ser todo lo contrario de lo que quiere hacernos creer que es: un juego para disfrutar. Pero nadie disfruta el fútbol. Nadie disfruta el fútbol cuando se está alentando a su equipo, lo único que busca es que el equipo destruya al rival, pero no se quiere admitir a uno mismo en esa violencia desplazada. Por suerte hay fútbol, porque si no, nos mataríamos los unos a los otros. Por lo menos vas a la cancha o lo mirás por la tele y gritás: “Matalo, matalo”. Se logra sublimar pero como no se quiere admitir decís: “El fútbol, un lindo espectáculo”. Es increíble que se asocie fútbol con espectáculo, entretenimiento o juego. Con Foucault o Clausewitz diríamos que el fútbol es la continuidad de la guerra por otros medios. Ahí hay una guerra y una representación identitaria. Hay que entender qué es lo que se juega y por qué nos identifica. El deporte tiene todos los elementos de las identidades tradicionales: idolátrica, religiosa, política, nacionalista, regionalista. Lejos está de la cosa naíf o ingenua.